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Pedro Caro Sureda

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Biografía

Caro Sureda, Pedro. Marqués de la Romana (III). Palma de Mallorca (Islas Baleares), 2.X.1761 – Cartaxo (Portugal), 23.I.1811. Capitán general, bibliófilo.

Pedro Caro Sureda, marqués de la Romana, viz­conde de Benabre, barón y señor de Novelda, Cas­tillo de la Mola, Casa y estados de Maza en el reino de Valencia; caballero de Lloró y San Juan en Ma­llorca, grande de España de 1.ª clase, fue un hombre de gran cultura. Comenzó su formación humanística en Lyon, en el Oratorio de la Congregación de San Felipe Neri, y la continuó en el seminario de nobles de Madrid y en la Universidad de Salamanca. Te­nía un profundo conocimiento de los clásicos grie­gos y latinos, a quienes leía en su lengua original. Hablaba inglés y francés. Casado en Mallorca con Dionisia Fuster Salas Boxadors, entró en posesión de la espléndida biblioteca que ella heredó de sus pa­dres, biblioteca que enriqueció con nuevas adquisi­ciones hasta alcanzar los 32.000 volúmenes Durante su vida, al margen de sus actividades militares, viajó por Europa, dedicando los años 1783 y 1784 a com­pletar su conocimiento de los autores clásicos y de las antigüedades.

Su carrera militar se inicia en la Armada con su in­greso en la Academia de Guardias Marinas de Car­tagena el 14 de julio de 1775. Ascendió a alférez de fragata el 3 de junio de 1780; el 16 de septiembre de 1781, a alférez de navío; el 17 de febrero de 1782, a teniente de fragata; el 21 de diciembre de 1782, a te­niente de navío y el 4 de marzo de 1791, a capitán de fragata. Durante su estancia en la Armada navegó a las órdenes de Gravina y fue ayudante del jefe de es­cuadra Ventura Moreno. asistió a la reconquista de Mahón en 1781, embarcado en la flotilla que apoyó el desembarco en Menorca, y tomó parte en el sitio de Gibraltar de 1782 en las baterías flotantes.

Después pasó al Ejército y, así, el 2 de julio de 1793 fue agregado al Regimiento Inmemorial del Rey con el empleo de teniente coronel y grado de coronel; el 10 de octubre de ese mismo año recibió “patente” de brigadier. El 12 de abril de 1794 ascendió a mariscal de campo y el 4 de septiembre de 1795, a teniente general. El 4 de abril de 1806 fue nombrado conse­jero del Supremo de Guerra y Marina; el 8 de abril de 1808 se le designó ingeniero general de las plazas y fronteras del reino; el 24 de diciembre de 1808 re­cibió la Gran Cruz de Carlos III y, por fin, el 2 de marzo de 1810 ascendió a capitán general.

En 1793, con el empleo de brigadier del Ejército, se incorporó al cuartel general de su tío Ventura Caro, jefe del Ejército de los Pirineos Occidentales durante la guerra contra la Convención. No desem­peñó el mando permanente de ninguna unidad, pero puesto al frente de una columna de Cazadores de Montaña, se distinguió por su valor y pericia sobre la línea del Bidasoa, singularmente en la conquista y posterior defensa de las fortalezas de Castel Piñón y Biriatou, así como en las ocupaciones del Diamante y Mont Vert. ascendió a mariscal de campo por mé­ritos de guerra.

Pasó al Ejército de Cataluña a las órdenes sucesivas del conde de la Unión y de Urrutia, distinguiéndose en las batallas de Montnegre, en la que el primero de ellos perdió la vida, en el ataque a Sistella y re­tirada sobre el Fluviá. Ya en julio de 1795 volvió a distinguirse en la batalla de Pontós, al frente del ala izquierda del despliegue español. Con motivo de la Paz de Basilea fue ascendido a teniente general el 11 de septiembre de 1795 como reconocimiento a los méritos contraídos en aquella campaña. En 1800 se le nombró capitán general de Cataluña y en 1808, inge­niero general. En 1810 ascendería a capitán general.

En abril de 1807, en cumplimiento del tratado de San Ildefonso de 1796, Francia forzó a España a en­viar a Hannover una división de sus mejores tropas, de las que ocho mil hombres procedían de las unida­des destacadas en Etruria que mandaba O’Farril y los seis mil restantes marcharon desde la Península. Las unidades que se hallaban en Italia partieron de Flo­rencia al mando de Salcedo y, por el Tirol y Baviera, llegaron a Hamburgo y Altona, mientras las proce­dentes de España, al mando de Kindelán, lo hicieron por Lyon y Burdeos para reunirse con las anteriores en los mismos puntos de destino. El 16 de julio se in­corporó a ellas el marqués de la Romana, nombrado para ejercer el mando del conjunto. En total, esa fuerza se componía de catorce batallones de Infante­ría, cinco regimientos de Caballería, dos compañías de Artillería y una de Zapadores, además de otros ele­mentos logísticos de menor cuantía.

Los regimientos de Infantería de Cataluña y Gua­dalajara, con el Regimiento de Dragones de Villavi­ciosa, participaron en el ataque a las defensas exterio­res de Stralsund, en la Pomerania sueca, que capituló el 17 de agosto, pero fue una acción aislada, porque en ese mismo mes de agosto todas las unidades españo­las estaban reunidas en Hamburgo, invernando aquel año en Mekelburgo y Pomerania, integradas en el cuerpo de Ejército del mariscal Bernardotte, formado también con unidades francesas, holandesas, danesas y alemanas, dispuesto para la invasión de Suecia.

En marzo de 1808, Napoleón ordenó el traslado de la división española a Dinamarca, diseminándolo entre Jutlandia y las islas de Seeland, Fionia y Lan­gueland, mezclando sus unidades con otras danesas holandesas y francesas, para impedir así su acción coordinada.

En junio le llegó al marqués de la Romana un co­municado de Urquijo, ministro de Justicia de José Bonaparte, en que se ordenaba el juramento de leal­tad al rey intruso, orden reiterada por Bernardotte el 24 de ese mismo mes.

Las tropas españolas desconocían la situación en nuestro país, pues la correspondencia era interceptada por los franceses. Así, el 8 de marzo envió el marqués de la Romana a Madrid a sus ayudantes Luis Moreno y José A. de Llano, que volvieron el 24 de junio e in­formaron de los sucesos del 2 de mayo y del clima ge­neral de insurrección en España.

Romana se encontraba en una situación difícil: por un lado, era responsable de la seguridad de sus hom­bres, diseminados y rodeados por otras tropas que les podían ser hostiles, y, por otro, le repugnaba some­terse a los propósitos franceses. El 14 de junio ha­bía remitido una felicitación a José Bonaparte por su ascenso al trono y el 11 de julio, otra a Bernardotte para agradecerle el envío del Águila de Oro de la Le­gión de Honor que le había concedido Napoleón a propuesta del mariscal francés. En ésa situación, el 22 de julio dio orden a sus tropas de jurar lealtad a José Bonaparte según una fórmula que decía: “Como individuos del Ejército de la nación española, de la que formamos parte y a la que deseamos vivir y mo­rir siempre unidos, y tan sólo creyendo que toda ella legítimamente representada pueda haber con plena libertad prestado igual juramento que el que se nos exige, sólo así juramos fidelidad y obediencia al Rey, a la Constitución y a las Leyes”.

Pese a esta fórmula tan condicionada, las unidades españolas recibieron la orden con desagrado y en los actos expresaron su malestar con protestas abiertas y generalizadas. En Seeland el motín alcanzó mayores proporciones, porque las tropas españolas atacaron al general francés Fririon y dieron muerte a uno de sus ayudantes, lo que motivó que el rey de Dinamarca, al frente de diez mil hombres, rodease a los regimientos de Asturias y Guadalajara, de guarnición en aquella isla, y los dispersara en pequeños destacamentos que después fueron desarmados y hechos prisioneros.

La Junta de Sevilla había enviado al teniente de na­vío Rafael Lobo a Londres. Embarcado en la flota del almirante Keats, navegó hasta las proximidades de las islas danesas para informar a nuestras tropas de la si­tuación en España. También enviaron los ingleses al sacerdote católico Roberson, de esa misma nacionali­dad, con idénticos fines.

Roberson logró entrevistarse con el marqués de la Romana y poco después, el 6 de agosto, tras una na­vegación azarosa en una barca de pesca, el teniente Félix Contreras y el alférez Antonio Fábregas aborda­ron el navío Mosquito en el que viajaba el teniente de navío Lobo y volvieron para informar a Caro Sureda de la disponibilidad de los ingleses a repatriar a las tropas españolas.

En esta situación, el general español ideó su plan de evasión. Primero, el batallón de Cataluña, de guarni­ción en Langueland, debía hacerse con el control total de la isla, reduciendo al destacamento francés y a las tropas danesas que la guarnecían. Dado este primer paso, el 7 de agosto los españoles de Fionia, donde se encontraba el cuartel general, cuatro batallones de Infantería y dos regimientos de Caballería de la divi­sión española, se apoderaron del castillo de Nyborg. A continuación se enviaron oficiales a Jutlandia para que comunicaran a los coroneles de los regimientos de Zamora, del Rey, Infante y Algarve que abando­naran sus acantonamientos y marcharan a la isla de Fionia, debiendo dar cuenta posterior al general Kin­delán, que se encontraba al frente de esas tropas y del que se conocía su afrancesamiento.

Kindelán avisó a Bernardotte del plan, pero sus no­ticias llegaron tarde y así el grueso de las tropas espa­ñolas se concentró en Fionia, menos los regimientos de Asturias y Guadalajara, prisioneros en Seeland, y el del Algarve, que retrasó su salida de Jutlandia por indecisión de su coronel y ya no pudo hacerlo más tarde.

En una nueva fase, los españoles, con la ayuda de la flota inglesa, pasaron a la isla de Langueland, donde en una solemne ceremonia, alrededor de sus bande­ras clavadas en el suelo, juraron “ser fieles a la Patria y desechar seductoras ofertas”.

El 21 de agosto comenzó la reunión de las tropas es­pañolas en el puerto de Spatsbierg y el 27 embarcaron en la flota inglesa rumbo a Gottenburgo. El 5 de sep­tiembre llegaron los transportes ingleses que habían de llevar de regreso a España a los 9.110 hombres que habían logrado evadirse (5.165 y todos los caballos quedaron en manos francesas). Ese convoy, tras una breve parada en Ribadeo, arribó el 11 de octubre a Santander, desde donde la Infantería, al mando del conde de San Román, marchó a unirse al Ejército de la Izquierda que mandaba Blake, mientras la Caba­llería, por Asturias y León, marchó a Extremadura y Sevilla para conseguir nuevos caballos.

El marqués de la Romana había salido con destino a Londres el 9 de septiembre y allí permaneció hasta el 2 de octubre, cuando embarcó en el Semínaris rumbo a la Coruña acompañado por Mr. Frere, el nuevo representante inglés ante la Junta Central. Mientras permaneció en Londres mantuvo continuas entrevis­tas con los miembros del gobierno inglés, a los que expresó su parecer de que los ingleses debían llevar a cabo su guerra en la zona de la costa cantábrica, por las facilidades de apoyo de su flota y por las posibi­lidades para la defensa que ofrecía el terreno. Consi­deraba que La Coruña debía ser su base principal de operaciones, pero la Junta de Galicia, posiblemente alarmada por los anteriores ataques ingleses que ha­bía sufrido, puso todos los impedimentos posibles al desembarco de las tropas inglesas que llegaron a aquel puerto al mismo tiempo que el marqués de la Ro­mana. Sin embargo, tras varios días de demora, los quince mil ingleses mandados por Baird pudieron desembarcar.

El 11 de noviembre, en Astorga, recibió Caro Su­reda una carta de Floridablanca en que se le desig­naba general jefe del Ejército de la Izquierda, cargo que confirmó el 4 de diciembre Martín de Garay, se­cretario de la Junta Central, al mismo tiempo que le nombraba capitán general de Castilla, León, Galicia y Asturias, autorizándole al reclutamiento en masa de la población y la requisa de los caballos.

La tremenda derrota de Espinosa tuvo lugar en los días 10 y 11 de noviembre, mientras Caro Sureda marchaba por tierra de Astorga a Santander. Ese Ejér­cito de la Izquierda batido, desorganizado y en apresu­rada retirada en dirección a León, mientras otra parte lo hacía en dirección a Asturias, había quedado com­pletamente inutilizado. En Renedo, en plena retirada, se presentó el marqués ante esas tropas, pero ordenó a Blake que prosiguiera la retirada hasta León, donde el 24 de noviembre asumió el mando de unos dieciséis mil hombres, de los que apenas la mitad podían ser considerados soldados. En Espinosa había muerto en combate el conde de San Román y las tropas llegadas de Dinamarca, que habían combatido con orden y valor, habían sufrido grandes bajas.

En León permaneció el marqués cerca de un mes al frente de sus tropas, alimentándolas, reorganizándo­las, instruyéndolas, armándolas y vistiéndolas con los escasos medios disponibles, mientras los ingleses de Moore convergían hacia él, desde Portugal y La Co­ruña, en zonas próximas de León.

Caro Sureda se mantuvo con sus tropas sobre el Esla, tratando de convencer a Moore para que se lan­zara hacia Valladolid y Burgos a fin de cortar las co­municaciones con Francia de los ejércitos enemigos. Pero Moore recelaba de esos planes, como de los que pretendían que corriera en socorro de Madrid cuando esta plaza ya había caído en manos del enemigo. No se creía las noticias optimistas y falsas que le transmi­tía la Junta Central a través de sus enviados, los gene­rales Bueno y Escalante, ni las de Morla o Infantado. Tampoco confiaba en las tropas del marqués de la Romana, que habían crecido hasta veinte mil hom­bres, pero de las que apenas cinco mil infantes y dos­cientos jinetes podían considerarse como auténticos soldados. Cuando el marqués le comunicó el avance de los Cuerpos de Soult y Ney hacia sus posiciones, Moore decidió replegarse a Galicia y el 25 de diciem­bre inició la retirada por los puertos de Manzanal y Fuentecebadón a través de una Galicia devastada y empobrecida, perseguidos por los franceses de Soult. Las tropas españolas siguieron el movimiento general por el segundo de los puertos citados y, tras dejar tres mil prisioneros en manos francesas, pasaron a estable­cerse en la provincias de Orense, mientras los ingleses reñían la batalla de Elviña (16 de enero), en la que falleció Moore, y embarcaban en La Coruña rumbo a Inglaterra.

La retirada inglesa a través de Galicia fue desorde­nada y conducida como si se tratara a través de un país enemigo. El 18 de enero de 1810, el marqués de la Romana remitió a la Junta Central un durísimo informe sobre la conducta de los ingleses en esa reti­rada; las devastaciones, las vejaciones y crímenesco­metidos por sus soldados contra los habitantes.

Con Galicia ocupada por los franceses, él llevó a su Ejército a la ribera del Miño, a la zona de Verín y Monterrey, aplastado contra la frontera portuguesa. Pero Soult cruzó ese río y se internó en Portugal, de­jando sólo en Galicia al Cuerpo de Ney, demasiado débil para controlar la totalidad del territorio. Se creó así una situación que propiciaba la aparición de gue­rrillas que el de la Romana fomentaba, armaba y or­ganizaba desde su cargo de capitán general del reino y en contacto con la Junta gallega. Su idea estratégica en esas fechas era fijar al enemigo con las guerrillas y cortar con sus tropas las comunicaciones francesas con la meseta.

Caro Sureda dividió sus tropas: Mahy, con seis mil hombres, amenazaba Lugo, mientras el resto, man­dado por Martín de la Carrera, se situaba en Puebla de Sanabria. El 17 de marzo los españoles atacaron Villafranca del Bierzo y apresaron su guarnición. De allí marchó Caro a Asturias, donde se encontraban las divisiones españolas de Worster y Ballesteros, también sujetas a su mando. En Oviedo destituyó a la Junta del principado y nombró otra más de su agrado. Pero Ney iba tras él y atacó por Tineo, Grado y Oviedo, a la vez que Kellerman lo hacía por Pajares. Caro Su­reda se vio obligado a embarcar en Gijón y marchar a Ribadeo. Ney entró en Oviedo el 19 de mayo.

Cuando se produjo la retirada de los franceses de Galicia, el marqués de la Romana se dedicó a la mo­vilización y organización de nuevas tropas gallegas. Tan sólo a mediados de agosto, tras dejar en Galicia al conde de Noreña como capitán general al frente de nueve mil hombres, marchó a Astorga al mando de una vanguardia y dos divisiones que totalizaban otros dieciocho mil. Se encontraba en esa ciudad cuando la Junta Central le comunicó que había sido desig­nado para representar a Valencia en esa junta por fallecimiento del príncipe Pío. Sus unidades debían reunirse en Ciudad Rodrigo, donde el duque del Par­que se haría cargo del mando del Ejército de la Iz­quierda, al que se incorporarían la división asturiana de Ballesteros, la mandada por el mariscal de campo José García, que quedaría en Astorga para asegurar las comunicaciones con Galicia, y otra cuarta formada por el duque del Parque con los reclutas reunidos en Ciudad Rodrigo.

El marqués de la Romana se despidió de sus tropas el 24 de agosto y incorporó a la Junta Central cuando ésta vivía una situación crítica. Los partidarios de sus­tituirla por una regencia eran numerosos dentro de ella, además de inclinarse por la misma solución las Juntas Superiores de Valencia (que encabezaba su hermano José), la de Murcia y de Extremadura. Se había producido la conspiración del duque del Infan­tado, abortada por el embajador inglés, y las maqui­naciones del conde de Montijo y de Francisco Palafox dirigidas al mismo fin.

Para acabar con el ejercicio del mando desde una asamblea tan numerosa, la Junta Central había creado la Sección Ejecutiva de la misma por Decreto de 19 de septiembre. A esa Sección Ejecutiva se incorporó el marqués como presidente el 1 de noviembre de 1809. Teóricamente, la nueva sección debía asumir la direc­ción de la guerra, pero, cuando se constituyó, el pleno de la Junta Central ya había acordado llevar a cabo las operaciones que culminaron en la desastrosa batalla de Ocaña (19 de noviembre de 1809). Nada pudo hacer el marqués para oponerse a unas acciones que chocaban violentamente con su concepto prudente de la dirección de la guerra.

En la sesión del 14 de noviembre, Caro Sureda se presentó también como defensor de la instauración de una regencia, considerando “la necesidad de desterrar hasta la memoria de un gobierno sumamente perni­cioso” como era la Junta Central. Al mismo tiempo que le consideraba ilegítimo le daba facultades a la Junta para nombrar una Regencia y de escoger una Diputación Permanente, compuesta por cinco de sus miembros y un procurador, que hiciese las veces de Cortes.

Cuando se produjo el desastre de Ocaña, la Junta Central decidió su traslado a Cádiz abandonando Se­villa, donde estalló un motín que sacó de la cárcel al conde de Montijo y a Francisco Palafox. La Junta Superior de Sevilla recabó para sí el apelativo de Su­prema, reservado a la Central, y acordó nombrar al general Blake para el mando de los restos del Ejér­cito del Centro batido en Ocaña y al marqués de la Romana para el del Ejército de la Izquierda, en sus­titución del duque del Parque. Las designaciones po­drían tacharse de ilegales, porque la Junta de Sevilla usurpaba las funciones de la Central que para enton­ces seguía ejerciendo en Cádiz, pero Caro Sureda se presentó a primeros de febrero en la Sierra de Gata, donde fue reconocido como jefe por aquellas tropas que, después de vencer a los franceses en Tamames (19 de octubre) habían sufrido una tremenda derrota en Alba de Tormes (25 de noviembre), y que habían retrocedido hasta la zona de esa Sierra de Gata donde, entre enfermedades y deserciones, además de las pér­didas en combate, sus efectivos apenas llegaban a die­ciséis mil hombres, la mitad de los treinta y dos mil con que empezó las operaciones.

A primeros de marzo, el Ejército de la Izquierda pasó al sur del Tajo. Unidos sus hombres a las dos cortas divisiones que guarnecían Badajoz y otras pla­zas menores extremeñas, el marqués de la Romana se puso al frente de veintiséis mil infantes y dos mil jinetes, la mitad de estos últimos desmontados. Pero sus unidades cubrían un amplio frente: en la zona de Alburquerque colocó a las divisiones que mandaban Carlos O’Donell y Mendizábal; en Badajoz situó su cuartel general y la división de Losada; las divisio­nes de Senén de Contreras y Ballesteros en Olivenza, mientras que la de Martín de la Carrera quedó en las proximidades de Ciudad Rodrigo. Detrás de ese despliegue, en Portugal, quedaban las tropas anglo-lusitanas de Hill.

Todo ese despliegue llevó a cabo ataques continuos contra las tropas francesas, apoyados por las numero­sas guerrillas que la Junta de Extremadura había or­ganizado. De la Romana manda el total, pero Car­los O’Donell contra las tropas de Ranyer en Mérida, o Ballesteros contra Mortier entre Sevilla, Huelva y Portugal, reñían sus combates independientemente. Era la guerra prudente y pequeña, de efectivos limi­tados, que siempre había preconizado, sin arriesgar nunca la destrucción total de su Ejército.

Cuando el “Ejército de Portugal” que mandaba el mariscal Massena se aproximó a Ciudad Rodrigo, la división de Martín de la Carrera se encontraba en San Martín de Trebejos y la vanguardia inglesa de Crawford entre el Águeda y el Coa, ambas próximas a la plaza española. Pronto los franceses estrecharon el cerco, pero ni los lanceros de Julián Sánchez, ni la pequeña división española próxima estaban en con­diciones de batir a los sitiadores. El marqués de la Romana pasó al cuartel general de Wellington para pedirle que atacara a los franceses, como quería tam­bién el Gobierno español, pero el general inglés fue prudente como siempre y, con buen criterio militar pero pésimo emocionalmente, se negó a ello, abandonando Ciudad Rodrigo a su suerte.

El 10 de julio capituló Ciudad Rodrigo. La división de Martín de la Carrera se unió a los gruesos de su Ejército mientras Wellington reñía la batalla de Bus­saco (27 de septiembre) y continuaba su repliegue a Torres Vedras.

A Torres Vedras se incorporó el marqués de la Ro­mana al frente de los ocho mil hombres que suma­ban las divisiones de Martín de la Carrera y Carlos O’Donell, mientras la del general España, con sólo mil quinientos infantes y doscientos jinetes, se situaba frente a Abrantes.

En noviembre, los franceses, después de un leve in­tento de ataque a las posiciones inglesas de Torres Ve­dras, se retiraron a Santarem.

En enero el marqués de la Romana se puso al frente de las tropas españolas para regresar a territorio pa­trio y el 23 de ese mismo mes fallecía a los cuarenta y nueve años de edad, en Cartaxo, de un aneurisma. Su muerte causó honda conmoción entre los aliados ingleses y en España las Cortes decretaron que en su sepulcro se inscribiera: “Al Marqués de la Romana la Patria reconocida”, lo que se llevó a cabo en su sepul­cro del convento de los dominicos de Palma de Ma­llorca, según eligió su viuda; después fue trasladado a la catedral de la misma ciudad.

Ilustrado, valiente, generoso e indolente, de ideas elevadas y enemigo ardiente de Francia, había procu­rado adquirir la resistencia física y las grandes dotes de los caudillos de la antigüedad. Para muchos de sus contemporáneos (Toreno entre ellos) se caracterizaba también por largos períodos de desidia que alternaba con otros de plena lucidez y actividad.

Posiblemente no se le comprendió demasiado. En aquella guerra desenfrenada y apasionada que fue la de nuestra Independencia, encajaba mal la mesura y la prudencia de este general, su concepto fabiano de la guerra que llegó a expresar en carta a Mahy el 18 de abril de 1809: “Acuérdese Vd. de Fabio Máximo, que nunca se atrevió a presentar batalla ni a descender al valle, provocado por Aníbal. Le cubrieron de dicte­rios, pero salvó a Roma”; su preferencia por la guerra limitada y continua, tan apartada de la “manía de dar batallas” que tanto criticaba El Semanario Militar y Patriótico del Ejército de la Izquierda, que él tutelaba y que no es arriesgado pensar que inspiraba o dirigía. Porque el marqués de la Romana fue el único gene­ral español de entonces que se mantuvo al mando de un mismo Ejército, el de la Izquierda, durante cerca de dos años con una breve interrupción, sin haber re­ñido una sola batalla al frente del mismo.

Debía ser consciente de la inutilidad de buscar el enfrentamiento en batallas campales —como enton­ces se llamaban a los enfrentamientos de grandes ma­sas de hombres— entre el potente y perfectamente instruido ejército francés y las masas deficientemente instruidas, sin disciplinar, encuadradas apresurada­mente, mal armadas, escasamente uniformadas y mal alimentadas que constituían las tropas propias. Su postura encajaba mal en el frenesí combativo de la Junta Central y de tantos otros generales españoles conscientes de las deficiencias citadas pero dóciles al impulso agresivo del poder constituido.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), Exp. personal del Marqués de la Romana; Archivo Histórico Nacional. Estado, Papeles de la Junta Central; Servicio His­tórico del Ejército, Campaña de los Pirineos del siglo XVIII; Instituto de Historia y Cultura Militar, Colección Du­que de Bailén, Gaceta de Madrid, 1795.

C. de Toreno, Historia del Levantamiento, Guerra y Revolu­ción de España, Paris, 1838; J. M. Bover de Roselló, Varones Ilustres de Mallorca, Palma de Mallorca, 1847; J. Gómez de Arteche, Discurso de Ingreso en la Real Academia de la Histo­ria, Madrid, 1872; Pita Espelosín, El Marqués de la Romana y su influencia en los sucesos de Galicia, Madrid, 1916; J. Priego López, Historia de la Guerra de Independencia, Madrid, 1972-1993; W. Coopley Goowin, “El Marqués de la Romana y los planes ingleses para la defensa de España en 1808”, en Revista de Historia Militar (RHM), 36 (1974); N. Díaz Romañach, “Tropas españolas en el Báltico”, en RHM, 53 (1982); A. Ca­sinello Pérez, “El Semanario Militar y Patriótico del Ejército de la Izquierda”, en RHM, 86 (1999); El capitán general Marqués de la Romana (1761-1811), Madrid, Fundación Instituto de Empresa, 2012.

 

Andrés Casinello Pérez