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Íñigo de la Cruz Manrique de Lara Arellano y Mendoza

Biografía

Manrique de Lara Arellano y Mendoza, Íñigo de la Cruz. Conde de Aguilar de Inestrillas (XI). Madrid, 3.V.1673 – Santa Fe (Granada), 9.II.1733. Militar y escritor.

Hijo de Rodrigo Manrique de Lara y Távora, II conde de Frigiliana (que fue caballero de la Orden de Calatrava, coronel del Regimiento de la Guardia del Rey, de los Consejos de Estado y Guerra, virrey de Valencia, capitán general de Andalucía y costas del mar océano y de la Armada Real de España, presidente de los Consejos de Aragón y de Indias), y de María de Valvanera Antonia Ramírez de Arellano y Mendoza, X condesa de Aguilar de Inestrillas, Grande de España, IV marquesa de la Hinojosa, III condesa de Villamor y señora de los Cameros, dama de la reina Mariana de Austria. Casó en Madrid el 11 de noviembre de 1689 con donna Rosalea María Pignatelli de Aragón y Pimentel (15 de julio de 1672- 10 de septiembre de 1736), hija de Fabrizio Augustín Pignatelli d’Aragona, VII duque de Monteleone, Grande de España y caballero del Toisón de Oro, y de Teresa Pimentel y Benavides, hija de los duques de Benavente (y más tarde duquesa de Híjar por su segundo matrimonio); pero de esta unión sólo hubo una hija que premurió a sus padres.

Apenas cumplidos los cuatro años, su padre, a la sazón teniente coronel del Regimiento de la Guardia Real (la Guardia de la Chamberga), fue desterrado de la Corte por Juan José de Austria (23 de julio de 1677), viéndose obligada la familia a residir en las posesiones riojanas de la condesa hasta la muerte del hijo bastardo de Felipe IV (1679). Apenas de regreso a la Corte, falleció en ella su madre (10 de abril de 1680), dejándole huérfano con apenas siete años, aunque en la posesión de una importante herencia, titulándose desde entonces conde de Aguilar de Inestrillas, Grande de España —se cubrió como tal ante el Rey en 1680, apadrinándole el conde de Paredes—, y demás títulos anejos. Aquel mismo año fue admitido como familiar del Santo Oficio de Toledo, y asistió a un auto de fe en Madrid. Su padre le inclinó tempranamente hacia la profesión de las armas —tradicional en la casa condal de Frigiliana—, sentando plaza en el propio Regimiento de la Guardia del Rey. Luego le acompañó a Valencia, donde el conde de Frigiliana fue virrey (1680-1683), y después a Cádiz, sede de la Capitanía General de Armada de la Mar Océano, que desempeñó a continuación. En Cádiz, asentó de soldado de menor de edad (enero de 1684), contando con la preceptiva licencia real, en la compañía de infantería del almirante Nicolás de Gregorio, de servicio en la Armada, con cuatro escudos de sueldo al mes —caso insólito entre los Grandes—. La carrera militar —determinada desde su infancia, como también su preparación y estudios— llegó a ser plenamente asumida por el joven conde que, en la dedicatoria al Rey de sus Theses mathematicas (22 de junio de 1688), reconoce haberse “Dedicado al estudio de las matemáticas a fin de cumplir las precisas obligaciones con que nació para emplearse en el real servicio”. Aquellos ejercicios de Aritmética, Logaritmos, Trigonometría, Álgebra y Arquitectura Militar supusieron el colofón de sus estudios en el colegio de la Compañía de Jesús de Cádiz, que comenzara en 1684. Encerraban mérito, pese a su corta edad de quince años, como evidencian su inmediata publicación por el colegio y la referencia que merecieron en el Tratado de Fortificación de Pedro de Lucuce, compuesto para la instrucción de jóvenes cadetes, aunque impreso muy tardíamente (1772). Su padre dispuso también su boda, celebrada en 1689, con Rosalea María Pignatelli de Aragón y Pimentel, hija de los duques de Monteleone.

El retorno paterno a Madrid (1691), por haber sido nombrado ministro del Consejo Supremo de Guerra, reactivó la carrera del conde de Aguilar, promovido aquel mismo año al empleo de capitán de Infantería Española, con mando sobre una compañía formada de varios ramos. En la primavera de 1693, coincidiendo con el asedio francés sobre Rosas, marchó a Cataluña proveído con el mando de dos compañías de caballos, como usualmente comenzaban a servir los Grandes; y allí se portó bizarramente. El 7 de febrero del año siguiente, fue promovido a maestre de campo del Tercio de Lombardía —mando vacante desde la muerte del marqués de Solera en la batalla de Orbassano, 4 de octubre de 1693—, que era el más antiguo de los que servían en el ducado de Milán, sobre cuyo origen escribiría el conde hacia 1730 un breve opúsculo. Simultáneamente, recibió también el gobierno de la plaza de Novara, que gozaban los maestres de campo de dicho Tercio, aunque en su caso no le representara ningún incremento de gajes porque, como Grande de España, percibía un sueldo mensual de 500 escudos. Se incorporó a su nuevo destino el 7 de abril de 1694, partiendo enseguida al campo dei Cardi, donde el maestre de campo general conde de Louvignies le dio entrada en los Consejos de Guerra; por razón de su empleo, tuvo también asiento en el Consejo Secreto o Colateral de aquel Estado. En 1695 acudió al sitio de Casale Monferrato, fortaleza ante la que habían fracasado en el pasado Gonzalo Fernández de Córdoba y el gran Ambrosio Spínola.

Su Tercio fue el encargado de abrir la trinchera (25 de junio), progresando el trabajo hasta lograr la capitulación de los franceses que lo guarnecían (9 de julio), que ofrecieron una floja resistencia. Retirado el ejército a los cuarteles de invierno, obtuvo licencia para viajar a Roma y Nápoles, donde supo que el Rey le había concedido el collar de la Insigne Orden del Toisón de Oro (28 de diciembre de 1695) por su destacada actuación en el asedio; pero en mayo hubo de regresar precipitadamente a Milán, al conocerse que Catinat marchaba sobre Turín, socorriendo al gobernador marqués de Leganés con 50.000 escudos que le confió el virrey de Nápoles. Tras reforzar la guarnición de Novara, asistió a la fortificación y defensa del campo atrincherado en torno a la capital saboyana, aunque la amenaza francesa no tendría efecto, debido a que ya que se trabajaba en el tratado de neutralización de Italia, concluido después en Vigevano (7 de octubre de 1696). Entonces retornó el conde a Madrid, con real licencia. Su padre, consejero de Estado desde 1695, formó parte de la junta de regencia que gobernó la Monarquía hasta la llegada de Felipe V a Madrid (2 de noviembre de 1700 a 18 de febrero de 1701). Para recompensar sus servicios, el nuevo Rey le honró con la presidencia del Consejo de Indias y prestaría también atención a la carrera de su único hijo, que entonces cobraría un impulso definitivo. El conde de Aguilar se hallaba en Novara cuando el Milanesado fue invadido (31 de mayo de 1701) por el ejército imperial que, al mando de Eugenio de Saboya, venció a las tropas franco-hispano-saboyanas en los combates de Carpi (9 de julio) y de Chiari (1 de septiembre de 1701), en el último de los cuales se halló presente Aguilar con su Tercio. El 23 de febrero siguiente, fue nombrado general de la Caballería extranjera del Estado de Milán, con el grado de sargento general de batalla y los accesorios de coronel del Regimiento formado para su propia guardia —el antiguo Trozo valón de Brabante, que llegó desde Cataluña atravesando por Francia—, y de capitán de su compañía coronela. Conservaría los dos últimos mandos hasta mucho tiempo después de su regreso a España: la coronelía hasta el 5 de mayo de 1705 y la compañía hasta el 26 de enero de 1707, aportándole ambas ingresos adicionales, dado que el generalato de la Caballería ya superaba su inicial sueldo de Grande. Al frente de dicho Regimiento y de la Caballería napolitana y valona, se halló en el socorro de Mantua (7 de mayo de 1702), batalla de Luzzara (15 de agosto) y reconquista de Guastalla (10 de septiembre), operaciones a las que asistió personalmente Felipe V, y que obligaron a los imperiales a retroceder hacia el alto Bórmida, aunque su definitiva expulsión de Lombardía no se completaría hasta el año siguiente. En la campaña de dicho año (1704), el conde permaneció bloqueando Ostiglia mientras el ejército principal invadía el Trentino; sin embargo, se halló en la derrota de la caballería austríaca del general Visconti junto al Staffora, cerca de San Sebastiano (26 de octubre de 1703), donde su Regimiento tuvo una destacada actuación, que él mismo evocaría al certificar los servicios de José Basilio de Aramburu, futuro capitán general de Mallorca, que entonces comenzaba a servir de simple soldado. El 21 de enero de 1704 se le expidió título de coronel del nuevo Regimiento de las Reales Guardias de Infantería española, con el encargo de formarlo, para lo cual fue llamado de Italia a España. El 19 de marzo se hallaba ya en la Corte, avanzando la leva, aunque no daría su primera guardia al Rey hasta el 5 de mayo de 1704, en el campo real de Alcántara, la víspera de la invasión de Portugal; no obstante, los despachos a los oficiales se entregaron posteriormente (18 de octubre de 1704), siendo ésta la fecha que consigna José de Alcedo, el historiador de las Indias que también lo fue de las Guardias Españolas. Sin embargo, el nombramiento para el cargo, obviamente anterior al despacho del título, fue conocido por el nuncio apostólico en España mucho más tempranamente (5 de diciembre de 1703), cuando escribió al Vaticano que “il re ha comandato che si formi un Reggimento d’Infanteria per sue Guardie e ha nominato per Colonnello il Co: di Aguilar”.

El Regimiento de Reales Guardias recibió su bautismo de fuego en la campaña de Portugal, integrado en el ejército principal al mando del Rey, uno de los cinco que comenzaron la invasión. Asistió a la toma de Salvatierra (7 de mayo) y formó parte del cuerpo destacado para rendir Penha Garcia (10 de mayo), operación que el conde mandó en jefe, hallándose igualmente presente en las conquistas de Castelo- Branco (25 de mayo), Portalegre (8 de junio) y Castelo da Vide (25 de junio), entre otras plazas menores.

El conde de Aguilar partió de regreso a la Corte el 1 de julio, dando escolta al Rey, mientras el ejército quedaba al mando del duque de Berwick. Entró con Felipe V en Madrid, el 16 de julio, tras dejar a su regimiento acuartelado en Vallecas, y en la tarde siguiente asistió al Tedeum celebrado en la iglesia de Atocha por las recientes victorias. El 10 de septiembre, cuando Felipe V hizo públicas las recompensas por los servicios prestados durante aquella campaña, el conde recibió su ascenso a teniente general de los Reales Ejércitos, con el empleo accesorio de director general de la Infantería de España y conservando tanto la coronelía del nuevo Regimiento de Reales Guardias Españolas como el de la Guardia del general de la Caballería extranjera del Estado de Milán. En la primavera de 1705 abordó la reorganización del Regimiento de Reales Guardias, que pasaría a tener cuatro batallones en lugar de los dos iniciales. El 14 de julio de 1705 se entregaron los despachos a los nuevos oficiales, habilitándose un nuevo cuartel en Vicálvaro para descongestionar el de Vallecas. Este nuevo pie sería el más perdurable de la unidad, pues aunque modificado en 1710, se volvería a él en 1716 para permanecer en vigor hasta 1803; de manera que se debe al conde no solamente la formación del Cuerpo, sino también su singular composición orgánica de cuatro batallones, cuando en España los regimientos no solían tener más que uno o dos. En el mes de agosto siguiente, a raíz de un incidente sobre preeminencias en los bancos de la capilla de palacio (15 de agosto de 1705), los capitanes de las dos compañías españolas de las Reales Guardias de Corps —el duque de Sessa y el conde de Lemos— dimitieron de sus cargos por no sufrir un agravio que entendían que erosionaba los privilegios de la Grandeza de España como institución. Felipe V aceptó ambas dimisiones y proveyó sus empleos, siendo nombrado el conde de Aguilar capitán de la primera compañía española de sus Reales Guardias de Corps (1 de septiembre de 1705), en sustitución del duque de Sessa. Aquel mismo año, tras la capitulación de Barcelona (9 de octubre de 1705), fue enviado a Versalles para solicitar ayuda francesa para recobrar aquella plaza.

Luis XIV le recibió dos veces, el 22 y 23 de noviembre, ambas acompañado del duque de Alba, embajador de su nieto, obteniendo inmediatos auxilios para la asediada guarnición de Rosas, y la promesa de enviar a España otro contingente igual al que ya operaba aquí desde 1704 (veinte batallones y quince escuadrones), superando así los treinta mil hombres. Ambos contingentes, convergiendo desde Aragón y el Rosellón, pusieron sitio a Barcelona a primeros de abril de 1706, pero hubieron de abandonarlo (10 de mayo) al acudir la flota inglesa al socorro de la plaza (8 de mayo de 1706), retirándose los sitiadores al Rosellón para regresar posteriormente a España por Navarra. El conde de Aguilar asistió al Rey en las operaciones, mandando la reducida escolta que, desde Pamplona (2 de junio), apresuró el regreso del Monarca a la Corte (6 de junio), amenazada por un ejército angloportugués.

Tras la evacuación de Madrid (21 de junio), acompañó de nuevo al Rey en la marcha hacia Torija y Sopetrán, mientras el marqués das Minas ocupaba la Villa y Corte (27 de junio). El conde de Aguilar jugó un papel decisivo a la hora de definir la estrategia para recuperar la capital de la Monarquía, oponiéndose al parecer mayoritario que proponía marchar hacia Navarra para unirse a la infantería francesa; en cambio, sugirió establecer el campo real en Jadraque para facilitar la llegada de refuerzos españoles desde Extremadura y Andalucía, así como el repliegue de las tropas procedentes del sublevado reino de Valencia. El mariscal de Berwick, que había perdido poco antes diez batallones en Alcántara (14 de abril) por desatender el parecer del conde, le secundó esta vez y todos se fueron conformando a su criterio.

No sin razón, refiriendo aquellos hechos el coetáneo y comprometido austracista Francisco de Castellví, escribió que “no se le podía negar la gloria de haber mantenido al rey Felipe la corona”. El conde sabía cuán necesario era entonces apuntalar la moral de los soldados, dado que Cataluña, Valencia y Aragón se habían declarado por el archiduque, cuyos aliados habían entrado en Castilla, ocupando Salamanca, Ávila, Madrid, Toledo y Cuenca. Una retirada a Navarra, hacia la protectora seguridad de Francia, habría sido interpretada como una huida, aparte de evidenciar la desconfianza real hacia las tropas españolas que a la sazón le acompañaban, porque las francesas —empeñadas en su totalidad en el fallido asedio de Barcelona—, no habían regresado aún. Por eso porfió Aguilar contra el parecer de todos hasta lograr convencer al Rey de que debía quedarse para dar ejemplo, recomendándole que no descuidara arengar personalmente a sus tropas. Felipe V secundó su consejo, logrando enderezar la situación y obligar al ejército luso-anglo-holandés a evacuar Castilla, perseguido de cerca y acosado por el suyo hasta el reino de Valencia.

Los regimientos franceses procedentes de Navarra se unieron al ejército real el 16 de julio, en Jadraque, restableciéndose la paridad de fuerzas con el enemigo. El Consejo quería forzar una batalla para expulsar a éstos de Castilla, pero de nuevo se opuso el Conde, sopesando los riesgos de empeñar al ejército en combate, dado que era el único capaz de sustentar aquel trono.

Adujo que, privando a los confederados de sus reservas de provisiones, se le obligaría a levantarse de Castilla sin necesidad de afrontar las incertidumbres de una batalla campal; pero no se limitó solamente a proponer la solución, sino que se ofreció para llevarla personalmente a cabo. El 31 de julio, al frente de dos mil jinetes, sorprendió y capturó en Marchamalo, cerca de Guadalajara, una gran parte del bagaje de los austracistas, que hubieron de abandonar primero Guadalajara y después Alcalá de Henares, recobrada por las tropas borbónicas el 2 de agosto. El día 4 volvió el conde a sorprender la retaguardia enemiga en Torres de la Alameda, capturando otros doscientos carros de su bagaje y obligándoles a desalojar sus posiciones defensivas en los altos de Los Hueros, para marchar por Loeches a Chinchón, debido a la falta de subsistencias; gracias a ello, un destacamento al mando del marqués de Mejorada recobraba Madrid el mismo día. Los anglo-portugueses acamparon algún tiempo en torno a Morata y Chinchón, donde pudieron mantenerse gracias a la fértil vega del Tajuña, pero finalmente pasaron el Tajo por Fuentidueña (9 de septiembre) y, desde Tarancón, se internaron por las estribaciones de la serranía conquense para protegerse de la caballería del conde de Aguilar. Vista ya su determinación de salir de Castilla, el Rey y el conde dejaron el ejército en manos del duque de Berwick y el 16 de septiembre, desde Huelves, regresaron a Madrid por Ocaña y Aranjuez. Como director general de la Infantería, tuvo que asumir la tarea de levar, reclutar, equipar, armar e instruir a los regimientos de su Arma, base imprescindible del éxito campal. En la parte normativa, redactó un nuevo reglamento para el servicio de la Infantería, que el Rey ordenó “enseñar a todo el Ejército, sin que nadie pueda oponerse” (Real Decreto de 30 de diciembre de 1706). Además, consiguió levar y equipar varios regimientos nuevos, pese a la escasez de suministros provocada por el saqueo de los almacenes reales durante la reciente ocupación de la Corte, apuntalando a tiempo al ejército con que el duque de Berwick venció a la coalición austracista en la batalla de Almansa (25 de abril de 1707). Pese a las abrumadoras tareas de gabinete, hubo de abandonar temporalmente la Corte para explotar los frutos de aquel triunfo; así, al frente de las Milicias Provinciales castellanas que reunió el conde de Ablitas, dirigió la reconquista de Ciudad Rodrigo, ante la cual llegó el 30 de julio, ganándola por asalto el 4 de agosto. El conde se revelaba “tan admirable en la acción como en el despacho”, como escribió De Vayrac; pero cabría añadir que pocas cosas escapaban a su aguzado oído y su ojo avizor. En la primavera de 1709 asumió la responsabilidad de ordenar la detención de dos oficiales del duque de Orleans, comandante en jefe de los ejércitos franco-españoles desde mayo de 1707, cuyo interrogatorio desveló la connivencia del mariscal francés, sobrino de Luis XIV, con el enemigo. El mismo rey de Francia hubo de reconocerlo así en una tardía carta a su nieto (5 de agosto de 1709), aunque tratara de disminuir su importancia y, desde luego, ocultara su propia intervención en los hechos, ya que Francia buscaba arreglar una paz separada con Inglaterra.

Un mes antes (4 de julio de 1709), había ordenado repatriar a todas sus tropas de España, aunque la intervención personal de la reina de España, María Gabriela de Saboya, y de su propio hijo el Delfín, lograrían que consintiera en una retirada gradual para evitar el colapso militar de su nieto. No obstante, impuso a éste un nuevo comandante en jefe francés, el mariscal de Bezons, que según el marqués de San Felipe vino a hacer “una guerra no por el Rey Católico, sino contra él”. El conde de Aguilar, comandante de las tropas españolas, tuvo continuas fricciones y desencuentros con dicho mariscal hasta que, persuadido de que nada le haría deponer su actitud, hubo de despachar un correo al Rey reclamando su presencia en el ejército “para evitar una gran desgracia”. Felipe V se puso en marcha (1 de septiembre), escribiendo al mariscal una dura carta desde Guadalajara (2 de septiembre), en la cual le reprochaba su conducta. Sin embargo, cuando llegó al campo (14 de septiembre), y tras entrevistarse con él, cambió de talante, quizá temeroso de irritar a su abuelo. Tras permanecer dos semanas con las tropas, el Rey regresó a la Corte en compañía del conde de Aguilar y, de camino, concedió en Zaragoza el collar del Toisón de Oro al mariscal francés (2 de octubre), que, de todas formas, regresó pronto a Francia con el resto de los suyos. El conde de Aguilar, abocado entonces a la urgente necesidad de levantar nuevas tropas, no pudo volver al ejército, encomendado al valón príncipe de T’Serclaes de Tilly, pero recibió del Rey la rica encomienda de Manzanares, de la Orden de Calatrava, aunque para gozarla hubo de renunciar al collar del Toisón de Oro, debido a la incompatibilidad entre ambas Órdenes.

Previamente se cruzó en la Orden de Calatrava (1709), a la que ya pertenecía su padre, en cuyo expediente aparece citado como “Iñigo de la Cruz Manrique de Lara y Valvanera, Ramirez de Arellano Mendoza, Tavora y de Guevara”. Sin embargo, no pocas veces se le menciona anteponiendo el apellido Fernández al de Manrique de Lara. A lo largo del año de 1710 el conde de Aguilar revalidó su sobresaliente capacidad de organización, aplicación y recursos, que se le han reconocido unánimemente. Reclutó segundos batallones para los regimientos de Infantería española, repatrió de Flandes quince regimientos valones —que llegaron muy mermados—, levantó nuevos regimientos bisoños y logró restaurar la fortaleza del ejército, lastrado por la deserción francesa, a pesar de verse obligado a reforzar las guarniciones de Toscana e islas de Elba y Sicilia, que, junto al condado de Namur y el Luxemburgo, era cuanto conservaba Felipe V de la herencia europea de los Austrias. Sin embargo, aquel ejército hubo de pelear en inferioridad contra un enemigo muy reforzado, siendo derrotado en Almenara (27 de julio) y en Zaragoza (20 de agosto), tras haber librado con relativo éxito un combate defensivo en Peñalba (15 de agosto). Retenido por el formidable trabajo de levantar, organizar y formar un nuevo ejército, no se halló el conde en aquellas lides, aunque sí el Rey, que delegó el mando operativo primero en el marqués de Villadarias y después en el marqués de Bay. Finalmente, pudo Aguilar reunirse con Felipe V en Valladolid, en la primera decena de septiembre, con anterioridad a la llegada del duque de Vendôme, llamado por el Rey para mandar el ejército, pese a la mayor clarividencia y actividad, aunque no templanza, del conde de Aguilar sobre aquel príncipe y mariscal francés, a quien Luis XIV había privado del mando de sus ejércitos. Quizá para igualar sus rangos militares, Felipe V despachó al conde de Aguilar la patente de capitán general de sus Reales Ejércitos, firmada en Valladolid el 1 de octubre de dicho año, pocos días antes de que la Corte cayera por segunda vez en poder del archiduque pretendiente. En cincuenta días que el enemigo estuvo en Madrid, escribe Álvarez Baena, “el conde de Aguilar, ayudado del marqués de Castelar, juntó 22.000 hombres, vistiéndolos y armándolos a expensas de Castilla y Andalucía, cosa imposible para otro que no fuese él, que era de la mayor eficacia en los negocios y de incomparable inteligencia en la mecánica de la guerra. Ninguno en esta ocasión sirvió más a su rey, pues con este ejército y su valor y asistencia se ganó el 10 de diciembre la memorable batalla de Villaviciosa, que el duque de Vendôme juzgaba ya perdida”. El notable biógrafo de las personalidades matritenses no se excedió al elogiar las dotes organizativas del conde, verdadero artífice de la infantería que aseguró en las sienes de Felipe V la corona de las Españas, ni tampoco resaltando su papel en la decisiva batalla de Villaviciosa (10 de diciembre de 1710). En aquella jornada el conde de Aguilar mandó el ala izquierda del ejército, compuesta exclusivamente de caballería. Su primera carga fue rechazada por los imperiales, que hicieron lo mismo con los ataques del centro y la derecha borbónica; pero el conde logró evitar la dispersión de sus tropas y, formándolas de nuevo, se lanzó de nuevo contra la caballería portuguesa del conde de Atalaia, logrando descomponer la primera y segunda líneas de la derecha enemiga. Aquella acción fue decisiva, y el necesario eslabón que permitió a la caballería de la derecha felipista, al mando de Valdecañas, apoyada por un grueso destacamento que Bracamonte acababa de conducir al campo de batalla, vencer la última resistencia de Stahrenberg, que pudo replegarse hacia a un bosque, al abrigo de la caballería, y retirarse del campo a favor de un temprano anochecer casi invernal. Quiso el conde de Aguilar perseguir al enemigo y cortar su retirada con la caballería, pero se opuso a ello Vendôme, cuyo parecer secundó el Rey, permitiéndose así que el derrotado ejército archiducal, en aceleradas marchas, se refugiase en Aragón y Cataluña. En lo sucesivo, las discrepancias entre los dos generales de Felipe V alcanzarían un punto de imposible reencuentro, como sucedió en el verano siguiente, cuando Vendôme, contra el parecer del conde de Aguilar, prefirió tomar Prats de Rey en lugar de Cardona, objetivo propuesto por éste y de mayor importancia estratégica. El ejército marchó sobre Prats el 16 de septiembre, pero Vendôme, tan torpe táctico como deficiente estratega, sufrió la hábil maniobra de Stahrenberg, inferior en fuerzas, que supo ganar y conservar siempre la ventaja del terreno, evitando librar la batalla a que el mariscal quería abocarle. Ya entrado el otoño, viendo que no era capaz de sacar al general austríaco de sus posiciones, resolvió Vendôme ponerse sobre Cardona, cuando ciertamente era demasiado tarde formalizar su asedio. Entonces el conde de Aguilar, no pudiendo sufrir más dislates, pidió licencia a Felipe V para dejar el ejército y pasar a la Corte. “No se le respondió —refiere el marqués de San Felipe—, y poco poderoso contra sí mismo volvió a escribir en tono de picado, e hizo dejación de los empleos que tenía. De todos los empleos le admitió el Rey luego la dejación, y se proveyeron en otros. Llegó a la corte, y aunque le permitieron los Reyes el favor de dejarse obsequiar, se le insinuó que saliese de Madrid. Así se inutilizó a los fines de esta guerra un general de los más hábiles y experimentados”. El conde salió de la Corte el miércoles 23 de diciembre de 1711, un año escaso después de su última y triunfal entrada en la misma, junto al Rey y Vendôme, tras forzar su evacuación por los austracistas (3 de diciembre de 1710). Pero no se retiró a sus estados riojanos, como afirman —siguiendo a Baena— cuantos han biografiado al personaje, sino al castillo de Peñas Borras, en Manzanares (Ciudad Real), sede de su encomienda, que siguió disfrutando hasta el fin de sus días. Desde allí escribió al Rey el 2 de febrero de 1716, solicitando licencia para visitar a su padre, que seguía presidiendo el Consejo de Indias y se hallaba enfermo. Le fue concedido, aunque la visita fue breve por el rápido restablecimiento paterno, que el 17 de abril volvía a presidir las sesiones consultivas. Regresó a la Corte el año siguiente, al producirse la muerte de su padre, siéndole permitido desde entonces residir a seis leguas de ella, en su magnífica quinta de Canillejas (la que hoy se llama Alameda de Osuna), en la que precisamente se había instalado el archiduque (26 de septiembre de 1710) antes de su entrada en Madrid. No obstante, cuando el embajador francés duque de Saint Simon llegó a Madrid, en 1721, parece que residía ya en la Villa y Corte, aunque todavía no se le había autorizado ver al Rey. El embajador cumplió dicha misión y se produjo entre ambos un corto intercambio de fugaces visitas y entrevistas, única y débil base de la aviesa y burda etopeya que dejó del conde de Aguilar; tan gratuita, por cierto, como la infundada imputación de que hubiera envenenado a Vendôme o que conspirara en favor de cierto “partido italiano”. Supo en cambio Saint Simon, ya en París, que finalmente los Reyes permitieron al conde visitarles, aunque no data el hecho. Se cree que debió producirse a finales de 1724, o quizá a lo largo de 1725, una vez que Felipe V reasumiera la Corona tras la muerte de Luis I (1 de septiembre de 1724). No se explicaría de otra forma su nombramiento (14 de diciembre de 1725) como patrono del colegio de Santa Justa y Rufina, de la Universidad Complutense (Alcalá de Henares), circunstancia impensable de no haber recuperado ya el favor real. Para entonces su salud estaba muy deteriorada, como años antes había constatado Saint Simon, que de nuevo se engañó respecto de su “frustración política”. No parece creíble que conservara entonces la menor inclinación, como probablemente ni siquiera lugar, en el entorno cortesano, aunque aún no eran públicas su resistencia y oposición intelectual al centralismo borbónico, alienante de los antiguos privilegios, de los cuales se declararía defensor. Por eso se alejará y distanciará cada vez más de la Corte, refugiándose en sus estados sureños (Málaga, Alhaurín, Corin, Frigiliana y Granada), intensificando su actividad literaria y su epistolario erudito, pero sobre todo centrándose en la conclusión de su Defensorio, justamente reivindicada por Palau como una de las obras más importantes de la literatura militar española, cuya publicación precedería poco más de un año a su propia muerte. Fue quizá uno de los más significados exponentes de las actitudes y contradicciones de la Grandeza española durante la instauración borbónica: de una parte, probó su lealtad a Felipe V hasta el punto de jugar un papel decisivo en la salvaguarda de su inestable Corona, pero llegó a envidarle no solamente como fruto de su situación personal, sino por compromiso de clase con una Grandeza cuyas prerrogativas no cesaba de erosionar el Rey. Saint Simon, que no llegó a sondar su carácter más que superficialmente, que tanto envidiaba su independencia sin poder comprenderla, acabó hallando una salida a su propia encrucijada saludándole como “el hombre de todas las Españas”.

Ciertamente, su carácter era terrible por altanero y orgulloso; se le achacó la muerte del duque de Osuna, que falleció tras tomar un polvo de tabaco que le había ofrecido el conde. Cuenta Saint-Simon que se indispuso con los Reyes por haber pretendido proporcionar una querida al Rey, y que fue uno de los Grandes que más se indignaron por el tratamiento de “Alteza” dado a la princesa de los Ursinos y al duque de Vendôme, de cuya muerte por envenenamiento también se le acusó públicamente. Según el mismo Saint-Simon, era tan feo de espíritu como de rostro, pero lleno de capacidad, talento e ingenio, nervio, ambición y recursos que no podían pasarse por alto.

Gramont dijo de él que “tiene casi el mismo carácter (que Veragua que es la soberbia misma, ingenioso y lleno de astucia y talento) y para que estuviese contento y bien a su gusto sería preciso que la nación francesa se extinguiese en España; él, primado, y el Archiduque en Madrid. Los tres personajes que acabo de nombrar seguidos son por lo tanto los brazos derechos de la Princesa de los Ursinos y los solos confidentes de la Reina: hágase sobre esto las reflexiones que se quiera”. A pesar de la irrecuperable postración de su carrera militar y política, la figura del conde de Aguilar mereció de sus contemporáneos un respeto que no pudieron eclipsar los corifeos y panegiristas cortesanos. Así, el marqués de Santa Cruz de Marcenado, el tratadista militar español más universal de su tiempo, se refirió a él, aún en vida, como “el Escipión de nuestra España y el Catón de nuestro siglo”.

 

Obras de ~: Theses mathematicas defendidas por el Excelentísimo señor D. Iñigo de la Cruz [...], en el Colegio de la Compañía de Jesús de la Ciudad de Cádiz, Cádiz, 1688; Memorial al Rey (sobre sueldos y servicios, desde Novara, 28 de agosto de 1700, en Archivo Histórico Nacional); Certificación de los servicios militares de D. José Aramburu, Madrid, 1705 (ms. en Archivo Histórico Nacional, Estado, leg. 1282); Exercicio, servicio, modo de campar y montar guardias para el servicio de la Infantería de España, Madrid, 1707; Copia de la carta que escribió al Rey D. Phelipe Quinto el Conde de Aguilar, Señor de los Cameros, su fecha en Manzanares a 2 de febrero 1716 (ms. en Biblioteca Nacional de España); Censura de las Reflexiones Militares del Marqués de Marcenado [examen crítico, a petición del autor, inserto en el t. XI de su obra], Paris, 1730; Antigüedad y origen del Tercio de Lombardía, s. l., c. 1730 (ms. en Biblioteca Nacional de España); Defensorio de la religiosidad de las Órdenes militares de España, con un proyecto para hacer el servicio según su instituto en grande utilidad del Estado, Madrid, 1731.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), Célebres, caja 35, exp. 7; Registros, lib. 67, fol. 133; lib. 73, fol. 14v.; lib. 76, fol. 100; y lib. 80, fol. 87; Archivo Histórico Nacional, Órdenes Militares, Calatrava, exp. 1495; Estado, leg. 658; leg. 7680, exp. A-9; Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores, lib. I del Registro de la Insigne Orden; Archivo Secreto Vaticano, Nunziatura di Spagna, leg. 189.

L. de Salazar y Castro, Historia genealógica de la Casa de Lara, lib. XIV, vol. IV, Madrid, Imprenta Real, 1694-1697, págs. 814-817; F. de Castellví, Narraciones Históricas, 1701- 1715 (Madrid, Fundación Francisco Elías de Tejada, 1998, 4 vols.); A. de Ubilla y Medina, Svccession de El Rey D. Phelipe V nuestro Señor en la corona de España: diario de sus viages desde Versalles a Madrid el que executó para su feliz casamiento [...] sucessos de la campaña, y su buelta a Madrid, Madrid, Juan García Infanzón, 1704 (campaña de 1702); J. A. B., Chevalier de Bellerive, Histoire des dernières campagnes de monseigneur le duc de Vendosme, qui contient la fidelité heroîque des Espagnols au Service de Phlippe V [...] les divers événements qui se sont passés en Espagne depuis l’arrivée de M. de Vendosme jusqu’à sa mort, Paris, Saugrain, 1714; Duque de Gramont, Mémoires du Mareschal de Gramont, Duc et Pair de France, Paris, por Michel David, 1716; J. de Vayrac, État present de l’Espagne, t. IV, Paris, por André Caillau, 1718, 4 vols.; V. Bacallar y Sanna, marqués de San Felipe, Comentarios de la Guerra de España, Génova, por Mateo Garvizza, 1726 (ed. de C. Seco, Madrid, 1949, BAE, n.º 99); Á. de Navia Osorio, Marqués de Santa Cruz de Marcenado, Reflexiones Militares, t. II, Turín y París, 1724-1730, pág. 145; J. de Alcedo, Estado de los oficiales del Regimiento de Guardias de Infantería española desde su creación, Madrid, c. 1778 (ms. en Biblioteca Nacional de España); J. A. Álvarez y Baena, Hijos de Madrid ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes, t. II, Madrid, por Benito Cano, 1779, págs. 409-412; J. de Pinedo y Salazar, Historia de la Insigne Orden del Toisón, t. II, Madrid, 1787, págs. 439-441; R. Muñiz, Biblioteca cisterciense española, Burgos, por José de Navas, 1793, págs. 5-6; J. J. Germain, barón de Pelet, Mémoires relatifs à la Guerre de Succession d’Espagne, Paris, 1842-1862, 12 vols.; M. Fernández de Navarrete, Biblioteca marítima española, t. I, Madrid, 1851, págs. 659-660; P. de Courcillon, marqués de Dangeau, Journal, 1684-1715, Paris, 1854-1858, 14 vols.; L. de Rouvroy, duque de Saint-Simon, Mémoires, Paris, Cheruel, 1856-1858, 19 vols.; C. Garran, Galería de riojanos ilustres, Valladolid, Viuda de Cuesta e Hijos, 1888; E. Esperabé de Arteaga, Diccionario enciclopédico ilustrado y crítico de los hombres de España, Madrid, Artes Gráficas Ibarra, 1956; H. Kamen, La Guerra de Sucesión en España, 1700-1715, Barcelona, Grijalvo, 1974; P. Voltes Bou, La guerra de Sucesión, Madrid, Planeta, 1990; A. de Ceballos-Escalera y Gila (dir.), La Insigne Orden del Toisón de Oro, Madrid, Patrimonio Nacional, 1996, collar n.º 580; J. L. Sánchez Martín, “El general Aramburu, 1683-1757”, en Researching & Dragona, vol. VIII, n.º 20 (2003), págs. 4-23.

 

Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, Vizconde de Ayala

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