Ayuda

Manuel Mazarredo Mazarredo

Biografía

Mazarredo Mazarredo, Manuel. Bilbao (Vizcaya), 27.V.1807 – Madrid, 3.II.1857. Político y militar.

Pertenecía a una de las familias más prominentes de Bilbao, la de los Mazarredo [Salazar de Muñatones] Gómez de la Torre, en la que se concitaban tres tradiciones, la hidalga hacendada vizcaína, la comercial de su capital y la militar del Ejército Real. La agregación de las dos primeras se logró con el matrimonio de conveniencia entre el abuelo paterno, Juan Rafael Mazarredo Salazar de Muñatones Gortázar, y la hija del acaudalado hombre de negocios Ventura Gómez de la Torre Jarrabeitia, María Francisca. La tercera, que, junto a la mercantil, siguió el padre, Francisco Vicente Mazarredo Gómez de la Torre, provino del enlace de éste con la que sería la madre de Manuel, Juana Josefa Mazarredo Moyúa, hija del hermano del abuelo paterno, el ilustre teniente general de la armada José Domingo Mazarredo Salazar de Muñatones Gortázar, a su vez casado con una sobrina. Esta endogamia matrimonial, para salvaguardar el acervo familiar, igualmente la mantuvo Manuel Mazarredo Mazarredo al enlazar en 1838 también con su prima carnal Josefa Julia Allendesalazar Mazarredo.

La Guerra de la Independencia enfrentó a los Mazarredo.

Así, mientras el abuelo materno y el tío paterno Ramón, entre otros, colaboraron con la Monarquía josefina, siendo, respectivamente, ministro de Marina entre 1808 y 1812 y vocal e intendente de los Consejos de provincia y de intendencia de Vizcaya de 1810 y 1812, el padre apoyó militar y financieramente la causa patriótica. Pues bien, si con la primera aportación consiguió ostentar al final del conflicto el grado de brigadier, con la segunda —el levantamiento con parte considerable de su fortuna personal del Regimiento de Infantería de “Voluntarios de la Patria”— la concesión para Manuel, de apenas año y medio de edad, del rango de capitán graduado. Además, logró que en septiembre de 1817 se le agregara a la embajada española en París, para así poder estudiar en el colegio católico de los arrabales de esta capital.

En 1821, con el cambio político del Trienio Liberal, al que el padre se adhirió estrechamente, regresó a España y, recuperada la economía familiar con la herencia del mayorazgo del apellido por la muerte sin descendencia del mayor de sus tíos paternos, pasó a Madrid como alumno interno del nuevo Colegio de San Mateo dirigido por Alberto Lista. La reacción absolutista terminó en 1824 con esta educación ilustrada.

De nuevo se trasladó a la capital del Sena y, recobrando la misma condición en la legación española, completó su formación militar con los estudios teóricos que recibió en la Escuela Politécnica parisina.

En el verano de 1828 volvió a España. Tras ser declarado purificado, en julio de 1829 se incorporó como capitán efectivo del Regimiento de Infantería de Zaragoza. Graduado en noviembre de teniente coronel, estuvo de guarnición en San Sebastián, Madrid y Alicante, y formó parte ya en mayo de 1830 de la comisión de oficiales que acompañó como observadora al Ejército francés en la toma de Argel. Desde mayo del siguiente año, como capitán de granaderos, estuvo prestando sus servicios en Alicante, Valencia y Pamplona, pasando a ocupar en noviembre de 1832 el cargo de secretario en la causa que el mariscal de campo Joaquín Urbina instruyó sobre la fallida rebelión de los guardias de corps en julio. Realizada satisfactoriamente esta labor, en septiembre de 1833 fue nombrado coronel de milicias con agregación al regimiento provincial de Ávila.

A la muerte de Fernando VII, bajo la Regencia de María Cristina combatió activamente la sublevación carlista. Lo hizo, primero, desde octubre al mando en comisión del Regimiento provincial de Cuenca y, después, desde enero de 1834 como gobernador militar interino de Morella y su partido. Por su comportamiento ejemplar, en especial en la acción de Aguaviva, fue promovido en junio a coronel efectivo de Infantería. Marchando en octubre a Navarra, donde el Regimiento provincial de Ávila en el que estaba integrado formaba parte del ejército de la Rivera, por sus destacadas actuaciones, al mando de la brigada de Infantería de esta división y del gobierno militar de Puente la Reina durante las operaciones de la batalla de Mendigorría, se le confirieron, respectivamente, en febrero y julio de 1835 sendas Cruces de San Hermenegildo y San Fernando de 1.ª Clase. Nombrado ayudante general del puesto de mando general, estuvo a las órdenes, primero, del entonces comandante en jefe del Ejército del Norte Luis Fernández de Córdoba y, después, desde noviembre como jefe de sección en comisión, del general inspector extraordinario Antonio Zarco del Valle.

Bajo su mando, tras participar en algunas acciones bélicas, en mayo de 1836 pasó a Madrid y, entre julio y octubre, estuvo en Francia. Reincorporado al mes siguiente al mando del Regimiento provincial de Ávila, encuadrado en la cuarta división del ejército del norte, descolló en las acciones de Huesca y Gra, de mayo y junio de 1837, por las que recibió dos Cruces de 1.ª Clase de San Fernando. Retornó entonces al puesto de mando del Ejército, primero, como ayudante general y, después, como jefe, para pasar en agosto a Madrid. Aquí, en septiembre, ya como coronel supernumerario, participó a las órdenes del capitán general de Castilla la Nueva, Antonio Quiroga, en el dispositivo militar establecido para hacer frente a la expedición real carlista.

Tras el fracaso de esta acción, que marcó el inicio del triunfo de la causa isabelina, los moderados recuperaron el poder con la mayoría lograda en las primeras elecciones legislativas celebradas bajo la nueva Constitución de 1837. Desde aquí intentaron neutralizar la autoridad adquirida por el general Baldomero Espartero como comandante en jefe del Ejército del Norte, mediante el establecimiento de un ejército de reserva bajo la dirección del mariscal de campo Ramón María Narváez. En él se integró en noviembre a Manuel Mazarredo como jefe del Estado Mayor, iniciándose entonces una estrecha relación con este militar conservador y una palmaria adscripción al liberalismo moderado. Así, al siguiente mes, promovido a brigadier, se trasladó con Ramón María Narváez a Jaén. Instalado aquí el cuartel general, recorrió toda Andalucía ocupándose de la organización del cuerpo de reserva hasta que, la implicación de su comandante y de Luis Fernández de Córdoba en el fallido pronunciamiento de noviembre de 1838 en Sevilla, dio al traste con el mismo. Con todo, por este cometido fue reconocido con la concesión de la Gran Cruz de Isabel la Católica.

A partir de entonces, estuvo en situación de cuartel, primero en Madrid y desde agosto de 1840 en Ávila.

Aquí, y realizando algunos viajes al País Vasco y a la capital, pasó la época de la Regencia de Baldomero Espartero. Y lo hizo colaborando en la antigua fábrica textil real, que el padre gestionaba desde 1832 y en la que reafirmó el interés tras la disolución en 1840 de la compañía comercial que había mantenido con el tío de Manuel, su hermano Ramón. Esta labor no impidió a Manuel Mazarredo participar activamente en la Orden Militar Española liderada por Ramón María Narváez, reclutando adeptos y conspirando contra el regente. De ahí que, cuando en el verano de 1843 se produjo la movilización insurreccional antiesparterista, se pusiera a las órdenes de Javier Azpiroz, comandante general de las fuerzas pronunciadas en Castilla la Vieja, y asumiera el mando de la división de Infantería. Sumándose a éstas las procedentes de Valencia a cargo del “Espadón de Loja”, jefe militar de los sublevados, participó a finales de julio en el encuentro victorioso de Torrejón de Ardoz (Madrid) y en la toma de la capital.

Con el triunfo llegaron las mieles. Así, tras ser reconocido inmediatamente como jefe de Estado Mayor de los Ejércitos reunidos en Madrid y promovido a mariscal de campo, en agosto, ocupando Ramón María Narváez la Capitanía de Castilla la Nueva, fue integrado como segundo cabo y gobernador militar de la capital. Además, reteniendo este cargo, al mes siguiente ejerció en comisión la jefatura política y fue elegido diputado a Cortes por Ávila, desempeñando la tercera vicepresidencia. Como álter ego de ese general, desde ambos cargos contribuyó notablemente en la acción de desplazamiento del poder de los progresistas, que marcó el inicio del reinado efectivo de Isabel II.

Por ello, aparte de conferirle el título de gentilhombre de cámara, fue nombrado ministro de la Guerra en el gabinete formado el 5 de diciembre por el moderado Luis González Bravo. Siguiendo este ejecutivo los pasos anteriores, orientándolos ya a allanar el camino para la consolidación del sistema político conservador mediante la anulación del Partido Progresista como fuerza política, Manuel Mazarredo, desde esa responsabilidad, descolló, además de en la represión de los levantamientos promovidos en la primavera de 1844 por este partido en Levante, en la disolución de la milicia nacional y reemplazo por la guardia civil. Así, compartiendo con el titular de Gobernación, marqués de Peñaflorida, las gestiones para la instauración en marzo de esta policía nacional profesional, sin embargo, acabó discrepando del carácter civilista conferido y abogando por su militarización.

Algo que se produciría ya con el nombramiento del duque de Ahumada como inspector general del cuerpo y de forma palmaria cuando, asumiendo la cartera de la Guerra, el 3 de mayo Ramón María Narváez formó gobierno.

Este cambio ministerial trasladó al día siguiente a Manuel Mazarredo a la Capitanía de Castilla la Nueva y, resultando reelegido en septiembre diputado por Ávila, participó en las Cortes que definieron el régimen moderado mediante la Constitución doctrinaria de mayo de 1845. Para entonces, desde el mes de diciembre anterior, ostentaba el grado de teniente general, al que sumó en agosto la dignidad de senador vitalicio. Tomando posesión de este escaño de la cámara alta en enero de 1846 y ocupando el puesto de secretario, en abril abandonó esa Capitanía, manteniéndose en situación de cuartel en Madrid hasta marzo de 1847.

Enfriada, al parecer, ya su relación con Ramón María Narváez, el 28 de este mes se incorporó de nuevo como ministro de la Guerra en el ejecutivo presidido por el moderado puritano Joaquín Francisco Pacheco.

Si la actuación de este gobierno fue bastante exigua y su política de tolerancia con los progresistas le acabó enfrentando al grueso del partido moderado, la tarea desarrollada por Manuel Mazarredo fue del mismo tono. Así, al margen del sojuzgamiento de las insurrecciones carlistas de la primavera en Toledo y Valencia, lo único digno de mención fue el proyecto de organización del arma de Infantería. Con todo, de esta responsabilidad, que concluyó el 31 de agosto con el final del gabinete, le quedó la condecoración portuguesa de la Gran Cruz de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa, a la que agregó en septiembre, por ese cometido y el ejercido durante el mando del primer distrito militar, la española de la Gran Cruz de la Orden Real y Militar de San Fernando.

Destinado de cuartel en Madrid, se inició entonces un tiempo de distanciamiento de la actividad militar y de la corte. A ello pertenece, de una parte, su participación como vocal en distintas instituciones: desde septiembre del Real Consejo de Agricultura, Industria y Comercio, ocupando la vicepresidencia de la sección de Industria; para el año de 1849 de la Junta General de Agricultura; desde agosto de 1850 de la comisión encargada de calificar los productos para la exposición industrial francesa; y de la junta instituida en marzo de 1851 para redactar un proyecto de ley de ascensos en el Ejército. De otra parte, también corresponde su vinculación más estrecha con el País Vasco y, en particular, Vizcaya y su capital, tanto para atender los asuntos económicos, especialmente la Compañía del Ferrocarril de Irún a Madrid por Bilbao, cuyo consejo de administración presidía desde su constitución en enero de 1846, como para cuidar la influencia familiar en la provincia, cuya expresión fue su designación en las Juntas Generales guerniquesas de julio de 1848 como primer regidor electo del bando oñacino del Regimiento general para el bienio inmediato.

Aquí, en las Provincias Vascongadas, fue donde recuperó las responsabilidades militares, al ser nombrado en febrero de 1852 su capitán general. Durante este mando fue uno de los interlocutores del gobierno de Juan Bravo Murillo en las fallidas conferencias para el arreglo foral, mostrándose a favor de una política de firmeza, y formó parte de la comisión especial que en octubre se trasladó a Francia para cumplimentar al presidente e inmediato emperador Luis Napoleón Bonaparte, lo que le reportó el Gran Cordón de la Legión de Honor. Con éste y la Gran Cruz de San Hermenegildo con la antigüedad de septiembre de 1849 recibida en febrero de 1853 se completó la panoplia de condecoraciones de Manuel Mazarredo.

A tierras galas regresó en agosto de 1854, si bien por un motivo totalmente diferente: el ascenso de los progresistas al poder que, tras separarle del cargo, le impelieron a expatriarse. Este exilio concluyó una vez que, recuperadas por los moderados las riendas del Estado, Ramón María Narváez en octubre de 1856 se puso de nuevo al frente del Gobierno. Con él llegó el nombramiento de capitán general de Granada, que Manuel Mazarredo tuvo que resignar por su quebradizo estado de salud. Así, concedido en enero de 1857 cuartel en Madrid, el 3 de febrero en una casa de huéspedes de la calle Uroras falleció a causa de una lesión orgánica del corazón, dándosele sepultura, tras oficiar los actos fúnebres en la iglesia de San Sebastián de la que había sido feligrés, en el cementerio de la sacramental de San Nicolás.

Terminaba aquí la vida de Manuel Mazarredo dedicada ante todo a la milicia y, en menor medida que su padre, a los negocios mercantiles y financieros. También, no debe olvidarse, al cultivo del bel canto que, aprendido en París, tuvo la satisfacción de interpretar aquí acompañado al piano por Gioacchino Rossini y que le mereció el nombramiento de socio de mérito del Conservatorio de Madrid.

Los hijos que le vivieron —Federico, Eduardo y Ramiro— siguieron la carrera militar, pero abandonaron la actividad comercial, hasta el punto de que procedieron a la liquidación de los bienes heredados. Éstos, sin contar las participaciones financieras (acciones y censos), estaban radicados en las provincias de Ávila y Vizcaya: en la primera se encontraba el grueso patrimonial que, rondando los 900.000 reales, lo formaba ante todo una fábrica de harinas (en la que, al parecer, se había transformado la manufactura textil paterna); y en la segunda el vestigio del mayorazgo familiar, ya que si en 1822 estaba valorado en torno a los 2.243.000 reales, en 1857 apenas si superaba el 10 por ciento de esta cantidad. Junto a este patrimonio, por los servicios prestados al Estado por Manuel Mazarredo, le quedó a su viuda una pensión de 15.000 reales anuales.

Obras de ~: “Regimiento provincial de Ávila. Diario de movimientos después de la salida de Puente la Reina en 18 de febrero de 1837”, en La Revista Militar, t. XII (10 de junio de 1853), págs. 676-683.

 

Fuentes y bibl.: Archivo del Senado, Exps. personales, HIS-0279-01; Archivo del Congreso de los Diputados, Serie documentación electoral, 18 n.º 5, 23 n.º 20 y 24 n.º 25.

P. Chamorro y Baquerizo (dir.), Estado mayor general del Ejército Español. Historia individual de su cuadro en los años de 1851 a 1856, vol. II, Madrid, Imprenta Fortanet, 1851-1854, págs. 341-342; B. Saldoni, Diccionario biográfico-bibliográfico de efemérides de músicos españoles, vol. I, Madrid, Imprenta de Antonio Pérez Dubrull, 1868-1881, pág. 219 (ed. facs., Valencia, Librerías París-Valencia, 1995); Anónimo, Los Ministros en España desde 1800 a 1869. Historia contemporánea por Uno que siendo español no cobra del presupuesto, vol. III, Madrid, J. Castro y Cía., 1869-1870, págs. 825-827; A. Carrasco Sayz, Icono-Biografía del Generalato Español, Madrid, Imprenta del Cuerpo de Artillería, 1901, págs. 687-688; E. Christiansen, Los orígenes de poder militar en España, 1800-1854, Madrid, Aguilar, 1974; J. Cepeda Gómez, “Don Manuel Mazarredo y Mazarredo: la sombra de Narváez”, y F. Cánovas Sánchez, “Los generales y el Partido Moderado (1843-1854).

Contribución al estudio de un problema básico de la época isabelina”, en Revista de la Universidad Complutense de Madrid. Estudios de Historia moderna y contemporánea. Homenaje a D. Jesús Pabón, III, vol. XXVIII, 116 (1979), págs. 77-94 y 105-122, respect.; D. López Garrido, La Guardia Civil y los orígenes del Estado centralista, Barcelona, Crítica, 1982; J. Pérez Núñez, La Diputación Foral de Vizcaya. El régimen foral en la construcción del Estado liberal (1808-1868), Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1996; E. Alcorta Ortiz de Zárate, La burguesía mercantil en el Bilbao del siglo xviii: los Gómez de la Torre y Mazarredo, San Sebastián, Txertoa, 2003.

 

Javier Pérez Núñez