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José Sáenz de Aguirre

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Biografía

Sáenz de Aguirre, José. Logroño (La Rioja), 24.III.1630 – Roma (Italia), 19.VIII.1699. Monje benedictino (OSB), teólogo y cardenal.

Nacido en el seno de una noble familia, comenzó el estudio de la Gramática y la Jurisprudencia en Salamanca, pero habiendo enfermado un hermano suyo, monje benedictino de San Millán de la Cogolla (La Rioja), hizo voto de ingresar en la misma abadía si sanaba, como en efecto sucedió. Tomó el hábito el 23 de abril de 1645, profesando al año siguiente, como era costumbre, aunque no se conoce la fecha exacta. Como era lo habitual en la Congregación Benedictina de Valladolid, a la que San Millán pertenecía, cursó los estudios de Teología en los Colegios que la Orden tenía en San Vicente de Salamanca y San Pedro de Eslonza (León). Terminados sus estudios, fue inmediatamente destinado a la formación en los distintos centros de la Congregación: lector de Teología en San Juan de Poyo (Pontevedra), de 1653 a 1657; lector de Artes y maestro de estudiantes en la Universidad de Irache (Navarra), de 1657 a 1661, graduándose allí en Artes y Teología en 1660; nuevamente lector de Teología en Poyo, de 1661 a 1665. Este año fue nombrado maestro de estudiantes de San Vicente de Salamanca, ciudad que ya no abandonaría hasta su promoción al cardenalato. En San Vicente fue además regente (1669-1677), abad (1677-1681) y lector de Tercia (1681-1685).

En 1666 sacó el título de bachiller en Teología por la Universidad salmanticense, y en 1667 el de doctor.

En 1669 fue nombrado, por el capítulo general de la Congregación, abad de San Andrés de Espinareda (León), pero no quiso aceptar a fin de seguir en la Universidad, donde desde 1670 ocupó sucesivamente las Cátedras de Teología Moral, de Teología Escolástica y de Sagrada Escritura. Al mismo tiempo fue calificador de la Inquisición y consultor de su junta secreta. Su actividad docente y sus libros le hicieron famoso en toda España, y procuró una renovación de la Universidad que se plasmó en el grupo de profesores conocidos como los Salmanticenses. Afecto al probabilismo, al menos en sus primeros años, Aguirre fue fundamentalmente un teólogo tomista, aunque se esforzó en dar a conocer la doctrina de san Anselmo, intentando limar sus diferencias con santo Tomás.

Sin embargo, la obra que causó mayor sensación en su tiempo y le valió el capelo fue una refutación de los errores galicanos en defensa de la autoridad absoluta del Papa, publicada en 1683. Su trabajo no fue bien recibido en la Corte de España, y en Francia su amigo Bossuet intentó refutarle y desprestigiarle, pero agradó en extremo al papa Inocencio XI, quien, en el consistorio del 2 de septiembre de 1686, le nombró miembro del colegio cardenalicio con el título de Santa Balbina, que en 1694 trocó por el de Santa María supra Minervam.

Recuperado de una grave enfermedad que le puso al borde de la muerte, Aguirre marchó a Roma, adonde llegó el 26 de junio de 1687. Fue nombrado miembro de las congregaciones del Índice, del Concilio, de Ritos y del Santo Oficio, pero su misión más delicada fue la de formar parte de la comisión de cardenales creada por Inocencio XI para juzgar el quietismo de Molinos. Su cargo en Roma le obligaba a servir de enlace entre el Gobierno español y la Santa Sede, pero no era un hombre hecho para las negociaciones políticas, por lo que sus gestiones no agradaron a la Corte española. En cambio, Aguirre siguió dedicándose intensamente al trabajo intelectual y fue en Roma donde publicó la mayor parte de sus obras, entre ellas la colección de concilios españoles, su obra magna, en la que venía trabajando desde años atrás.

El cardenal no se olvidó de la Congregación Benedictina de Valladolid a la que pertenecía e intervino muchas veces en su favor, incluso para remediar sus abusos, como hizo en 1689 y 1693 con sendas cartas dirigidas al capítulo general, clamando contra la inobservancia de los votos, que tuvieron gran difusión.

Por el bien de su congregación y de la Universidad de Salamanca se propuso dotar en ésta dos Cátedras (de Prima y Vísperas) a condición de que los benedictinos dotaran una tercera dedicada al estudio de la Teología Anselmiana. El ofrecimiento fue cursado en 1691 y al año siguiente aceptado por el claustro universitario, no sin seria oposición por parte de jesuitas y dominicos. Soslayadas estas dificultades, las nuevas cátedras fueron aprobadas por Carlos II el 11 de marzo de 1693.

Aguirre mantuvo amistad con Bossuet, con el padre Tirso González, general de la Compañía de Jesús, con el arzobispo de Reims, Le Tellier, y con otras personalidades eclesiásticas, a pesar de discrepancias teológicas que él quiso conducir siempre con discreción.

Defendió el misterio de la Inmaculada Concepción, condenó las propuestas galicanas y se mantuvo neutral en la discutida cuestión De auxiliis. Su labor científica se vio reconocida por los mejores teólogos e historiadores de su tiempo. Nicolás Antonio publicó en Roma en 1696 su monumental Bibliotheca Hispana Vetus gracias a la ayuda del cardenal. Intervino en la polémica entre Dom Mabillon y Dom Rancé en defensa de los estudios de los monjes, denostados con acritud por el segundo y defendidos con mesura por el primero. Dom E. Martène, monje benedictino de la congregación de San Mauro, le dedicó en 1699 los dos primeros volúmenes de su monumental obra De antiquis Ecclesiæ ritibus, calificándolo de “religionis cultor, eruditissimus theologus, pietate non minus quam dignitate eminentissimus princeps”.

Vivió siempre con la austeridad propia de un monje y su salud se resintió a partir de 1694, por lo que pidió al Papa la sede de Murcia a fin de poder volver a España, con la esperanza de mejorar de sus enfermedades. Aunque el 3 de diciembre de 1695 Carlos II le otorgó el obispado solicitado, su estado de salud no le permitió llevar a efecto el viaje a España.

Aquejado de un cáncer desde marzo de 1697, murió en Roma dos años después, siendo enterrado en la iglesia de Santiago de los Españoles. En su testamento dejaba heredero de todos sus bienes al Monasterio de su profesión con la condición de que sirvieran para el sustento de una pequeña comunidad de monjes de estricta observancia en San Millán de Suso. Sus restos fueron trasladados en 1891 a la iglesia de Montserrat de Roma.

 

Obras de ~: Ludi salmanticenses sive theologia florulenta, Salmanticae, Melchioris Esteuez, 1667; Philosophia novo-antiqua seu disputationes in universam physiologiam Aristotelis, Salmanticae, Lucam Perez, 1672-1675, 3 vols.; Philosophia moralis a Aristotele tradita decem libris Ethicorum ad Nichomacum, Salmanticae, Lucam Perez, 1675, 4 vols. (Romae, 1698); De virtutibus et vitiis disputationes ethicæ, Salmanticae, Lucam Perez, 1677; Sancti Anselmi archiepiscopi Cantuariensis theologia, Salmanticae, [Lucam Perez], 1678, 3 vols. (Romae, Typographia Dominici Antonii Herculis, 1688); Auctoritas infallibilis et summa cathedræ Sancti Petri, Salmanticae, Lucam Perez, 1683; Notitia conciliorum Hispaniæ atque Novi Orbis, Salmanticae, Lucam Perez, 1686; Collectio maxima conciliorum Hispaniæ et Novi orbis, Romae, 1693-1694, 4 vols.; Synopsis collectionis maximæ conciliorum Hispaniæ, Romae, 1695.

 

Bibl.: M. Guarnacci, Vitae et res gestae Pontificum Romanorum et S. R. E. Cardinalium, vol. I, Romae, Ex Typ. Joannis Baptistae Bernabo et Josephi Lazzarini, 1751, cols. 265-268; L. Serrano, “Aguirre, José Saenz de”, en A. Baudrillart et al., Dictionnaire d’Histoire et de Géographie Ecclésiastiques, vol. I, Paris, Letouzey et Ané, 1912, cols. 1071-1075; J. Pérez de Urbel, Varones insignes de la Congregación de Valladolid, Pontevedra, Museo Provincial, 1967, págs. 19-48; A. Orive, “Sáenz de Aguirre, José”, en Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives Gatell (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, vol. IV, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Enrique Flórez, 1975, págs. 2132-2133; E. Z aragoza Pascual, Los Generales de la Congregación de San Benito de Valladolid (1613-1701), Silos, Stvdia Silensia VIII, 1982, págs. 317-319, 445-447 y 485- 489; G. M. Colombás, La tradición benedictina, vol. VII, Zamora, Monte Casino, 1998, págs. 625-632.

 

Miguel C. Vivancos Gómez, OSB