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Viriato

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Biografía

Viriato. Lusitania meridional, 190-170 a. C. – Valle del Tajo, 139 a. C. Caudillo lusitano y estratega militar (héroe del enfrentamiento con Roma en las Guerras Lusitanas de 147 a 139 a. C.).

Viriato es sin lugar a dudas uno de los personajes más emblemáticos de la lucha hispana contra la conquista romana. Dos son los primeros problemas que inicialmente nos plantea este personaje: el de su nombre y el de su lugar de nacimiento. En cuanto al nombre pudiera tener su origen en una información que transmiten Diodoro Sículo y Estrabón referente a la costumbre de las poblaciones indígenas a adornarse con brazaletes de oro y plata; el nombre procedería, en consecuencia, del vocablo ibérico viria, emparentado con el celta viriola, que se puede traducir por pulsera o brazalete. El nombre Viriato significaría, por tanto, “el portador de brazaletes”. No se sabe si este apelativo se lo dieron sus propios compañeros o los romanos, pero recuérdese que entre estos últimos era habitual que el cognomen procediera de una característica física, de una virtud o de una hazaña o costumbre; Calígula, por ejemplo, recibió este nombre por el tipo de calzado que le gustaba usar de pequeño. En cuanto a su lugar de nacimiento, se produjo un arduo debate, que arranca de la época de publicación de los trabajos de A Schulten en los años 20, quien proponía el Monte Herminius (Sierra de la Estrella), sin tener ningún testimonio que justificara esta afirmación; antes, a principio del siglo xx una parte de la investigación nacional sostuvo el origen español del héroe: turolense o valenciano. Todas estas teorías fueron desechadas, y en la actualidad no se duda de su origen lusitano, y más probablemente de la zona sur de Lusitania, tal vez de la ciudad de Arsa, con la que estuvo muy relacionado. Tanto Posidonio como Diodoro Sículo o Dion Casio señalan que el linaje de Viriato es oscuro y desconocido, no se conoce el nombre de su padre, ni se posee ningún dato sobre su familia y muy escasas referencias anteriores a convertirse en el cabecilla de una rebelión generalizada contra Roma. Por los pocos datos que nos transmiten Diodoro, Apiano y Dion Casio se puede conjeturar que debió de pasar su juventud en las montañas ganándose la vida como pastor, lo que le proporcionó un gran conocimiento de la geografía montañosa de Lusitania y de todos sus refugios y escondites, algo que le sería de gran provecho en los años posteriores.

No se sabe en qué momento cambió de vida y se integró en alguna de las bandas que desde las montañas de Lusitania descendían a las ricas llanuras de la Bética deseosos de rapiña, en busca de los recursos de los que ellos carecían. En esta época de su vida podría situarse la boda de Viriato con la hija del rico propietario Astolpas, probablemente cuando había alcanzado cierto prestigio como bandolero o incluso en los albores del enfrentamiento con Roma cuando destacaba ya como uno de los cabecillas de la revuelta lusitana. Diodoro Sículo es el único autor antiguo, tal vez tomados de Posidonio, que nos proporciona algunos datos referentes a la boda. Dice Diodoro que durante la boda se exhibieron gran cantidad de vasos de oro y plata y toda clase de tejidos preciosos, pero que él los observaba con indiferencia e incluso con desprecio sabedor de que era el poder de su lanza el que le proporcionaba todos estos bienes; continúa diciendo que no se bañó como era habitual en tales acontecimientos y que a pesar de que se le rogó intensamente, no ocupó su lugar en la mesa y que de las numerosos viandas que allí había tan sólo tomó pan y carne que repartió entre los que le habían acompañado; después pidió que fueran a buscar a la novia, realizó el imprescindible sacrificio, y acto seguido montó a la novia en su caballo y partió con ella hacia un lugar que sólo él conocía, no sin antes preguntar a su suegro por qué motivo había decidido abandonar la cómoda protección de los romanos para aliarse a su modo de vida mucho más duro que el de aquéllos.

No se sabe con seguridad cuál es el momento exacto en el que Viriato se convirtió en el caudillo lusitano que se conoce y cuya actividad le dio la fama universal. Los romanos una vez más iban a tener que enfrentarse a un tipo de guerra que no les era habitual y que era la empleada generalmente por los pueblos peninsulares, celtíberos y lusitanos fundamentalmente. Era una guerra irregular y carente de organización que los romanos denominaban bellum latrocinium (guerra de bandidos). Viriato añade una novedad a este tipo de guerra, que bajo su mando abandona el carácter únicamente defensivo que tenía y se convierte en una guerra ofensiva, cuya finalidad fundamental es destruir al ejército enemigo poco a poco, mediante pequeños ataques que impiden al enemigo desplegar un combate regular y cuando lograban organizarse los atacantes ya se habían retirado. La finalidad no era ocupar el territorio dado que ello les obligaría a permanecer en él para defenderlo, sino esquilmarlo con lo que los mismos romanos no podían permanecer mucho tiempo en él pues no podían obtener los imprescindibles recursos para mantener al ejército; si querían quedarse tenían que traer los recursos de fuera, y en muchas ocasiones el ataque de Viriato iba dirigido contra estas caravanas de recursos, con lo que las legiones se debilitaban cada vez más. Esta táctica de combate era obligada, pues el ejército reunido por Viriato, integrado por lusitanos celtíberos e iberos de diferentes tribus, era muy inferior en número y en armamento que se componía de un pequeño escudo redondo, una espada en cuya vaina iba un cuchillo y una lanza de hierro; la cabeza la llevaban cubierta con casco adornado con crines y coraza. Solamente en raras ocasiones el casco y la coraza eran metálicos.

Una actitud que sorprendió a los propios romanos, y que siempre alabaron, fue la actitud que adoptó Viriato frente a la distribución del botín que conseguía después de los combates, señalando todos los autores clásicos, cuando hacen referencia a este hecho, que era extremadamente justo y equitativo en el reparto.

La Guerra de Viriato fue uno de los episodios centrales del enfrentamiento entre Roma y las tribus celtíberas y lusitanas de mediados del siglo ii a. C. Sus prolegómenos tienen un sangriento precedente: los deseos de rápido enriquecimiento de los pretores que llegaban a Hispania. Los dirigentes romanos aprovechaban la mínima ocasión para desencadenar duras represalias. Éste fue el caso de Ser. Sulpicio Galba, gobernador de la Ulterior en 151 a. C., decidió castigar las incursiones periódicas que los lusitanos hacían en el sur, pero su inexperiencia le llevó al desastre y tras refugiarse en Carmona solicitó la ayuda de Lúculo. Sin embargo, Galba estaba deseoso de venganza por la humillación recibida y tendió una trampa a los lusitanos. Les ofreció ricas tierras cultivables a cambio de que abandonaran sus refugios en la montaña; una vez que estuvieron todos reunidos y sin previo aviso les masacró. Solamente lograron escapar con vida unos pocos de los allí reunidos; probablemente entre ellos estaba Viriato.

En el año 147 a. C., los lusitanos ya se habían recuperado y de nuevo comenzaron a hacer incursiones en la Turdetania con pequeñas bandas, que lograron ser cercadas por C. Vetilio. Cuando el romano les ofreció una salida airosa de la situación en que estaban prometiéndoles tierras de cultivo si entregaban las armas; cuando ya estaban decididos a aceptar, Viriato levantó la voz y les recordó lo sucedido unos años antes con Lúculo y sobre todo con Galba, quien les hizo la misma promesa. La fuerte determinación mostrada por Viriato en esta reunión hizo que el resto de los cabecillas le eligieran como jefe y se puso al frente de las bandas de lusitanos. Antes de nada, lo primero era burlar el cerco al que estaban sometidos. Viriato, al mando de un millar de jinetes atacó a los romanos, y el resto del ejército, divididos en pequeños grupos, escaparon en todas las direcciones atacando a su vez; esta táctica provocó la desorientación y el desorden en las legiones, el frente se rompió, y Vitilio se vio incapacitado para perseguir a tantos pequeños grupos. Se centró en la caballería de Viriato, pero éste en ningún momento le planteó batalla abierta, hasta que pasados varios días, protegido por la noche, logró huir y alcanzar la ciudad de Tribola, donde poco a poco iban llegando el resto de los huidos. A partir de ese momento, Viriato comenzó a poner en práctica la táctica de combate que se ha mencionado más arriba con extraordinarios resultados. En uno de estos breves enfrentamientos logró sorprender al pretor Vetilio, que fue hecho prisionero y muerto poco después. Lo mismo le sucedió en dos ocasiones al pretor C. Plautio Hipseo en 146 a. C., la primera cerca de Carteia le proporcionó a Viriato un considerable botín y atravesando el río Tajo se asentó en el Mons Veneris, identificado por Schulten como la Sierra de San Vicente, lugar que convirtió en su centro de operaciones; hasta allí le persiguió Plautio que fue nuevamente derrotado, esta vez al norte de Talavera. Viriato logró crear un estado de inseguridad en toda la Ulterior: ocupó Segóbriga, realizó una expedición al territorio de los vacceos, en el año 146 a. C., derrotó al pretor de la Citerior, Claudio Unimano, apoderándose de sus estandartes, algo que para los romanos era más grave que la misma derrota. En el año 145 a. C., le tocó el turno a C. Nigidio, con lo que se puede decir que Viriato dominaba casi toda la Hispania Ulterior y todo el sur de la Citerior. Las cosas eran tan graves que Roma se vio obligada a enviar al cónsul, Q. Fabio Máximo Emiliano en 145 a. C.; su mandato era limitado, pero con el apoyo que le prestaba desde Roma su hermano carnal, Escipión Emiliano (ambos eran hijos de Emilio Paulo, dados en adopción), logró permanecer en el cargo también en el año 144 a. C. Durante el primer año sus acciones fueron muy prudentes, desconocía el terreno por el que se movía y solamente de oídas al ejército al que se enfrentaba, por lo que permaneció en Urso (Osuna) preparándose él y su ejército y aceptando solamente el combate en pequeñas e infructuosas escaramuzas. Al año siguiente, prorrogado su mandato como procónsul, se enfrentó más directamente a Viriato, logrando pequeños éxitos, que demostraron que Viriato no era invencible, y le obligaron a abandonar el valle del Betis y retirarse hasta Bailén. La salida de la Península de Fabio Máximo Emiliano supuso un retroceso para las aspiraciones romanas; a las derrotas se suma la generalización del conflicto, al que se suman los celtíberos, instigados por Viriato. Sin embargo, para éste las cosas comenzaban a cambiar, como demuestra el hecho de que en 141-140 a. C., a pesar de tener atrapado al procónsul Q. Fabio Masimo Serviliano, firmó un acuerdo de paz, que fue ratificado por el Senado, y que permitía al romano salir indemne de la situación, algo que es de difícil comprensión, y que ha sido interpretado como su deseo de ser nombrado rey de toda la Lusitania, algo que sólo podía lograr con el consentimiento de Roma. Al año siguiente Servilio Cepión sucedió a Serviliano y reemprendió las hostilidades, obligando al lusitano a retirarse hacia la Carpetania y luego hacia los montañas de Lusitania.

A partir de entonces Viriato únicamente pudo realizar una guerra defensiva. Cepión a pesar de haberse adentrado en la Lusitania, cuyos habitantes estaban cansados ya de la guerra, se topó con una resistencia desesperada y optó por entablar conversaciones con Viriato. Estas negociaciones se iniciaron en el año 139 a. C., y los representantes de Viriato fueron tres de sus hombres de confianza, Audaz, Ditalcon y Minuro.

Durante las conversaciones Cepión logró sobornar a los tres, y cuando regresaron al campamento le dieron muerte en su tienda mientras dormía. Los historiadores clásicos nos dicen que estos hechos causaron gran escándalo en Roma, no se pagó la recompensa prometida a los asesinos y el Senado le negó a Cepión la posibilidad de celebrar el triunfo, argumentando que no había ganado la victoria, sino que la había comprado. Los funerales de Viriato fueron extraordinarios, a ellos acudió casi todo el ejército; el cadáver de Viriato, riquísimamente ataviado fue quemado en una gran pira, se inmolaron en ella una gran cantidad de ofrendas, y mientras esto sucedía, Caballería e Infantería daba vueltas alrededor de la pira funeraria entonando cantos hasta que se extinguió el fuego, tras lo cual, sobre el mismo túmulo realizaron combates singulares en los que intervinieron más de doscientas parejas. Una vez concluidos los funerales el ejército se dispersó. La desaparición del caudillo lusitano supuso el final de la guerra y abría a los romanos la posibilidad de expansión hacia el noroeste.

 

Bibl.: U. J. H. Becker, Die Kriege der Römer in Hispaien, cuad. 1.º, Viriath und die Lusitaner, Altona, 1826; H. Hoffmann, De Viriathi Numantinorumque bello, Munich, Diss. Greifwald, 1885; A. de Vasconcelos, Viriuatho, Coimbra, 1894; A. S chulten, Viriato, Oporto, Renascença Portuguesa, 1927; A. García y Bellido, “Bandas y guerrillas en lucha con Roma”, en Hispania, V, 21 (1945), págs. 547 y ss.; J. Aguiar, Viriato: Iberia contra Roma, Salvat, Barcelona, 1998; R. López Melero, “Viriatus Hispaniae Romulus”, en Espacio Tiempo y Forma, Serie II, Historia Antigua (UNED), 1 (1988), págs. 247 y ss.; A. P. Farmhouse, Viriato, Lisboa, Ed. Inquérito, 1996; J. Alvar, “Héroes ajenos: Aníbal y Viriato”, en J. Alvar y J. M. Blázquez (eds.), Héroes y antihéroes en la Antigüedad Clásica, Madrid, Cátedra, 1997, págs. 137 y ss.; L. García Moreno, “Infancia, juventud y primeras aventuras de Viriato, Caudillo Lusitano”, en Actas del I.º Congreso Peninsular de Historia Antigua, vol. II, Santiago de Compostela, Universidad, 1998, págs. 373 y ss.; M. Pastor Muñoz, Viriato. La lucha por la libertad, Madrid, Alderabán, 2000; E. Sánchez Moreno, “Algunas notas sobre la guerra como estrategia de interacción social en la Hispania prerromana. Viriato, jefe redistributivo”, en Habis, 32 (2000) y 33 (2001); E. Sánchez Moreno, “El botín de Viriato, Guerra y sociedad en Lusitania”, en Boletín de la Asociación Española de Arqueología, 42 (2002-2003), págs. 305 y ss.; M. Pastor Muñoz, Viriato. El héroe hispano que luchó por la libertad, Madrid, La Esfera de los Libros, 2004.

 

Javier Cabrero Piquero