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Casimiro Sainz y Saiz

Biografía

Sainz y Saiz, Casimiro. Matamorosa (Cantabria), 4.III.1853 – Madrid, 19.VIII.1898. Pintor.

En 1866 fue enviado a Madrid, ciudad en la que residían su hermana y su cuñado, con los que convivió con el objetivo de que se adiestrase en el comercio de ultramarinos. Fue precisamente su cuñado quien le facilitó las primeras nociones de dibujo recibidas de un maestro de obras llamado Bravo. En 1869, aquejado por una dolencia en el brazo y pierna izquierdos, que le imposibilitaba continuar con la labor en la tienda de ultramarinos de su hermana, retornó a su localidad de origen, Matamorosa. A finales de 1870, regresó a Madrid con el fin de recibir una formación artística. Recibió clases de Dibujo en la Escuela de Artes y Oficios de esta ciudad, adiestrándose para su ingreso en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, donde se matriculó de seis asignaturas para el curso de 1872-1873. En San Fernando recibió la enseñanza, entre otros, de Palmaroli, Haes y Gisbert. A finales de 1872, sufrió la primera manifestación de su enfermedad. En 1873 conoció al que será su gran amigo Manuel Fernández del Carpio y obtuvo una beca de la Diputación Provincial de Santander. Fueron años de intenso trabajo, en que pintó incansable tanto los paisajes madrileños —Casa del Campo, Jardines del Moro— como los paisajes campurrianos durante sus vacaciones estivales, del que constituyen magníficos ejemplos los titulados Nieblas de Izara (c. 1874) y Alrededores de un convento (c. 1874-1875), conservados respectivamente en la Fundación Marcelino Botín de Santander y en el Museo de Bellas Artes de La Coruña, en depósito del Museo del Prado. En estas primeras obras se movía en una línea academicista, derivada lógicamente de su formación, y es posiblemente esta línea oficialista la que motivó los encargos del retrato del rey consorte Don Francisco de Asís (c. 1873-1874) y del rey Enrique IV (c. 1874), propiedad ambos del Museo del Prado.

En 1874, año en que abandonó la casa de sus hermanos, inició su labor como pintor profesional, si bien se conservan varios apuntes académicos, datados en 1875 y 1876, que permiten cuestionarse el hecho de que no abandonara de forma total sus estudios. Realizó en estos años diversas obras de interior, sin abandonar el paisaje, en las que se puede percibir una evolución hacia un concepto preciosista, en línea con la pintura galante, posiblemente influenciado por su maestro Vicente Palmaroli. Así en Al piano (c. 1875), en Retrato de un caballero (c. 1875) o Junto a la chimenea (c. 1875) aparece Sainz fijado en la pintura de interior de gusto burgués, pero aún de iluminación contenida, sin llegar todavía al preciosismo, abordado de forma ya clara en Dama en el escritorio (1875) o en la espléndida Dama del antifaz (c. 1875), de iluminación más diáfana. Un mayor avance en esta línea se manifiesta en El escultor en su estudio (1876), que culminará en la que será su obra maestra de este período, El descanso, estudio del pintor, ¿Qué pensará? (1876), conservada en el Museo del Prado, y por la que obtuvo tercera medalla en su comparecencia a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1876, muestra en la que también presentó La calle de Tetuán, a espaldas de la iglesia del Carmen (Madrid), en paradero desconocido. La obra del Prado se significa además por ubicarse en el más que seguro estudio de Palmaroli. Como consecuencia del triunfo y aceptación de su obra, Pedro Bosch se ofreció a canalizar la venta de su obra en exclusiva, lo que a la larga acarreará enormes dificultades para el pintor que fue engañado por el marchante.

A partir de 1877, volvió a predominar en su catálogo la pintura de exterior en la que mantenía el concepto de Haes. Pintó los rincones madrileños: el Retiro, el Jardín Botánico y especialmente la ribera del Manzanares, creando paisajes minuciosos en los que da cabida a la figura humana en perfecta integración con aquéllos, que siguen conservando el protagonismo. En muchos casos se observa una reminiscencia tardorromántica fundamentada en el tratamiento de la luz y en la técnica minuciosa como en Lavando, La fuente de San Antonio de la Florida o Lavanderas en el Manzanares, todas ellas realizadas en torno a 1877. Otra fuente de inspiración del pintor fueron las ciudades situadas alrededor de Madrid: Ávila, Toledo, Soria o Segovia, a donde acudiría con otros pintores, y donde encontró una luz límpida perfecta para lo que perseguía, en la línea hacia un naturalismo más moderno. Obras como Toledo (El Cigarral) (c. 1877), La puerta de Alfonso VI de Toledo (1877), Ávila (c. 1877), dejan constancia de su paso por estas ciudades, a las que retornará de nuevo en 1879. A partir de estas obras, está Casimiro Sainz en constante investigación, cuya paleta comienza a aclararse, manifestando una mayor libertad técnica, una iluminación más diáfana, dejando a un lado los signos tardorrománticos, aunque sin desprenderse totalmente de ellos, en un claro camino hacia la modernidad. Escena en un jardín (1877), A orillas del Manzanares (c. 1877), En la ribera del Manzanares (c. 1877) y Paisaje (1877) responden a este nuevo concepto. Pero no centra su producción exclusivamente en el paisaje sino que también realiza algunos retratos, como el de sus amigos Vicente Cutanda, en paradero desconocido, el de El pintor Arredondo (c. 1877), conservado en el Museo de Bellas Artes de Santander, o el de La madre de la novia (1877) que destaca por su tétrico realismo. También se conserva alguna obra de carácter netamente preciosista como La dama del abanico (1877), de clara referencia rosaliana.

Entre 1878 y 1881 cambió en varias ocasiones de domicilio. En efecto, en 1878, residía en una casa de huéspedes, y ese mismo año se trasladó al estudio de su amigo y colega Manuel Fernández del Carpio. A principios de ese verano sufrió un nuevo brote de demencia, del que su obra no parece resentirse ni por la cantidad ni por la calidad. Se vuelve a mostrar de nuevo como un excelente autor de retratos en su Autorretrato (1878), propiedad del Gobierno de Cantabria, Retrato de señora (1878) o Adelita (c. 1878). Retomó de nuevo las escenas costumbristas en Interior de una botillería, conservada en el Museo del Prado, y continuó cultivando el paisaje, algunos de los cuales —Árboles en flor, 1878; Descanso en el camino, c. 1878— muestran a un Sainz naturalista plenamente moderno, en la línea de Aureliano de Beruete, en tanto en otros se advierten involuciones.

En 1879, Vicente Cutanda le cedió su estudio que de nuevo compartió con Fernández Carpio. Su obra continuaba fluctuando entre la pintura preciosista de Dama en un jardín (1879), conservada en el Museo de La Coruña, y el naturalismo de Lavanderas y Lavanderas en el Manzanares, ambas de 1879, tema abordado con anterioridad por el pintor, pero al que ahora otorga un nuevo tratamiento en el que destacan los valores lumínicos y cromáticos. En esta misma línea cabe situar los paisajes que pintó en Toledo: Calle de Virgen de Gracia de Toledo (1879) o Calle de Santa Úrsula de Toledo (1879). Más en la línea del naturalismo de Beruete están Pescando entre Malvas Reales (1879) o Paisaje (c. 1879-1880) conservada en el Museo de Córdoba. En constante investigación hacia el más pleno luminismo se sitúan El Retiro de Madrid (c. 1879-1880) cuyo boceto sea posiblemente el Parque en un día de sol (c. 1879-1880), custodiado en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, culminando este proceso en obras magistrales como El Cigarral de Toledo (c. 1879-1880) o La Huerta y de forma muy especial en Paisaje castellano y la Sierra del Guadarrama (c. 1879-1880), obras especialmente emblemáticas en el sentido de que presentan a un Sainz y a un Beruete perfectamente hermanados en cuanto a sus planteamientos, en una línea de valiente ruptura. Junto a éste tipo de obras, plenas de modernidad, hay algunas grandes involuciones en Paisaje de Campóo (1879) y Paisaje campurriano (1879), que bien podrían coincidir con momentos de crisis en su enfermedad y su retorno a Matamorosa.

Junto a este tipo de obras, de nuevo aparece la figura humana tratada de forma individualizada. En efecto, además del Retrato de su madre muerta, titulada a raíz de su identificación como Última expresión de Doña F. Macho (1879), conservado en el Museo del Prado, en el que de nuevo hace gala de un tétrico realismo, realizó varias obras de las que son protagonistas las chulas o majas madrileñas. Así cabe citar las conservadas en el Museu Nacional d’Art de Catalunya tituladas Distraída (1879) y Mujer andaluza (1879) o la custodiada en la pinacoteca santanderina titulada Una chula (c. 1879), todas de gran relevancia y de las que existen otros ejemplos en su catálogo aunque de menor interés.

Entre 1880 y 1881 se trasladó en dos ocasiones de residencia, siempre junto a su gran amigo Fernández Carpio. Trabajó intensamente en las obras que presentó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1881: Vistas de un jardín, Vista de un invernadero, Lavanderas en el Manzanares, Paisaje (Toledo) y Una huerta de Toledo. En dicha exposición le fue concedida una Medalla de Segunda Clase por la primera, obra de gran formato, aunque de técnica menos suelta, con una previsible adecuación por parte del pintor al gusto oficialista y tradicional, imperante en estas exposiciones. El mismo tema y en análogo concepto realiza otra serie de obras de menor formato como Tiestos con flores (c. 1880-1881) o Jardín (c. 1880-1881) en las que sin embargo manifiesta una mayor liberad técnica y un mayor interés lumínico, más en línea con las obras realizadas en 1879 y 1880.

Lamentablemente, cuando se hallaba en un momento clave de creatividad y modernidad, sufrió un nuevo brote de demencia en el mes de junio de 1881 que motivó su retorno a Matamorosa. Fue un período largo y lento, en el que el artista continuó trabajando, en el que se percibe claramente la involución de su obra, retornando al concepto tardorromántico cuando trata el paisaje campurriano: La portilla y Cercanías de Reinosa (ambas c. 1881-1882), etc.; y retomando el concepto naturalista cuando trataba obras que había iniciado en Madrid y que concluyó en esos años: Malvas reales (1882), Rincón de un pueblo castellano (1882), o la conservada en el Museo de Córdoba Paseo de Recoletos (1883), en las que de nuevo el pintor se preocupa por la captación de la luz. Al lado de la calidad de estas últimas obras, son numerosas aquellas de tono más costumbrista y luz más tenue, como las realizadas en Montesclaros: De paseo en Montesclaros o Convento de Montes Claros (ambas c. 1884).

En otoño de 1884 retornó a Madrid y fijó su residencia en el domicilio de su hermana Luisa. Se presentó en la Exposición de Escritores y Artistas con tres obras realizadas durante su estancia en Matamorosa: Un rebaño, Cercanías de un monasterio y El guardián de la casa, todas de 1883. A lo largo de 1885 dio muestras de una visible recuperación en el ámbito profesional llevando a cabo obras de gran importancia como Mañana en los alrededores de Madrid (1885) y los emblemáticos nacimientos del Ebro, de los que realizó cuatro versiones en el verano de 1885. Obra maestra es sin duda El Nacimiento del Ebro (1885) donada por el pintor a la Diputación Regional de Cantabria, en agradecimiento a la pensión concedida, y con la que obtuvo Medalla de Segunda Clase en su comparecencia a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1890. De similar resolución son los otros dos Nacimiento del Ebro, mostrando un concepto diferente el cuarto y último titulado Fuentes del Ebro, obra que estará presente en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1892. Todos manifiestan elementos en la línea del naturalismo moderno.

A comienzos de 1886 se estableció en un nuevo estudio, que pronto habrá de abandonar por desahucio, y marchó de nuevo a Matamorosa siguiendo el consejo del doctor Simarro. Pocas y de desigual calidad son las obras conservadas de este momento, entre las que cabe citar dos retratos: Pepuca (1886) y el Retrato de Demetrio Duque y Merino (c. 1886-1888), conservado en la Diputación Regional de Cantabria, o los más interesantes Paisaje con lobo (1886), El Berrocal (Ávila) (c. 1886).

A finales de 1887 regresó a Madrid, retomando el estudio de Vicente Cutanda. En cualquier caso y aunque su inestabilidad emocional se acrecentó, siguió pintando, aunque poco y con criterio desigual.

A partir de 1888 dio muestras de una total inestabilidad lo que motivó su ingreso en el Sanatorio del doctor Esquerdo en Carabanchel Bajo desde el 21 de febrero de 1890 hasta su muerte. Con su ingreso, parece negarse a pintar, quedando como última obra testamentaria de su catálogo la titulada Doble luna (1889), sumamente enigmática —en todos los sentidos— y llena de carácter simbólico. De esta forma prematura, finalizó su dedicación profesional, si bien su obra fue aún mostrada en la Nacional de Bellas Artes de 1890 y de 1892, posiblemente presentada por amigos o compañeros. En efecto, en 1890 Casimiro obtuvo un nuevo reconocimiento público al serle concedida una Segunda Medalla por su Nacimiento del Ebro, propiedad ya en estas fechas de la Diputación Provincial, y junto al que también fueron presentadas Colegiata de Cervatos, Paisaje campurriano, Vista de la Vega de Matamorosa y Procesión de Montesclaros.

En 1891, participó con Madrid desde el Manzanares y Paisaje en Exposición Bienal del Círculo de Bellas Artes. En 1892 se presenta con Fuentes del Ebro en la que fue ña última comparecencia pública de su obra antes de su muerte. Falleció en el Sanatorio del doctor Esquerdo el 19 de agosto de 1898.

Al poco de su muerte tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (1898-1899) una gran exposición, sentido homenaje al pintor, compuesta por noventa y cuatro óleos y trece dibujos. En 1914 el Ateneo de Santander le dedicó una muestra monográfica. En 1951 otra nueva monográfica fue organizada en Santander por el entonces denominado Museo Municipal de Pinturas, en la que se mostraron cincuenta y seis obras. En el mismo foro, con la ya actual denominación de Museo de Bellas Artes de Santander, y en conmemoración del centenario de su muerte, tuvo lugar la más completa exposición hecha hasta el momento (coproducida con Caja Cantabria, con el Ayuntamiento de Reinosa y el Ayuntamiento de Madrid). Otras exposiciones relevantes de carácter colectivo organizadas en homenaje a su figura fueron las celebradas en Reinosa en 1953, con motivo del centenario de su nacimiento, y en 1982. Igualmente su obra ha estado presente en multitud de exposiciones colectivas tanto nacionales como internacionales.

Pintor de gran talento cuya carrera se vio truncada por su enfermedad y muerte prematura, que emergió con gran fuerza en el panorama artístico nacional. Parte de una formación académica, practicando en los primeros momentos un tipo de paisaje realista, género siempre presente y fuente constante de investigación en su obra, evolucionando desde un concepto tardorromántico, que nunca abandonará totalmente, pasando por el preciosismo hasta llegar a la más plena modernidad —dentro ya del luminismo— en una línea muy próxima a los planteamientos de Beruete. Es también un excelente pintor de figuras y de interior. Su obra se conserva en el Museo del Prado, Museo Municipal de Madrid, Museo Provincial de La Coruña, Museu Nacional d’Art de Catalunya, Museo de Bellas Artes de Santander, Ateneo de Santander, así como en numerosas colecciones privadas de toda la geografía nacional.

 

Obras de ~: El descanso, Estudio del pintor, ¿Qué pensará?, 1876; Árboles en flor, 1878; Descanso en el camino, c. 1878; Lavanderas en el Manzanares, 1879; Paisaje castellano, c. 1879- 1880; Sierra de Guadarrama, c. 1879-1880; Nacimiento del Ebro, 1885; Doble luna, 1889.

 

Bibl.: M. Ossorio y Bernard, Galería biográfica de artistas españoles del s. xix, Madrid, Moreno y Rojas, 1883; E. Gómez Rodríguez, “Casimiro Sainz. Un pintor genial”, en El Cantábrico, 19 de agosto de 1922; A. Martínez Cerezo, La pintura montañesa, Madrid, Ibérica, 1975; L. Rodríguez Alcalde, Retablo biográfico de montañeses ilustres, Santander, Estudio, 1978; M. Alonso Laza, Cantabria en la pintura española de fin de siglo, Santander, Ayuntamiento, 1995; S. Carretero Rebés, D. Bedia Casanueva, C. García García, T. Pastor Martínez, B. Poole Quintana e I. Portilla Arroyo, Casimiro Sainz y Saiz (1853-1898), catálogo de exposición, Santander, Museo de Bellas Artes de Santander y otras instituciones, 1998; S. Carretero Rebés, “La inconclusa modernidad naturalista de Casimiro Sainz y Saiz (1853-1898), en Componente Norte (Santander), 3 (1998).

 

Salvador Carretero Rebés