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Manuel Arias y Porres

Biografía

Arias y Porres, Manuel. Alaejos (Valladolid), 1.XI.1638 – Sevilla, 16.XI.1717. Presidente del Consejo de Castilla, embajador, arzobispo de Sevilla y cardenal.

Nació el 1 de noviembre de 1638, y se bautizó el día 12 del mismo mes. Sus padres fueron Gómez Arias de Mieses y Catalina Porres, naturales de la villa de Fuente Cepera. En sus primeros años de formación se aplicó al estudio de las Matemáticas, la Geometría, la Aritmética, la Geografía y la Astronomía, llegando a componer incluso una obra matemática.

Con tan sólo catorce años ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén, marchando a la isla de Malta, sede de la orden, donde residió treinta y siete años (1652-1689). En sus primeros años compaginó las expediciones marítimas con el estudio de la Filosofía, la Teología y la Jurisprudencia. Posteriormente desarrolló una importante carrera política. Tres grandes maestres le otorgaron importantes cargos y encomiendas: Rafael Cotonero (1660-1663), Nicolás Cotonero (1663-1680) y Gregorio Caraffa (1680). Fue secretario del Gran Maestre y vicecanciller (1662), canciller y elector. Le otorgaron importantes encomiendas las de Benavente (1668), de Porto Marín, del Viso (1674), de Yébenes (1676), de Quiroga (1683), y la bailía de Olmos. Carraffa también le confirió la dignidad de Gran Baile y la Gran Cruz.

Dejaría todos sus cargos, y con tan amplias rentas volvió a España, fijando su residencia en Madrid. Carlos II le ofreció ser embajador español en Portugal (21 de enero de 1690) y Holanda, de lo cual se excusó alegando esperar licencia del gran maestre para ser ordenado sacerdote, lo cual llevó a cabo el 3 de septiembre de 1690, cuando contaba cincuenta y dos años. A continuación pasó a ser embajador de la Orden de San Juan en Madrid y teniente del Gran Prior de Castilla (1691-1692), durante la minoría de edad del serenísimo señor don Carlos, duque de Lorena.

El 17 de septiembre de 1692 recibió el nombramiento de presidente del Consejo de Castilla, sustituyendo a Antonio Ibáñez de la Riva Herrera. Su nombramiento se atribuye a sus buenas relaciones con el conde de Monterrey, hijo de Luis de Haro (último valido de Felipe IV), cuya influencia en la Corte iba en aumento.

Sin embargo, a pesar de este patrocinio y sus ambiciones políticas, también tuvo virtudes que explican tal ascenso. Un coetáneo suyo escribió sobre él que ascendió a tal cargo “por su espíritu abierto, justo, claro, capaz, firme y osado”, y que era “una de las mejores cabezas y uno de los hombres más virtuosos de España”, “un verdadero hombre de bien que amaba mucho la justicia”.

Durante su primera etapa de presidente (de septiembre de 1692 a febrero de 1696), planteó diversas reformas, como la anulación de las mercedes de por vida y la limitación de concesiones de hábitos de las Órdenes Militares, para terminar con los abusos en sus provisiones, pues la venta de los mismos era práctica habitual de la camarilla de la reina Mariana de Neoburgo.

La actuación de Arias desagradó a la Soberana, y su mandato al frente del Consejo terminó el 27 de enero de 1696, siendo sustituido el 8 de febrero por Antonio de Argüelles y Valdés (de febrero de 1696 a marzo de 1698), el cual fue relevado a su vez por el conde de Oropesa (de marzo de 1698 a abril de 1699).

Se retiró a su encomienda del Viso (1696), pero pasados algunos años, con el nuevo ascenso del “partido francés” en la Corte, fue de nuevo nombrado presidente del Consejo de Castilla, el 19 de mayo de 1699.

Así iniciaba una segunda etapa en este cargo (de mayo de 1699 a noviembre de 1703), que concluyó el 14 de noviembre de 1703, al ser sustituido por José Solís, duque de Montellano. Durante la misma estuvo presente en las discusiones relativas al testamento de Carlos II, y aunque no parece que fuera uno de los principales valedores de la elección del duque de Anjou como nuevo Monarca, aceptó su nombramiento.

A la espera de la llegada del nuevo sucesor se formó una Junta de Gobierno, según dictaba el testamento de Carlos II, y entró a formar parte de ella junto al cardenal Portocarrero, el conde de Benavente, el conde de Aguilar y la Reina. Desde su puesto de presidente del Consejo de Castilla, fue una pieza clave en la transmisión de las órdenes reales a todos los cabildos de ciudades y villas de la Corona de Castilla, apresurándoles a la hora de realizar el juramento de lealtad y levantamiento del pendón real a favor del nuevo Monarca.

A la muerte de Jaime Palafox y Cardona, arzobispo de Sevilla (1684-1701), fue promocionado por Felipe V a la mitra hispalense, por Decreto fechado en Barcelona el 2 de febrero de 1702. Las bulas papales de Clemente II fueron despachadas con fecha de 3 de abril, y fue consagrado en la iglesia del colegio imperial de la Compañía de Jesús en Madrid. El deán del cabildo catedral, Juan Domonte y Eraso, tomaría posesión en su nombre el 24 de mayo de 1702.

El Papa le dispensó de la obligación de residencia durante el plazo de dos años (8 de agosto de 1702), para que ejerciera su cargo de presidente del Consejo de Castilla, por lo cual nombró como gobernador de la diócesis hispalense durante su ausencia a Juan de Monroy.

Fue un ardiente defensor del joven Monarca, aunque supo darse cuenta de la fuerte influencia francesa de la que se iba impregnando el Gobierno, e incluso Luis XIV pensó en apartarlo del mismo ante su afinidad con Portocarrero. Aunque abandonó la presidencia en el año 1703, continuó formando parte del despacho o consejo privado del Rey, formando parte del círculo más cercano de Gobierno de Felipe V, junto al cardenal Portocarrero, Antonio Ubilla (secretario del Despacho Universal) y el duque de Harcourt.

En el año 1704, con motivo de la campaña militar contra Portugal, acompañó al Monarca. A su conclusión, éste regresó a la Corte, y Arias se dispuso a marchar hasta Sevilla, entrando en la ciudad el 3 de diciembre de 1704. Sería arzobispo por espacio de tres quinquenios (1702-1717), con la ayuda de dos obispos auxiliares, Francisco Levanto y Vivaldo (1703- 1715) y José de Esquivel (1717). Por tanto, su figura adquiere especial relevancia por la importancia de su actividad durante todo el desarrollo de la Guerra de Sucesión española, tanto por sus múltiples funciones como arzobispo de Sevilla como por ser presidente del Consejo de Castilla.

Para conmemorar las victorias de Felipe V en Italia, realizó un repartimiento de sus rentas entre hospitales y pobres de la urbe hispalense, ganándose fama de piadoso y caritativo con los necesitados. Jacinto de Mendoza, en el sermón que le dedicó tras su muerte, le atribuyó la frase “las rentas de mi arzobispado no son mías, sino de mis ovejas [...]. Oh Pastores. Las rentas de la Iglesia no son bienes vinculados ni bienes patrimoniales, sino censos y tributos impuestos a favor de los pobres”.

De su período como arzobispo de Sevilla destaca sobre todo la terminación de las obras del palacio arzobispal, en cuya portada principal se reconoce su escudo de armas.

Con motivo de la ofensiva de las tropas austracistas en la frontera portuguesa y su entrada en Madrid, se formó en Sevilla, a inicios del mes de julio de 1706, una Junta de Guerra extraordinaria, formada por el señor arzobispo, el señor asistente, y miembros de los cabildos municipal y catedralicio. Del resultado de dicha colaboración salió la formación de dos regimientos de seis compañías cada uno, el primero financiado por el cabildo municipal, y el segundo cofinanciado por el arzobispo y el cabildo catedralicio. El arzobispo costeó la formación de dos de las citadas seis compañías.

El 20 de septiembre de 1705 publicó unas instrucciones para los visitadores pastorales.

Gastó sumas importantes en las parroquias de Santa Lucía, San Juan de la Palma y el Sagrario, costeando el retablo mayor de esta parroquia, obra de Jerónimo Balbás (1709), desaparecido en 1824. Igualmente invirtió su caudal en el noviciado jesuita de San Luis, y en las iglesias colegiales del Salvador, tanto de Sevilla como de Jerez de la Frontera. En Sevilla ayudó a terminar las obras del convento de las capuchinas, del convento de monjas de la Concepción de la colación de San Miguel y del colegio de Becas.

En 1711 compró unas casas junto al convento del Espíritu Santo, para fundar un Seminario de Niñas Nobles, compuesto por doce colegiales, siendo regido por las monjas de dicho cenobio. En dicha fundación gastó más de doscientos treinta mil ducados según expresaba en su testamento.

Fue elevado al cardenalato el 30 de enero de 1713, por Clemente XI. La noticia llegó el día 20 de febrero, y fue celebrada por la Iglesia hispalense con tres días de repiques, luminarias y fuegos artificiales.

El 20 de noviembre de 1715 otorgó testamento ante Pedro García Durán, escribano de Sevilla. Ordenaba que se dijeran por su alma diez mil misas. En el mismo legaba diversas rentas que se le adeudaban a la Orden de San Juan, y dejaba por su heredero universal a la Fábrica de la iglesia colegial de Jerez de la Frontera, con objeto de la construcción de su templo.

Meses antes de su muerte, en el año 1717, debido a una de las enfermedades de Felipe V, se pensó formar un Consejo de regencia, del cual él formara de nuevo parte a pesar de su avanzada edad, aunque finalmente no cuajó.

A última hora nombró como obispo auxiliar a José de Esquivel. Manuel Arias y Porres falleció el 16 de noviembre de 1717. Fue sepultado en la capilla del Sagrario, en una sepultura que él construyó y financió durante su vida: “D. Manuel Arias, Arzobispo de Sevilla, Caballero de San Juan de Jerusalén, puso, viviendo esta losa, para debajo de ella espera después de la muerte la resurrección de la carne”. Tras su fallecimiento se puso: “Murió el 16 de Noviembre del año de 1717, habiendo sido promovido a la dignidad Cardenalicia”. A su muerte fue presentado el cardenal Alberoni, primer ministro de España. El Papa no accedió y la sede quedó vacante hasta 1719. Le sustituyó Felipe Antonio Gil de Taboada (1720-1722).

 

Bibl.: G. Arias de Mieses, Avisos morales urbanos y políticos que a Don Manuel Arias de Porres [...] da a su instancia Don Gomez Arias de Myesses su padre, Madrid, Imprenta de Domingo Garcia Morrás, 1658 (Biblioteca Nacional, Salón General 2/34866); A. Bermudo Tamariz, Relación que con orden del Excelentísimo señor D. Manuel Arias Arzobispo de Sevilla del Consejo de su Magestad de la Junta de Govierno, y Presidente del Real y Supremo de Castilla, en carta al señor Marqués de Valhermoso, Asistente y Maestro de Campo General de esta Ciudad, se ha formado de las disposiciones, y providencias, que asi para su resguardo, como para el socorro del Exercito, y Costas de Andaluzia, dio la muy Noble, y muy Leal Ciudad de Sevilla, con la noticia de hallarse en ellas las Armadas de Inglaterra, y Olanda, y de las que fue executando con avito de las operaciones. Dispusola Andrés Bermudo Tamariz, Familiar del Santo Oficio de la Inquisición, Escrivano del Rey, y del Cavildo desta Ciudad, a quién ha tocado la asistencia a la Junta, formada para esta ocasión, en virtud de su orden, y arreglada a los quadernos de Autos, y Acuerdos pertenecientes a la referida Junta, que paran en su Oficio, Sevilla, Juan Francisco Mayor de Blas, Impresor Mayor, 1702; Anónimo, Copia del testamento del Emmo. Señor Cardenal Arias, Arzobispo de la Ciudad de Sevilla, debajo de cuya disposición falleció, que pasó ante Pedro García Durán, Escribano Publico de Su Dignidad, y del numero de dicha Ciudad, s. l., c. 1717 (Archivo Municipal de Sevilla, secc. XI, t. 6, doc. 43); J. de Mendoza, Sermon funebre, y panegyrico, que en el dia del solemne entierro, y cuerpo presente del Eminentísimo y Reverendísimo Señor el Señor [sic] D. Fr. Manuel Arias, presbytero Cardenal de la Santa Iglesia de Roma, y Arçobispo de Sevilla / predicò en la Santa Iglesia Cathedral, y Patriachal de dicha Ciudad, el Rmo. P.M. Fr. Jacinto de Mendoza, del Real, y Militar Orden de nuestra Señora de la Merced, Redempcion de Captivos [...], Sevilla, Juan Francisco de Blas, 1718 [Biblioteca General de la Universidad de Sevilla (BGUS), Fondo Antiguo, A 112/098 (10); Biblioteca Capitular y Colombina (Sevilla), Sala Noble, 21-5-5 (2)]; F. Dávila, Oracion funebre panegyrica, que en las solemnes exequias, que la Insigne Colegial de N. Señor San Salvador de la Ciudad de Xerez de la Frontera consagro a la [...] memoria de el [...] Señor Cardenal Arias, Arçobispo de Sevilla / dixo el R. P. M. Fr. Francisco Davila, del Real Orden de Nuestra Señora de la Merced Redempcion de Captivos [...], s. l., Jerónimo de Peralta, ¿1717? [BGUS, Fondo Antiguo, A 112/098 (7)]; J. Flores, Oracion funebre, y moral, en las solemnes honras, que celebro la Santa Iglesia Metropolitana, y Patriarcal de Seuilla, al Emmo. Señor Cardenal Arias, su dignissimo prelado, el dia dos de Diziembre de este año de 1717 / dixola el M.R.P. Fr. Juan de Flores, del Orden de Santo Domingo [...], Sevilla, Juan Francisco de Blas, 1718 [BGUS, Fondo Antiguo, A 112/098 (11)]; A. Baudrillart, Phillipe V et la Cour de France, Paris, Firmin- Didot, 1890, págs. 52, 68, 91, 100, 121, 125-126 y 134; L. de Rouvroy, duque de Saint-Simon, Mémoires, ed. de A. de Boislilsle, t. VII, Paris, Hachette, 1890, pág. 260, y t. XXIII, 1911, pág. 268; J. Morgado, Prelados sevillanos o Episcopologio de la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarcal de Sevilla [...], Sevilla, Tipografía de Agapito López, 1899-1904, págs. 601-608; H. Kamen, La Guerra de Sucesión, Barcelona, Grijalbo, 1974, págs. 101 y 121; J. 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Francisco Javier Gutiérrez Núñez