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Pedro Gutiérrez Bueno

Biografía

Gutiérrez Bueno, Pedro. Cáceres, 28.IV.1743 – Madrid, 11.VI.1822. Farmacéutico, químico.

Hijo de Francisco Javier Gutiérrez, natural de Garrovillas de Alcometax (Cáceres), y de Mariana Jiménez, nacida en Cáceres, fue uno de los primeros alumnos de los Reales Estudios de San Isidro.

Cuando ya tenía una edad respetable, a partir de 1771, estudió allí lógica, matemáticas y física experimental.

Luego de los dos años de clases, se casó conMariana Ahoiz y Navarro, natural de la villa de Uncastillo (Pamplona), viuda de Manuel Ane. Estableció el domicilio familiar en la calle del Pez, n.º 1, de Madrid, donde nació su primera hija, Tiburcia Antonia, en 1774, fallecida antes de 1803. El suyo no fue un matrimonio de conveniencia, pues Manuel Ane era pobre de solemnidad. Probablemente se colocó como mancebo de botica en alguna de la capital con la intención de hacerse boticario. El que adquiriera su oficina de farmacia, en la calle Ancha de San Bernardo esquina a la de Manzana, el 14 de diciembre de 1776, casi un año antes de recibirse como farmacéutico, indica una buena posición económica y una circunstancia legal absolutamente irregular; no se podía tener botica abierta sin haber sido aprobado para ejercer la profesión. Pese a ello, en cumplimiento de las disposiciones vigentes, se trasladó con su familia a la calle de San Bernardo. Allí nacerían sus otras dos hijas, Clotilde Antonia, quien luego de casarse y quedar viuda volvió a la casa paterna al cuidado del padre y de la botica, y María Antonia, quien casó con Antonio Arnay, vivió algún tiempo en París y cuando enviudó residió en la capital, en casa propia, en la plaza del Progreso.

En 1777, tras cumplir los cuatro años como mancebo de botica, aprobó el examen de licenciado en Farmacia ante el Real Tribunal del Protomedicato.

Habría de demostrar sus conocimientos en la preparación de fármacos, en latinidad y la limpieza de sangre. En esa fecha fue admitido también en el Colegio de Boticarios de Madrid con una disertación sobre El licor anodino mineral y dio a la imprenta su Instrucción sobre el mejor método de analizar las aguas (Madrid, 1777).

El Colegio de Boticarios no era una institución gremial, sino eminentemente científica, en donde se admitían a boticarios de toda España, aunque su origen estuviera en dos cofradías sanitarias de la capital y se crease ligado a la obtención del privilegio de la preparación de la Triaca Magna. Las reformas sanitarias borbónicas quitaron poder a los gremios periféricos y no autorizaron la creación de nuevos, aunque el Colegio de Boticarios siempre intentó intervenir en las cuestiones de tipo administrativo. Por esa vertiente, eminentemente científica, se le considera origen de la Real Academia Nacional de Farmacia, una institución nacida durante la Segunda República Española para acoger a sus miembros. Se aprovechó para ello la aparente duplicidad establecida tras la implantación de la colegiación obligatoria (1892, 1917), y la creación del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid. En el primitivo Colegio de Boticarios, bajo el mandato de Casimiro Gómez Ortega, se comenzaron las obras de un laboratorio de Química, con planos de Tadeo López y la ayuda de Pedro Gutiérrez Bueno, catedrático ya del Real Laboratorio de Química de la capital.

Durante la Ilustración se continuó con la tradición española de cultivo de la química, aunque se intentó dotarla de una utilidad más amplia que la meramente terapéutica, sin desligarla de sus tradicionales practicantes sanitarios. En su institucionalización confluyen varias fuerzas. En primer lugar, el primitivo proyecto de la Real Academia de Ciencias de Fernando VI.

En 1750, después de una estancia en París, Ignacio Luzán propone la creación de una Academia de Ciencias y Bellas Letras en donde se refundiera la de la Lengua y la de Historia. En 1752 son Jorge Juan, Louis Godin y José Carbonell los propulsores de una Sociedad Real de Ciencias, híbrida en sus planteamientos entre la Real Sociedad inglesa y la Academia Nacional de Ciencias francesa. Las iniciativas estuvieron muy avanzadas y por deseo de Ensenada se encargó al secretario perpetuo de la Real Academia de Medicina, José Hortega, la labor de viajar por Europa a la búsqueda de científicos, con prendas intelectuales y personales suficientes para pertenecer a ella, y de adquirir los instrumentos necesarios. Entre 1752 y 1753 viajó por Italia, Francia, Inglaterra y Holanda.

Regresó con una lista de posibles académicos y “precisos instrumentos”. Almacenados, posiblemente, en la Real Casa de Geografía de la Corte, algunos fueron empleados por el jesuita Juan Wendlingen para su cátedra de Matemáticas en el Colegio Imperial. El temor, en algunos círculos cortesanos, de que los jesuitas capitalizaran la iniciativa y la rápida caída del marqués de Ensenada, su promotor (1754), enfriarían los iniciales ardores, pero de ese impulso surgió la creación del Real Jardín Botánico (1755).

Durante el reinado de Carlos III es el joven Floridablanca quien recoge el testigo. Se decide constituir la Academia en 1779. Seis años después se le encarga a Juan de Villanueva el edificio dedicado a su sede y laboratorio de química. Durante el reinado de Fernando VII se convertiría en Real Pinacoteca, el actual Museo del Prado. De ese esfuerzo, del intento de crear un paseo en el madrileño Prado Viejo en homenaje a la razón, surgirían el Real Gabinete de Historia Natural (1771), la colina de las ciencias, con el Observatorio Astronómico (1790) y el Real Jardín Botánico trasladado desde el Soto de Migas Calientes, el Hospital General y de la Pasión, hoy Museo Reina Sofía y el Colegio de Cirugía (hoy Colegio Oficial de Médicos de Madrid). También surgió el Real Laboratorio de Química. A esa iniciativa institucional se unió otra legislativa. La Pragmática de 1780 que dividía el Real Tribunal del Protomedicato en tres audiencias separadas para la Medicina, la Cirugía y la Farmacia, preveía el establecimiento de una cátedra de Botánica, otra de Química y una tercera de Farmacia. La primera se instaló en el Real Jardín; la segunda, cuyo intendente estaba ligado también al Protomedicato, fue el Real Laboratorio de Química, y la tercera no se fundó hasta la creación en 1805 de los Colegios de Farmacia, dependientes de la Junta Superior Gubernativa de Farmacia, sucesora del desaparecido tribunal del Protomedicato.

En ese magma de intenciones estatales, Pedro Gutiérrez Bueno había asistido a unas clases de Química, impartidas por José Viera y Clavijo en un laboratorio montado en el palacio del marqués de Santa Cruz. El abate, preceptor de sus hijos, les había acompañado a París y a su vuelta empezó un curso privado. Las clases de Ciencias, al menos de Botánica y Química, durante la Ilustración, eran también un entretenimiento de la aristocracia; hasta en Palacio instalaron un laboratorio de física recreativa. A las mismas asistían los paseantes en Cortes para entretener sus ocios y porque, cuando se oficializaron, sus títulos daban preferencia en algunas de las ocupaciones reales. Los exámenes también tenían mucho de espectáculo, con el salón ricamente adornado, asistencia de autoridades, declamaciones de los alumnos e intermedios amenizados con música. A ellas asistían algunos especialistas, fundamentalmente farmacéuticos, carentes de enseñanzas oficiales, médicos o metalúrgicos.

Los conocimientos químicos los necesitaría no sólo para atender correctamente la botica. Desde 1780 instaló en Cadalso de los Vidrios (Madrid) una fábrica destinada a obtener el solimán, un compuesto de cloruro mercúrico empleado para curar la sífilis.

Más adelante, en 1794 obtuvo permiso para preparar el “agua fuerte” (ácido nítrico) y el “aceite de vitriolo” (ácido sulfúrico) en ese mismo pueblo. Fue aceptado el 13 de enero de 1780 en la Real Academia de Medicina de Madrid. En las clases de Viera, Gutiérrez Bueno perfeccionó los rudimentos de química y, seguramente, entró en contacto con personalidades influyentes no pertenecientes al círculo científico, de manera tal que cuando Pérez Caballero, el intendente del Real Jardín Botánico, elevó un memorial a Floridablanca el 22 de julio de 1787, indicándole la necesidad de crear un laboratorio interino, de poco coste, para la enseñanza pública de la química, se eligió como catedrático a Pedro Gutiérrez Bueno (Real Orden de 18 de octubre de 1787). Se instaló en la antigua botica del convento de los Carmelitas Descalzos, con entrada por la calle de Alcalá. Las clases dieron comienzo el 2 de enero de 1788 a las tres de la tarde, con un discurso del catedrático y algunas operaciones demostrativas. Se establecieron los miércoles y sábados para continuarlas. Se le fijó un salario de 10.000 reales; como catedrático segundo se nombró a H. A. Lorente, a un profesor de colores, dos analizadores de plantas, un afinador de metales, un burócrata y un cirujano. Gutiérrez Bueno comenzó con excelente pie. Tradujo el Método de la Nueva Nomenclatura Química, propuesto por Lavoisier, Morveau y Fourcroy (1788), lo que supone la adopción de la nueva química en nuestro suelo, al año siguiente de que se hiciera en Francia, antes que Inglaterra (1790), Italia y Portugal (1793) o Alemania (1794). Este hecho ha sido interpretado como testimonio de la falta de conocimientos químicos en nuestro suelo. La moderna investigación histórico-científica parece demostrar lo contrario. La existencia de una tradición enraizada, al menos en la Edad Media, a cargo de modestos laborantes, sin grandes figuras, que permitió su rápida asimilación. La traducción no fue completa.

Se ocupó de la memoria de Guyton de Morveau, Lavoisier y Fourcroy, el diccionario y la tabla sinóptica.

No incluyó la sinonimia de los viejos nombres con los modernos, las memorias de Hassenfratz y Adet, ni las tablas de símbolos químicos. En 1802, cuando ocupaba el puesto de catedrático de química en el madrileño Colegio de Cirugía, perteneciente a la facultad Reunida, publicó un suplemento en donde cubría casi todas las carencias y añadía una tabla con las equivalencias del nuevo sistema métrico decimal y el tradicional español. Esto y el que aprobara la publicación del Tratado de Química de Lavoisier, le convierten en el primer introductor de su sistema en nuestro suelo, junto al cirujano Aréjula y al artillero Munárriz. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que se manifestó ecléctico y eligió como fundamento para su Curso de Química teórica y práctica para la enseñanza... (1788), los Eléments de Chimie (Dijon, 1777-1778) de Louis B. Guyton de Morveay, Hugues Maret y Jean F.

Durande, anclados en el anterior paradigma del flogisto.

Los flogistas creían que las calcinaciones de los metales se producían con desprendimiento de unasustancia llamada flogisto, pese a la constatación física de que lo que ellos llamaban “cales”, el producto resultante, pesaban más que el metal originario. En uno de esos descubrimientos simultáneos, tan frecuentes en la historia de la ciencia, Scheelle en Suecia y Priestley en Inglaterra descubrieron el oxígeno. El clérigo inglés acompañó a un noble de su nacionalidad durante un viaje a Europa. En París coincidieron con Lavoisier quien estaba trabajando en el tema y, a partir de su conversación, Lavoisier levantó el edificio de la Química moderna. Las calcinaciones serían una oxidación, producto de la unión de los metales con el oxígeno. De ahí que los óxidos pesaran más que los metales. Sin embargo, en los momentos de cambio no es fácil aceptar las novedades. El propio Guyton de Morveau tardó mucho en hacerlo, hasta que Lavoisier no le dio la oportunidad de participar en la creación de la nueva nomenclatura para la nueva ciencia. No es de extrañar, por tanto, el caso de Gutiérrez Bueno.

Su Curso, que no fue una simple traducción del de los de Dijon, no era un mero manual para los boticarios, sino una discusión de química teórica acerca del calor, el fuego y el aire, en donde asimilaba las ideas de Lavoisier. Para los boticarios escribió el Prontuario de Química, Farmacia y Materia Médica (1815) mucho menos teórico. Su biblioteca, en 1805, contaba con doscientos setenta y cinco libros, las tres cuartas partes de ciencia y tecnología, muchos en francés o en latín. Además de los diccionarios y las obras religiosas, tenía obras relacionadas con la medicina, la farmacia, la química y sus industrias, los tintes, análisis de aguas, fabricación del vidrio... y algunos de física experimental.

En 1788 fue recibido en la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona; en 1790, en la Real Academia Médico-Práctica de la misma ciudad y nombrado boticario mayor honorario de la Corte (Real Orden de 27 de julio de 1792), así como socio de mérito de la Real Sociedad Económica de la Corte (1795).

Desde 1791 era alcalde examinador de Farmacia. De su relación de méritos, efectuada en 1815, se deduce que fue el técnico elegido por los tribunales de justicia y los ministerios para efectuar los análisis necesarios en su trabajo cotidiano. Analizó aguas en gran cantidad, alimentos, medicamentos, minas y minerales.

En 1794 se le autorizó para poner un taller de tintorería; en 1795 se le encargó poner orden en la Real Fábrica de Cristales de La Granja de San Ildefonso y bajo su dirección se colocaron los primeros pararrayos en Madrid. A la vista de su actividad no es de extrañar que Louis Proust le reconociera en los Anales de Historia Natural (1799) como “el primero que ha establecido en grande los trabajos de la Química práctica con un éxito digno de elogios”. Sin embargo, no todo fueron opiniones favorables. Según escribe él, algunos de sus alumnos le manifestaron que “hacía dura la inteligencia de algunos procedimientos y difícil la comprensión de varias aplicaciones”. No sólo eso. En 1797, cuando pretendió dedicar a Godoy el Manual del arte de la vidriería, José Clavijo, por otra parte, no especialmente ducho en estos temas, puso al margen: “escrito que muy probablemente serviría para el descrédito de la nación y del autor”. También en uno de los proyectos de la Real Academia de Ciencias se pueden ver reacciones muy negativas ante su nombre del astrónomo Salvador Jiménez, del físico Luis García de la Huerta y de otros muchos. Todo ello nos remite más que a razones de tipo científico, a un posible mal carácter que haría difícil la convivencia. Evidentemente, su eclecticismo hizo que los alumnos tuvieran las ideas algo confusas entre la nueva y la vieja química como se observa en los exámenes de alguno de ellos, lo cual es comprensible en un momento de cambio en el paradigma científico.

En 1799, los laboratorios madrileños (el de Gutiérrez Bueno, el laboratorio del platino unido a la escuela mineralógica del Ministerio de Indias y la cátedra de Química Aplicada a las Artes del Ministerio de Hacienda) se refundieron en uno, bajo la dirección de Louis Proust, tras un poco diplomático informe del director del Gabinete de Historia Natural, José Clavijo.

Gutiérrez Bueno pasó a ser catedrático de Química del Colegio de Cirugía de la Facultad Reunida y en 1806, al crearse los primeros estudios oficiales de Farmacia, en el Colegio de Farmacia de Madrid, llamado tras la Guerra de la Independencia de San Fernando, pasó a ser allí catedrático de química y jefe local o decano, desde esa fecha hasta el 23 de diciembre de 1815, cuando se le jubiló a petición propia.

Los últimos años de su vida no fueron sencillos. Fallecida su esposa el 22 de marzo de 1803, contrajo nuevas nupcias con Josefa Aguado, viuda del médico Mariano Rivas. Al año siguiente tuvo un hijo, Juan Bautista y al poco tiempo se separaron aduciendo Gutiérrez Bueno, curiosamente, el “genio díscolo” de la esposa y empezó a tener desavenencias con sus hijas.

Su estado de salud tampoco era bueno, de manera tal que no pudo tomar posesión de su cátedra del Colegio de Farmacia en la fecha prevista y hubo de retrasarlo algún tiempo. Por otra parte, después de la Guerra de la Independencia fue acusado de afrancesado, acaso porque permaneció en Madrid e intentó mantener la cátedra y el colegio en funcionamiento, impartiendo clases incluso en su casa particular. Hubo de defenderse aduciendo los problemas experimentados en la visita de su botica e incluso que hacía el pan en su domicilio para no tener contacto alguno con el invasor. Murió, al parecer, no sobrado de bienes materiales, el 4 de junio de 1822. En su testamento deseó que se le recordase como “hombre defensor de la ciencia [...] y preocupado por el porvenir de su descendencia”.

 

Obras de ~: Instrucción sobre el mejor método de analizar las aguas, Madrid, Imprenta Real, 1777; Instrucción sobre el mejor método de analizar las aguas minerales y en lo posible imitarlas, Madrid, Imprenta Real, 1782; “Extracto de la Oración inaugural que en la abertura de la Real Escuela de Química [...] leyó D. Pedro Gutiérrez Bueno”, en Memorial Literario, 13 (1788), págs. 302-309; Curso de Química Teórica y Práctica para la enseñanza del Real laboratorio [...], Madrid, A. Sancha, 1788; Método de la nueva nomenclatura química, Madrid, Antonio Sancha; Memoria sobre el blanqueo del lino [...], Madrid, A. Sancha, 1790; “Arte de vidriería”, en Seminario de Agricultura y Artes, t. VI (1797), págs. 7, 20, 42, 54, 70, 88, 102, 120 y 135; Manual del arte de vidriería [...], Madrid, Fermín Villalpando, 1799; “Análisis de las aguas minerales de Puertollano”, en Seminario de Agricultura y Artes, t. VI (1799), pág. 188; “De las aguas de Madrid”, en Seminario de Agricultura y Artes, t. VII (1800), págs. 330, 346 y 360; Análisis de las aguas de Madrid, Fermín Villalpando, 1800; “Sobre fabricación de ácidos minerales”, en Seminario de Agricultura y Artes, t. VII (1800), págs. 358 y 372; Descripción de los reales baños de Arnedillo [...], Madrid, Fermín Villalpando, 1801; Nomenclatura química [...] segunda edición, Madrid, A. Sancha, 1801; Curso de química teórica y práctica, Madrid, Fermín Villalpando, 1802; Observaciones sobre el galvanismo; Madrid, Fermín Villalpando, 1803; Método práctico de estañar vasijas de cocina, Madrid, Fermín Villalpando, 1803; Análisis de las aguas de las cuatro fuentes inmediatas a la villa de Espinosa de los Monteros, Madrid, 1805; Prontuario de Química, Farmacia y Materia Médica, Madrid, Fermín Villalpando, 1815; con R. Moya de la Torre, Análisis de las aguas termales de Ledesma [...], Madrid, 1815.

 

Bibl.: R. Folch Andreu, El farmacéutico español como hombre de ciencia del siglo xviii, Madrid, 1940; P. Carrasco Jarabo, “Vida y obra de Pedro Gutiérrez Bueno”, en Boletín de la Sociedad Española de Historia de la Farmacia (1964), n.º 60, págs. 154-169; n.º 61, págs. 10-24; n.º 62, págs. 71- 86; n.º 63, págs. 101-118, y n.º 64, págs. 153-177; R. Roldán Guerrero, Diccionario biográfico y bibliográfico de autores farmacéuticos españoles, t. II, Madrid, IMPHOE, 1975, págs. 558-564; G. Folch Jou, El Real Colegio de Farmacia de San Fernando, Madrid, Real Academia de Farmacia, 1977; R. Gago, “La enseñanza de la química en Madrid a finales del siglo xviii”, en Dynamis (1984), págs. 277-300; J. Puerto, “La Revolución Francesa y la ciencia española: de la originalidad a la dependencia”, en Arbor (1989), págs. 15-34; R. Gago, “Presentación” a la ed. facs. del Método de la nueva nomenclatura [...], en J. Puerto (dir.), Biblioteca de los Clásicos de la Farmacia española, Madrid, Monte Carmelo, 1994; A. García Belmar y J. R. Bertomeu Sánchez, “Pedro Gutiérrez Bueno (1745-1822), los libros de texto y los nuevos públicos de la química en el último tercio del siglo xviii”, en Dynamis, 21 (2001), págs. 351-374.

 

Javier Puerto Sarmiento