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Pedro Romero Martínez

Biografía

Romero Martínez, Pedro. Ronda (Málaga), 19.XI.1754 – 13.II.1839. Torero.

Pedro Romero fue el más ilustre miembro una de las más famosas dinastías de la historia del toreo. Hijo de Juan de Dios Romero de los Santos, sus hermanos José, Gaspar (o Juan Gaspar) y Antonio también fueron toreros. El escritor Nicolás Fernández de Moratín fue el primero en considerar a Francisco Romero y Acevedo, abuelo de Pedro Romero, como torero; desde ese momento, la historiografía clásica (Cossío, Don Ventura, Natalio Rivas y Alameda, y también su biógrafo Guerrero Pedraza, entre otros) da por segura su existencia, limitándose a copiar y a transmitir durante los siglos XIX y XX las mismas y escasas noticias que sobre su vida aportó Moratín. Sin embargo, los autores anteriores a este escritor no citan a Francisco, como tampoco lo hace el propio Pedro Romero en ninguna de las muchas cartas que escribió, en las que en varias ocasiones habló de sus familiares toreros.

Diego Ruiz Morales explica, en un esclarecedor artículo publicado en el segundo volumen de Papeles de toros, todo el proceso de “invención” del personaje, para acabar afirmando que Francisco Romero (si es que se llamaba así el abuelo de Pedro Romero) ni fue torero ni fue, por tanto, el fundador de la famosa dinastía de los Romero de Ronda. “No existe documento de ningún tipo que avale su actividad en la parcela taurina; todos los escritos conocidos se limitan a ser, simplemente, gigantes caja de resonancia que reproduce lo que aparece en la Carta histórica de Moratín”, escribe Ruiz Morales.

Sobre la importancia y significación de Pedro Romero como torero, Don Ventura es taxativo: “Si eres aficionado, lector, descúbrete ante la sola enunciación de este nombre, que corresponde al torero más grande del siglo XVIII. Tanto su semblanza artística como su etopeya —carácter, acciones, costumbres— nadie las ha descrito mejor que él mismo, en la correspondencia privada que sostuvo, muchos años después de retirado, con un amigo suyo de Madrid, don Antonio Bote Moreno y Acevedo, e igual de estas cartas que de cuanto nos han dicho de él sus biógrafos se saca en consecuencia que fueron la inteligencia y el dominio las cualidades que prevalecieron en sus actividades profesionales. Tuvo inalterable sangre fría, golpe de vista rápido, lozana estatura, notables facultades físicas...

Todo se reunió en él para que pudiera ser la gran figura señera del siglo XVIII”.

Debido a su alta categoría como torero, en 1830 fue nombrado director de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, centro por el que pasaron algunos diestros que con el tiempo fueron, como mínimo, históricamente tan importantes como el propio maestro. “Su paso — escribe Néstor Luján— fue severo; sus lecciones, concisas, espartanas. Teóricamente se redujeron a unas cortas pero sustanciosas reglas que todavía se mantienen y que eran aproximadamente: que el matador, en su labor de muleta, no debía jamás huir ni correr, y que tampoco debía saltar la barrera, ni contar con los pies, sino con las manos; y que parar mucho y hasta dejarse coger era el modo de que los toros se consintiesen y se descubrieran para matarlo. Todo ello, de purísima esencia rondeña, es la veta auténtica del toreo”.

“De sus primeros años como torero —escribe Cossío— tan sólo se conoce lo rudimentario de su instrucción primera y lo fuerte y saludable de su desarrollo físico, base de su futuro vigor y constitución atlética, que habían de ser parte muy principal en su porvenir torero”. Respecto a la primera vez que torea en público hay discrepancias entre los diferentes autores. Cossío afirma textualmente: “Su primera salida taurina fue en una fiesta organizada en Los Barrios por varios señores de Ronda. Tradicionalmente se viene aseverando, aunque no se señala la fecha, pero sí la cuantía de su gratificación, que fue de ciento veinticinco reales, que sin más bagaje que su determinación y las nociones deducidas de las conversaciones de su padre, mató dos bichos con acierto, sufriendo una cogida en el segundo que, al romperle el calzón que vestía, fue denunciante de la aventura ante su madre”. Poco después, también sin especificar la fecha, indica que toreó dos novilladas en Algeciras y otra más en Ronda.

Por su parte, Guerrero Pedraza dice que en 1770 banderillea por primera vez en Ronda, acompañando a su padre. Para a continuación añadir que el propio Pedro Romero explicó en una carta que en 1771 toreó por vez primera en Ronda: “Que en el año de mil setecientos setenta y uno maté el primer toro en esta Ciudad de Ronda, siendo de edad de diecisiete años”, escribió el torero. Este dato entra en contradicción con los facilitados por Cossío, siempre y cuando la expresión “el primer toro en esta Ciudad” se refiera al primero en su vida y no al primero que lidió en Ronda, como también podría entenderse. Guerrero Pedraza también sitúa en 1771, pero por detrás del debut en Ronda, los festejos de Los Barrios y Algeciras.

Cossío, que cita la Historia del Toreo de Bedoya, señala que en 1771 actuó en Ronda en dos novilladas, matando un total de diez novillos. Añade este autor que ese mismo año, y también el siguiente, acompañó a su padre como segundo espada en diversas corridas (Jerez de Frontera y en pueblos de Extremadura y de la costa malagueña). Guerrero Pedraza asegura que “nos dan como seguro algunos autores” que el 16 de septiembre de 1773 fue testigo de la muerte en Salamanca de su hermano Gaspar (o Juan Gaspar), y que él mismo dio muerte al toro que había herido a su hermano, que ese día toreaba de banderillero con su padre. De esta misma opinión es Boto Arnau. Respecto al diestro muerto en Salamanca, Cossío indica en la página 820 del tomo III de la enciclopedia Los Toros que se llamaba Gaspar y falleció en 1802, y en la página 825 de ese mismo tomo que se llamaba Juan y murió en 1772; en ambas versiones, la plaza del trágico percance es la de Salamanca. Una cuestión más sobre este tema: el historiador Francisco López Izquierdo señala que Juan Romero toreó en Madrid como banderillero en 1775 con su padre (del mismo nombre) y con su hermano Pedro. Así pues, de ser cierto este dato, difícilmente podía haber fallecido dos o tres años antes en Salamanca.

Todos los autores coinciden en señalar que en 1775 se presentó en Madrid. Según Guerrero Pedraza, el debut tuvo lugar el 1 de mayo (asegura que ese día toreó como sobresaliente y lidió dos toros), siendo anunciado por primera vez el día 8, junto a su padre y Joaquín Rodríguez Costillares. Cossío indica que se anunció por primera vez el día 8, al tiempo que sugiere que ya había toreado con anterioridad, si bien no dice qué día. Por su parte, López Izquierdo documenta tres cuestiones de interés: el 1 de mayo no hubo toros en Madrid, la corrida del debut se celebró el 24 de abril (cobró 1000 reales, la misma cantidad que Costillares y sólo 200 menos que su padre, emolumentos más que improbables para un sobresaliente o medio espada) y, finalmente, también toreó el 8 de mayo. El propio López Izquierdo corrige al escritor Bruno del Amo Recortes, que fue el primero en cambiar las fechas de la presentación de Pedro Romero en la plaza de la Puerta de Alcalá de Madrid. Boto Arnau y Cabrera Bonet también ofrecen la fecha del 24 de abril como la de la presentación de Pedro Romero. A partir de ese día, y hasta final de año, los nombres de Juan Romero y de sus hijos Juan y Pedro, así como el de Costillares, se repiten en los carteles de la capital de España en trece ocasiones, hasta que concluye la temporada el 30 de octubre. Lo que queda claro, por encima del aparente embrollo de las fechas de su debut en Madrid, es que desde la primera tarde que Pedro Romero toreó en Madrid adquirió una gran fama, pasando a competir de tú a tú con su padre y con Costillares, cobrando el mismo dinero que ellos y contando con idéntico (si no más) favor del público.

En 1776 se publicó una curiosa información que se conserva en la Biblioteca Nacional y recogen Cossío, Natalio Rivas y Guerrero Pedraza: la relación de toros estoqueados ese año por Pedro Romero, las leguas que había recorrido y los reales que había ganado. Según ese cuadro, que detalla pueblo por pueblo y ciudad por ciudad (toreó en Madrid, Aranjuez, El Molar, Salamanca, Almagro, Zamora, Navalcarnero, Valdepeñas...) el torero de Ronda lidió y mató 285 toros, recorrió 514 leguas y percibió 92.705 reales.

No toreó en Madrid en 1777, probablemente porque la Junta de Hospitales, que era quien organizaba los festejos, mostró cierto favoritismo hacia Costillares, lo que pudo provocar el enojo de la familia Romero.

En 1778 actuó en Cádiz por primera vez con José Gelado Guerra Pepe-Hillo, en el comienzo de una competencia que debemos entender como fundamental en la historia del toreo. El propio Romero describió aquella corrida, en una serie de cartas remitidas en 1829 y 1830 a Antonio Bote, boticario madrileño: “El año de 78 conocí y trabajé en mi ejercicio de matador de toros en la plaza de Cádiz con don Josef Delgado [Illo]... Se verificó el primer día de toros, y al primero armé espada y muleta y se la cedí; se fue al toro, le dio un pase muleta y echó mano al sombrero de castor que se estilaban entonces y los mató de una estocada; como tenía allí tanto partido y yo era desconocido dejo a la consideración de usted el alboroto que se armó en la plaza. Salió el segundo toro, que era de las Padres de Santo Domingo de Xerez; llegó la hora que tocaron a muerte y el toro se fue y se paró en medio de la plaza; la gente estaba en expectación a ver qué haría yo; armé la muleta, boime al toro, lo cité y así que el toro se enteró, antes que partiera tiré la muleta a un lado, me quité la cofia, la tiré también, y echo mano de una peinetilla que se estila para sujetar dicha cofia, que sería como de dos dedos de ancho, di tres o cuatro pasos hacia el toro y viéndome tan cerca me arrancó, lo agarré bien por lo alto de los rubios y lo eché a rodar; dejo a la consideración de usted qué no se armaría en la plaza”.

Según Boto Arnau: “La competencia se extendió inmediatamente a Sevilla ‘sin embargo de estar hechos amigos’ y, debido a que Pedro Romero siguió toreando en Cádiz toda la temporada, el público madrileño no pudo disfrutar de ella hasta varios años después, concretamente en las corridas de 1789, durante las fiestas reales por la coronación de Carlos IV, aquéllas en las que Goya decoró la plaza de Madrid y en las que Costillares y Pepe-Hillo rechazaron los toros castellanos ante el asombro y la vergüenza ajena de Pedro Romero. Será a partir de este momento cuando el rondeño tome ventaja en el corazón de los madrileños y hasta las coplillas y los romances de ciego canten por las esquinas: “Dos Duquesas se disputan / los amores de un torero. / No se llama Pepe-Hillo, / se llama Pedro Romero”. Esta competencia entre un torero sevillano y otro rondeño establecería ya por siempre la tan discutida existencia de dos escuelas, la sevillana, representada por Hillo, con su gracia, sus diabluras ante el toro, sus recortes, su toreo de frente por detrás y, sobre todo, su volapié, aprendido de Cándido, y la rondeña de Pedro Romero, seria, eficaz, segura, dominadora, la de los pases justos y la lidia apropiada y, sobre todo, la de la estocada recibiendo.

Nunca más estuvieron tan estereotipadas dos formas de torear. Nunca más hubo toreros tan sevillanos o tan rondeños y, por supuesto, los historiadores y comentaristas nunca han aceptado tal criterio de escuelas, pues el toreo enseguida dio figuras eclécticas, que torearon aunando todos los conocimientos”.

Sobre este tema, Néstor Luján opina: “No fue Pedro Romero un artista encerrado en los cánones puros de una escuela. Sus posibilidades ilimitadas y sus formidables dotes de asimilación recogieron cuanto le pareció aprovechable de la escuela sevillana para su estilo rondeño, y a todo le imprimió el sello propio, ceñido y sosegado, de su manera de torear. Así continuó una combinación segura y magistral y un arte largo, cristalizado en aplomo, con un algo de solemne y engolado, que en más de una ocasión costó una cornada a Pepe-Hillo al intentar imitarlo”.

La relación de Pedro Romero con la plaza de Madrid es la de una constante disputa con Costillares, tanto por lo que el rondeño consideraba preferencias en la contratación por parte de la Junta de Hospitales (fue frecuente en esos años que Romero se contratase en Cádiz y Sevilla y no acudiese a Madrid), como por la designación de cuál de los dos diestros debía lidiar y matar el primer toro de las corridas en que interviniesen juntos y, por tanto, tomaba un mayor protagonismo y relevancia en el cartel. En este sentido, Cossío y Guerrero Pedraza señalan que en 1779 llegó a hacerse un sorteo en la casa del Corregidor de Madrid, José Antonio Armona, del que salió favorecido Romero.

El 19 de mayo de 1785, Pedro Romero y sus hermanos José y Antonio torearon con Pepe-Hillo en la corrida de inauguración de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, la plaza que a mediados del siglo XX adquiriría gran relevancia taurina con la Corrida Goyesca que anualmente organizaba Antonio Ordóñez, y que ya en el siglo XXI organiza su nieto Francisco Rivera Ordóñez.

En 1789 torearon juntos en Madrid Pedro Romero, Costillares y Pepe-Hillo, en las corridas regias celebradas como motivo de la subida al trono de Carlos IV.

En los años siguientes continuó la actividad de los tres diestros, actuando juntos o por separado (en 1791 comenzó el declive de Costillares), hasta que el rondeño decidió retirarse, encontrándose en la plenitud de su maestría, en 1799. El 20 de octubre de ese año toreó su última corrida en Madrid aconsejado, según explican el Tío Canito en la revista La fiesta española y Guerrero Pedraza en su libro La dinastía rondeña de los Romero, por su amigo fray Diego José de Cádiz, capellán y caballero maestrante de Ronda.

Respecto a los motivos de su retirada, Néstor Luján ha escrito: “Las causas de su retirada fueron, al parecer, la amargura de la rivalidad que su hermano José planteó entre ambos al hacer causa común con Pepe-Hillo; y también su herido amor propio, al ver las preferencias que el público tenía para Pepe-Hillo, quien al actuar en su compañía efectuaba toda clase de locuras y alardes para oscurecerle, con lo que obtenía el fácil y encendido aplauso del público que con él se mostraba frío y reservado”. Si fueron estos los motivos reales que le llevaron a tomar la decisión (nada drástica, por cierto, pues ya llevaba treinta años como torero en activo y había estoqueado casi seis mil toros sin recibir ninguna cornada), desde luego que no entran en contradicción con lo aportado por el Tío Canito.

Retirado de los toros, Pedro Romero se ocupó de sus tierras de olivos y casas puestas en alquiler en su ciudad natal (en 1817 declaró a Contribuciones que poseía dos olivares, una viña, un trigal y doce casas en Ronda), localidad que sólo abandonó en 1830 cuando, tras elevarle el propio torero la petición al rey Fernando VII, fue nombrado director de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Antes había sido designado para el cargo el diestro Jerónimo José Cándido, que una vez le fue concedido a Romero quedó como su ayudante. Llevado por su irrefrenable deseo de ser director de ese centro educativo-taurino, en la carta que dirigió al monarca puso de manifiesto unos inexistentes problemas económicos, señalando que sus ingresos se limitaban a nueve reales diarios percibidos por una pensión de Visitador de Estancos, de manera que ocultó su condición de rico propietario de fincas rústicas y urbanas que le rentaban más de 5000 reales. Como director de la Escuela tuvo un sueldo de doce mil reales anuales.

Entre sus más destacados alumnos, tuvo a Francisco Montes Paquiro, Curro Cúchares, Juan Pastor, Juan Yust y Manuel Domínguez, que tomó el apodo de Desperdicios porque Romero dijo de él que como aprendiz de torero “no tenía desperdicio”. Cerrada la Escuela en 1834, el diestro se trasladó de nuevo a Ronda, donde, según Guerrero Pedraza, falleció de tabardillo el 13 de febrero de 1839. Respecto a la fecha del óbito, Sánchez de Neira, Natalio Rivas, Don Ventura, Néstor Luján y, entre otros, Cossío indican (siempre con anterioridad a la monografía publicada por Guerrero Pedraza) que éste tuvo lugar el día 10. Era conocida la partida de enterramiento, que tuvo lugar el día 13, pero siempre se dio por hecho que había fallecido tres días antes. Guerrero es el primero en documentar la muerte el mismo día 13. Tres años antes, en 1836, había fallecido su madre María Antonia Eugenia Martínez de Alarcón a la edad de ciento cinco años.

“Pedro Romero —escribe Cossío— es uno de los toreros que deben quedar en la historia del toreo como ejemplares de valor, probidad y competencia.

A la distancia a que hoy nos encontramos de su arte y sin documentos gráficos fidedignos, es difícil que nos formemos idea de su manera o estilo de torear, aunque algo podamos penetrar de su concepción del toreo. Para Pedro Romero, su oficio era el de matador de toros, y en la gran división que pudiera establecerse entre los diestros de todos los tiempos, de matadores o toreros, Romero ocuparía el puesto entre los matadores, en tanto sus rivales Costillares y Pepe- Hillo, corresponderían al grupo de los toreros, pese a pasar el primero y por ello mismo, por inventor del volapié, al fin y al cabo, dadas las prácticas de entonces, suerte de recurso. La seguridad de Romero al matar recibiendo debió merecer el calificativo de infalible.

[...] Otra de las cualidades sobresalientes en su concepción de la lidia fue la conciencia de la responsabilidad que como director de ella había de asumir.

Su decisión y oportunidad en los socorros o quites fue extraordinaria”.

Pedro Romero debió ser amigo de Francisco de Goya, pues éste no sólo le incluyó en su serie de estampas recogida en la Tauromaquia, sino que le hizo dos magníficos retratos al óleo, en los que el diestro rondeño aparece con una expresión de mesurada dignidad.

Frente a la voz del pueblo, que en diversas coplas y romances recogió la trágica muerte de Pepe-Hillo, para Pedro Romero quedó, dice Néstor Luján, “la glacial voz neoclásica. Nicolás Fernández de Moratín, hombre de palabra plástica en las gallardas y ecuestres quintillas de la Fiesta de toros en Madrid, construyó con un lenguaje empenachado, con voz pomposa y noble, su célebre Oda a Pedro Romero, donde el insigne torero es exaltado en una forma pindárica, ampulosa y de rebuscados vuelos”.

Pese a ser tanta la importancia como torero de Pedro Romero, éste no dejó una Tauromaquia, al estilo de Pepe-Hillo o, más delante, de Paquiro y Guerrita, que perpetuara sus saberes. Dice Pepe Alameda: “El silencio de Pedro Romero ha hecho daño, sin duda, a la teoría y a la historia del toreo. Se conservan de él algunas máximas, realmente mínimas, que lo mismo pueden ser directamente suyas que atribuidas por quienes le vieron torear y lo reflejan con conocimiento de causa. Dos fundamentales: ‘el lidiador no debe contar con sus pies, sino con sus manos’ (los brazos, claro) y ‘parar los pies y dejarse coger, este es el modo de que el toro se consienta y descubra’ (quiere decir, naturalmente, hasta el punto de que el toro ‘crea’ que ha cogido al torero). Con ser muy poco, es suficiente para comprender que preconiza un toreo de aguante, en que el diestro no abandona su terreno, ni expulsa del suyo al toro. Toreo ‘de reunión’, no de ‘expulsión’”.

Finalmente, según este autor, tanto Hillo como Paquiro preconizaron en sus textos el toreo contrario al de Pedro Romero.

 

Obras de ~: Autobiografía de Pedro Romero, con notas de S. Estébanez-Calderón “El Solitario”e introd. de L. Carmena y Millán, Barcelona, Ed. Lux, s. f.

 

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José Luis Ramón Carrión