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Al-Samh b. Malik Al-Jawlaní

Biografía

AL-SAM B. MĀLIK AL-JAWLĀNĪ. ?, u. t. s. VII – Tolosa (Francia), 9 ū-l-i’’a 102 H./10.6.721 C. Cuarto emir de al-Andalus (Valí).

Tras la conquista musulmana de la península Ibérica en el año 711 se inicia en al-Andalus el período de los valíes o gobernadores designados desde Damasco, capital del Imperio omeya, o desde Qayrawān, en Túnez, donde residían los gobernadores de Ifrīqiya. Al-Sam fue el segundo de dichos valíes, ejerciendo el poder durante dos años, a partir de su nombramiento por el califa de Damasco ‘Umar b. ‘Abd al-’Azīz en ramadán de 99 (27 de marzo de /25 de abril de 719).

La época de al-Sam es la del establecimiento de la administración sobre el recién conquistado territorio de la Península y, a pesar de su brevedad, cabe distinguir en su gestión dos fases distintas, separadas por el fallecimiento del califa ‘Umar. Durante la primera, la actuación de al-Sam se vincula de manera directa con los objetivos políticos del califa que lo había designado para desempeñar su puesto, estipulados en el conocido rescripto a los gobernadores, de contenido esencialmente socio-económico y en el que se abordaba el candente problema de los neo-conversos o muladíes, marginados por los conquistadores árabes de las tareas de administración y gobierno y cuyos derechos como creyentes no se respetaban, siendo, en la práctica, musulmanes de segunda clase.

El primer problema al que hubo de hacer frente al-Sam fue el del asentamiento del considerable contingente que lo acompañaba, cuya magnitud debe cifrarse entre siete y veinte mil combatientes, conocidos como “la oleada de al-Sam”. La llegada de este nuevo e importante grupo produjo, inevitablemente, problemas con los primeros conquistadores, a cuya costa se realizó dicho asentamiento. En efecto, la actuación del nuevo gobernador lesionaba los intereses de los conquistadores de dos formas. Por un lado, el Califa encomendó a al-Sam la realización de una descripción detallada de al-Andalus con fines fiscales, distinguiendo entre tierras conquistadas por la fuerza y sometidas de forma pacífica. Dado que las segundas quedaban en manos de sus ocupantes indígenas, la parte a repartir era la constituida por las conquistadas por la fuerza, respecto a la que al-Sam tomó dos medidas: separó el quinto correspondiente al califa, hasta entonces no respetado, e hizo que las otras cuatro quintas partes fueran compartidas por los primeros conquistadores con su propio contingente. Ambas medidas produjeron la indignación de los conquistadores, que llegaron a amenazar al califa ‘Umar con abandonar la Península y regresar a sus territorios de origen. Para calmar los ánimos, el califa ablandó un tanto sus medidas y ordenó a al-Sam que repartiese entre quienes habían entrado con él concesiones territoriales procedentes del quinto Califal, con el fin de evitar la merma de la parte correspondiente a los conquistadores. De esta forma, el Califa se veía forzado a renunciar, parcialmente, a uno de los objetivos básicos de su programa político, el de que prevaleciesen los derechos de la comunidad de musulmanes frente al de los conquistadores, si bien es cierto que, a cambio, había logrado introducir el principio del quinto Califal, hasta entonces ignorado.

Sin embargo, el quinteado de las tierras conquistadas por la fuerza se interrumpió en el momento del fallecimiento del Califa, en el año 101/720. Los conquistadores aprovecharon esta circunstancia para paralizar un proceso que lesionaba sus intereses y que no había culminado plenamente. De esta forma se abre una segunda fase en la actuación de al-Sam, marcada por la reanudación del proceso expansivo de las conquistas territoriales, el gran objetivo de los conquistadores y eje central de la política del denominado “partido qaysí”. La vuelta a la actividad conquistadora tuvo como objetivo el territorio ultra pirenaico, siendo al-Sam derrotado por el duque Eudo de Aquitania y resultando muerto durante el asedio de Tolosa, el 7 de ū-l-i’’a de 102 (9 de julio de 721).

Bibl.: P. Chalmeta, Invasión e islamización, Madrid, Mapfre, 1994, págs. 259-268.

Alejandro García Sanjuán