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Alejandro O'Reilly Mc Dowel

Biografía

O’Reilly Mc Dowel, Alejandro. Conde de O’Reilly (I). Moylough, Condado de Meath (Irlanda), 23.X.1723 – Bonete (Albacete), 23.III.1794. Teniente general del Ejército.

Era el tercer hijo de Thomas O’Reilly y de Rose Mc Dowel. Su familia tenía profundas raíces en su Irlanda natal. Su apellido procedía del antiguo Reino de Midhe, después Condado de Meath.

Durante dos siglos y medio, el clan O’Reilly rigió los destinos de la parte oriental de aquel Reino. En 1602 ese territorio pasó a dominio británico. Los O’Reilly siempre fueron partidarios de la dinastía escocesa de los Estuardo (Stuart). Esto, unido a la separación, cada vez más pronunciada, de la aristocracia irlandesa respecto al resto de sus conciudadanos, motivó que Thomas O’Reilly y su familia emigraran a España al final de la tercera década del siglo XVIII. La familia se estableció en Zaragoza y allí, en el Colegio de los padres de las Escuelas Pías, Alejandro O’Reilly realizó sus estudios y aprendió el idioma español.

El 1 de mayo de 1735, a los once años y medio, O’Reilly ingresó como cadete en el Regimiento de Infantería Hibernia. Esta unidad militar, creada en 1709, fue uno de los cinco cuerpos de Infantería irlandesa que recibió el Ejército español, en vida del rey Felipe V. Este Soberano fue, precisamente, quien creó, en embrión, el Cuerpo de Oficiales del Ejército. Por Real Cédula de 8 de noviembre de 1704, dispuso que “en cada compañía se reciban diez cadetes, nobles e hidalgos, que se distinguirán de los demás por el servicio y la paga”.

Admitidos los cadetes en el Regimiento, se designaba un oficial “preceptor” para instruirlos, tanto en lo militar como en lo cultural. En la Academia Regimental se desarrollaba un programa de estudios muy completo, que los cadetes debían superar: Educación Militar, Formación Moral, Instrucción Militar, Aritmética, Geometría, Fortificaciones, Artillería, Ortografía y Geografía e Historia de España. Este programa tenía una duración de, al menos, tres años. Anualmente, el cadete debía superar un examen de los conocimientos adquiridos. Sólo de esta forma se podía alcanzar el empleo de subteniente (primer grado de oficial) en las promociones de ascensos que, periódicamente, ordenaba el Monarca.

En 1739, O’Reilly ascendió a subteniente y el Regimiento Hibernia se desplazó a final de este año a Barcelona, donde reforzó la guarnición de esta ciudad por haberse declarado la guerra contra Inglaterra. Al año siguiente, este Regimiento fue trasladado a Cartagena. España se preparaba para defender militarmente sus intereses en Italia. El 20 de octubre de 1740 falleció el emperador de Austria, Carlos VI. Los intereses políticos de las naciones europeas se escindieron en dos campos irreconciliables. El rey Federico II de Prusia inició la invasión de Silesia en 1741. Había comenzado la Guerra de Sucesión de Austria. El Ejército español, al mando del duque de Montemar, zarpó desde Barcelona hacia Italia al final de 1741. La segunda expedición, al mando del marqués de Castelar, coronel jefe del Hibernia, zarpó desde Cartagena el 13 de enero del siguiente año. Toda la fuerza militar española se concentró en Rimini y realizó varios movimientos de aproximación hacia el Ejército austríaco. En 1742 no hubo acciones de guerra propiamente dichas.

Por orden del ministro Campillo, el duque de Montemar y el marqués de Castelar fueron cesados de sus cargos. El conde de Gages asumió el mando de la fuerza española. El 8 de febrero de 1743 tuvo lugar la batalla de Campo-Santo, al norte del río Tamaro. Fue muy dura y se alargó hasta la noche. No hubo vencedores, aunque cada bando (español y austríaco) se atribuyó la victoria. La brigada irlandesa sufrió muchas bajas, tanto en oficiales como en tropa. Entre los heridos que quedaron sobre el campo de batalla, mezclados con los muertos, se encontraba el subteniente O’Reilly. Retirado el Ejército español, un soldado austríaco estuvo a punto de matarlo y robarle sus pertenencias personales. Con un ingenioso ardid (se hizo pasar por Grande de España) O’Reilly se salvó; fue curado por médicos austríacos y devuelto, muy herido, al campo español en un intercambio de prisioneros. Su recuperación física fue lenta y penosa: quedó cojo del pie izquierdo para siempre. Por esta acción de guerra, Alejandro O’Reilly fue ascendido a capitán.

La guerra en Italia fue un continuo balanceo de éxitos y fracasos para los Ejércitos enfrentados (España, Nápoles y Francia, frente a Austria, Cerdeña y Saboya). O’Reilly, recuperado, se incorporó a su unidad.

En 1745, la fuerza española realizó, en unión de sus aliados, la última campaña de Lombardía. Se llegó a ocupar Milán y Génova, pero al año siguiente (1746) tuvieron que retirarse. Finalmente, en el último enfrentamiento con el Ejército austríaco (que resultó vencido), el mando de este último comunicó a los generales vencedores (1747) que la emperatriz de Austria, María Teresa, se adhería a los preliminares de la Paz de Aquisgrán, dándose por finalizada la Guerra de Sucesión (1748).

El Regimiento Hibernia, reducido, regresó a Barcelona, trasladándose a Extremadura, donde quedó de guarnición. Consolidada la paz, O’Reilly ascendió a “sargento mayor” (3.er jefe del Regimiento) en 1752. Cuando Ricardo Wall (irlandés) sustituyó al ministro Carvajal (1754), por fallecimiento de éste, O’Reilly se propuso alcanzar su protección. Solicitó permiso para realizar un viaje por algunas naciones europeas, a sus expensas, para aumentar su formación militar. Más adelante, iniciada la Guerra de los Siete Años (1756- 1763), solicitó, y le fue concedido (gracias a la recomendación de Ricardo Wall), permiso para formar parte del Ejército austríaco (1758). Estuvo en varias acciones de guerra contra el Ejército prusiano y luego pasó al Ejército francés. El mariscal Broglio remitió un informe a España sobre el buen hacer de O’Reilly. En 1759 regresó a España y presentó un informe sobre la nueva organización y tácticas de la Infantería del Ejército prusiano, dando su opinión favorable para que fuera asumida por el Ejército español. Con ocasión de este informe y de los que se recibieron sobre él de los Ejércitos europeos donde sirvió, fue ascendido a coronel (1760).

La Junta de Guerra le solicitó que ampliase aquel informe y que lo pusiera en práctica en el Regimiento de Guardias Españolas. Las nuevas formaciones y evoluciones de las unidades de la Corte fueron presentadas, en una ceremonia militar, delante del marqués de Sarriá, conde de Aranda y otros generales. Estas reformas fueron aprobadas. Con el cargo de “ayudante general de Infantería”, el coronel O’Reilly se trasladó a Reus para dirigir la nueva instrucción militar a varios Regimientos de Infantería que allí estaban acantonados.

La Guerra de los Siete Años seguía su curso. Las nuevas alianzas políticas (Francia, Austria y Rusia contra Prusia, Suecia e Inglaterra) habían intentado, sin éxito alguno, atraer a su campo al rey Fernando VI, que se mantuvo firme en su “neutralidad”, El nuevo rey, Carlos III, era partidario de que España se aliara con Francia. Sólo así se podría contrarrestar la potencia emergente de Inglaterra. En agosto de 1761, con el mayor secreto posible, se firmó el Tercer Pacto de Familia. A resultas de este hecho, España se vio enfrentada a Inglaterra y se dispuso a invadir Portugal, aliada de aquélla.

En la primavera de 1762 (5 de mayo), un ejército español penetró en Portugal. Lo mandaba el marqués de Sarriá. El coronel O’Reilly, comandante en jefe de las Tropas Ligeras, iba al frente de la Brigada de Vanguardia. O’Reilly tuvo éxitos militares que le valieron el ascenso a brigadier (junio de 1762). En agosto, bajo el mando del conde de Aranda, se conquistó Almeida. Pero la guerra no progresó y el frente quedó estabilizado en octubre. Francia había llevado la peor parte frente a Inglaterra y deseaba con apremio la paz. En América, España había perdido La Habana. En Filipinas, su capital: Manila. Los preliminares de paz fueron acordados en noviembre y dos meses después, enero de 1763, se firmó el Tratado de París que dio fin a la Guerra de los Siete Años. Inglaterra ganó a Francia en su lucha por la hegemonía del mundo occidental. Se convirtió en una gran potencia. España había entrado en esta guerra con premura y sin una adecuada preparación prebélica. Junto al fracaso de aquellas pérdidas sólo existió un éxito: el general Pedro Ceballos había conquistado la colonia portuguesa de Sacramento. Pero hubo que devolverla a Portugal, a cambio de La Habana y Manila. También se entregó a Inglaterra La Florida occidental. Francia, por su parte, entregó a España La Luisiana, para compensar las pérdidas. Carlos III aprendió la lección. Comprendió que la paz era un período de entreguerras y Francia no se conformaría con esta derrota. Por esto, el Rey desarrolló una frenética actividad para reconocer el estado del Ejército de América y sus defensas fortificadas. Había que reparar muchas cosas, suprimir defectos de organización, tanto en el aspecto militar como en el civil, y rehacer y mejorar las fortificaciones.

El brigadier O’Reilly, regresó a España con el Ejército que había luchado en Portugal. Por los méritos en esa campaña fue ascendido a mariscal de campo (20 de marzo de 1763). Nueve días más tarde, el conde de Ricla recibió una “instrucción” para tomar posesión de La Habana, ejercer el cargo de capitán general de la isla y “atender a los reparos de las fortificaciones, reformar sus tropas regulares y las milicias”. Ricla solicitó que O’Reilly le acompañara en esta misión (se había fijado en sus acciones en Portugal y hablaba inglés). Se le nombró “inspector general de las milicias de Cuba” y “cabo subalterno” (2.º jefe de la fuerza expedicionaria a Cuba). El 26 de abril de 1763 zarpó de Cádiz la fuerza designada. Dos meses después, desembarcaba en aquella isla. Hasta el 6 de julio (fecha en que se devolvió a España la ciudad de La Habana), Ricla y O’Reilly mantuvieron varias reuniones con los mandos ingleses, para definir con todo detalle las actividades relacionadas con la devolución formal de la ciudad. Se les fijó la fecha del 10 de septiembre como límite de su estancia en la isla. Sería evacuada por todo el personal inglés, con sus efectos y criados.

Bajo la dirección del conde de Ricla, O’Reilly comenzó a examinar el estado y organización de las tropas existentes. Inició una primera reorganización militar de ellas y, personalmente, empezó a instruirlas. Junto con Ricla, analizaron minuciosamente las causas que habían producido la victoria inglesa; reorganizaron la administración y justicia de la isla; formaron las primeras compañías de milicias y se comenzó a reparar los daños de las fortificaciones defensivas. A primeros de 1764 comenzaron a llegar nuevas unidades de refuerzo para el Ejército de la isla (batallones de Navarra y Cantabria, reclutas de Canarias e inmigrantes alemanes. Cada año llegarían algo menos de doscientos soldados para completar efectivos).

Por enfermedad del capitán general, O’Reilly recibió la misión de recorrer la isla, conocer el número de habitantes y formar milicias con que nutrir el Ejército.

Durante el mes de febrero de 1764, O’Reilly recorrió casi todos los pueblos de Cuba. Reorganizó los municipios, fijó sus barrios, dio nombre a sus calles y contó el número de familias que los habitaban. A mediados de marzo presentó, al conde de Ricla, totalmente reorganizada e instruida, la fuerza militar de Cuba (casi siete mil hombres). Realizó unas maniobras con fuegos muy satisfactorias. A finales de abril ya existía un nuevo Reglamento de Milicias (escrito por él). Al llegar el verano, finalizó O’Reilly su infatigable tarea. A finales de septiembre, satisfecho el Rey del trabajo de O’Reilly, conocido por los informes del conde de Ricla, ordenó que el mariscal de campo se trasladara a Puerto Rico para realizar la misma tarea que se había hecho en Cuba (“que reconozca las fortificaciones, su situación, la calidad del puerto y que disponga el establecimiento de las Milicias que sean necesarias”). Tras pasar el invierno, O’Reilly se trasladó a Puerto Rico al comienzo de la primavera de 1765. En poco más de dos meses finalizó su trabajo: hizo un padrón de habitantes; propuso muchas mejoras; creó y organizó las milicias; estudió las debilidades militares; dictó nuevas ordenanzas; llevó a cabo un plan de reparaciones tanto del puerto como de los fuertes defensivos y dejó reorganizada la tropa veterana de la isla.

En julio de ese año llegó a La Coruña y partió inmediatamente para la Corte. Dio cuenta de su trabajo y presentó una propuesta sobre la reorganización militar adoptada. El Rey le felicitó y aprobó su gestión. Por “el trabajo y celo en los estados de América”, ya en el año anterior había sido premiado con la Encomienda de Benfayán. Entonces, fue recompensado con premios económicos (a propuesta de Esquilache se le concedieron 500 pesos).

El año 1766 fue difícil para el Rey. Durante la Semana Santa se produjo la primera crisis política del reinado: el Motín de Esquilache. La revuelta popular, que se extendió a varias ciudades, llegó a coaccionar al propio Soberano y le obligó a firmar las “mejoras” que le presentaron. Carlos III se alejó de Madrid para proteger a la Familia Real y nombró al conde de Aranda máxima autoridad de Madrid (capitán general) y segunda del Reino (presidente del Consejo de Castilla). O’Reilly, a propuesta de Aranda, fue nombrado gobernador militar de Madrid. Un mes después, recibía el nombramiento de “inspector general de Infantería”, por fallecimiento de su titular.

Pasada esta situación, el Rey ordenó que se hiciera un informe “interior” sobre la situación del Ejército. O’Reilly presentó el suyo sobre la Infantería. Se introdujeron reformas para mejorar las condiciones de vida del soldado, destacando entre ellas la de dar a cada individuo de tropa una “segunda comida” diaria (hasta entonces sólo se le alimentaba con la “primera comida”). El Rey tuvo a O’Reilly en gran estima por su buen hacer profesional y el 19 de julio de 1767 le promovió al empleo superior: teniente general. Mantuvo el cargo de inspector general de Infantería y obtuvo merced de hábito de la Orden de Alcántara, concesión del Rey a los que habían prestado grandes servicios a la Corona.

En 1768 tuvo lugar un desagradable suceso en América. Por el Tratado de París, Francia había cedido a España La Luisiana. Carlos III nombró a Antonio Ulloa primer gobernador de aquel territorio, del que se tomó posesión en 1766. Pero la colonia francesa se resistía a admitir la dominación española. En octubre de 1768, la colonia se sublevó y expulsó de Nueva Orleans a las autoridades españolas.

Antonio Ulloa informó personalmente al Rey de lo sucedido en Luisiana. El Soberano decidió enviar una fuerza militar que ocupase ese territorio e impusiese la autoridad española. Con el mayor secreto, se iniciaron los preparativos.

El 16 de abril de 1769, el teniente general O’Reilly recibió la orden de “revistar las tropas regladas de las plazas de América y los uniformes de las Milicias de Nueva España”. Debía proponer los oficiales que le acompañarían y zarpar de Cádiz. O’Reilly contestó que “aceptaba la misión” y que “se pasaría por la Corte para recibir instrucciones” (era una manera de mantener el secreto sobre la auténtica misión). La “instrucción” que le fue entregada en mano, además de nombrarle comandante jefe de la fuerza militar que el capitán general de La Habana iba a poner a su disposición, le decía: “Y siendo la principal de ella tomar formalmente posesión de la Luisiana, he resuelto que luego que lleguéis a la Isla de Cuba, tomando en ella la tropa arreglada, munición y demás aprestos, que juzguéis necesario, os transfiráis a dicha colonia y después de posesionaros de ella en mi Real nombre y forméis proceso y castiguéis conforme a leyes a los motores y cómplices de la sublevación… estableciendo así, en lo militar como en lo político, administración de justicia”.

Desde el puerto de La Coruña (no de Cádiz) zarpó O’Reilly con los oficiales escogidos. A finales de junio, tras una corta escala en Puerto Rico, llegó a La Habana. Mientras transcurría el viaje, el capitán general de Cuba organizaba una pequeña Armada con más de dos mil hombres de fuerza terrestre. El 8 de julio, a las seis de la mañana, zarpó la pequeña flota (veintiún buques). Catorce días después alcanzaba la desembocadura del río Misisipi. Desde allí, remontó el río y desembarcó en Nueva Orleans. Fue recibido con respeto y lo primero que hizo fue iniciar el proceso contra los que se sublevaron. Después de impartir justicia (hubo cinco condenas de muerte) hizo un reconocimiento personal del territorio, saliendo de la capital en los primeros días de 1770. Su trabajo, como el de Cuba y Puerto Rico, fue infatigable: reformó la administración de justicia; nombró jueces; midió las tierras y fijó linderos; hizo depender La Luisiana del capitán general de La Habana y suprimió el órgano de gobierno (francés) de la colonia (“… debían tener las mismas leyes que el resto de las posesiones españolas en América”). También creó una nueva organización militar; mejoró las fortificaciones de defensa y creó las milicias. Llegó incluso a publicar unas Ordenanzas del Ayuntamiento de Nueva Orleans y un Reglamento para juzgar las causas civiles y criminales en La Luisiana.

A finales de 1770, abandonó el territorio y se trasladó a La Habana para dar cuenta de su gestión al capitán general. En abril del siguiente año, a bordo de la fragata Pals, emprendió el viaje de regreso a España. Sufrió un retraso en la navegación, al varar el navío en los Cayos de La Florida, pero al fin llegó a Cádiz. Regresaba a la Corte con el éxito de la misión encomendada por el Rey, casi dos años antes. El Monarca le recompensó con un “título de Nobleza”: conde de O’Reilly, con el vizcondado previo de Cavan (1772). Por otra parte, al volver a hacerse cargo de la Inspección General de Infantería, se le ampliaron sus competencias a “toda la Infantería” (incluida América). Con su título de nobleza y grado de teniente general, fue lógico que le destinaran a una Capitanía General. Con ocasión del fallecimiento del titular de Castilla la Nueva, fue nombrado para este cargo (1 de octubre de 1773).

En esos años, el rey Carlos III decidió mejorar la formación de los oficiales que no formaban parte de los Cuerpos Técnicos (Artillería e Ingenieros). El secretario de Guerra, conde de Ricla, y O’Reilly, como inspector de Infantería, presentaron al Soberano sus respectivos proyectos de creación de una Academia Militar para oficiales de Caballería e Infantería. El plan de O’Reilly fue aprobado por el Rey. Por Real Orden de 24 de enero de 1774 fue creada la Academia Militar de Ávila. El plan de estudios incluía las siguientes materias: Matemáticas, Ordenanzas Militares de diversos países, Táctica Prusiana de Infantería, Fortificación, Artillería, Maniobras de Grandes Unidades y Conducción de Operaciones de Guerra. Esta Academia funcionó hasta la primavera de 1779, en que, con ocasión de la guerra contra Inglaterra, fue cerrada.

Por aquel tiempo la política española con el Norte de África no satisfacía al Rey. La ciudad de Argel era un refugio de piratas que obstaculizaban la navegación comercial y pesquera de España mediante el ataque y abordaje de sus navíos. El sultán de Marruecos mantenía una posición absurda en sus relaciones con España: atacaba las ciudades de Ceuta y Melilla; enviaba emisarios con deseos de establecer acuerdos de paz y reclamaba la soberanía de aquellas ciudades. A pesar de los acuerdos diplomáticos que se hicieron con Turquía, el bey de Argel y el sultán de Marruecos perjudicaban a España. El primer ministro, Grimaldi, propuso enviar una expedición militar a Argel para castigar a la ciudad y terminar con sus actividades piratas. O’Reilly fue designado jefe de la fuerza de desembarco (veinte mil hombres) y el almirante Pedro Castejón, jefe de la Armada que la transportaría.

Los días 23 y 24 de junio de 1775, zarpó la Armada desde Cartagena rumbo a Argel. El 8 de julio se desembarcó en una playa que no favorecía la acción militar propia. Los moros, situados en posición ventajosa, causaron muchas bajas a los españoles, que tuvieron que retirarse y embarcar con los heridos. Fue un fracaso para España y una ocasión propicia para los enemigos políticos de Grimaldi y O’Reilly. Se desató una campaña difamatoria contra ellos que consiguió su objetivo: O’Reilly fue desterrado a las islas Chafarinas y el primer ministro tuvo que dimitir al siguiente año (1776). Pero el Rey, que tenía gran afecto por O’Reilly, adoptó la decisión de perdonar al teniente general y nombrarle, en septiembre de aquel mismo año (1775), “capitán general de las Costas y Ejército de Andalucía”, manteniendo la Inspección de Infantería. Por su parte, Floridablanca sustituyó a Grimaldi.

En su nuevo destino, O’Reilly instaló su cuartel general en El Puerto de Santa María. Allí, trabajó mucho para mejorar las condiciones urbanísticas de la ciudad y municipio, y se preocupó de abrir una Academia para oficiales, con el mismo sistema de la de Ávila, cuya dirección había dejado. En 1780, un año después de haberse iniciado la guerra contra Inglaterra y formalizado el bloqueo de Gibraltar, fue nombrado gobernador militar de Cádiz.

El teniente general O’Reilly trasladó su cuartel general a esta ciudad, importante base naval, desde donde se vigilaba la llegada de los navíos ingleses en auxilio de la Roca y se organizaban las operaciones marítimas con América. Intentó continuar con su política de obras públicas. De hecho, realizó algunas (la fortaleza La Cortadura y los cuarteles de la ciudad). Pero el ministro de Hacienda obstaculizó sus proyectos de más envergadura, al manifestarle que era necesario evitar desembolsos al erario público, salvo los indispensables.

En abril de 1786 (tres años después de la finalización de la guerra contra Inglaterra), O’Reilly cesó en sus cargos, sin quedar claros los motivos de este hecho (por Real Orden de 22 de abril, el Rey “le admitió la dejación de la capitanía general de Andalucía, el Gobierno Militar de Cádiz y la Inspección General de Infantería”). Con permiso del Soberano, se instaló en Madrid en noviembre de aquel año.

1787 fue un año complicado para el conde de Floridablanca. Regresó a España el conde de Aranda de su embajada en París y comenzó a montarse una campaña política de desprestigio contra aquél, con la intención de derribarle. El Rey mantuvo a su primer ministro y fueron desterrados de la Corte varios generales.

O’Reilly fue “destinado” a realizar un reconocimiento de los puertos de Galicia (1788). Un año después, siendo rey Carlos IV, se le autorizó a residir con su familia en Valencia, pero sin misión alguna (capitán general de provincia). Después de estallar la guerra entre España y la Convención Francesa (abril de 1793), solicitó permiso, y le fue concedido, para residir en Sevilla.

Ese año, la ciudad de Tolón (base naval de la flota francesa en el Mediterráneo) se sublevó contra la Convención. Una flota aliada (Inglaterra y Francia) acudió en su ayuda. El Ejército republicano atacaba con dureza a los rebeldes. O’Reilly fue nombrado jefe de la fuerza española de desembarco que el general Ricardos había mandado con la Armada española.

Se puso en camino para embarcar en Cartagena, pero no llegó a hacerlo. Le avisaron de que la ciudad había caído (diciembre de 1793). Se trasladó a la Corte, donde se planeaba la campaña que iba a hacerse en la primavera de 1794. En marzo de ese año falleció el general Ricardos, jefe del Ejército de Cataluña. El Rey nombró al teniente general O’Reilly para sustituirlo y éste se puso en camino hacia Cartagena, donde embarcaría para alcanzar Barcelona. Durante el viaje, O’Reilly se sintió enfermo. Cuando llegó a Bonete (Albacete), no pudo continuar. Sintiéndose mal, hizo testamento. El día 23 de marzo falleció y allí mismo fue enterrado.

O’Reilly contrajo matrimonio con Rosa de Las Casas y Aragorri, con quien tuvo cinco hijos: Pedro Pablo, Rosa, Juan José, Manuel y Alejandro. El rey Carlos III le tuvo un gran afecto y le recompensó con largueza (encomiendas de Benfayán y Esparragosa de Larres; título de conde O’Reilly; merced de hábito de la Orden de Alcántara y premios económicos).

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), exp. personal; Archivo General de Simancas, Estado, leg. 6488; Guerra Moderna, leg. 2592, C-VI; Archivo Histórico Nacional, Órdenes Militares, Alcántara, exp. 1075; Estado, leg. 3025; Consejo de Indias, leg. 20854.

M. Gil, Oración fúnebre sobre el Conde O’Reilly, Cádiz, 1795; J. Pezuela y Lobos, Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la isla de Cuba, vol. IV, Madrid, Imprenta del Banco Industrial y Mercantil, 1863-1866, págs. 163-165; V. Rodríguez Casado, Primeros años de dominación española en Luisiana, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1942; B. Torres Ramírez, Alejandro O’Reilly en las Indias, Sevilla, CSIC, 1969; E. Beerman, “Un bosquejo biográfico y genealógico del General Alejandro O’Reilly”, en Hidalguía, n.º 165 (marzo-abril de 1981).

 

Jesús Maldonado de Arjona