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Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza

Biografía

Borbón y Braganza, Sebastián Gabriel. Río de Janeiro (Brasil), 4.XI.1811 – Pau (Francia), 14.II.1875. Infante de España, gran prior de la Orden de San Juan de Jerusalén en los reinos de Castilla y León, coleccionista, bibliófilo y fotógrafo.

Nació Sebastián Gabriel en Río de Janeiro, en el palacio de San Cristóbal. Allí se habían exilado sus padres, el infante español Pedro Carlos de Borbón y Braganza y María Teresa de Braganza, princesa de Beira, casados en Brasil en mayo de 1810.

La Familia Real portuguesa había partido hacia Brasil en 1807, una vez consumada la invasión y ocupación de la Península por el ejército napoleónico.

Don Pedro de Borbón también había abandonado Portugal como miembro de la familia reinante. Aunque nacido en España, la temprana muerte de sus padres —el infante Gabriel (1752-1788) y la infanta portuguesa María Ana Victoria de Braganza (1768- 1788)— había movido a su tío y tutor, el rey Carlos IV, a enviarlo a la Corte portuguesa, donde creció y se educó al amparo de la reina María, abuela del niño. Al poco de nacer Sebastián Gabriel, su padre moría de tuberculosis, y el pequeño se quedó al cuidado de su madre, la princesa de Beira. El bienestar económico del pequeño infante estaba asegurado, tanto como lo había estado para su padre y para su abuelo paterno. Su bisabuelo, Carlos III, había provisto un estatus excepcional para su hijo Gabriel, concediéndole a perpetuidad la administración del Gran Priorato de la Orden de San Juan de Jerusalén en los reinos de Castilla y León. Esta extraordinaria concesión se convirtió, a partir de 1785, en un mayorazgo de segunda genitura en la cabeza del infante Gabriel que heredarían sus descendientes en rigurosa agnación. Con ello, Carlos III, en opinión de Antonio Mut, creó una segunda rama de príncipes de la Casa Real de España, que sólo podía interrumpirse en caso de faltar la descendencia masculina. El Gran Priorato era un privilegio que llevaba aparejadas importantes rentas procedentes de un buen número de poblaciones extendidas por La Mancha, además de encomiendas en otros puntos de España. Para Gabriel y sus descendientes, se brindaba, además del prestigio y los privilegios del priorato, un confortable panorama económico que permitió a Gabriel disfrutar de sus aficiones como traductor y bibliófilo, alejado de cualquier incursión en la vida política.

Criado en la Corte portuguesa, Pedro de Borbón y Braganza siguió disfrutando de su condición de gran prior de la Orden de Malta; su tío Carlos IV se ocupó de administrar en nombre del infante el mayorazgo.

Tras la muerte del infante, Carlos María Isidro (1788-1855) reclamó para sí el mayorazgo, alegando la invalidez del matrimonio de Pedro, y, por tanto, ignorando la descendencia, el nacimiento de Sebastián Gabriel. La razón esgrimida fue que el enlace se había producido sin la autorización debida del rey de España. Tras el restablecimiento de Fernando VII en el trono, el rey portugués Juan VI litigó como tutor del pequeño infante, consiguiendo que la Justicia española reconociera en 1822 los derechos de Sebastián Gabriel, obligando a éste a personarse en España para hacer efectiva la sentencia. El rey de España quiso cercenar cualquier nueva tentativa de su hermano por apoderarse de los derechos del hijo de Pedro, reconociendo tanto el matrimonio de éste con María Teresa de Braganza como otorgando a Sebastián Gabriel los honores y tratamiento de infante de España (Real Cédula de 8 de abril de 1824). Madre e hijo se instalaron en varias habitaciones del Palacio Real de Madrid, como miembros de la Familia Real.

Asegurados tratamiento, honores y bienestar económico, la princesa de Beira se concentró en educar a su hijo dándole una formación marcadamente religiosa, humanista y artística. Como su abuelo Gabriel, sus amplios intereses intelectuales le apartaron en un principio de las acechanzas cortesanas. Se manejó con soltura en varios idiomas, incluido el latín y el árabe, y recibió una completa formación clásica de manos del padre jesuita Gomila. Las disciplinas del dibujo y la pintura le fueron enseñadas primero en Lisboa, con el retratista y miniaturista genovés G. Viale (1767-1846), y en Madrid con Bernardo López (1799-1874) y Juan A. Ribera (1779-1860). Practicó dibujo, pintura, grabado y litografía bajo la dirección de José de Madrazo, quien también le formó en música, historia del arte y estética. Recibió asimismo amplios estudios musicales que le permitieron componer algunas piezas; la última de ellas, ya en su exilio en Pau (Francia), para festejar la subida al trono de Alfonso XII. Contó con un magnífico gabinete de física, y desarrolló una biblioteca rica en volúmenes, tan variopinta como sus intereses intelectuales y artísticos, heredada en una buena parte de la formada por su abuelo Gabriel de Borbón. Su educación “más propia de la clase media que de un príncipe”, según refirió el historiador y contemporáneo Antonio Pirala, hicieron del infante un personaje peculiar, sosegado y metódico, de talante abierto y conciliador, “convencido de que nada enseña como el trato, gustaba de conversar con los hombres de valer y oír sus lecciones y consejos”. De nuevo, es Pirala quien retrata este semblante, describiéndolo como una persona buena, apacible y blanda, sometido a la voluntad de su madre.

En la Corte fernandina, Sebastián hubo de pasar un período especialmente feliz, muy fructífero para el desarrollo de todas sus inquietudes artísticas e intelectuales.

Publicó dos periódicos, El Lagarto y La Mariposa “que circulaban —según Pirala— por las reales cámaras y eran leídos con avidez”. Por esas fechas, al parecer inspirado por su madre, comenzó Sebastián a coleccionar pinturas y estampas, una afición que le llevaría a convertir su pinacoteca en una de las más notables de su época. Tanto su formación artística como su importante pinacoteca han sido estudiados por Mercedes Águeda, quien ha señalado el papel inicial de la madre del infante, una mujer de gran personalidad, inteligente y voluntariosa, y con gran protagonismo en la corte por esas fechas. La princesa de Beira pensó que Fernando VII podía ceder a su hijo “algunos de los [cuadros] que le cupieron a V.M. en la testamentaria del rey el Padre de V.M.”; así consta en un borrador de carta de doña Teresa dirigida al Monarca. Además, la inmejorable formación artística de Sebastián Gabriel y el asesoramiento de los numerosos artistas que formaban parte de su entorno, incluida la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la que formaba parte el personaje, le permitieron hacerse con una colección de pinturas que en 1835 alcanzaba las doscientas treinta y una obras, y entre las que merecen destacarse algunos importantes ejemplares del Greco, un artista que por entonces no contaba con la valoración que encontraría en el siglo XX. También fue uno de los primeros coleccionistas españoles de la obra gráfica de Goya.

El 7 de abril de 1832 se casó con María Amalia de Borbón (1818-1857), hermana del rey de las Dos Sicilias. La excelente posición del infante en la corte coincidió con unos momentos especialmente críticos, cuando los problemas de sucesión al trono de España congregaron distintas camarillas en las que no participaba el infante, absolutamente volcado en los asuntos del Gran Priorato y en sus múltiples intereses culturales. Su madre, en cambio, estaba absolutamente implicada en el movimiento legitimista, tanto en España como en Portugal. Tras la publicación de la Pragmática Sanción, Fernando VII, en junio de 1833, impuso una ceremonia de juramento a la princesa de Asturias en la iglesia de los Jerónimos. Sebastián Gabriel, presente en el acto como integrante de la Familia Real —a excepción de Carlos María Isidro y su familia directa, incluida la de Beira; todos ellos en Portugal para evitar el acto de los Jerónimos—, juró lealtad a Isabel. Sin embargo, en los meses siguientes a la muerte de Fernando VII, las posiciones de Sebastián fueron cambiando. La princesa de Beira, en exilio desde marzo, mantuvo una correspondencia continua con Sebastián, empleando un tono amenazante para que éste abandonara su posición inicial. El papel de Teresa en el carlismo fue mucho más allá de la solidaridad familiar, dado que su hermana María Francisca era la esposa del pretendiente. Ambas mujeres desarrollaron una labor infatigable a favor de la causa de Carlos María Isidro, una labor que la inesperadamente muerte de María Francisca, el 4 de septiembre de 1833, recayó por completo en la madre de Sebastián Gabriel. La princesa se convirtió en la tutora de sus sobrinos, y algo después, en 1836, contrajo matrimonio con Carlos.

El hostigamiento de la madre hubo de hacer mella en el débil carácter de Sebastián, quien pudo también temer —en opinión de Mut Calafell— por una hipotética abolición de la ley de rigurosa agnación que afectara al mayorazgo-infantazgo que ostentaba. Por otro lado, no hay que olvidar las posiciones abiertamente legitimistas que la familia política —los Borbón Dos Sicilias— del infante mantenían. Aún dubitativo, en 1834 se desplazó a Barcelona como capital general del Ejército cristino. En la Ciudad Condal fue recibido por el capitán general de Cataluña y ministro de la Guerra en ciernes, Manuel Llauder (1789-1851), quien, sospechando de las intenciones del infante, hijo al fin y al cabo de uno de los pilares del legitimismo, hubo de propiciar al Borbón un trato que éste consideró denigrante. A comienzos de 1835, partió con su esposa y servidumbre hacia Italia. En julio, la Reina gobernadora requirió al Borbón para que regresara a España; con ello, Cristina exigía una clarificación sobre la situación. En su respuesta epistolar, Sebastián se puso abiertamente del lado del carlismo, aduciendo, entre otras razones, el “trastorno que observo en la administración y gobierno del reino”.

Como ha señalado recientemente el profesor Moral Roncal, “la adscripción al bando legitimista fue comentada en todos los círculos políticos europeos, pues calificaban al infante como un hombre íntegro, moderado, amante de la cultura y las bellas artes”.

El 1 de septiembre de ese mismo año fueron confiscadas las rentas y secuestrados sus bienes del Gran Priorato, quedando bajo la tutela de una Comisión Regia de Intervención, que depositó algunos de los importantes bienes a instituciones públicas o de la Corona. Así ocurrió con la biblioteca, que fue a parar a la Biblioteca Pública de Madrid, el gabinete de física pasó a la Universidad Central, y la colección de pintura engrosó la colección del Museo Nacional de Pintura y Escultura del antiguo convento de la Trinidad. El 2 de noviembre ya estaba en Echarri-Aranaz (Navarra) poniéndose a disposición de Carlos María Isidro. Su condición de infante español le otorgaba el grado de capitán general, a pesar de no haber tenido una formación militar específica. Entró a partir de ese momento en la lucha directa, mostrándose como un buen estratega; de hecho, la importante victoria carlista en la batalla de Oriamendi (15 y 16 de marzo de 1837) parece que se debió a la planificación del infante. Pese a ello, los dos años siguientes marcaron la desintegración del carlismo.

En septiembre de 1839 el rey Carlos cruzó la frontera francesa tras capitular en el castillo de Guevara. Pocas semanas antes, Sebastián había abandonado la contienda y pasó a instalarse en Italia, viviendo entre Nápoles y Roma. El infante se encontró en una triste posición, “era liberal en el campo carlista, y le llamaban masón los apostólicos”; la situación descrita por Pirala la refuerza también Federico de Madrazo en una carta desde Roma a su padre, fechada el 3 de diciembre de 1839. El infante “no piensa más que en pintar. Dice que siente haberse metido en jaranas, que no ha hecho más que perder tiempo y salud, además de muchos disgustos”. Su alejamiento de suelo español duró veinte años, en los que se dedicó a viajar, leer y practicar la pintura. Además, el infante se inició en la que sería una de sus grandes pasiones, la fotografía; un arte en el que los intereses científicos y artísticos del Borbón encontraron una vía notable de expresión.

En noviembre de 1857, falleció su esposa, María Amalia. No hubo descendencia de este largo matrimonio y Sebastián regresó a España tras reconocer y prestar juramento de fidelidad a la reina Isabel. El perdón llegó mediante un Real Decreto fechado el 12 de junio de 1859 en el que se le devolvían “honores, dignidades y condecoraciones”. Los bienes secuestrados le fueron restituidos tras largas deliberaciones en las Cortes. Isabel II le proporcionó además una nueva esposa que afianzaba la posición de su primo en la Corte. Se trataba de la cuñada de Isabel, la infanta María Cristina de Borbón (1833-1902). El matrimonio tuvo lugar el 19 de noviembre de 1860, y de esa unión nacieron cinco hijos varones. Ese año editó también un trabajo de investigación que había presentado a la Academia de Bellas Artes: De los aceites y barnices de que se hace uso en la Pintura.

Una vez en Madrid, el infante se instaló durante cinco años en un palacete de la calle de Alcalá, propiedad de la Corona y que se acondicionó a gusto y a expensas del nuevo inquilino. Tanto su vivienda como la planta general del servicio del Infante ponen de manifiesto el talante excepcional del personaje, y que ya apreció en su día Antonio Pirala: “todos los que formaban parte de su servidumbre eran artistas, no palaciegos”. Contó Sebastián con un bibliotecario, un profesor encargado del gabinete de física y de historia natural, un pintor de cámara —Luis Ferrant, que se había formado en Roma a expensas del Borbón—, una suerte de conservador-restaurador que atendía la galería de pinturas y los objetos artísticos y, además de otros oficios, se contrataron dos personas encargadas del completo gabinete fotográfico que levantó el infante en el palacio de la calle de Alcalá, y por donde pasó una buena parte de la sociedad aristocrática, científica y cultural de la España del momento.

Parece que Sebastián quiso hacerse con una completa galería de contemporáneos notables, comenzando por los propios Reyes, un remedo de las galerías pictórica de uomini ilustri del Renacimiento que se impuso nuevamente en la segunda mitad del siglo XIX gracias a un nuevo y accesible coleccionismo: los álbumes fotográficos. El esfuerzo de Sebastián pudo tener incluso fines comerciales, dado el planteamiento general del proyecto. En la segunda mitad de la década de 1860, el infante perdió una buena parte de sus inmensas prerrogativas otorgadas por el Gran Priorato de San Juan. Éstas fueron eliminadas con la supresión de ese mayorazgo-infantazgo y, con los procesos desamortizadores, hubo también de desalojar el palacete madrileño que ocupaba, pasando a residir a la Casa de Infantes de El Escorial. En la actualidad, las fotografías tomadas por el infante forman parte de los fondos fotográficos del Patrimonio Nacional, la Biblioteca Nacional de Madrid y la Société Française de Photographie.

El destronamiento de Isabel II en septiembre de 1868 determinó el nuevo y definitivo exilio del infante. Eligió vivir en la localidad francesa de Pau, desde donde continuó acrecentando su magnífica colección pictórica y practicando la fotografía. Murió el 14 de febrero de 1875, pocos días después de celebrar la entrada de Alfonso XII en Madrid como rey de España.

Dejaba tras de sí una biografía que, más allá de los avatares políticos que le tocó vivir a su pesar, estuvo protagonizada por su amplísima cultura y múltiples aficiones. Acaparó por ello numerosos reconocimientos: académico de honor y consiliario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; académico de mérito de la de San Carlos de Valencia; académico de honor y mérito de la Academia Española de Arqueología y Geografía, y presidente perpetuo de la misma; presidente de honor de la de Arqueología de Bélgica; presidente honorario del Instituto Histórico y Geográfico Briceño; académico de mérito como profesor de Pintura de la Insigne y Pontificia de San Lucas de Roma; de la del Panteón de la misma ciudad; socio de honor y de arte de la Academia de San Marcos de Venecia; de las Academias Herculenses, de Bellas Artes, de Ciencias y de la Pontaniana de Nápoles; miembro de la Sociedad Francesa de Fotografía, además de otras sociedades artísticas, científicas, económicas y literarias.

 

Obras de ~: De los aceites y barnices de que se hace uso en la Pintura. Memoria dirigida a la Real Academia de San Fernando en Madrid por S.A.R. el Sermo. Sr. Infante don Sebastián Gabriel de Borbón y de Braganza, Madrid, Imprenta Aguado, 1860; Discurso inaugural en la apertura de la Real Academia Española de Arqueología y Geografía del Príncipe Alfonso, Madrid, M. Rivadeneyra, 1864; Discurso inaugural en la apertura de la Real Academia Española de Arqueología y Geografía del Príncipe Alfonso, Madrid, M. Rivadeneyra, 1868.

 

Bibl.: Anónimo, Memoria histórica sobre la fundación y vicisitudes de la Casa de Su Alteza Real el Sermo. S.R. Infante de España y Portugal, Don Sebastián de Borbón y Braganza, acompañada de todos los documentos justificativos que a la misma se refieren, Madrid, Rimprente de Rivadeneyra, 1868; A. Pirala, Historia contemporánea. Anales desde 1843 hasta la conclusión de la actual guerra civil, Madrid, Imprenta y Fundición de Manuel Tello, 1875-1879, vol. I, LXII, págs. 299-300; vol. 3, LXXIII, págs. 591-596; M. Ossorio y Bernat, Galería biográfica de Artistas Españoles del xix, Madrid, 1883-1884, págs. 94-96; J. Roa y Erostarbe, Biografía de S.A.R. el Sermo. Señor Don Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza, Madrid, Juan Muñoz y Cía., s. f.; F. Apalategui, El infante Don Sebastián y la batalla de Oriamendi, San Sebastián, Editorial Española, 1940; M. Águeda Villar, “La colección de pinturas del infante Don Sebastián Gabriel”, en Boletín el Museo del Prado, t. III, n.º 8, (1982), págs. 102-117; A. Mut Calafell, Inventario del Archivo del Infante Don Gabriel de Borbón, Madrid, Ministerio de Cultura, 1985; F. Madrazo, Federico de Madrazo. Epistolario, Madrid, 1994, n.os 47, 101 y 109; R. Mateos Sáinz de Medrano, Los desconocidos Infantes de España. Casa de Borbón, Barcelona, Thassàlia, 1996; L. Ruiz Gómez, “Un fotógrafo aficionado en la Corte de Isabel II, el infante Sebastián Gabriel”, en Reales Sitios (RS), año XXXVI, n.º 139 (1999), págs. 16-30; A. M. Moral Roncal, “Aproximación al papel político de la Princesa de Beira en el movimiento carlista”, en Letras de Deusto, 89 (2000), págs. 71-97; M. Águeda Villar, “El infante Don Sebastián Gabriel de Borbón. Educación artística y formación de una galería en el siglo xix (1811-1835), en RS, año XL, n.º 157 (2003).

 

Leticia Ruiz Gómez