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Francisco de Paula Márquez y Roco

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Biografía

Márquez y Roco, Francisco de Paula. San Fernando (Cádiz), 24.IX.1816 – Madrid, 6.IV.1886. Astrónomo y brigadier de la Armada.

Su padre le inclinó a ingresar en 1829 como alumno de la Academia de Pilotos del departamento de Cádiz, institución en la que hizo el curso elemental. Seguidamente embarcó en la fragata Perla y en el bergantín Realista como meritorio de piloto, hasta que en 1831 volvió a la Academia como maestro auxiliar. Pero, al poco tiempo y después de un viaje de prácticas por el Mediterráneo y según consejo del eminente director del Observatorio de San Fernando, brigadier honorario Sánchez Cerquero, decidió dedicarse únicamente a la Astronomía. En 1833, ingresó en el Real Observatorio de Marina como meritorio. Desde entonces fue pasando por los empleos de tercer astrónomo, que comprendía, “tercer astrónomo, graduado de alférez de fragata” y “tercer astrónomo con honores de alférez de navío” entre los años 1837 y 1840; segundo astrónomo, que comprendía “segundo astrónomo, graduado teniente de fragata” y “segundo astrónomo con honores de teniente de navío”, entre los años 1840 y 1847 y primer astrónomo, que comprendía, “primer astrónomo, capitán de fragata honorario” y “primer astrónomo, capitán de navío honorario”, entre los años 1847 y 1855. En esos años colaboró con los directores del Observatorio, Sánchez Cerquero y Montojo, en todas las tareas científicas que se desarrollaron en el Real Observatorio.

En el año 1856, al quedar vacante la dirección, fue nombrado para ella por sus merecimientos. A principios de 1857, fue consciente de uno de los mayores problemas que tuvo que solucionar durante su mandato cuando uno de los ingenieros del ferrocarril que se estaba construyendo entre Cádiz y Sevilla se presentó en el Observatorio para analizar la posición de los edificios y la configuración de los terrenos adyacentes.

Inmediatamente, el nuevo director informó a sus superiores sobre los temores que le inspiraba la posibilidad de que el ferrocarril circulase por las cercanías de la institución. El tendido de una línea férrea a sus pies, según Márquez, podía afectar a los trabajos científicos en dos aspectos. Por un lado, la imposibilidad de practicar observaciones astronómicas en los momentos en que se produjese el paso de un tren.

Por otro lado, la inestabilidad continua a que quedarían sometidos los grandes instrumentos, debido a las fuertes vibraciones producidas por locomotoras y vagones. La solución no llegó hasta marzo de 1858, cuando se produjo una petición del Gobierno para que el director manifestase la opinión que le merecía el nuevo proyecto. Márquez contestó: 1. La distancia mínima para no tener nada que temer sería de 500 metros; 2. Posiblemente trescientos metros serían suficientes, pero era comprometido dar una aceptación explícita; 3. La única razón para no alejar más del Observatorio la vía era la económica; 4. El propuesto no era el único trazado admisible.

Tras estas gestiones el problema se orientó hacia una rápida solución. Poco tiempo después, en mayo, fue definitivamente aprobado el trazado propuesto por la compañía concesionaria en el tramo comprendido entre los kilómetros 8 y 21 de la línea de Cádiz a Puerto Real. En esta aprobación se exigían a la compañía, entre otras, las condiciones siguientes: Separar lo máximo posible la vía del Observatorio, siendo 300 metros la distancia mínima permitida; Observar todas las precauciones posibles para evitar alteraciones en los instrumentos y disminuir la marcha de los trenes a su paso por esa zona.

No pretendía Márquez oponerse al desarrollo del nuevo y prometedor sistema de comunicaciones y transporte, sino más bien intentar llegar a una solución de compromiso mediante la cual pudiesen convivir la astronomía y el ferrocarril. Para ello no dudó en utilizar todos los resortes que ponía a su disposición el hecho de que la institución bajo su mando perteneciese al Estado, cuyo Gobierno, dado el interés que, sin duda, tenía para la nación, estaba promocionando los proyectos de líneas férreas como base de un posible desarrollo económico e industrial que, con las ya conocidas condiciones políticas de la España de la primera parte del siglo xix, no se habían producido a su debido tiempo. Los problemas inmediatos que podría haber acarreado la implantación de un ferrocarril en las cercanías del Observatorio de Marina, y que fueron previstas de una u otra manera por su director en todas las argumentaciones que al respecto hizo a sus superiores, fueron, en resumen, las siguientes: la perturbación de los niveles y horizontes artificiales, instrumentos de referencia imprescindibles en las observaciones meridianas, en el momento de paso de un tren cerca del Observatorio; la imposibilidad de oír con claridad el batir de los péndulos durante el tiempo que durase el ruido producido por un tren, algo imprescindible en una observación de este tipo; la posibilidad de que el funcionamiento de los grandes instrumentos meridianos se viese afectado si éstos entraban en resonancia con las vibraciones producidas por los convoyes; la contaminación y el calentamiento de la atmósfera, problema que afectaría a la estabilidad de la imagen, especialmente en el horizonte, donde se debían observar las marcas de referencia.

No obstante, existe una serie de consecuencias posteriores a cuyo control contribuyó Márquez indirectamente, con su actitud de defensa de las condiciones necesarias para la realización de unas observaciones astronómicas fiables. Hay que tener en cuenta que el ferrocarril no se traducía solamente en un par de raíles paralelos y una locomotora. Al tren del siglo xix le acompañaba el desarrollo económico e industrial y el aumento de población, todo lo cual contribuiría, sin duda, a un aumento de la contaminación atmosférica y luminosa y a un calentamiento, cada vez mayor, de la atmósfera, condiciones nefastas para las observaciones astronómicas. Con el paso de los años, ello daría lugar a una importante reducción en la magnitud estelar observable y a un aumento de la inestabilidad de las imágenes observadas a través de los instrumentos, por lo que algunos de los campos de investigación, como la astrofísica, quedarían excluidos de sus actividades.

Por otro lado, la electrificación posterior de las líneas férreas provocaría una nueva limitación en un tipo de observaciones que todavía no se habían iniciado en San Fernando cuando se construyó el ferrocarril, las observaciones magnéticas. Quizás Márquez no llegase tan lejos al pensar en las consecuencias que la construcción de un ferrocarril alrededor del Observatorio podría traer al centro, pero lo que sí es evidente que fue pionero en una forma de pensar, apoyado por alguno de sus colegas, que poco a poco fue imponiéndose hasta llegar a nuestros días, en que los nuevos observatorios buscan su ubicación lejos de los grandes núcleos urbanos e industriales.

Su ardua tarea al frente de la institución dejó huella imperecedera en la Marina. Creado este Centro en 1754 por Jorge Juan, hasta 1793 no pudo ponerse la primera piedra del edificio actual, lo que efectuó Cipriano Vimercati, uno de los científicos italianos que acompañó a Carlos III, al venir desde Nápoles a tomar posesión de la Corona de España al fallecimiento de Fernando VI. En 1799, pudo ya trasladarse el Observatorio de Cádiz a San Fernando, siendo su primer director el teniente de navío Rodrigo Armesto; pero la delicada situación de España, en guerra primero con los ingleses y después con los franceses, le impidió prosperar. Por fin, en el año 1821, se hizo cargo de la dirección Sánchez Cerquero, persona muy idónea, que trabajó mucho y dotó al Observatorio de instrumentos y medios de los que carecía; pero su principal mérito fue saber asociar a sus trabajos a personas como Montojo, Hoyos y Márquez, que habían de ser los cerebros del Observatorio. Al encargarse de la dirección el último, a pesar de todos los esfuerzos de sus antecesores, se carecía de instrumentos modernos, biblioteca y conexiones con los centros similares del extranjero, todo lo cual acometió Márquez con energía y constancia extraordinarias hasta conseguirlo no sin serias dificultades. Consiguió para el centro instrumentos más modernos, coleccionando una gran biblioteca y en reuniones con sus homólogos del extranjero logró establecer los enlaces precisos para que los conocimientos de unos fueran lo más rápidamente conocidos por los demás, logrando así estar a la altura de los mejores. Sus excelentes cualidades y la práctica de observaciones le hicieron, no sólo tomar parte personal en ellas, sino que además organizó un curso de estudios superiores de Astronomía y Ciencias Auxiliares, del que salieron aventajados discípulos, como Cecilio Pujazón, su sucesor, y otros, en los que dejó encarnado su espíritu al cesar en el Observatorio. Por último, el Almanaque náutico, comenzado a publicar en 1792 por Vimercati y mejorado en 1822 por Sánchez Cerquero, adquirió fisonomía propia en 1855 al encargarse personalmente de ello Márquez, y en 1860, siendo ya director, alcanzó la cúspide merced a su iniciativa y reformas introducidas en la publicación, considerada desde entonces igual e incluso mejor que las similares extranjeras de las que habían tenido que valerse los navegantes españoles por carecer de publicación propia. Durante su dirección también se reformó el edificio principal del Observatorio para adecuarlo al nuevo instrumental comprado y se puso en vigor un nuevo reglamento de funcionamiento del centro. Ascendió a brigadier en la escala de reserva en 1864. En el año 1869, a petición propia y aludiendo motivos de salud, abandonó la dirección del Real Observatorio.

Sus trabajos al frente del Observatorio de Marina de San Fernando le llevaron a la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, primero como corresponsal en abril de 1856 y, más tarde, como numerario y, por unanimidad, en octubre de 1875. Publicó varios trabajos científicos entre ellos el de su ingreso en la citada academia que versó sobre Historia de las ciencias naturales en nuestra península.

Desde 1870, pasó a residir en la ciudad de Madrid, dispuesto a descansar de tantas fatigas, pero se vio sorprendido en agosto de 1874 con el nombramiento de consejero de Instrucción Pública y, dos años después, con el carácter de delegado regio, director del Conservatorio de Artes y Oficios y del Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos (1 de julio de 1876). Su labor en el desempeño de estos múltiples cargos la atestiguan el gran número de obreros que durante su mandato salieron capacitados e instruidos en diversos oficios, como asimismo las raíces que echó en la enseñanza de anormales, marcando en ella huella profunda, que le acreditaron de sabio pedagogo. Esta hermosa labor, a la que consagró sus últimos días y su poderosa inteligencia, acabaron con el hombre, que tras breve dolencia, en que apenas pudo sospecharse la gravedad, falleció en su domicilio de Madrid, siendo su cadáver enterrado en el cementerio de San Lorenzo y San Justo, de Madrid.

Tan extraordinarios eran sus méritos, que el Gobierno dispuso (13 de mayo de 1886) que sus restos, pasado el tiempo reglamentario, fueran trasladados al Panteón de Marinos Ilustres, llegándose hasta designarle sitio (21 de junio) y, mientras tanto, se puso una lápida conmemorativa en el testero de la sexta capilla del Este, donde se halla sepultado también otro académico, Francisco J. de Salas. Dificultades económicas han hecho que el traslado no se haya cumplimentado y que las cenizas no hayan recibido el honor que merecen su nombre y sus servicios a la Armada.

Estaba en posesión de las condecoraciones siguientes: Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica; Placa de la Gran Cruz de la Orden del Mérito Naval, con distintivo blanco; Cruz de comendador de número de la Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III.

 

Obras de ~: “Historia de las ciencias naturales en nuestra península, discurso leído ante la Real Academia de ciencias exactas, físicas y naturales”, en Gaceta de Madrid, n.os 295-299 (1875).

 

Fuentes y bibl.: Archivo-Museo don Álvaro de Bazán (El Viso del Marqués, Ciudad Real), leg. 620/692, exp. personal, 1889.

J. Cervera y Jácome, El Panteón de Marinos Ilustres, Madrid, Ministerio de Marina, 1926, págs. 147-149; C. Martínez- Valverde, “Biografía de Francisco de Paula Márquez y Roco”, en VV. AA., Enciclopedia general del mar, t. V, Barcelona, Ediciones Garriga, 1957, pág. 1012; F. J. González González e I. González Martínez-País, “El Observatorio de Marina y el ferrocarril gaditano (1856-1861). Historia de un enfrentamiento entre la ciencia y la técnica”, en Revista de Historia Naval (Madrid, Instituto de Historia y Cultura Naval), n.º 21, págs. 51-74 (1988); J. Cervera Pery, El Panteón de Marinos Ilustres, trayectoria histórica, reseña biográfica, Madrid, Servicio de Publicaciones del Cuartel General de la Armada, 2004, págs. 168 y 172; F. González de Canales, “Biografía del brigadier de la Armada Francisco de Paula Márquez y Roco”, en Catálogo de pinturas del Museo Naval, Obras existentes en las Zonas Marítimas del Estrecho y Canarias, t. VIII, Madrid, Servicio de Publicaciones de la Armada, 2006, pág. 79.

 

José María Madueño Galán