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Diego Hurtado de Mendoza y de la Cerda

Biografía

Hurtado de Mendoza y de la Cerda, Diego. Duque de Francavilla (I). Madrid, 1515 – 18.III.1578. Presidente del Consejo de Órdenes, presidente del Consejo de Italia, consejero de Estado, virrey de Aragón y de Cataluña bajo el reinado de Felipe II, comendador de la Orden Militar de Santiago.

Pertenecía a uno de los linajes aristocráticos de mayor abolengo en Castilla. Los Mendoza habían destacado, como también recuerda Gregorio Marañón, como la facción nobiliaria de talante político más abierto frente a la reaccionaria que representaban, bajo el reinado de Felipe II, los Álvarez de Toledo. Diego Hurtado de Mendoza, descendiente del cardenal renacentista Pedro González de Mendoza y, por su primer matrimonio realizado en 1538 con Catalina de Silva, hija de los condes de Cifuentes, padre de Ana de Mendoza, la influyente princesa de Éboli, involucrada en las luchas cortesanas que desembocaron en la crisis entre Felipe II y su secretario Antonio Pérez, contaba ya con una dilatada y fecunda experiencia política en el momento de ser nombrado virrey de Cataluña, en el año 1564. En efecto, había participado de las campañas bélicas de la Monarquía española por Italia y Flandes acompañando al entonces príncipe Felipe a Alemania, en cuyo viaje tuvo ocasión de conocer a su privado, el noble portugués Ruy Gómez de Silva, que se convertiría en su yerno. Más tarde llegó a presidir el Consejo de Italia, en 1558, siendo también virrey de dichos territorios.

Entre 1554 y 1556 ejerció como virrey del reino de Aragón, donde, sin embargo, fracasó políticamente al sentenciar a muerte a Sebastián Calasanz de Benavarri, condenado por bandolerismo, lo que fue considerado un ataque a las constituciones y libertades forales, provocando una revuelta en Zaragoza, de la que huyó refugiándose en la Aljafería. Pero sus múltiples servicios y lealtad al Rey no tardaron en ser compensados con la adquisición de varios títulos, como el de príncipe de Mélito y duque de Francavilla. El 15 de mayo de 1564 juraba su cargo como virrey en la catedral de Barcelona. La credencial de nombramiento tenía fecha de 23 de abril, con carácter indefinido, por la que también recibía el nombramiento de capitán general de la provincia. Su virreinato catalán comenzaba a instaurar, en términos de ejercicio político, ciertas novedades indicativas del viraje hacia el autoritarismo en que se sumergía la Monarquía. Así, entre las primeras instrucciones que recibía del rey Felipe II, constaba la de disponer de sellos y registro con que despachar en secreto, lo que vulneraba los usos y costumbres de la Cancillería real catalana y la exclusión del Consejo de Aragón. Pero fundamentalmente su gobierno como virrey se vio condicionado por heredados conflictos y temores que iban en aumento en paralelo con la complicada encrucijada política europea y mediterránea. Por un lado, la persistencia continuada de la lucha contra la Monarquía francesa en la frontera de los Pirineos, más aún ante la amenaza hugonote en efervescencia en un momento en que estallaban las guerras de religión en la región del Mediodía de Francia, que se mezclaba con la incesante oleada de la inmigración francesa dirigida hacia numerosos puntos del territorio urbano y rural catalán. Todo ello confluyó en la nueva política filipina de impermeabilización hispana, que luchaba contra el contagio ideológico y hereje convertido ya en una obsesión, que se materializó coincidiendo con los tiempos del virreinato catalán de Mendoza. En efecto, en el año 1568, el Rey reiteraba la prohibición dirigida a sus súbditos de la Corona catalano-aragonesa de ir a estudiar a universidades extranjeras, estableciendo paralelamente en el principado la censura de libros. En la misma línea, y a finales de julio del mismo año, el virrey Hurtado de Mendoza comunicaba a todos los obispos de Cataluña una orden en virtud de la cual, para la conservación de la fe católica, prohibía que ningún sujeto de origen francés, de cualquier condición, pudiera dedicarse a la enseñanza de los niños. Con todo, el momento culminante de la amenaza bélica protestante fue hacia 1570, cuando los hugonotes asediaron la ciudad de Perpiñán. Hasta ese mismo año y en fechas anteriores, concretamente en 1564, 1567 y 1569, como muestra de la creciente preocupación sobre la frontera que albergaban las autoridades catalanas, el virrey realizó frecuentes visitas oficiales a la misma Perpiñán. Para atajar el asedio, Mendoza preparó un ejército de unos veinte mil efectivos, que logró erradicar el contingente enemigo. Por otro lado, el litoral mediterráneo seguía acechado por la piratería turca y berberisca, problema que se acrecentaba debido a la complejidad que representaba en el interior de la Península el colectivo morisco.

Precisamente fue durante los tiempos de Mendoza, y en concreto en 1570, cuando muchos catalanes se alistaron para ir a combatir contra la rebelión de los moriscos granadinos. Ante la solicitud de hombres a instancia real, por carencia de los mismos, que en buena parte se hallaban participando de las levas hechas para los tercios de Flandes, otro punto de conflicto internacional, el virrey concedió permisos a todos aquellos individuos que en el Principado tenían cuentas pendientes con la justicia, entre los que se contaban numerosos bandoleros. Embarcados estos expedicionarios, a finales de junio de 1569 y bajo el mando del insigne Luis de Requesens, obtuvieron una destacada victoria contra los moriscos en la plaza de Vélez-Málaga. Finalmente, se había constatado la presencia de luteranos y hugonotes que participaban activamente entre las cuadrillas de bandoleros que acampaban a lo largo y ancho del territorio catalán, asaltando y robando en bosques y caminos, lo que complicaba aún más la persecución contra el bandolerismo. Hurtado de Mendoza publicó diversas pragmáticas sobre el uso de pedreñales o ciertas armas cortas, una acción más que generó diversas fricciones entre jurisdicciones políticas. En concreto, una pragmática, que publicaba tan sólo un año después de ejercer como virrey, obligaba a cada término o universidad, tanto reales como baroniales, a llevar a cabo un censo de personas encargadas de preservar el orden público, permanentemente armadas, para luchar contra las numerosas cuadrillas de bandoleros y malhechores que asolaban el país. Asimismo, Hurtado de Mendoza era el primer virrey que en 1565 concertaba una unión o somatén contra el bandolerismo, iniciativa que acometió pese a topar con la negativa de algunos barones locales e incluso universidades, como la misma Barcelona, dadas las posibles injerencias jurisdiccionales o ataques contra determinadas inmunidades que entrañaba su ejecución. Él mismo, al objeto de paralizar tan arraigado problema, organizó una violenta represión en el valle de Querol, cerca de Puigcerdà, derribando edificios y viviendas sospechosas de albergar a ciertas cuadrillas. Todos estos factores provocaron la acentuación de una política represiva por parte del virrey y el progresivo rechazo a la misma por parte de las autoridades catalanas. A ello cabe añadir que, bajo su tiempo, la pugna entre estas últimas y la Inquisición, brazo ejecutor real, llegó a extremos considerables.

En el año 1569, con motivo de una contienda sobre la exacción de los derechos fiscales del Principado, el Santo Oficio amenazó con anatemas a los diputados de la Diputación del General, hasta que el propio Hurtado de Mendoza, pese a que, como virrey, se encontraba en la difícil y ambigua encrucijada de mediar en el diálogo y las relaciones entre las distintas administraciones, finalmente hubo de apresarlos junto con otras personas principales del país. Este conflicto jurisdiccional se zanjaría, tan sólo aparentemente, al poco de suceder, sobreseído por el propio virrey, habiendo pasado sin embargo por un contencioso en el que se involucró a la misma Corte romana, a la que Mendoza no dudó en instar para obtener una sentencia condenatoria contra los diputados. A raíz de estos sucesos, el arma política de mayor peso para los virreyes, la Real Audiencia, vio cómo en especial la sala de lo Criminal iba adquiriendo cada vez mayor protagonismo en las relaciones de poder, circunstancia que iba a marcar el devenir político de los sucesivos virreinatos. Para entonces, y en posteriores reuniones de Cortes, todo este conflicto político no dejaría de constituir materia grave para la reclamación de agravios. Pero no todo fueron contratiempos a la defensiva. A causa de las guerras europeas y la piratería, los metales preciosos llegados de las Indias, que tradicionalmente circulaban desde los puertos del Cantábrico, Laredo y Santander, en dirección al centro bancario europeo de Amberes, a fin de financiar los esfuerzos bélicos de la Monarquía española, a partir de la revuelta de los Países Bajos en 1566 se vieron compelidos a modificar su sentido.

Así, fue Hurtado de Mendoza el virrey que pudo testimoniar cómo en Cataluña entraba en juego la nueva ruta, Barcelona-Génova, convirtiendo a la capital del Principado en el puerto de partida de la ruta imperial del dinero, invadiendo el Mediterráneo de moneda española, y contribuyendo a cimentar una de las bases de la recuperación económica del país. También en los tiempos finales del virreinato de Mendoza se asistió a la construcción, por orden del Rey, de la galera que en el año 1571, al frente de la Santa Alianza, vencería a los turcos en Lepanto.

 

Bibl.: F. Schwartz y F. Carreras i Candi (dirs.), Manual de Novells Ardits vulgarment apellat Dietari del Antich Consell Barceloní, vol. V, Barcelona, Imprenta Henrich y Compañía, 1896; J. Mateu i Ibars, Los virreyes de los estados de la antigua Corona de Aragón. Repertorio biobibliográfico, iconográfico y documental, vol. I, tesis doctoral, Barcelona, Universidad, 1960; J. Reglà i Campistol, Els virreis de Catalunya: els segles xvi i xvii, Barcelona, Vicens Vives, 1961; F. Soldevila, Història de Catalunya, vol. II, Barcelona, Alpha, 1962; J. Lalinde, La Institución virreinal en Cataluña, 1474-1716, Barcelona, Instituto de Estudios Mediterráneos, 1964; X. Torres, Els bandolers (s. xvi-xvii), Vic, Eumo, 1991; J. M. Sans i Travé (dir.), Dietaris de la Generalitat de Catalunya, vol. II, Barcelona, Generalitat de Catalunya, 1994; R. García Cárcel, Felipe II y Cataluña, Valladolid, Universidad, 1997; D. Moreno Martínez, Representación y realidad de la Inquisición en Cataluña: el conflicto de 1568, tesis doctoral, Bellaterra, Universidad Autónoma de Barcelona, 2002.

 

Mariela Fargas Peñarrocha