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Casimiro Morcillo González

Biografía

Morcillo González, Casimiro. Soto del Real (Madrid), 26.I.1904 – Madrid, 30.V.1971. Procurador, consejero de Estado, presidente de la Conferencia Episcopal Española, obispo auxiliar de Madrid-Alcalá, obispo de Bilbao, arzobispo de Zaragoza y Madrid, conciliarista.

Ingresó en el Seminario diocesano de Madrid, donde realizó los estudios eclesiásticos. Fue ordenado sacerdote el 19 de diciembre de 1926. Amplió estudios en París y se doctoró en Roma. Fue profesor de Literatura y Lengua en el Seminario de Madrid durante tres cursos. Se dedicó a las Obras Misionales y a la Acción Católica; organizó el Congreso de Misiones de Barcelona, en 1929. En 1932 fue designado consiliario nacional de Acción Católica, junto con el futuro cardenal Tarancón, con el que recorrió media España y con el que desde entonces entabló una gran amistad. El levantamiento militar del 18 de julio de 1936 le sorprendió en Santander impartiendo un curso de Acción Católica. Al encontrarse en la denominada zona nacional pudo organizar el primer Domund (Domingo Mundial de la Propagación de la Fe) de España. En 1938, el obispo Eijo y Garay le nombró, primero, delegado y, después, vicario general de Madrid-Alcalá.

Tras la Guerra Civil, trabajó en la reanudación del culto en las parroquias, que había estado prohibido durante tres años por las autoridades republicanas, y en la reconstrucción de los numerosos templos destruidos a causa de los incendios y saqueos de los milicianos.

Nombrado obispo auxiliar de Madrid-Alcalá, con el título de Agatópolis, el 25 de enero de 1943, fue consagrado en la basílica de San Francisco el Grande, el 9 de mayo del mismo año, por el mencionado obispo Eijo y Garay. Su labor pastoral en la diócesis matritense fue muy intensa al igual que su tarea de organizador. Erigida la diócesis de Bilbao el 2 de mayo de 1950, fue preconizado su primer obispo el 18 de mayo de ese año y durante un quinquenio estableció las bases de la organización diocesana creando las estructuras fundamentales: catedral y cabildo, curia y seminario. Destacó también por su preocupación pastoral ante los graves problemas sociales de la provincia de Vizcaya.

Nombrado arzobispo de Zaragoza el 21 de septiembre de 1955, tras la presentación concordataria del jefe del Estado, se hizo cargo de la nueva sede el 4 de diciembre de 1955. Muy pronto destacó entre el episcopado español por su sensibilidad ante los problemas pastorales y, de modo particular, por la proyección hispanoamericana de la pastoral misionera a través del envío de sacerdotes diocesanos a las diócesis más necesitadas del centro y del sur del continente americano.

Para ello proyectó la fundación del Seminario Hispanoamericano, que durante varios años fue cantera de vocaciones especializadas en tan delicada tarea.

El beato Juan XXIII le nombró subsecretario del Concilio Vaticano II (1962-1965) y participó en las fases preparatorias y en los cuatro períodos conciliares.

El 25 de marzo de 1964 fue nombrado primer arzobispo de Madrid-Alcalá y en 1969 fue elegido sucesor del cardenal Quiroga Palacios en la presidencia de la Conferencia Episcopal Española. Por ello, aunque había sido designado por el general Franco diputado en Cortes y, más tarde, consejero del Reino, renunció a estos cargos el 26 de febrero de 1969 para evitar confusiones entre su ministerio episcopal y sus responsabilidades políticas en un momento en el que el Episcopado había entrado decididamente por los caminos de la renovación conciliar, pues había cambiado el contexto social y los problemas de la vida eclesial ya no eran los de antes del Concilio.

Durante su breve período de presidencia, la Conferencia Episcopal experimentó una profunda renovación gracias a la incorporación a ella de una generación de obispos jóvenes que aportaron un talante nuevo de apertura y flexibilidad del que dieron prueba también muchos de los que ya eran obispos antes del Concilio. En sus años de presidencia la Conferencia Episcopal intensificó la aplicación del Vaticano II, crecieron las tensiones entre diferentes tendencias intraeclesiales, así como las dificultades con el Gobierno para la orientación de amplios sectores de la Acción Católica, en posición crítica ante la situación política, y por otra parte acusada de excesivo “temporalismo”.

Le correspondió un notable protagonismo en todas estas cuestiones. Los últimos acontecimientos políticos relacionados con su presidencia de la Conferencia Episcopal fueron el proceso de Burgos contra miembros de ETA, y una nota en la que se manifestaba el apoyo a los obispos de San Sebastián (Jacinto Argaya) y Bilbao (José María Cirarda), cuyos escritos habían sido objeto de tergiversaciones en los medios de comunicación controlados por el Estado. Estos datos indican el clima enrarecido de la situación política y la preocupación de Morcillo, ya enfermo, que pedía al vicepresidente, Vicente Enrique y Tarancón, cardenal arzobispo de Toledo, que presidiera la plenaria del Episcopado en su ausencia obligada. No fue un “resistente” a la renovación eclesial propugnada por el Concilio Vaticano II, sino que, para la Iglesia en España e Hispanoamérica, fue un precursor en todas las iniciativas y proyectos renovadores más sensibles e importantes del catolicismo español de la posguerra, tanto en Madrid como en Bilbao y Zaragoza.

No fue ajeno, sino todo lo contrario, a la esperanza que floreció en España durante las sesiones del Concilio y después de su clausura. La declaración colectiva de los obispos españoles escrita en Roma, el día mismo de la clausura del Concilio (8 de diciembre de 1965), tuvo en él a su principal inspirador. Trabajó con denuedo para que las reticencias que algunos obispos mostraban ante las novedades conciliares se transformaran en pleno acatamiento y fidelidad a las decisiones tomadas.

Fue muy consciente de las gravísimas dificultades que les esperaban a los obispos, y de la trascendencia sociopolítica de cualquier decisión eclesial, porque el Concilio, de modo inevitable, significaba una carga en profundidad en orden al cambio socio-cultural y político y marcaba el comienzo de la “transición de la Iglesia”, que comenzó diez años antes que la transición política, aunque este dato es silenciado por muchos historiadores.

Esta transición se caracterizó por una prudente postura crítica ante el Régimen y un acercamiento al pueblo español que deseaba una clara separación Iglesia- Estado y un cambio político pacífico.

Fue el primer arzobispo de Madrid-Alcalá (1964), destacó por su especial interés por la Acción Católica y por sus dotes personales para la organización y modernización de las estructuras diocesanas, por su clarividente previsión al promover la creación de nuevas parroquias en las zonas urbanas de gran crecimiento, por su infatigable dedicación a cada comunidad diocesana en las visitas pastorales y por sus cartas pastorales actuales, novedosas y teológicas.

 

Obras de ~: Lope de Vega, sacerdote, Madrid, Editorial Ibérica, 1934; Moral profesional del empresario y del obrero, Madrid, 1956; Cristo en la fábrica, Madrid, Euramérica, 1956; La JOC para nuestros trabajadores, Madrid, Euramérica, 1959; La Iglesia diocesana y sus parroquias, Barcelona, Juan Flors, 1960; El hombre cristiano en la técnica, Madrid Euramérica, 1962; Concilio en el siglo XX, Salamanca, Sígueme, 1962; Humanismo en el horizonte conciliar, Madrid, 1963; La Iglesia en el mundo social contemporáneo, Madrid, 1966; La libertad religiosa según el concilio, Madrid, 1966; Iglesia local. Iglesia misionera, Madrid, 1970.

 

Bibl.: V. Cárcel Ortí, Actas de las Conferencias de Metropolitanos Españoles (1921-1965), Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), 1994; Pablo VI y España. Fidelidad, renovación y crisis (1963-1978), Madrid, BAC, 1997; La Iglesia y la Transición Española, Valencia, Edicep, 2003; V. Enrique y Tarancón, Confesiones, Madrid, Propaganda Popular Católica, 1997.

 

Vicente Cárcel Ortí