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Salvador Calderón y Arana

Biografía

Calderón y Arana, Salvador. Madrid, 22.VIII.1851 – 3.VII.1911. Geólogo y paleontólogo.

Sus padres fueron Ignacia Arana Barrenechea, de ascendencia vasconavarra, y el abogado y periodista Antonio María Calderón y Díaz de la Fuente, originario de la entonces provincia de Santander. Destaca en su entorno familiar la inclinación a las labores intelectuales, pues sus dos hermanos mayores, Laureano y Alfredo, sobresalieron como químico y cristalógrafo el primero, catedrático que fue de la Universidad Central, y como periodista y escritor de tendencia progresista y republicana el segundo, siendo ambos afines, como también lo iba a ser Salvador, a los círculos krausistas e institucionistas de Francisco Giner de los Ríos y sus colaboradores.

Cursó en su ciudad natal los estudios primarios y de bachiller, que acabó en 1866. Comenzó estudios universitarios de Medicina, pero luego se cambió a los de Ciencias Naturales, cuya licenciatura estudió en la Universidad Central de 1866 a 1871, coincidentes en buena parte con los del Sexenio Democrático que siguió a la Revolución de 1868. En 1872 obtuvo los grados de licenciado y luego de doctor, éste con una tesis cuyo título, ¿Es o no el hombre un animal?, remite al ambiente de intensos debates científicos e ideológicos característico del momento. Por entonces coincidió con otros jóvenes naturalistas, como Francisco Quiroga e Ignacio Bolívar, junto a los que pronto iba a encabezar una notable renovación de los estudios de Historia Natural en España. El clima de apertura política e intelectual de esos años propició la aparición de agrupaciones y sociedades científicas, hasta entonces casi inéditas en España. Así, los entusiasmos juveniles de Calderón y sus compañeros se plasmaron en la creación en 1871 de un Ateneo Propagador de las Ciencias Naturales, de efímera existencia.

Mucho más duradera y fructífera había de ser la vida de la Sociedad Española de Historia Natural, fundada en Madrid de ese mismo año, en la que los empujes renovadores de Calderón y sus coetáneos establecieron fecunda cooperación con la más templada energía de sus maestros, naturalistas ya consolidados desde el punto de vista científico y profesional, como el zoólogo Laureano Pérez Arcas, el botánico Miguel Colmeiro o el geólogo Juan Vilanova.

En las reuniones de esta sociedad comenzó de inmediato a presentar sus notas y observaciones, en las que ya se manifestaba, rasgo característico de toda su obra, una extraordinaria amplitud de conocimientos y de intereses científicos. Sus estudios y escritos abarcaron desde grandes planteamientos teóricos sobre la filosofía de la naturaleza hasta cuestiones de índole muy concreta y técnica en las numerosas especialidades geológicas a las que dedicó sus investigaciones. En 1874 se trasladó a Las Palmas de Gran Canaria, tras haber ganado en oposición la cátedra de Historia Natural del instituto. Aprovechó entonces para realizar los estudios que dieron lugar a una de sus primeras publicaciones importantes, la Reseña de las rocas de la isla volcánica Gran Canaria, de 1875. Pero los ataques a la libertad de cátedra que, lanzados por el primer Gobierno de la Restauración, desencadenaron la llamada “segunda cuestión universitaria” de 1875 movieron a Calderón a solidarizarse con los profesores represaliados y a renunciar a su puesto. No en vano uno de los dos profesores cuya inicial protesta había sido el detonante de toda la “cuestión” era su hermano Laureano, entonces en la Universidad de Santiago.

Se sumó entonces Calderón al grupo de inconformes que, con Giner de los Ríos a la cabeza, fundaron en 1876 la Institución Libre de Enseñanza, diseñada en su origen como centro privado e independiente de estudios universitarios. Con la Institución colaboraron también sus hermanos Laureano y Alfredo. Antes, los tres hermanos ya habían participado en otro centro educativo de afinidad krausista, el Colegio Internacional de Nicolás Salmerón. Aunque llegó a ejercer como profesor de la Institución, con la que mantuvo de por vida lazos de afinidad personal e intelectual, Calderón aprovechó la coyuntura para emprender en 1877 un largo viaje de ampliación de estudios por Alemania, Austria, Suiza y Francia.

Durante su estancia en Viena, en 1878, estudia con el mineralogista Gustav Tschermak e imparte clases de español para ganarse la vida. En Viena conoce también a la que será su esposa. Más tarde reside en París, donde coincide con Nicolás Salmerón, allí exiliado, a través del cual es contratado por el Gobierno de Nicaragua, junto con José Leonard, para establecer un centro de enseñanza superior en la ciudad de León, adonde parten en 1881. Las posiciones liberales y racionalistas expresadas por ambos profesores en su labor al frente del nuevo centro, que se llamó Instituto de Occidente, suscitaron reacciones adversas y, tras sufrir un asalto a su domicilio y otros ataques a su integridad física, Calderón regresó a España. Mientras tanto, en 1881 el primer Gobierno liberal de la Restauración, encabezado por Sagasta, había repuesto en sus derechos a los profesores represaliados en la “segunda cuestión universitaria”, de modo que Calderón recuperó su puesto de catedrático de Historia Natural de segunda enseñanza y como tal se incorporó en 1882 al Instituto de Segovia.

Pronto, sin embargo, marcha nuevamente al extranjero, esta vez comisionado oficialmente por el Gobierno para visitar los principales museos europeos de historia natural y elaborar un informe para la introducción de mejoras y reformas en España. Recorre centros científicos en París, Bruselas, Stuttgart, Múnich, Berlín, Dresde, Viena y Budapest antes de regresar definitivamente en 1883.

De esta etapa de consolidación y ampliación de su formación datan varios trabajos relevantes. Por un lado, prosiguió sus investigaciones petrológicas sobre distintos tipos de rocas, especialmente volcánicas, en ocasiones en colaboración con su amigo Quiroga.

Éste era, junto con el también institucionista José Macpherson, uno de los introductores en España del uso del microscopio para observar finas secciones de materiales pétreos, lo que abría nuevas posibilidades en el estudio de la composición y estructura de las rocas.

Por otro lado, se interesó por la paleontología de vertebrados, tema sobre el que recopiló los hallazgos hechos en la Península para publicarlos en español y luego en inglés en la revista de la Geological Society of London, abriendo así una serie de publicaciones en inglés, francés y alemán con las que iba a contribuir a la difusión de la ciencia española en Europa. De su estancia en Nicaragua obtuvo datos para publicar en 1882 un estudio geológico de aquel país, sobre el que hasta entonces apenas se contaba con información.

Desarrolla también en estos años sus preocupaciones filosóficas sobre grandes cuestiones teóricas en torno a la unidad, la variedad y el cambio de la naturaleza, que ya en 1870, siendo aún casi adolescente, había manifestado en el librito Estudios de Filosofía Natural. Total organización de la materia, escrito en colaboración con su amigo Enrique Serrano Fatigati. Calderón intenta aplicar la concepción krausista del mundo, unitario, orgánico y armónico, a la fundamentación de los procesos que dan origen a la variedad de seres naturales, ya sean astros, rocas, minerales, plantas o animales, insistiendo en sus aspectos dinámicos y, en ese sentido, evolutivos. Es bajo este particular prisma como incorpora el evolucionismo de Darwin, a su vez muy relacionado con el actualismo uniformista o uniformitarista de Lyell, que Calderón había adoptado resueltamente como guía de sus investigaciones geológicas, rechazando por tanto las más anticuadas doctrinas catastrofistas. La polémica que mantuvo en 1884 con el geólogo Federico de Botella a propósito de la interpretación de los supuestos lagos terciarios del centro peninsular puede en parte entenderse a la luz de esta oposición entre actualismo y catastrofismo. Más ampliamente, el carácter de sus inclinaciones teorizantes queda bien reflejado en su ambicioso ensayo de 1881 La evolución terrestre.

Buena parte de los numerosos trabajos que hasta el final de su vida dedicó al origen y las relaciones mutuas de diferentes variedades de rocas y minerales, por otra parte fundados en sólidos conocimientos de física y química, sólo adquieren pleno sentido en relación con este evolucionismo cósmico o universal.

También en este contexto se explica su interés por un tema aparentemente extraño a su trayectoria científica, el de la nutrición vegetal en general y la de las plantas carnívoras en particular, al que dedicó varias notas entre 1876 y 1879, una de ellas publicada en la revista británica Nature. Mostrar, de acuerdo al evolucionismo darwiniano, la común organización, en este caso en cuanto a sus funciones de nutrición, de los reinos vegetal y animal, derivados en última instancia de un mismo ancestro, era el objeto de estos trabajos de índole marcadamente especulativa.

Toda una nueva etapa se abre en la vida y la obra de Calderón con su traslado a Sevilla en 1884, tras haber ganado la plaza de catedrático de Historia Natural de aquella universidad. Conseguida la cátedra universitaria “se consideró Calderón ya tranquilo”, dice su discípulo Hernández-Pacheco, “y dedicóse con afán y constancia a la gran labor de cultura que allí realizó”.

Es en este período cuando funda la Sección de Sevilla de la Sociedad Española de Historia Natural, de la que será el principal animador y en la que reunirá a un grupo de estudiantes y aficionados que, contagiados de su entusiasmo, llevan a cabo una incesante actividad excursionista y recolectora, prolongada en entidades como el Ateneo de Sevilla o la Sociedad de Excursiones de Sevilla. Bajo su dirección, el Gabinete de Historia Natural de la Universidad de Sevilla se convierte en un auténtico museo regional de la naturaleza andaluza. Su incansable actividad y la aparente dispersión de las decenas de publicaciones que a lo largo de estos años va dando a la imprenta podrían sugerir que su papel científico fue más bien el de un promotor y divulgador que tocó muchos temas pero no profundizó en ninguno. Siendo cierto lo primero, pues ciertamente escribió sobre un sinnúmero de cuestiones, no lo es lo segundo, porque siguió habiendo en su obra ciertas líneas programáticas de investigación a las que dedicó esfuerzo especial y sobre las que realizó contribuciones valiosas.

Entre sus intereses científicos de esta etapa destacan, por un lado, los aspectos orogénicos, esto es, relativos al origen del relieve, y, por otro, las grandes formaciones sedimentarias, especialmente las que incluyen minerales salinos. Su Ensayo orogénico sobre la Meseta Central de España de 1885 acusa la influencia de las teorías orogénicas del austríaco Eduard Suess, como ocurrió también con Macpherson y Quiroga.

En él se traza una interpretación, desde ciertos puntos de vista aún hoy vigentes, de la historia geológica de la Península, según la cual la meseta es un bloque antiguo y rígido contra el que las fuerzas orogénicas han empujado, fracturado y deformado materiales, dando lugar a cordilleras y otras formas de relieve. En cuanto a los depósitos sedimentarios, su obra, a juicio de un especialista contemporáneo, “fue básica a la hora de entender la génesis de las facies evaporíticas continentales”, es decir, de los sedimentos de carácter salino originados por evaporación de aguas concentradas, que tan notable expresión alcanzan en ambas submesetas y en las depresiones de Ebro y Guadalquivir.

Calderón fue el primero en interpretar correctamente estas formaciones, poniéndolas en relación con los procesos sedimentarios que se dan en lagunas salinas actuales. Sus estudios monográficos sobre cloruros, fosfatos, sulfatos o nitratos, o sus observaciones sobre la laguna de Fuentedepiedra así lo demuestran.

Aunque afectase a una parte menor de su producción, cabe citar también en esta etapa, por su interés teórico, la aproximación en su visión de la evolución y de las formas fósiles a las ideas neolamarckistas del norteamericano Edward Drinker Cope, revitalizador de la doctrina de la herencia de los caracteres adquiridos.

La década sevillana, extraordinaria en su actividad, toca a su fin en 1895, cuando Calderón regresa definitivamente a Madrid como catedrático de Mineralogía y Botánica de la Universidad Central. Más tarde acumulará la cátedra de Mineralogía Descriptiva y el nombramiento de jefe de la Sección de Mineralogía del Museo de Ciencias Naturales. Entre los discípulos que con él se forman en esta su última etapa destaca Eduardo Hernández-Pacheco, que ejercerá un papel preeminente en la geología española de la primera mitad del siglo siguiente. Como investigador, da cima en estos años a una labor rigurosa y sistemática de recopilación de información, que demostró compatible con lo extremadamente inquieto de su espíritu científico, plasmada en la primera mineralogía completa de la Península Ibérica, que publicó primero en alemán en colaboración con el profesor Tenne de Berlín y definitivamente en español en 1910 bajo el título de Los minerales de España. Fue su última gran aportación a la ciencia geológica. Una dolencia gástrica que le había acompañado casi toda su vida, pues fue un hombre de salud frágil a pesar de la espectacular energía que desplegó en su trabajo, se recrudeció hasta dejarle postrado y llevarle a la muerte unos meses después, cuando aún no había alcanzado los sesenta años de edad. Fue enterrado en el cementerio civil de Madrid.

Calderón fue para sus contemporáneos modelo de dedicación y honestidad científica. Como investigador, Hernández-Pacheco lo consideró “el más activo y más fecundo de los geólogos españoles”. Como profesor y divulgador, su labor difusora comprendió dos facetas principales. Por un lado, la atracción y formación de numerosos discípulos, que encontraron en él “espíritu de verdadero maestro”, al decir de Francisco de las Barras. Por otro, la publicación de innumerables reseñas y notas, que hacen que su obra impresa, de la que más abajo se recoge una selección, sea literalmente inabarcable, dispersa en varios centenares de títulos de los que aún hoy no se cuenta con una recopilación definitiva. Divulgó así en España novedades científicas internacionales al tiempo que daba a conocer en revistas europeas los avances de la investigación española. Uno de “los publicistas científicos más elegantes y fecundos de nuestro tiempo”, según Odón de Buen, Calderón fue también coautor, junto con sus amigos Bolívar y Quiroga, de un avanzado manual de Elementos de Historia Natural, considerado modélico en su género y reeditado continuadamente desde su aparición en 1890 hasta los años veinte del siguiente siglo.

En 1932, por iniciativa de la Comisaría de Parques Nacionales, se inauguró junto a la carretera del puerto de Navacerrada, en la vertiente madrileña de la sierra de Guadarrama, la llamada Fuente de los Geólogos, un sencillo monumento dedicado a la memoria de Calderón y de otros tres científicos, Casiano de Prado, Macpherson y Quiroga, que fueron, según reza la inscripción, “sembradores de cultura y amor a la naturaleza”.

 

Obras de ~: con E. Serrano Fatigati, Estudios de Filosofía Natural. Total organización de la materia, Madrid, 1870; Reseña geológica de la provincia de Guadalajara, Madrid, 1874; “Reseña de las rocas de la isla volcánica Gran Canaria”, en Anales de la Sociedad Española de Historia Natural (ASEHN), 4 (1875), págs. 375-407; “Enumeración de los vertebrados fósiles de España”, en ASEHN, 5 (1876), págs. 413-443; “On the fossil Vertebrata hitherto discovered in Spain”, en The Quarterly Journal of the Geological Society of London, 33 (1877), págs. 124-133; con F. Quiroga y Rodríguez, “Erupción ofítica del Ayuntamiento de Molledo (Santander)”, en ASEHN, 6 (1877), págs. 15-37; “Considerations on vegetable nutrition”, en Nature, 15, 170 (1877); “La evolución en las rocas volcánicas en general y en las de Canarias en particular”, en ASEHN, 8 (1879), págs. 265-333; “Ensayos de Geología general. La evolución terrestre”, en ASEHN, 10 (1881), págs. 15-47; “Los grandes lagos nicaragüenses (en la América Central)”, en ASEHN, 11 (1882), págs. 193-240; Organización y arreglo de los museos de historia natural, Madrid, 1884; “Les roches cristallines massives de l’Espagne”, en Bulletin de la Société Géologique de France (BSGF), 13 (1884), págs. 89-115; “Sobre el origen y desaparición de los lagos terciarios de España”, en Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, 8 (1884), págs. 257-259; “Ensayo orogénico sobre la Meseta Central de España”, en ASEHN, 14 (1885), págs. 131-172; “La sal común y su papel en el organismo del globo”, en ASEHN, 17 (1888), págs. 367-434; “La salina de Fuente-Piedra”, en ASEHN, 17 (1888), págs. 72-83 (actas); “La région epigénique de l’Andalousie et l’origine de ses ophites”, en BSGF, 17 (1888); “Consideraciones sobre la dentición de los roedores”, en ASEHN, 19 (1890), págs. 279-297; con I. Bolívar y F. Quiroga, Elementos de Historia Natural, Madrid, 1890; “Los volcanes fangosos de Morón”, en ASEHN, 20 (1891), págs. 5-21; Los naturalistas españoles en América. Discurso leído en el Ateneo y Sociedad de Excursiones de Sevilla al inaugurarse el curso de 1892 a 1893, Sevilla, 1892; “Nota preliminar sobre la clasificación geológica de las arcillas y su papel en el globo”, en ASEHN, 22 (1893), págs. 137-150; “El profesor D. Francisco Quiroga y Rodríguez”, en ASEHN, 23 (1895), págs. 150-164 (actas); “Origen de la sal común y de los sulfatos de los terrenos terciarios lacustres de la Península”, en ASEHN, 24 (1895), págs. 337-362; “Existencia del infraliásico en España y geología fisiográfica de la meseta de Molina de Aragón”, en ASEHN, 27 (1898), págs. 171-206; Nociones de Historia Natural, Madrid, 1899; Mineralogía, Barcelona, c. 1900; “Apuntes sobre el nitro en España”, en Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural (BRSEHN), 1 (1901), págs. 177-204; con C. F. A. Tenne, Die Mineralfundstätten der Iberischen Halbinsel, Berlin, 1902; “Nota preliminar sobre la turba y los turbales en España”, en BRSEHN, 3 (1903), págs. 417-428; “Noticia necrológica de D. Augusto González de Linares”, en Memorias de la Real Sociedad Española de Historia Natural (MRSEHN), 2 (1904), págs. 437-453; con M. Cazurro y L. Fernández Navarro, Formaciones volcánicas de la provincia de Gerona, Madrid, 1906; Los minerales de España, Madrid, 1910.

 

Bibl.: F. de las Barras de Aragón, “Salvador Calderón”, en Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (BILE), 35 (1911), págs. 225-228; E. Hernández-Pacheco, “El profesor S. Salvador Calderón y Arana y su labor científica”, en BRSEHN, 11 (1911), págs. 405-445; F. de las Barras de Aragón, Los naturalistas del distrito universitario de Sevilla, Sevilla, 1945; E. Portela, “Calderón y Arana, Salvador”, en J. M. López Piñero et. al., Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, vol. I, Barcelona, Península, 1983, págs. 158-159; S. Ordóñez, “La sedimentología en la obra de Salvador Calderón”, en BILE, 2 (1987), págs. 90-100; E. Aguirre, “Salvador Calderón y el Museo de Ciencias Naturales”, en BILE, 9 (1989), págs. 80- 90; R. Coy-Yll, “Aproximación a la labor mineralógica de Salvador Calderón y Arana”, en BILE, 9 (1989), págs. 91-101; S. Casado, “En la laguna de Fuentedepiedra con Salvador Calderón”, en Quercus, 138 (1997), págs. 19-24; F. Pelayo, “Las polémicas sobre las teorías paleontológicas en la Sociedad Española de Historia Natural”, en MRSEHN, 1 (1998), págs. 205-219; J. Simó Ruescas, La institucionalización de la ciencia en España (1875-1936). Ciencia, progreso y evolución. Krausismo y positivismo en la obra de Salvador Calderón y Arana, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 1998; S. Casado de Otaola, Quiroga, Calderón, Bolívar. La ciencia en el campo. Naturaleza y regeneracionismo, pról. de J. L. Arsuaga, Madrid, Nivola, 2001.

 

Santos Casado de Otaola