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Carlos de Borbón

Biografía

Borbón, Carlos de. Duque de Borbón (VIII). Montpensier (Francia), 17.II.1490 – Roma (Italia), 6.V.1527. Condestable de Francia y capitán general.

Segundo hijo de Gilberto, conde de Montpensier, heredó el ducado de Borbón al morirse su padre (1496), su hermano mayor (1501) y su primo Pedro II, duque de Borbón (1503), sin herederos. Casó con la hija de Pedro, Susana, y se convirtió en 1505 en un personaje poderosísimo en Francia, con enormes posesiones (ducado de Auvergne, condados de Clermont y Montpensier, de Forez, de Beaujolais, de la Marche, ducados de Bourbonnais y de Châtellerault). Brillante militar, al que el rey de Francia nombró condestable o jefe supremo del ejército, intervino en el sitio de Génova (1507) y en la batalla de Agnadello en 1509; su presencia fue esencial para la victoria francesa en Mariñano, que dio al rey de Francia la posesión del ducado de Milán; Francisco I le nombró gobernador de este Estado. Ésa fue la cumbre y el final de su posición privilegiada en su patria; cayó en desgracia con el Rey, que no sólo no le pagó su salario, sino que pleiteó (1522-1523) para apoderarse de su herencia al haber muerto Susana de Borbón, su esposa, sin dejarle hijos (murieron tres de muy corta edad). La reina Luisa de Saboya —a quien se le atribuye la animadversión del Rey contra el condestable— alegó que era la heredera más cercana de los feudos de la rama principal de los Borbones: era prima hermana de Susana, porque su madre, Margarita de Borbón, era hermana de Pedro de Beaujeu. En julio de 1523, un tribunal ordenó el secuestro de todos los bienes en litigio.

En agosto, Carlos se pasó al bando del emperador Carlos V —intervino el señor de Beurre como intermediario— y comenzó su trayectoria militar en el ejército español. El Emperador le prometió la mano de su hermana Leonor, viuda del rey de Portugal, y ayuda para recobrar sus feudos y ciertas tierras de Provenza que el duque reivindicaba. La primera expedición militar en la que intervino, contra Francia, en 1524, fue un fracaso. El ejército imperial —“cinco mil españoles y siete mil alemanes y cinco mil italianos”, precisó Pedro Mejía—, mandado por el duque de Borbón y el marqués de Pescara, con el marqués del Gasto como capitán general de la infantería, invadió la Provenza, que el duque reclamaba como suya. Se dirigieron a Marsella desde Italia, pero no consiguieron apoderarse de la ciudad; tuvieron que apresurarse a levantar el sitio porque Francisco I, aprovechando la ocasión, estaba invadiendo el norte de Italia y ocupaba ya el estado de Milán. La rápida retirada del ejército español les permitió llegar pronto a las tierras de Lombardía y dirigirse también hacia Pavía, donde estaban ya los franceses, y donde Antonio de Leyva resistía con un pequeño destacamento de españoles. El duque de Borbón marchó para reclutar más soldados alemanes. Fue el comienzo de la campaña militar que culminó con la gran victoria de Pavía, en donde el ejército español, mandado por el marqués de Pescara y el duque de Borbón, hicieron prisionero al rey de Francia el día de san Matías, cumpleaños del Emperador, el 24 de febrero de 1625. Alfonso de Valdés, como secretario del gran canciller Mercurino Gattinara, escribió la relación de la batalla de Pavía o “de las nuevas de Italia, sacadas de las cartas que los capitanes y comisario del Emperador” escribieron a Carlos V, y la comenzó dando el papel protagonista al duque: “Luego que el duque de Borbón, lugarteniente general del Emperador en Italia, llegó a la ciudad de Lodi donde el Visorrey de Nápoles y marqués de Pescara estaban con la gente que trajo de Alemania, y llegó asimismo la que el señor infante archiduque de Austria envió al ejército del Emperador, salió en campo con intención de descercar a Pavía que el rey de Francia en persona había más de tres meses tenía cercada, y siguiendo su camino, vinieron sobre un castillo llamado Sant’Angelo, el cual los enemigos pensaban defender”. El virrey de Nápoles salvó la vida de Francisco I, que “temiendo la muerte dio voces diciendo que no lo matasen que era el rey de Francia”, como dice la relación oficial, y lo hizo prisionero. Pedro Mejía subrayaba la circunstancia de que “este rey de Francia vino a verse cautivo y en poder del duque de Borbón, vasallo suyo, a quien había agraviado”, y añadió cómo “venido en su presencia, le besó las manos y hizo el acatamiento que el vasallo debe a su rey y señor; pero cualquiera juzgará cuán contrarios sentimientos hobo en los corazones de cada uno de ellos”. El cronista cuenta cómo el traslado del rey prisionero a España se hizo a espaldas del duque de Borbón y del marqués de Pescara; fue el virrey de Nápoles, Carlos de Lannoy, quien organizó la complicada operación. El condestable, que conocía bien las artes de Francisco I, sabía de los peligros de la negociación con él; perdería entonces la batalla de los honores frente al rey francés, porque Francisco I, en las conversaciones para su liberación, le pidió al Emperador la mano de su hermana Leonor. Ante las reticencias del Emperador de romper la palabra dada, el rey de Francia ofreció al duque de Borbón, para compensarle, la mano de su hermana, matrimonio que no se llevaría a efecto. Carlos V en la negociación reivindicó esencialmente dos cosas, como dice Mejía: la devolución del condado Borgoña y “que el duque de Borbón fuese restituido en sus estados y dignidad”; no consiguió ni uno ni otro objetivo.

En 1525, Carlos de Borbón se reunió con el Emperador y su corte en Toledo (“el Emperador le hizo muy grande honra y recibimiento”, dice Mejía), donde permaneció hasta 1526. Al morir el marqués de Pescara, Fernando de Ávalos, a fines de 1525, Carlos V nombró al duque capitán general de las tropas en Italia y le prometió además el estado de Milán (Francisco Sforza se había sumado a la liga del Papa contra el Emperador). Carlos de Borbón marchó a Italia.

Fue el comienzo de la campaña militar que culminó con el asedio y saqueo de Roma. Alfonso de Valdés escribió desde Valladolid a Maximiliano Transilvano, el 12 de marzo de 1527, sobre el problema económico que suponía mantener el gran contingente del ejército en Italia: “El César tiene en Italia fuerzas muy considerables, pero yo no sé de dónde saldrá para mantenerlas; además las mismas piedras se revuelven contra los nuestros; el Virrey y el cardenal Colonna no se avienen; los soldados españoles murmuran contra Borbón y empezaron a alborotarse todos; los potentados de Italia temen las armas del César; los pueblos miran con horror la crueldad de los nuestros; tú mismo podrás juzgar lo que podemos esperar de Italia en tan difíciles circunstancias. [...] Nada se dice de paz ni la espero ciertamente”. El inteligente secretario del Emperador acertó. La ruptura de la tregua con Hugo de Moncada y los coloneses por parte del Papa y su ataque a Nápoles puso en marcha el ejército imperial hacia Roma; querían además dar escarmiento a Florencia por haber seguido al Papa; después convirtieron el planeado ataque en un ardid para que el duque de Urbino entrara en la ciudad para defenderla; así ellos avanzarían libremente hacia Roma. La falta de dinero para pagar a las numerosas tropas —Alfonso de Valdés habla de diez mil alemanes que había enviado el archiduque Fernando— hizo el resto. Ya había sufrido el duque de Borbón en tierras boloñesas, en donde había combatido, falta de bastimentos y de dinero para las pagas de los soldados. La tregua que de nuevo hizo Clemente VII con el visorrey de Nápoles, al saber que el ejército iba camino de Roma, no pudo frenar el avance de las tropas. Mercurio le contaba a Carón (en el Diálogo entre ambos, de Alfonso de Valdés) cómo “el ejército nunca se quiso volver por mucho que el duque de Borbón lo procurase”, y lo explica con dos razones o “respectos”: “el uno, como el dicho ejército no era pagado, no obedecía; y el otro, porque los alemanes estaban ya determinados de vengarse de Roma por el grande odio que le tenían”.

Antes del combate, Carlos de Borbón intentó en vano negociar con el Papa la toma de la ciudad para evitar el saqueo; su trompeta fue despedido “con palabras descomedidas”, como dice Francisco de Salazar. Y él mismo señala que el duque, indignado, inició el asalto y “por animar su gente se puso en los delanteros, donde en los primeros fue muerto de un tiro de arcabuz”. Alfonso de Valdés, en el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, señala el desastre que esa muerte supuso: “Quiso nuestra mala ventura que, en comenzando a combatir el Burgo, los de dentro mataron con un arcabuz al buen duque de Borbón, cuya muerte ha seído causa de mucho mal”. Precisa Mejía: “Fue herido de un mosquete en lo alto del muslo, junto al vientre, de tal manera que luego cayó en tierra, e desde a poco de hora murió”, y añade cómo la muerte del capitán general enardece a los soldados y “apretaron el combate de manera, muriendo e matando, que a pesar de todos los que lo defendían, subieron en lo alto de los muros”: era el 6 de mayo de 1527, lunes. La crónica de Mejía acaba con el relato del asalto y toma de Florencia (1530), en el que murió el sustituto en la capitanía general del duque de Borbón, el príncipe de Orange, y comenta: “E como el atrevimiento de los hombres también se atreve a juzgar los hechos humanos, muchos juzgaron lo que habían dicho e juzgado de Borbón: que por haber sido en combatir la santa ciudad de Roma sin licencia ni mandado del Emperador, le había Dios dado esta muerte de fuego e de hierro. El cual juicio yo no solamente no osaría afirmar, pero téngolo por osado e atrevido”. La suerte póstuma del duque de Borbón es importante histórica y literariamente. En la paz de Cambray o de las Damas, pactada por Margarita de Austria y Luisa de Saboya (1529), uno de los acuerdos se refiere a la restitución de bienes y honores a los descendientes del duque de Borbón, que ya el Emperador había intentado pactar con Francisco I en las negociaciones para su liberación.

En los textos literarios, el duque de Borbón tiene, después de muerto, una fortuna envidiable: aparece en los dos Diálogos de Alfonso de Valdés y bajo disfraz nominal en el Retrato de la Lozana Andaluza (1529) de Francisco Delicado. El fiel secretario del Emperador defiende su figura de la excomunión papal que podía precipitarle al infierno. En el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, Lactancio argumenta al arcediano del Viso cómo “él no iba a ocupar las tierras de la Iglesia, sino a prohibir que el Papa no ocupase las del Emperador y a hacer que viniese a concordia con su Majestad”. En el Diálogo de Mercurio y Carón, se soluciona la duda, ya que Carón no sabe que el duque ha muerto porque no ha pasado por su barca, de tal manera que nada menos que el barquero del infierno atestigua la salvación de Carlos de Borbón.

En el mamotreto XXXV de la Lozana Andaluza, habla con la protagonista un personaje llamado Blasón: bajo ese nombre se esconde Borbón, quien se queja de su ingrata patria y muestra su disconformidad por “las paces” que se están tratando entre Francia y España a raíz del triunfo español sobre las tropas francesas que cercaron Nápoles; sin embargo, ruega a Lozana que vaya para ver “en qué términos anda la cosa” y que mire por su honra, porque, en efecto, se le restituyó bienes y honra en dichas paces. Blasón regala al criado de Lozana “una capa de Perpiñán”, porque no se sirve de ella y está nueva, y a la cortesana “una cintura napolitana”, “regalos” en clave política también.

Enterraron al duque en el castillo de Gaeta. Benvenuto Cellini, que estaba entre los defensores de la ciudad, quiso atribuirse la posibilidad de que fuera su arcabuzazo el que acabó con la vida del capitán general; pero también Giovanni da Udine y el pintor veneciano Domenico Casavanti quisieron pasar a la historia de la misma forma. La figura de Carlos de Borbón desaparece entre la espesa niebla que rodeó el trágico asalto a Roma.

 

Bibl.: F. Caballero, Conquenses ilustres. Alonso y Juan de Valdés, vol. IV, Madrid, Oficina tipográfica del Hospicio, 1875 (ed. facs. con introd. y notas de M. J. Monteserín, Cuenca, Instituto Juan de Valdés-Ayuntamiento de Cuenca, 1995); A. Rodríguez Villa, Memorias para la historia del asalto y saqueo de Roma en 1527 por el ejército imperial, Madrid, Imprenta de la Biblioteca de Instrucción y Recreo, 1875; A. Levey, Le Connétable de Bourbon (1490-1527), Paris, 1904; A. de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, Madrid, 1921; P. Mexía, Historia del emperador Carlos V, ed. de J. de Mata Carriazo, Madrid, Espasa Calpe, 1945; M. Fernández Álvarez, Corpus documental de Carlos V, vol. I, Salamanca, Universidad, 1973; F. Fernández Murga, “El saco de Roma en los escritores italianos y españoles de la época”, en VV. AA., Doce consideraciones sobre el mundo hispano-italiano en tiempos de Alfonso y Juan de Valdés, Roma, Instituto Español de Lengua y Literatura de Roma, 1979, págs. 39-72; F. Delicado, Retrato de la Lozana Andaluza, ed. de C. Allaigre, Madrid, Cátedra, 1985; A. Chastel, El Saco de Roma, 1527, Madrid, Espasa Calpe, 1986 (trad. The Sack of Rome, 1527, Princeton University Press, 1983); A. de Valdés, Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, ed. de R. Navarro, Madrid, Cátedra, 1992; F. Hackett, Francisco I, rey de Francia, Barcelona, Planeta, 1995; A. de Valdés, Obra completa, ed. de A. Alcalá, Madrid, Biblioteca Castro, 1996; Diálogo de Mercurio y Carón, ed. de R. Navarro, Madrid, Cátedra, 1999; M. Fernández Álvarez, Carlos V, el césar y el hombre, Madrid, Espasa, 1999.

 

Rosa Navarro Durán