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Juan Ignacio Molina

Biografía

Molina, Juan Ignacio. Loncomilla, Talca (Chile), VI.1740 – Bolonia (Italia), 12.IX.1829. Sacerdote jesuita (SI), naturalista y escritor.

Nació en una hacienda de campo, en la confluencia de los ríos Maule y Loncomilla, cerca de la ciudad de Talca. Fueron sus padres Agustín Molina y Francisca González Bruna. Pertenecía a una familia venida a la conquista del país. Huérfano en su infancia, pasó a Talca, por disposición de sus parientes, para cursar las primeras letras y estudiar Gramática Latina. A los dieciséis años, fue enviado a Concepción, ingresó a la Compañía de Jesús y recibió las primeras órdenes.

Después fue enviado por sus superiores a la residencia que los jesuitas poseían en Bucalemu.

Después de adquirir el conocimiento del latín y griego y de haberse señalado no poco en el estudio, fue destinado por la Orden a regir la biblioteca de la casa principal de Santiago. Las descripciones dicen que por entonces era un mancebo de corta estatura, de tez bronceada, ojos grandes y expresivos, nariz y boca también grandes.

Cuando frisaba los veintiocho años y no pasaba de ser un simple hermano de la Orden, le sorprendió la bula pontificia y el Real Decreto que disolvía la Compañía de Jesús y expulsaba a sus miembros de los dominios de España. Molina debió partir, en consecuencia, en 1767, en dirección a Valparaíso para abordar el navío La Perla, que debía trasladarlo al Perú, junto a otros compañeros de suerte, como lo fueron Antomás, Pietas, Fuenzalida y otros. No llevaba más equipaje que un Cicerón, que hizo pasar por su breviario y que conservó toda su vida, hasta su ancianidad, con particular afición.

Más de dos meses estuvo anclada la nave en la que iba en el puerto de Callao, hasta que al fin, el 7 de mayo, pudo tender las velas para emprender la travesía del cabo de Hornos, con dirección a España y bajo partida de registro.

Sabido es que los jesuitas chilenos fueron a encontrar asilo en Italia, en Imola la mayor parte, donde Molina permaneció cerca de dos años. De Imola, los desterrados chilenos pasaron a Bolonia, ciudad notable por su prestigiosa Universidad y por ser centro de un sólido movimiento científico y literario. Apenas transcurridos dos años de su llegada a esta ciudad, Molina publicó allí en la stampería de Tommaso d’Aquino, en italiano, en 1776, su Compendio della storia geográfica, naturale e civile del Regno del Chili, sin nombre de autor, que la voz general atribuyó inicialmente a otro jesuita chileno, Felipe Gómez de Vidaurre. Esta obra estaba contenida en un volumen de 246 páginas con un mapa de Chile y diez láminas que representan una palma chilena, un pino araucaria, aves, cuadrúpedos y cetáceos, una matanza de animales vacunos, el juego de la chueca, un baile mapuche, damas en traje de visita y calle y un plano de la ciudad de Santiago. Dice Medina que el abate Molina, desde entonces, no cesó de trabajar para dar a conocer a Chile en Europa, tarea que fue para él un consuelo en su destierro. En 1778 abrió en Bolonia un colegio para los hijos de las familias nobles. La misma imprenta que en 1776 había dado a luz su ensayo anónimo, ofrecía al público en 1782 su Saggio sulla Storia Naturale del Chili, escrita en toscano, en un volumen de 367 páginas, con el mismo mapa de Chile incluido en aquél, que es considerada la primera parte de su famosa obra. Desde ese mismo instante, su reputación de sabio quedó afianzada y fue tanto su prestigio, que hombres notables se apresuraron a traducir su obra a otras lenguas nacionales.

Pronto hubo ediciones en alemán, en francés, en inglés y castellano. En 1787 Molina publicó en la misma imprenta de S. Tomasso d’Aquino, Bolonia, su Saggio sulla Storia Civile del Regno del Chile, en un volumen de 333 páginas, que es la segunda parte de su magistral creación, también escrita en toscano.

La obra de Molina —ha dicho el barón de Humboldt, citado por Medina— “no está ya a la altura de la ciencia moderna, pero, para su tiempo, fue un monumento memorable de saber, elevado por el genio del jesuita chileno a la gloria de Chile”.

Las dos partes de esta obra, La Historia Natural y la Historia Civil de Chile, ambas escritas en toscano, y en dos tomos, fue traducida al castellano por dos autores diferentes. El primer tomo, traducido por Domingo de Arquelada y Mendoza, vio la luz pública en Madrid, Imprenta de Sancha, en 1788.

El segundo tomo fue traducido al castellano por el compatriota del autor, el rico comerciante gaditano Nicolás la Cruz y Bahamonde, futuro conde de Maule, y dado a la estampa en Madrid en 1795, en la misma imprenta. Esta traducción significó a Nicolás disputar con el impresor Sancha sobre varias voces, entre ellas la del gentilicio “chilenos”, que en la traducción de Arquelada se había transformado en “chileños”. Además, Nicolás incorporó a su versión de la obra de Medina numerosas notas en materias de su personal interés. Así, en carta a su hermano Vicente de la Cruz, le dice: “Si cuando te pedí aquellos capítulos para ilustrar la obra de Molina, me los hubieras satisfecho, yo hubiera tenido lugar de poner algunas adiciones en honor de nuestra villa y provincia (Talca), que hubieran quedado indelebles para los tiempos futuros, pero Uds. no harán jamás nada bien hecho”. En carta a su amigo Bernardo Gregorio de Las Heras (1796), le dice que ha recibido carta del abate Molina elogiando su trabajo, que considera mejor que el del primer tomo traducido por Araquelada.

Los conocimientos que poseía Molina eran de lo más variado, pues, además de ser un notable lingüista y un filósofo distinguido, era profundamente versado en las ciencias naturales. En 1821 sus discípulos publicaron una obra suya en forma de Memorias, en la cual se discuten una serie de cuestiones más o menos importantes. Las teorías que sustentaba Molina eran bastante avanzadas para su tiempo y de ello tuvo ocasión de convencerse pronto. Una mezquina delación llevó el asunto a la Curia Romana, acusando de heréticas algunas proposiciones del jesuita chileno. Fue suspendido del profesorado y de sus funciones sacerdotales, aunque pronto le fue alzada esta sanción. Sin embargo, Molina vivió el resto de sus días contrito por esta persecución de cuya injusticia no dejó jamás de protestar.

Cada vez que el abate Molina hacía algún viaje por los alrededores de la ciudad de su residencia, no dejaba escapar un detalle en sus observaciones de la naturaleza y, de vuelta en casa, una vez ordenados sus materiales, presentaba a sus colegas del Instituto Pontificio el resultado de sus investigaciones sobre las montañas vecinas, sobre las plantas, sobre la fauna, etc., y en estilo conciso y seguro, elevado a veces, discutía siempre con originalidad sus teorías.

Entre sus obras se cuenta también una Memoria sobre la propagación sucesiva del género humano, citada por Medina en la que, con la geografía en la mano, demuestra que las soluciones de continuidad entre los diversos continentes no son tan enormes como para impedir que los hombres procedan de un mismo tronco y hayan podido transitar de una parte a otras del globo terráqueo. Pero, sea que Molina diserte sobre este tema o sobre otros, como los jardines o el café, siempre encuentra oportunidad para recordar a Chile.

Este amor por su patria, que Molina profesaba en tan alto grado, es una de las características de su vida y de su obra. Cualquier noticia que llegara de Chile a su olvidado albergue en la calle de Belmoloro, en Bolonia, le hacía vibrar de emoción. Cuenta el profesor Santagata, que lo conoció personalmente, que Molina recibió una regular herencia en Chile y que, por disposición de la autoridad, ella se destinó al financiamiento de unos barcos que, corriendo los mares, debían pelear por la causa del reino. Molina exclamó, con la voz conmovida por la alegría: “¡Oh, qué determinación tan bella la que han tomado las autoridades de la República! ¡De ningún otro modo podían haber interpretado mejor mi voluntad, con tal que haya de ser en beneficio de la Patria!”. Más tarde, cuando se supo que no había existido motivo para el secuestro de los bienes del jesuita, éste dispuso que la mayor parte de su fortuna se aplicase a la fundación de un instituto literario en Talca, lo que fue autorizado por decreto supremo de 5 de julio de 1827.

Pero no se crea que la situación de Molina en Italia era muy holgada. En sus primeros tiempos de expatriación vivió en medio de la mayor pobreza. Sólo cuando España acordó dar a los jesuitas una pensión anual de 100 pesos, pudo proporcionarse algunas comodidades.

En 1812 esta pensión se aumentó, aunque por muy corto tiempo, con 200 pesos más que le asignó el príncipe Eugenio de Beauharnais y, más tarde, con otro tanto que provino del rey de Nápoles.

También su amigo y compatriota el conde de Maule le hacía llegar desde Cádiz esporádicas ayudas.

La vida del abate Molina no podía ser más económica.

Pasaba la mayor parte del día en la enseñanza de niños pobres y no se permitía más lujo en su comida que el de una taza de café. Se levantaba a las ocho de la mañana y se recogía a las diez de la noche.

En 1814, cuando hizo su primer testamento, reconoció que siempre había pagado el salario a su sirviente y que nada debía. Fuera de algunos libros latinos y griegos, no tenía otro autor que Feuillée y aquel Cicerón que lograra traer a su salida de Chile.

Hasta la casulla con que celebraba misa era prestada.

Cuando murió su caudal ascendía a 20 pesos.

Molina abrigó en sus últimos años la esperanza de regresar a su patria. En 1816 decía a su sobrino Ignacio Opazo: “Yo espero partir de aquí en el mes de abril o mayo, y embarcarme en Cádiz, de vuelta a mi amado Chile”. Con fecha 20 de agosto anunciaba que había diferido su viaje para la primavera siguiente, por regresar en la compañía de otros amigos chilenos. Desde Cádiz, el conde de Maule pidió a sus agentes en Italia, Francia y España que facilitasen dinero a varios jesuitas, entre ellos a Molina, para que pudieran trasladarse a Cádiz y de allí pudiesen pasar a América.

Parece que desde 1814, el abate Molina, que contaba ya con setenta años, empezaba a sufrir de una enfermedad inflamatoria del pecho que habría de llevarle al sepulcro. Se mantuvo, no obstate, medianamente bien hasta 1825, pues ese año aún podía leer y hacer su diario paseo. Pero, en los últimos tres años se confinó en su casa, padeciendo serias alarmas y turbado con la idea de la muerte. Su mal verdadero era su ancianidad, y la inflamación del pecho tomó gran violencia, con fuertes dolores. En su delirio pedía agua fresca, agua de Chile, de la cordillera, para apagar la sed insaciable.

En 1825 tuvo dos enfermedades graves de las que escapó gracias a los cuidados de su íntimo amigo el notable médico Pastorini. A fines de agosto de 1829 le cogió una fiebre lenta y el 12 de septiembre, a las ocho de la noche, acabadas sus fuerzas, dio el último aliento. “Así ha muerto —dice la Gazzeta di Bologna del martes 22 de aquel mes— el hombre probo y doctísimo, acompañado del acerbo dolor de sus queridos discípulos y del llanto unánime de todos los buenos”.

El pueblo chileno no ha olvidado el nombre de su ilustre hijo. En 1856 se levantó el pedestal en que debía reposar la estatua que fue inaugurada cuatro años más tarde frente a la puerta principal de la Universidad, como para recordar siempre a la juventud que el amor a la patria, al saber y a la virtud forma a los grandes hombres. Por 1970 sus restos fueron repatriados y hoy reposan en la parroquia de Villa Alegre, cerca de Talca.

En 1776 publicó en italiano, en dos partes, su Compendio de la Historia Geográfica, natural y civil del reino de Chile. La publicación no llevaba nombre de autor, razón por la cual fue atribuida algún tiempo a otro jesuita chileno expulso, Felipe Gómez de Vidaurre.

La primera parte fue publicada con el nombre de su autor en 1782 bajo el título de Saggio sulla Storia Naturale del Chile, y fue traducida al español por Domingo José de Arquelada Mendoza (Imprenta de Antonio de Sancha, Madrid, 1788). La segunda parte, titulada Saggio sulla Storia Civile del Chile, publicada en 1787, fue traducida al español y aumentada con varias notas, por Nicolás de la Cruz y Bahamonde (Madrid, Imprenta de Antonio de Sancha, 1795). Estas dos obras le dieron gran reputación en Europa y han sido traducidas al alemán, al francés, al inglés y al español. Además, el abate Molina fue autor de dos reediciones de su obra, en 1810 para el príncipe Eugenio Napoleón, virrey de Italia, y otra en 1821, con adición de diversas Memorias que habían sido leídas por su autor en distintas sesiones de la Academia de Ciencias de Bolonia, como la antes mencionada Memoria sobre la Propagación Sucesiva del Género Humano, otras sobre baños termales, cultivo del olivo, sobre el café, analogías entre los tres reinos de la naturaleza, jardines ingleses ballenas propagación de árboles, especialmente el abeto, sobre el carbón, sobre Potosí, monte argentífero, sobre el cacao, el azucar, etc., incluso un Catálogo de Escritores de Chile, citado por J. T. Medina en el tomo II, página 123, de su Biblioteca Hispano-Chilena (1523-1817). Algunas de estas Memorias fueron publicadas por Molina en algunos periódicos científicos de su tiempo. Por último, cabe señalar que en 1798 se publicó en Madrid, Imprenta de Villalpando, el tomo XV de la colección que lleva por título “Del Viajero Universal o Noticia del Mundo Antiguo y Nuevo”, que contiene, en rigor, extractos del Compendio de la Historia Geográfica, Natural y Civil del Reino de Chile, del abate Molina.

 

Obras de ~: Compendio de la Historia Geográfica, natural y civil del reino de Chile, 1776, 2 partes (1.ª parte, Saggio sulla Storia Naturale del Chile, 1782, trad. esp. de D. J. de Arquelada Mendoza, Madrid, Imprenta de Antonio de Sancha, 1788; 2.ª parte, Saggio sulla Storia Civile del Chile, 1787, trad. esp. N.de la Cruz y Bahamonde, Madrid, Imprenta de Antonio de Sancha, 1795).

 

Bibl.: J. T. Medina, Diccionario Biográfico Colonial de Chile, Santiago de Chile, Imprenta Elzeviriana, 1905, pág. 541; J. T. Medina y R. Silva Castro, Panorama Literario de Chile, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1961; J. T. Medina, Biblioteca Hispano-Chilena. 1523-1817, Santiago de Chile, Fondo Histórico y Bibliográfico Edición Facsimilar, 1963; F. Esteve Barba, Cultura Virreinal, Barcelona, Salvat, 1965; H. Gunckel Luer, Bibliografía Moliniana, Santiago de Chile, Fondo Andrés Bello, 1980; J. M.ª López Piñero, Th. F. Glick, V. Navarro Brotóns y E. Portela Marco, Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Ediciones Península, 1983.

 

Sergio Martínez Baeza