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Buenaventura Fernández de Córdoba Spínola y de la Cerda

Biografía

Fernández de Córdoba Spínola y de la Cerda, Buenaventura. Madrid, 23.II.1724 – 6.V.1777. Patriarca de las Indias Occidentales XVII, cardenal presbítero con el título de San Lorenzo in panisperna, primer gran chanciller y ministro principal de la Orden de Carlos III, miembro del Consejo de Su Majestad, arzobispo de Neocesárea, sumiller de cortina del Rey, procapellán mayor y limosnero de palacio, juez mayor de su Real Capilla, canónigo de Toledo y arcediano de Talavera, abad mayor y señor de la villa de Rute, abad de Oñate y de Alcalá la Real, vicario general de los Reales Ejércitos de Mar y Tierra.

Hijo de Nicolás María Fernández de Córdoba Figueroa de la Cerda, IX marqués de Priego, de Villafranca y Montalbán, duque de Feria, X duque de Medinaceli, además de un número interminable de títulos, sin duda, uno de los hombres más poderosos y acaudalados de la España del siglo xviii, quien, gracias a las vicisitudes sucesorias había reunido en su persona la casa de Priego (incluida la de Feria) y la ducal de Medinaceli por la muerte de su tío materno, último varón de la casa de Cerda.

Su madre fue Jerónima María Spínola de la Cerda, por lo que Buenaventura perteneció, como puede deducirse, a una de las familias más poderosas de la época, lo que le granjeó una meteórica y espectacular carrera eclesiástica.

Comenzaba su particular cursus honorum gozando de las dignidades eclesiásticas fundadas por los miembros de su linaje como abad mayor y señor de la villa de Rute, una de las abadías más sobresalientes de Andalucía y una de las que más amplios beneficios económicos generaba en la región. Más adelante fue nombrado canónigo de Toledo, arcediano de Talavera y dignidad de la santa Iglesia primada, a lo que añadió los diversos cargos ostentados en la Corte, a saber: sumiller de cortina del Rey, procapellán mayor y limosnero mayor de Palacio, juez mayor de la Real Capilla y vicario general de los Reales Ejércitos de Mar y Tierra.

Todo ello se complementó con su nombramiento como miembro del Consejo de Su Majestad.

A pesar de la acumulación de cargos y dignidades, esto sólo era el principio de su carrera, ya que con treinta y siete años fue nombrado para el patriarcado de las Indias el 12 de febrero de 1761. En este mismo año recibía (28 de junio), además, el título de arzobispo de Neocesárea, apadrinado por el propio Carlos III y, unos meses más tarde, el 23 de noviembre, era designado por el papa Clemente XIII cardenal, cargo que le permitió formar parte del cónclave para elegir nuevo pontífice el 19 de mayo de 1769. De ello quedó constancia en la Gaceta de Madrid, donde se publicaba el 22 de agosto de 1769: “El Eminentísimo Cardenal de la Cerda y San Carlos se despidió de Su Santidad el viernes [...]. Su Beatitud, en señal de estimación a las recomendables circunstancias de tan digno purpurado, le regaló un Agnus Dei y un hermosísimo relicario de plata de singular labor con reliquias de santos de las órdenes menores [...]”. Tras ello continuó un viaje por Italia que le llevó, seguramente, en misión diplomática por las cortes del duque de Toscana, de Parma y del rey de Cerdeña, de quienes, al parecer, recibió numerosos obsequios y atenciones. Falleció poco más tarde, en 1777.

Sobre el papel y relevancia sociopolítica hacen mención tanto Álvarez y Baena como Carlos Ramón Fort, pero quizás el retrato más expresivo de su persona se encuentra del prelado en la necrológica de la Gaceta de Madrid de 13 de mayo de 1777, donde se lee: “Su Majestad ha dado un público testimonio del aprecio que hacía de la persona de este digno purpurado por el celo y amor con que le sirvió siempre, mandando por especial gracia que en el acto de su entierro [...] se le hicieran todos los honores militares correspondientes a capitán general sin mando. Entre las estimables prendas que adornaban a este prelado, y hacen tan sensible su pérdida como recomendable su memoria, sobresalían la piedad, afabilidad y caridad más ilustrada. De esta última ha dejado al morir señalados y perpetuos monumentos, disponiendo la fundación de dos casas para la crianza de huérfanos y huérfanas pobres, y varios otros legados píos que demuestran se compasivo corazón”.

 

Bibl.: M. Martínez de Virgala, Oración fúnebre que en las exequias que la familia del Eminentísimo Sr. Patriarca Cardenal de la Cerda y San Carlos [...], Madrid, Imprenta de Pedro Marín, s. f.; J. A. Álvarez y Baena, Hijos de Madrid ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes, vol. IV, Madrid, 1789, fol. 365 (ed. facs. Madrid, Atlas, 1973); C. Ramón Fort, España Sagrada, LI. De los Obispos Españoles Titulares de Iglesias, Madrid, Imprenta de Antonio Marín, 1879; F. Fernández de Bethencourt, Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española, vol. VI, Madrid, Imprenta de Jaime Ratés, 1905, págs. 232-235; R. Molina Recio, “El testamento del abad Ventura Fernández de Córdoba y Espinosa de la Cerda”, en VV. AA., II Jornadas de Historia del Ayuntamiento de Alcalá la Real. Congreso Internacional La Abadía de Alcalá la Real y los Cabildos Seculares Nullius, Alcalá la Real, Diputación Provincial de Jaén, 1999; La nobleza española en la Edad Moderna: los Fernández de Córdoba. Familia, riqueza, poder y cultura, tesis doctoral, Universidad de Córdoba, Facultad de Filosofía y Letras (en prensa).

 

Raúl Molina Recio