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Carlos Manuel I

Biografía

Carlos Manuel I. Rívoli (Italia), 12.I.1562 – Savi­gliano (Italia), 26.VII.1630. Duque de Saboya.

Carlos Manuel de Saboya nació en el castillo de Rí­voli en 1562, es decir, sólo tres años después de que los duques de Saboya recuperasen el ducado en el tra­tado de Cateau-Cambrésis, gracias al apoyo de Es­paña, ducado que en 1536 les había arrebatado Francisco I de Francia. Era hijo de Manuel Filiberto de Saboya y de Margarita de Francia, hija de Francisco I. Sucedió a su padre en el gobierno del ducado en 1580 y su dilatado mandato se prolongó por espacio de me­dio siglo, hasta 1630.

Según los escritores italianos contemporáneos (Mu­ratori, Tassoni, Contarini, etc.), era un hombre de estatura más bien pequeña, pero de constitución ro­busta, dotado de un espíritu fuerte y una gran ener­gía. Por eso, lo más digno de destacar en él no es su figura física, sino su personalidad: los autores citados lo presentan como hombre de gran ingenio, buena memoria e inteligencia superior a lo común; también como un hombre liberal y un gobernante preocupado por sus súbditos, amante del arte y especialmente del arte de la política y de la guerra. Sin embargo, las características más destacadas de la personalidad de Carlos Manuel eran su gran ambición, una soberbia desmesurada, una imaginación inagotable, que con­tinuamente estaba forjando proyectos, algunos razo­nables; los más, fantásticos e irrealizables, casi siempre superiores a sus fuerzas, y, como colofón de todo lo anterior, una incansable actividad.

Sólo mirándola desde esta perspectiva puede com­prenderse la extraordinaria vida del duque y sus con­tinuos proyecto y entender la singular audacia de este pequeño príncipe, que se atrevió a desafiar a los más poderosos Estados de la época, España y Francia, cada uno de los cuales podía haberle despojado sin gran esfuerzo de su ducado, como ya había sucedido en el curso de las guerras entre Carlos V y Francisco I. Asimismo, hay que considerar que fue el político más amigo de la intriga en la Europa de su tiempo, y que ésta fue una de las armas mejor esgrimidas por él. Es decir, que antes de desafiar a cualquiera de las dos po­tencias, tenía la habilidad de estrechar sus lazos con la otra, procurando siempre evitar que las relaciones en­tre Francia y España fueran demasiado estrechas.

El largo gobierno de Carlos Manuel I puede divi­dirse en dos períodos, en los que cambian los ideales políticos del duque, separados aproximadamente por el gozne del siglo y, más en concreto, por la incor­poración a sus estados del marquesado de Saluzzo, sancionada en el tratado de Lyon (1601). Durante el primer período, sus ansias de expansión estaban aún indecisas, como la misma situación de su ducado, en­tre Italia y Francia. En ocasiones pensaba en la ex­pansión por el sur y, en otras, su ambición le llevaba a inmiscuirse en los problemas de Francia, soñando incluso con la restauración del antiguo reino de Ar­lés. En el segundo período, sus aspiraciones se fue­ron haciendo más claras, hasta que se convierte en un príncipe netamente italiano, cuyos objetivos eran también italianos.

Al referirse a la política del duque Carlos Manuel, hay que tener presente que en Cateau-Cambrésis se había asignado al ducado, al devolvérselo a su duque, un papel de estado-tapón, que en buena medida mi­tigase el enfrentamiento de ambas potencias en el es­cenario italiano, cerrando a Francia la puerta de pe­netración en la Península, a la vez que dificultaba el ataque español desde Milán. Esto suponía una Sa­boya neutral entre ambas potencias, cosa que nunca respetó el nuevo duque. Considerando la historia anterior del ducado, los problemas legados por su pa­dre a Carlos Manuel eran cuatro: la recuperación de Ginebra, la ocupación del marquesado de Saluzzo, la toma del Monferrato y su matrimonio, que debía unirle con España o Francia y ser a la vez instrumento para alcanzar los otros objetivos. Pero, de acuerdo con su carácter, no intentó resolver los problemas sucesi­vamente, sino todos a la vez.

Tras un estudio de la situación de ambas potencias, comprendió que le resultaba mucho más provechosa la alianza española y se decidió por ella. En aquellos momentos, Felipe II era el Soberano más poderoso de Europa, mientras que Francia estaba sumida en la gran crisis de las guerras de religión. Así, desdeñando otros partidos ofrecidos por Francia, Mantua o Flo­rencia, en 1585 contrajo matrimonio con Catalina Micaela, hija de Felipe II, que concedió a su yerno grandes honores, entre ellos el Toisón de Oro. De este matrimonio nacieron diez hijos, algunos de los cuales tuvieron importancia en relación con España: Víctor Amadeo, que fue el duque sucesor; Filiberto, general de las galeras de España; Mauricio, cardenal, y Margarita, que casó con el duque de Mantua y que, en cierto modo, fue causa de la guerra del Monfe­rrato.

Convencido de contar ya con el firme apoyo de Fe­lipe II para la realización de sus proyectos, el duque de Saboya decidió a apoderarse del marquesado de Saluzzo, territorio que daba más homogeneidad a su estado y que podía constituir una puerta de entrada de Francia en Italia. El Monarca español, contrario a las aventuras de su yerno, le prestó poco apoyo, pero se alegró al ver convertida en realidad la conquista de Saluzzo. Carlos Manuel intentó incluso extenderse por el sur de Francia, pero sus ambiciones se vieron cortadas por la intervención del mariscal de Lesdi­guieres. Tras la guerra con Francia, el duque vio re­conocida la posesión del marquesado en el tratado de Lyon (1601), aunque a costa de ceder a Francia el país de la Bresse y algunos otros lugares, lo que debi­litaba el camino español por Saboya. En conjunto, el cambio favorecía al ducado de Saboya, que ganó en cohesión y fuerza interior y detenía a los franceses al otro lado de los Alpes. Era un hito en el cambio de la política del duque, que comenzaba ya a mirar ha­cia Italia.

En 1602 inició otra aventura, conocida como la “es­calada de Ginebra”. Esta ciudad había pasado a los duques de Saboya en 1515, pero la oposición gine­brina privó a Saboya de su soberanía en 1522. La di­fusión de la revolución religiosa en Suiza consolidó la independencia de la ciudad, que fue defendida por los Reyes franceses. Para llevar a cabo la empresa, Carlos Manuel esperaba lograr el apoyo de Felipe III, pero éste se mantuvo al margen. A pesar de todo, el duque llevó adelante su plan, que consistía en sorprender y apoderarse de la ciudad mediante una “escalada” noc­turna. Pero la sorpresa fracasó y los ginebrinos conser­varon su independencia. Carlos Manuel hubo de re­signarse y firmar el tratado de San Julián (1603), que sancionaba su renuncia a la posesión de la ciudad.

Hasta 1605, la postura de Carlos Manuel fue la de un aliado de España, aunque con algunas veleidades, porque, aunque ya se iba desengañando por no en­contrar en España un decidido apoyo a sus ambicio­sos planes, Felipe III carecía de heredero, por lo que esperaba que algún día un hijo suyo ciñese la corona española. Pero en 1605 nació el príncipe Felipe (fu­turo Felipe IV), lo que echaba por tierra todas sus esperanzas. Esto, a la vez, le proporcionaba una ma­yor libertad a la hora de fijar sus alianzas, con lo que comenzó su viraje hacia Francia. Por estos años con­tinuó aumentando su influencia y prestigio en Italia: en 1607 conseguía el capelo cardenalicio (concedido por Paulo V) para su hijo Mauricio, y en 1608 casaba a sus hijas Margarita e Isabel con los duques de Man­tua y Módena, respectivamente. Al mismo tiempo, la fértil imaginación del duque forjó un nuevo plan de expansión, conocido como la “empresa de Levante”. Se denominó así un proyecto del duque para arreba­tar al sultán Chipre, Rodas, Macedonia y Albania. El medio de llevarlo a cabo sería una conjura que levan­tase a los habitantes contra los turcos, al tiempo que se enviaría una fuerte expedición marítima al mando de su hijo Filiberto. Tras el éxito de la empresa, espe­raba conseguir el título de rey. Para el envío de la ex­pedición necesitaba la colaboración del Papa y de Ve­necia, enfrentados a la sazón, además de la de España. La sublevación se produjo, en efecto, pero, al no poder enviar los socorros necesarios, fracasó la empresa.

El nuevo fiasco convenció al duque de que nunca conseguiría de España el apoyo necesario para llevar a cabo sus ambiciosos planes. Por otro lado, como ya se ha dicho, se encontraba con las manos libres para decidir su política y sus aliados futuros. Francia estaba ya en plena reconstrucción bajo el gobierno de Enrique IV. El llamado “gran designio” del Rey francés consistía básicamente en derrocar la hegemo­nía española y sustituirla por la francesa. Para eso necesitaba alianzas en el centro y el norte de Europa (Inglaterra, Países Bajos, príncipes alemanes), pero especialmente en Italia; y el duque de Saboya podía muy bien ser la cabeza de una confederación de prín­cipes norteitalianos que apoyasen a Francia. Por su parte, Carlos Manuel, que había visto fracasados sus intentos de expansión por el norte a costa de Francia, comenzó a maquinar si no podría expandirse hacia el sur a costa de España, ahora con el apoyo de Francia. Así pues, se daban las condiciones precisas para la aproximación entre Francia y España con fines an­tiespañoles. Esto condujo a la firma del tratado de Bruzolo el 25 de abril de 1610, que contenía dos cláusulas fundamentales: por un lado, alianza entre Francia y Saboya, asegurada mediante el matrimonio del príncipe de Piamonte con la princesa Isabel de Francia; y, por otro, liga ofensiva y defensiva contra Felipe III: Enrique IV apoyaría a Carlos Manuel con un ejército para la conquista del Milanesado, que una vez arrebatado a España, sería entregado al sa­boyano, quien obtendría igualmente el título de rey. Todo parecía caminar hacia una gran guerra euro­pea, cuando Enrique IV fue asesinado por Ravaillac el 14 de mayo de 1610. Esto dejó a Carlos Manuel en una situación muy desairada ante España; tuvo que resignarse a pedir perdón a Felipe III y enviar a su hijo Filiberto a Madrid. La muerte en aquellos momentos del enérgico conde de Fuentes, goberna­dor de Milán, fue otro factor que ayudó al duque a salvar su comprometida situación.

Tras la muerte del Rey francés y el acercamiento posterior entre las Monarquías española y francesa, la paz en Europa parecía sólidamente asegurada. El perdón de Felipe III a Carlos Manuel auguraba asi­mismo una paz duradera en el escenario italiano. Pero en 1612 se iba a producir un hecho que condujo a un duro y largo enfrentamiento entre el duque de Saboya y España. En efecto, en diciembre de 1612 moría el duque Francisco de Mantua, yerno de Carlos Manuel y éste defendió sus derechos al Monferrato. Basaba tales derechos (aparte de los matrimonios de 1485 y 1530 entre miembros de las casas de Saboya y Mon­ferrato) en el enlace entre el difunto duque Francisco de Mantua y su hija Margarita, del que había nacido una niña, María, que a la sazón contaba tres años de edad.

La cuestión radicaba en el discutido derecho de las mujeres a heredar. Respecto al ducado de Man­tua, parecía clara la exclusión femenina y el asunto nunca llegó a plantearse, sino que hasta el propio Carlos Manuel aceptó los derechos del cardenal Fernando Gonzaga, hermano del finado. El asunto se planteó, en cambio, en la herencia del marquesado de Monferrato, donde existían precedentes de suce­sión femenina (1305). Faltaba dilucidar si la suce­sión femenina se daba al faltar los hijos varones, aun habiendo otros parientes próximos varones (como era el caso) o sólo cuando faltaba todo sucesor varón del último o de los anteriores marqueses. Parece que esta segunda era la respuesta acertada, ya que nadie en España, Alemania o Italia discutió —aparte del saboyano— los derechos del cardenal Gonzaga. En cualquier caso, era la justicia imperial la que debía decidir sobre el asunto y el Emperador resolvió a fa­vor de Fernando.

Carlos Manuel se decidió entonces por la vía mili­tar e invadió el Monferrato pretendiendo conseguirlo mediante la política de hechos consumados. Esto si­tuó frente al saboyano al Emperador y a España, po­tencia garante del orden en el norte de Italia. Hino­josa, gobernador de Milán, derrotó repetidamente a Carlos Manuel, pero éste, con gran habilidad, logró el favorable tratado de Asti (1615). Pero España no aceptó esta claudicación de su gobernador y envió para sustituirle al marqués de Villafranca, que derrotó al duque y ocupó la plaza fuerte de Vercelli. Enton­ces se firmó un nuevo tratado en Pavía (1617), que obligaba a Carlos Manuel a devolver sus conquistas y por el que España recuperaba su prestigio en Italia. Sin embargo, el saboyano no se había enfrentado a España con sus solas fuerzas, sino que había contado con ayudas encubiertas: la militar de Francia y la eco­nómica de Venecia. Esta guerra dio a Carlos Manuel un gran prestigio entre los príncipes del norte de Ita­lia y los propagandistas patriotas (como Tassoni) vie­ron en él al libertador de Italia.

La última de las grandes aventuras en que se em­barcó (ésta ya a escala europea) fue su participación en la Guerra de los Treinta Años, complicada en el escenario italiano con los sucesos de la Valtelina y la segunda guerra por la sucesión de Mantua y Mon­ferrato. A raíz de la cuestión de la Valtelina, el du­que se unió a los enemigos de los Austrias (Francia y Venecia) con el fin de acabar con la dominación española en Italia. Atacó Génova, tradicional aliada de España, pero fue derrotado por los genoveses que invadieron Piamonte. Tras este fracaso, y viendo que Francia le abandonaba a su suerte al firmar por sepa­rado con España la paz de Monzón (1626), el versátil Carlos Manuel giró de nuevo hacia España, a la que se unió al suscitarse por segunda vez el problema de la sucesión de Mantua y Monferrato, a la muerte sin sucesión de Vicente II Gonzaga (1627). En esta gue­rra, el saboyano, aliado de España, defendió los de­rechos a la sucesión del duque de Guastalla, frente a la candidatura, defendida por Francia, de Carlos de Rethel, duque de Nevers. Carlos Manuel invadió una vez más el Monferrato, pero Richelieu respondió en­viando contra Saboya un fuerte ejército que se apo­deró de Pignerolo, que abría a los franceses las puertas del Piamonte y de Italia.

Decepcionado ante el fracaso de sus más ambiciosos planes, Carlos Manuel moría en Savigliano el 26 de julio de 1630, cuando sus sueños de grandeza para la casa de Saboya estaban aún tan lejos de realizarse. Dejaba su ducado en una situación precaria y no más extenso que a su llegada al gobierno en 1580. Pero durante su mandato se había producido una trans­formación decisiva: el estado que había heredado era fundamentalmente un ducado alpino, orientado ha­cia el noroeste, mientras que el que legaba a su hijo era ya un estado orientado hacia el sur y de clara vo­cación italiana.

 

Bibl.: N. Gabiani, Carlo Emanuele I di Savoia e i due trattati d’Asti, Asti, Brignolo, 1915; R. Bergadani, Carlo Emanuele I, Torino, Paravia, 1926; R. Quazza, La guerra per la sucessione de Mantova e Monferrato, Mantova, Mondovi, 1926; Z. Arici, La corte letteraria di Carlo Emanuele I, Torino, 1930; D. Bi­zzarri, Vita amministrativa torinese ai tempi di Carlo Ema­nuele I, Torino, 1930; R. Quazza, La diplomacia gonzaghesca, Milano, Istituto per gli Studi di Politica Internazionale, 1941; La formazione progressiva dello Stato Sabaudo, Torino, Edizioni Giappichelli, 1942; J. M. Jover Zamora, Historia de una polé­mica y semblanza de una generación, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1949; C. Pérez Bustamante, Felipe III, semblanza de un monarca y perfiles de una privanza, Madrid, Real Academia de la Historia, 1950; C. Seco Se­rrano, “Asti, un jalón en la decadencia española”, en Arbor, XXIX (1954); J. L. Cano de Gardoqui, La incorporación del marquesado del Finale, Valladolid, Universidad, 1955; “España y los Estados italianos independientes en 1600”, en Hispania, 92 (1963); España y “La escalada de Ginebra”, Valladolid, Universidad, 1966; “Saboya en la política del duque de Lerma”, en Hispania, XXVI (1966); A. Bombín Pérez, Los caminos del Imperio español, Vitoria, Colegio Universitario de Álava, Universidad de Valladolid, 1974; La cuestión de Monferrato, 1613-1618, Vitoria, Colegio Universitario de Álava, Universi­dad de Valladolid, 1975.

 

Antonio Bombín Pérez