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Cristóbal Bordíu Góngora

Biografía

Bordiú Góngora, Cristóbal. Níjar (Almería), 17.IX.1798 – Madrid, 1872. Político, ministro.

Hijo de José Bordiú Fernández, natural al igual que él, de Níjar (Almería), y de Paula Góngora Delgado, que lo era de la ciudad de Almería. También de aquí era su abuelo materno, Cristóbal Góngora, mientras sus abuelas materna y paterna, respectivamente, María Delgado y Antonia Fernández, habían nacido en Níjar y, por último, el abuelo paterno, José Bordiú Calpe, era natural de Gandía (Valencia).

Estos antecedentes territoriales de unos enlaces matrimoniales realizados en el mismo círculo social acomodado, permitieron al padre de Cristóbal Bordiú convertirse en abogado de los Reales Consejos y a él acabar siguiendo sus pasos. Necesarios para ello fueron los estudios de latinidad, retórica y poética realizados en el colegio de las Escuelas Pías de Archidona (Málaga) y los de filosofía cursados en el Seminario de Almería. Paralizada la formación como consecuencia de la Guerra de la Independencia, no siguió la carrera eclesiástica ni, a diferencia de su hermano mayor José Antonio, la militar, a pesar de que su tío Joaquín Góngora, teniente coronel de Artillería y profesor del colegio militar de Artillería de Mallorca, solicitara en 1813 su ingreso en este instituto como cadete. En su lugar, lo que hizo Cristóbal Bordiú fue incorporar los estudios realizados a la Universidad de Granada y seguir la carrera de Leyes. Logrando —según su relación de méritos— “la nota de primero del curso”, recibió el grado de bachiller en Leyes, precedido de los ejercicios prescritos, que le fueron aprobados nemine discrepante. Finalmente, en los inicios de la segunda etapa absolutista de la Monarquía de Fernando VII, una vez conseguida la correspondiente purificación, en 1824 fue recibido como abogado de la Chancillería de esa ciudad andaluza.

A continuación fue nombrado fiscal de la Real Hacienda del partido de Almería, ocupándolo, primero, interinamente y, después, en propiedad. No estuvo mucho tiempo en ese destino, dedicándose seguidamente a completar su formación dentro y fuera de España. Con este nuevo bagaje, solicitó y obtuvo en abril de 1828 el puesto de colector del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, que desempeñó sin sueldo durante algo más de un año. Conferido por ello el título de académico honorario de la de Ciencias Naturales ubicada en la capital, en julio de 1829 se le nombró secretario con voto de la Real Junta de Fomento de la Riqueza del Reino, cargo en el que permaneció hasta finales de 1832. A esta mayor estabilidad en el empleo le acompañó el cambio de estado civil, al contraer matrimonio en enero de 1830 con la hija de los condes de Argillo, Antonia Garcés de Marcilla.

La entrada en esa Real Junta significó su integración dentro del Ministerio de Hacienda que, durante el segundo período del absolutismo fernandino bajo el liderazgo de Luis López Ballesteros, fue la punta de lanza del realismo reformista. Pues bien, cuando éste se convirtió en dominante en la Monarquía tras los sucesos de La Granja de septiembre de 1832 y bajo el padrinazgo de ese departamento ministerial se erigió en noviembre el Ministerio de Fomento, Cristóbal Bordiú pasó inmediatamente a sus oficinas centrales como oficial tercero de la clase de cuartos. Progresando en el escalafón administrativo —en diciembre de 1833 era ya oficial tercero de la clase de terceros— y afirmando su posición, participando en distintas comisiones (en la instituida en marzo de este año para formar la ordenanza de montes; en la establecida en enero de 1834 para formar la planta de la Real Hacienda, con objeto de lograr la debida armonía con la de Fomento y conciliar los intereses de los pueblos con los del erario; y en la ordenada en el mes de marzo siguiente para formar una instrucción de administración de los bienes de los pueblos) y recibiendo condecoraciones (con motivo del juramento de Isabel II en julio de 1833 la Cruz supernumeraria de la real y distinguida Orden de Carlos III), se mantuvo durante el primer desarrollo de ese departamento ministerial promovido, ya bajo la regencia de María Cristina, por Francisco Javier de Burgos. A la salida de éste, Bordiú permaneció a lo largo de la época de vigencia del Estatuto Real y los cambios de denominación que se produjeron en ese Ministerio, del Interior con la hegemonía de los liberales moderados y de la Gobernación con la de los progresistas. Además de alcanzar la categoría de jefe de sección, en este tiempo sumó su nombre al de aquellos que para el progreso y difusión de la cultura fundaron en Madrid, a finales de 1835, el Ateneo Científico, Literario y Artístico, encargándose al año siguiente de la primera cátedra de Ciencia de la Administración. A este ámbito jurídico-político, en este momento en gestación, corresponde el folleto escrito entonces con A. Gil Zárate, Cuestiones políticas y administrativas, en el que, al abordar la organización administrativa provincial, plantean, para afirmar la unidad administrativa, el establecimiento de una sola autoridad provincial, que aglutinara las atribuciones del gobernador civil y del intendente, y recibiera este último nombre por ser más adecuado a la tradición española.

Adscrito a la tendencia moderada del liberalismo, cuando con la movilización revolucionaria del verano de 1836 la de los progresistas lideró un nuevo proceso de cambio político tras restaurar provisionalmente la Constitución de Cádiz, en septiembre Cristóbal Bordiú pasó a la cesantía. Así se perpetuó hasta que, tras la promulgación en junio de 1837 del nuevo Código político transaccional y la celebración en octubre de elecciones legislativas, sus amigos políticos volvieron a hacerse con las riendas del poder. Con ellos, de la mano del marqués de Someruelos, en enero de 1838 recuperó el cargo de jefe de sección del Ministerio de la Gobernación. Bien por la división entonces existente en las filas de los moderados, bien por otras razones, lo cierto es que en abril presentó y le fue admitida la dimisión. A partir de entonces, se asistió a un distanciamiento de Cristóbal Bordiú de la actividad pública, que no concluyó hasta que con el inicio del reinado efectivo de Isabel II su opción política conservadora se afirmó con fuerza en el poder.

Así, recién inaugurada la década moderada, a finales de agosto de 1844 retornó a la jefatura de sección del Ministerio de la Gobernación de la mano de Pedro José Pidal. Además, en los comicios legislativos celebrados el mes inmediato fue elegido diputado por el distrito de Almería, con lo que participó en las Cortes que procedieron a la reforma conservadora del sistema político mediante la Constitución de 1845. Al término de la legislatura, abandonó ambos cargos, el administrativo y el político, para pasar en abril de 1846 como fiscal al Consejo Real.

En el nuevo impulso que se quiso dar al desarrollo económico con la creación en enero de 1847 del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, se contó con Cristóbal Bordiú, llamándole a gestionar una de las tres direcciones en que se dividió: la de Agricultura, Industria y Comercio. Si aquí ascendió con el primer titular del ramo, el marqués de Molins, para él fue cuando el Departamento ministerial alcanzó su apogeo bajo el mandato de Juan Bravo Murillo entre noviembre de 1847 y septiembre de 1849. Así lo refiere en el trabajo publicado en 1858, en el que, no obstante el título, se limita a recoger la labor ejercida por ese prócer en este ministerio. De la misma destacan las realizaciones de la dirección general por él regentada, entre las que sobresalen, conforme al orden de sus ámbitos: el establecimiento en agosto y octubre de 1848, respectivamente, de las juntas provinciales y comisiones regias de agricultura, complemento del Real Consejo de Agricultura, instituido en abril del año anterior; la Ley de minas y el reglamento de aplicación de abril y julio de 1849, y el inicio de la elaboración del mapa geológico de España; la publicación desde enero de 1848 del Boletín de Comercio, Instrucción y Obras Públicas; la ley de este mismo mes sobre compañías por acciones (con el reglamento de febrero); y la normativa de julio de 1849 sobre pesos y medidas que afirmaba el sistema métrico decimal.

Detrás de esta tarea se manifiesta una estrecha sintonía personal e ideológica de Cristóbal Bordiú con Juan Bravo Murillo, hasta el punto de convertirse en uno de sus más importantes colaboradores. De tal manera que cuando éste, abandonando la anterior responsabilidad ministerial en octubre de 1849 asumió la cartera de Hacienda, le llevó consigo para regir la Dirección General de Aduanas y Aranceles. Tras participar en la decisiva reforma del funcionamiento del Tesoro promovida por el tecnócrata autoritario extremeño e instituir una nueva junta permanente de aranceles, Cristóbal Bordiú se mantuvo en el cargo cuando aquél en noviembre de 1850 fue sustituido en la titularidad ministerial por Manuel Seijas Lozano.

Pero esto en modo alguno significó su distanciamiento de Juan Bravo Murillo; al contrario.

Así, cuando en enero del siguiente año éste formó gabinete reteniendo la cartera de Hacienda, no sólo le perpetuó en ese destino, sino que desde febrero se lo hizo compatibilizar con el cargo de subsecretario.

Además, quiso contar con su respaldo en las Cortes, y, por ello, auspició su elección como diputado por el distrito de Calatayud (Zaragoza) en los comicios celebrados en mayo. Cristóbal Bordiú correspondió a la confianza otorgada, coadyuvando en la política ministerial de arreglo de la deuda y, desde septiembre de 1852 con la asunción por la Dirección a su cargo de parte de los negociados de las contribuciones indirectas (pasando a denominarse Dirección General de Aduanas, Derechos de Puertas y Consumos), en la orientada a corregir los abusos en la recaudación de los impuestos de consumo, así como apoyando el retrógrado proyecto gubernativo de reforma constitucional.

Por ello, el 15 de noviembre de ese año accedió a asumir la cartera de Gobernación vacante por la dimisión de Melchor Ordóñez Viana. Siguiendo los pasos de éste, la labor de Cristóbal Bordiú estuvo orientada a impedir por todos los medios el debate público sobre el proyecto; y lo hizo de forma magistral: vedando las reuniones políticas sin autorización gubernativa, enviando a prisión a los editores de los periódicos transgresores de la restrictiva legislación de prensa de abril, y clausurando las cátedras de elocuencia e historia del Ateneo de Madrid por haber discutido sobre la reforma. El resultado de esta represión fue el incremento de la oposición, hasta tal nivel que, derrotado el ejecutivo en las Cortes, la reina Isabel II se acabó retractando de la primera decisión de concederle el decreto de disolución y el 14 de diciembre retiró la confianza a Juan Bravo Murillo y sus ministros.

Aquí culminó y concluyó la carrera pública de Cristóbal Bordiú. A partir de entonces, como señala J. A. Tapia Garrido, se dedicó al estudio de la hidrografía, especialmente en lo referente al alumbramiento de aguas. Con todo, su nombre siempre estaría vinculado al de Juan Bravo Murillo. De ahí que, acaecidas sus muertes con un año de diferencia, en Madrid —donde ocurrieron— se les dedicaron sendas calles, confluentes entre sí.

 

Obras de ~: con A. Gil Zárate, Cuestiones políticas y administrativas, Madrid, Imprenta de D. Tomás Jordán, 1836; Noticia general y razonada de los trabajos ejecutados en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, en el de Hacienda y en el de la Presidencia del Consejo de Ministros durante el tiempo que estuvieron a cargo de del Excmo. Señor D. Juan Bravo Murillo, Madrid, Imprenta de los Señores Matute y Compagni, 1858.

 

Bibl.: Anónimo, Los Ministros en España desde 1800 a 1869. Historia contemporánea [...], vol. III, Madrid, J. Castro y Cía., 1869-1870, pág. 531; A. Bullón de Mendoza, Bravo Murillo y su significación en la política española. Estudio histórico, Madrid, Gráficas Valera, 1950; A. Garrorena Morales, El Ateneo de Madrid y la teoría de la monarquía liberal (1836- 1847), Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1974; J. A. Tapia Garrido, Almería hombre a hombre, Almería, Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Almería, 1979, págs. 158-159.

 

Javier Pérez Núñez