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Manuel Ruiz Zorrilla

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Biografía

Ruiz Zorrilla, Manuel. El Burgo de Osma (Soria), 22.III.1833 – Burgos, 13.VI.1895. Político, ministro, presidente de Gobierno.

Desde diversos ángulos, la figura de este político soriano resulta insuperablemente representativa de la vida pública española decimonónica. Un tercio de su existencia —en realidad, la mitad de ella si se exceptúan su niñez y mocedad— transcurrió en el exilio por fidelidad ejemplar a sus firmes convicciones democráticas. Lejos de ser única, su experiencia sería encarnada por otros muchos de sus coetáneos imantados por el quehacer político en una sociedad en búsqueda desesperada de una convivencia estable y fecunda, pero en muy pocos ejemplos se alcanzó el grado de intensidad y vibración que en su caso. Con acento innegablemente hiperbólico, en la biografía más difundida del personaje —escrita en la plenitud paligenésica de la Segunda República—, su autor, P. Gómez Chaix, cantara epiniciamente los rasgos definidores de su héroe: “Su historia, su emigración de tantos años, sus combates y esfuerzos titánicos por salvar y redimir a España, su tenacidad rayana en lo extraordinario, colócanlo al lado de los Washington, de los Mazzini, de los Gambetta, de los libertadores de los pueblos oprimidos y de los fundadores de las modernas democracias. Recuérdese su estancia en la capital de Europa (París). Allí mantuvo transidos de miedo a los poderes mayestáticos de España; allí forjaba el rayo fulminante de las revoluciones; allí hacía y deshacía Ministerios; allí regía, sin saberlo, los destinos de su Patria [...] Prometió no volver a España mientras no hubiera cumplido la misión de reintegrar a nuestro pueblo en sus derechos y en su soberanía.

Y por eso su excelsa figura tenía algo de mártir, mucho del profeta, no poco del creyente consagrado al triunfo de una causa” (P. Gómez Chaix, 1934: 10).

Tal semblanza resulta, a todas luces, bien expresiva de la fama histórica del político castellano así como del clima intelectual prevalente en un ancho tramo de la contemporaneidad española.

Nacido en un hogar de holgada fortuna —padre acaudalado comerciante—, desde muy temprano el futuro primer ministro de la monarquía democrática de Amadeo de Saboya dio múltiples pruebas de una seriedad impropias de su edad, aunque no de su carácter, grave y meticuloso. Tras los estudios primarios y medios y superiores transcurridos probablemente en su ciudad natal, recibiose de bachiller en Filosofía en la flamante Universidad Central en 1848, para pasar luego a la Pinciana, en la que superaría los dos primeros cursos de Derecho, carrera que, a partir del año académico 18501851, acabaría en 1857 en la Universidad de Madrid. Poco antes de la muerte de su padre y tras su casamiento en Burgos con una rica heredera, María de la Paz Barbadillo, Ruiz Zorrilla se asentaría en Burgo de Osma en vísperas de la implantación del bienio esparterista. Identificado sin reservas durante su estancia madrileña con los ideales y objetivos del partido progresista, se constituyó prontamente en uno de sus líderes sorianos, alistándose en la Milicia Nacional de su comarca, en cuyo escalafón no tardó en alcanzar el grado de comandante por mostrarse como uno de sus más dinámicos y responsables integrantes. Luego de haber acreditado sus dotes de concienzudo estudioso y gestor de los negocios públicos como diputado provincial, Ruiz Zorrilla mereció la confianza de sus coterráneos para representarlos en las primeras Cortes de la Unión Liberal, en las que atesoró gran parte del caudal de conocimientos y experiencias para su actividad posterior. Así en la segunda legislatura del denominado por los odonnellistas “quinquenio glorioso” sería designado vicesecretario y secretario de varias comisiones, como volvería a suceder en los dos restantes períodos legislativos de las Cámaras del unionismo, en los que pronunciara varios discursos, desprovistos de aliento y voluntad retóricos, pero ricos en datos y conocimiento de las materias abordadas.

Su cursus honorum era ya muy completo y abrillantado cuando, atraído por la disidencia que dentro del sistema isabelino encarnaba un Prim distanciado del odonellismo después de una larga etapa de muy flexible militancia en sus posiciones más vanguardistas, participó de manera animosa y en extremo diligente en las conspiraciones urdidas por el conde de Reus para provocar el retorno al poder del partido progresista, al que se adhiriera abiertamente el héroe de los Castillejos a partir de 1864. Eludida con éxito la vigilancia y acusación del lado de los moderados y unionistas hasta el pronunciamiento del madrileño cuartel de San Gil en junio de 1866, la represión desencadenada tras la fallida y sangrienta intentona obligó a Ruiz Zorrilla a expatriarse a Francia y otros lugares de Europa. En permanente y estrecho contacto con Prim, se convertiría por algún tiempo en su principal colaborador, desplegando una labor agotadora en el desempeño de las diversas tareas encomendadas por el general catalán, muy atraído por la laboriosidad y lealtad de su joven seguidor, invariablemente sostenido, económica y anímicamente, en trepidante actividad por su mujer. Ambos esposos quizá se sumergieran en el frenesí de la actividad política a tiempo completo para olvidar las muertes, todas ellas en edad muy temprana, de sus cuatro hijos. El continuo tejer y destejer de la red conspiratoria del bienio 186668 pareció finalmente acabar cuando, promediado septiembre de 1868, Prim y el más ardido de sus fieles se embarcaron en Southampton con destino a Gibraltar, llegando al extremo la precaución de los viajeros de incluirse Ruiz Zorrilla como criado de una alcurniosa pareja que realizaba un crucero de placer. Desembarcado en Cádiz tras separarse en el Peñón del general Prim, se abría para Ruiz Zorrilla, con el triunfo de la Gloriosa, la etapa más decisiva de su trayectoria política.

Miembro el más joven del Gobierno Provisional de la Septembrina, el político soriano se responsabilizaría de la proteica cartera de Fomento. Desde el primer momento distinguiose por ser uno de los ministros con mayor conocimiento de su departamento y en posesión asimismo de una plan más elaborado en punto a su gestión. En un primer instante, ésta se centró primordialmente en los aspectos educativos, con medidas que implementaban todo un edificio construido en gran parte sobre las ruinas del precedente isabelino. Aunque observarla a la luz de un laicismo radical sería desenfocar la inspiración y horizonte de la tarea llevada a cabo en dicho plano por Ruiz Zorrilla, es indudable que el ideario anticlerical se erigió en principal motor de su intensa actividad al frente de su primera cartera ministerial en el régimen del Sexenio democrático. Al aludir a ello, y sin refrendar in totum la requisitoria que, en la huella del Menéndez Pelayo de Los Heterodoxos, que la historiografía integrista desatara sobre el político castellano, se hace, empero, ineludible referirse a la condición de alto jerarca de la Masonería ostentada por Ruiz Zorrilla desde su ingreso en ella en 1870, si bien desde mucho antes manifestase su proclividad hacia sus principios y afiliados. Profesado sin ambages ni tampoco alharacas dicho credo, resulta lógico atribuir algunas motivaciones de su militancia política a tal ideología, que conociera en su tiempo uno de los vértices de su influencia y poder. Un ancho caudal de la literatura política de las leyes y medidas dictadas en su paso por el poder de más segura atribución a su pluma lleva el sello y se enmarca sin violencia en la doctrina y fraseología masónicas. Con todo, sin embargo, más que encuadrarla en dicho universo intelectual, sería quizá más exacto filiar su obra al frente del ministerio de Fomento y, en conjunto, toda su labor gubernamental en el progresismo radical que antes de desaparecer con la Gloriosa, aspiró, con trémolo tronante, a reverdecer los dogmas y principios del doceañismo maximalista. Ulteriormente, el mismo Ruiz Zorrilla lo declararía así: “(...) se inspiraron, como debían inspirarse todos los actos de la Revolución de Septiembre, en un criterio ampliamente liberal y profundamente democrático”.

La evolución del régimen septembrino, con la proclamación de Regente del general Serrano y la consiguiente designación de Prim como presidente de Gobierno, provocó el tránsito de Ruiz Zorrilla de la moderna cartera de Fomento a la muy antigua de Gracia y Justicia. En el semestre en la que la desempeñó, el dinamismo fue también nota distintiva; y, de igual modo, la controversia... Así lo prueba la polémica derivada de algunas de sus decisiones y proyectos, como, singularmente, el del matrimonio civil, conducido a término por su inmediato sucesor en el mismo departamento, el acendrado católico y consumado canonista, el gallego Eugenio Montero Ríos.

No obstante, la plena inmersión del político burgense en los problemas más candentes y acuciantes del Sistema restó energía y dedicación, en cotejo con su bautizo ministerial, a su trabajo en Gracia Justicia.

Secundando a Prim, pero con un ostensible –y buscado– margen personal de autonomía, Ruiz Zorrilla participó afanosamente en “la búsqueda de un rey”. Inclinado en un principio, como casi todos los progresistas de mejor linaje, siempre penetrados de iberismo, por el candidato portugués Fernando de Coburgo —del que sería el más ardido y, posteriormente, ante su reiterada repulsa, más decepcionado partidario—, su opción ulterior se decantó a favor del Duque de Génova, Tomás de Saboya, sobrino del monarca italiano Víctor Manuel II, soberano por el que sentía gran admiración y al que le uniera una singular y muy sincera e intensa confraternidad masónica.

A instancia del duque de los Castillejos, Ruiz Zorrilla realizó una vasta tournée de propaganda de la candidatura por Levante y Cataluña —territorios en los que las partidas republicanas y carlistas se manifestaban más activas—, con nulo eco e incluso abierta contestación en la capital del Principado. Es asaz probable fue las insuficiencias oratorias del ministro contribuyeran al fiasco de la misión encomendada por su Prim, ya que nunca radicó en la palabra la fuerza de su política, como tan común era en la época. La resuelta preferencia del burgense por el duque de Génova acabó de dibujar una quiebra en su relación con aquél, reluctante ante algunos de los gestos y pasos seguidos por su colaborador en la tramitación de la vasta operación de Estado que significara aquistarse la voluntad de un príncipe o una personalidad regia para coronar la obra de la Gloriosa. De ahí, pues, que, en los umbrales de 1870, no provocara sorpresa alguna en los círculos políticos el abandono de Ruiz Zorrilla de su gestión ministerial para sustituir al sevillano Nicolás María Rivero en la Presidencia de las Cortes.

Tanto en la época como posteriormente se dieron diferentes versiones de la crisis; atribuyéndola ciertos autores a factores de orden interno habida cuenta de la difícil coexistencia en el seno del segundo gabinete de Prim de unionistas —pronunciadamente partidarios de una solución montpensarista al problema de la candidatura regia— y demócratas. No obstante, fue, en definitiva, el desgaste gubernamental producido por la primera opción italiana lo que, a manera de chivo expiatorio, impulsó a Prim a prescindir de los servicios de Ruiz Zorrilla. Tan significativa mudanza desembocó, empero, en la parcial reconciliación con Prim –su rival en la confianza de éste, Práxedes Mateo Sagasta, también prominente miembro de la Masonería, le aventajaría ahora en la disputa que durante un lustro ambos mantuviera para obtener la primacía en tal relación–. En efecto: algo más tarde la elección definitiva por el conde de Reus del duque de Aosta, Amadeo de Saboya, para el Trono español, suscitó la más abierta simpatía del lado del político burgense, quien, obviamente, figuró a la cabeza de los 191 diputados que votaron su candidatura. Pese a ello, las nubes que en las postrimerías de la década de los sesenta emborrascaron un punto el diálogo entre los dos prohombres democráticos no se disiparon por entero.

El por entonces muy famoso y, aparentemente, intempestivo discurso que pronunciara el presidente de las Cortes en el navío que transportara a Italia a la comisión parlamentaria encargada del ofrecimiento del trono español a don Amadeo, constituyó una nueva y ruidosa manifestación de su desavenencia con el caudillo y líder indiscutible. La muy distinta concepción de entrambos acerca del valor del dinero y de su manejo y empleo en los negocios públicos, se encontraba en la raíz de su disentimiento y del paulatino ensanchamiento de la grieta que los separara, justa y paradójicamente, en el momento en que se cumpliera el anhelo de unos progresistas encendidamente monárquicos como lo fuesen uno y otro. Meses atrás, ambos habían pensado que la prolongación de la interinidad política desgastaba grandemente al régimen de la Gloriosa, pero separándose en la elección y, sobre todo, en la administración de los tiempos.

A pesar de lo cual resulta insoslayable señalar que tras el magnicidio de diciembre de 1870, sería Ruiz Zorrilla uno de los prohombres de la situación que más empeño pusiera en su esclarecimiento; llegando en una ocasión hasta poner en serio peligro su vida para conseguirlo.

Con el primer gobierno de la monarquía democrática —presidido por Serrano—, Ruiz Zorrilla retornó a su bien querido ministerio de Fomento. La coyuntura, empero, era en la ocasión muy distinta a la de un trienio atrás, en la que también coincidiera en el primer gabinete de Serrano con Sagasta. La rivalidad ahora entre el burgense y el riojano por usufructuar en solitario la herencia de Prim y, con ella, el liderazgo indiscutible del progresismo, no pudo ocultarse ni siquiera por una mínima cohesión ministerial y, sobre todo, unidad dinástica en torno a un trono alzado sólo sobre la plataforma del partido progresista.

Tras la exaltación acrítica que hiciese del personaje durante largo tiempo una sectaria historiografía, la actual tiende a colocar en su exacto lugar a una figura dotada de innegables dotes de carácter y temperamento —reciedumbre, tenacidad, valentía—, pero carente de cualidades gobernantes y de muy limitado orbe cultural e ideológico. Después de haber salido triunfador en el primer pulso con Sagasta por el liderazgo del progresismo —lance criticado con indisimulable desagrado por el Monarca, advertido y bien consciente de la cordialidad entre su padre y Ruiz Zorrilla—, éste llego en julio de 1871 a la presidencia del Consejo de Ministros, desempeñándola durante muy poco tiempo. En efecto, en octubre del mismo año, la crisis provocada por la elección de Sagasta como presidente de las Cortes —alentada por el soberano, ya abiertamente inclinado por el riojano en contra de un Ruiz Zorrilla crecientemente malquisto—, daría lugar a la dimisión del último y a su paso a una extraña y sorprendente posición de frondismo, denunciada reiterada y amargamente por don Amadeo en su correspondencia con su padre como principal causa de la inestabilidad del régimen y su falta de consolidamiento en la opinión pública. “Traté de evitar tal cuestión, haciendo presente a Zorrilla que él podía aceptar perfectamente a Sagasta, habiendo sido éste siempre progresista y amigo de Prim y mío; pero Zorrilla, siempre empujado por Martos, no quiso avenirse a razones, y elegido Sagasta presidente de la Cámara, presentó la dimisión. En aquel momento faltaban aún 40 días del período que la Constitución prescribe para que la corona pueda disolver las Cortes, y por ello, aunque de otra parte me encontrase satisfecho con el Ministerio Zorrilla, me vi forzado, no pudiendo disolver las Cortes, a aceptar la dimisión del gabinete [...] Debo observar a V. M. que cuando se trató de conciliar a Sagasta y Zorrilla no pudieron ponerse de acuerdo porque Sagasta, Con su grupo, habían adoptado el principio de guardar y mantener constantemente los derechos y la libertad en ella contenidos; mientras Zorrilla, empujado siempre por Martos, quería la Constitución de 1869 como punto de partida de libertad y garantía para conquistarla [...] En una palabra, demostraron (los zorrillistas) claramente que no eran dinásticos sino porque deseaban el poder, y una vez que este poder se les escapaba, serían capaces incluso de ir a la República [...] Todas las dificultades me han sido planteadas siempre por Zorrilla.

Él quiso romper la conciliación. Él, siendo Gobierno, quiso romper con Sagasta, que pertenecía a su mismo partido y que era el amigo íntimo de Prim. El aconsejó a Córdova que no asumiese el Ministerio y en fin, él es quien ha ideado y cambiado de hecho la coalición con todos los partidos antidinásticos.” (Apud C. Seco Serrano, “El reinado de Amadeo I contado por él mismo”, en Boletín de la R. Academia de la Historia, CXCVII (2000), págs. 207, 209 y 211).

Más prolongada y efectiva que la glosada con tanta latitud por don Amadeo a su padre sería la segunda experiencia presidencial de Ruiz Zorrilla. Pese a que torpezas, desmañas e intransigencias precipitaran a la monarquía democrática a su novelesco final, cabe apuntar en el haber de dicho gabinete —de julio de 1872 a febrero de 1873— realizaciones positivas, a la manera de la creación del Banco Hipotecario y, muy particularmente, la abolición de la esclavitud en Puerto Rico (21 de diciembre de l872), primera iniciativa en el pensamiento del político soriano cara a la emancipación de los negros de la Gran Antilla, es decir, de Cuba. Semanas más tarde de esta loable medida, la denominada “cuestión artillera” abocaba a la flamante dinastía amadeísta a su desaparición. Empecinado Ruiz Zorrilla en mantener el principio de autoridad frente a la oficialidad artillería ulcerada por la promoción al generalato de un antiguo camarada sublevado en el cuartel de San Gil en 1866 en el pronunciamiento ya citado, la aceptación del plante masivo de oficiales y jefes y su sustitución por sargentos acordada por el Congreso a impulso del gabinete, fue mal recibida por el monarca, que supeditó su permanencia a la reconciliación de todo el progresismo, rechazada por el mismo ministerio de Ruiz Zorrilla.

Ganado acentuadamente por la atracción hacia la República desde los meses finales de la derrocada monarquía democrática, Ruiz Zorrilla, apartado desde el 11 de febrero de la política activa, dejaría en completa libertad a sus ardientes partidarios para apoyar al régimen instaurado el 11 de febrero de 1873 por el voto conjunto y anticonstitucional de ambas Cámaras legisladoras. El abrupto término de la I República y la implantación de la disfrazada dictadura del general Serrano reforzaron en el político burgense el distanciamiento de sus antiguas creencias monárquicas, en un proceso psicológico y mental tan rápido como irreversible según vinieron a confirmarlo las diversas declaraciones que al efecto llevara a cabo avanzado ya 1874. De esta forma, al producirse la restauración borbónica en los últimos días de dicho año, el prohombre soriano alzó casi en solitario en la vieja elite política el pendón de rebeldía contra el triunfante canovismo. Dada la pronta inclinación de su artífice por Sagasta para formar el ala izquierda de la monarquía de Alfonso XII no es fantasioso imaginar que éste fuera un factor de cierta trascendencia a la hora de comprender la actitud del antiguo campeón del progresismo radical. Aunque la hipótesis está aún lejos de confirmarse con solidez documental, lo cierto es que, apenas transcurrido un mes desde el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto, Ruiz Zorrilla tenía ya muy adelantado otro de opuesto signo en Madrid, con amplia participación de elementos castrenses de arraigada fidelidad a la memoria de Prim. Su descubrimiento por las nuevas autoridades motivó el inmediato extrañamiento a Francia de su alma y cerebro.

Durante un veinteno y hasta pocos meses antes de su fallecimiento, Ruiz Zorrilla permaneció en el destierro. La ayuda indeficiente de su idolatrada y abnegada esposa al mismo tiempo que la solidaridad de la internacional masónica, muy activa en la protección y enaltecimiento del hermano Cavour —nombre del burguense en las logias—, paliaron la amargura del trance. Como en el primer exilio, también el trajinar infatigable en pro de la victoria de la causa republicana llenó las horas del prócer castellano, cuya entrega a la oposición antiborbónica no conocería desmayo ni tregua a través de un periplo de sucesivas expulsiones y destierros que le llevarían de Francia a Suiza, de ésta a Italia, de Gran Bretaña a Bélgica..., y siempre desde un incesable ir a venir a un París adorado y esquivo hasta la instauración de la III República en 1879. Invariablemente alejado de Castelar y circunstancialmente aliado con Nicolás Salmerón la febril pulsión conspirativa de Ruiz Zorrilla no tardó, empero, en poner fin a su unión con el tercer presidente de la I República, cansado y en algo en desacuerdo del totorresismo revolucionario del prohombre castellano. El rompimiento con una personalidad tan respetada en los medios republicanos como la del catedrático almeriense forzó a Ruiz Zorrilla a dar a la luz en Londres (1878) el segundo y último escrito público —”Ruiz Zorrilla a sus amigos y a sus adversarios”— salido de su ágrafa y no muy ática pluma: “[...] los que me llamáis socialista, demagogo e internacionalista, sois los mismos o descendientes de aquellos otros que llamaban presidiario a Argüelles, ladrón a Mendizábal, y decían que Espartero se había escapado con las cajas públicas a Londres; los que llamabais capitán de bandidos a D. Juan Prim, bandolero a Garibaldi; y los que calificáis de comunards a Grévy, Gambetta, Víctor Hugo, Simon y todos los republicanos más ilustres de Francia”.

La autoría teórica de los planes conspirativos de los pronunciamientos y asonadas republicanos que jalonan la primera década de la Restauración —Badajoz (agosto de 1883), Santo Domingo de la Calzada, Seo de Urgel, Santa Coloma, Madrid...— y el ardor de su sentimiento antiborbónico harían imposible su vuelta a una patria hipostasiada en el recuerdo del recio castellano. Sin embargo, a partir del fracasado putsch madrileño del brigadier Villacampa —ideado por Ruiz Zorrilla en septiembre 1886 en colaboración estrecha con su gran amigo el marqués de Montemar—, únicamente la reluctancia hacia un Sagasta convertido en gran cariátide del Sistema determinó, en última instancia, el rechazo de las varias tentativas por retornarlo a España patrocinadas —con el invariable visto bueno de Cánovas— por algunos de los más famosos de sus seguidores como el célebre Doctor Cortezo.

 

Bibl.: E. Rodríguez Solis, Historia del Partido republicano español (de sus protagonistas, de sus tribunos, de sus héroes y de sus mártires), Madrid, 1893, 2 vols.; V. Álvarez Villamil y R. Llopis, Cartas de conspiradores. La Revolución de Septiembre. De la emigración al poder, Madrid, Espasa Calpe, 1929; P. Gómez Chaix, Ruiz Zorrilla. Ciudadano ejemplar, Madrid, Escasa Calpe, 1934; P. de Luz, Los españoles en busca de un rey (1868-1871), trad. de J. J. Permanyer, Barcelona, Juventud, 1948; M. Fernández Almagro, Historia política de la España contemporánea, vol. I, Madrid, Pegaso, 1956; A. Eiras Roel, El Partido Demócrata español. (1849-1868), Madrid, Rialp, 1961; M. Martínez Cuadrado, Elecciones y partidos políticos de España (1868-1931), Madrid, Taurus, 1969, 2 vols.; C. Darde, “Los partidos republicanos en la primera etapa de la Restauración (1875-1890)”, en J. M.ª Jover Zamora, El siglo XIX en España: doce estudios, Barcelona, Planeta, 1974, págs. 433-63; J. Pabón, España y la cuestión romana, Madrid, Moneda y Crédito, 1972; F. Álvarez Lázaro, Masonería y librepensamiento en la España de la Restauración (Aproximación histórica), Madrid, Universidad Pontificia Comillas, 1985; J. M. Cuenca Toribio, Relaciones Iglesia y Estado en la España contemporánea (1833-1985), Madrid, Alambra, 1989; J. Rubio García-Mina, España y la guerra de 1870, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 1989, 3 vols.; J. A. Piqueras, La revolución democrática (1868-1874). Cuestión social, colonialismo y grupos de presión, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1992; D. Mack Smith, I Savoia Re d’Italia, Milán, 1992; J. M. Cuenca Toribio, Ensayos iberistas, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 1999; J. Canal, “Manuel Ruiz Zorrilla (1833-1895). De hombre de Estado a conspirador compulsivo”, en I. Burdiel y M. Pérez Ledesma (coord.), Liberales, agitadores y conspiradores. Biografías heterodoxas del siglo XIX, Madrid, Espasa Calpe, 2000, págs. 269-299; C. Seco Serrano, “El reinado de Amadeo I contado por él mismo”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, CXCVII (2000).

 

José Manuel Cuenca Toribio