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Melchor Ordóñez Viana

Biografía

Ordóñez Viana, Melchor. Málaga, 28.XI.1811 – Madrid, 23.I.1860. Abogado, ministro.

Hijo de los vecinos de Málaga, Fernando Ordóñez Bustillos, natural de la misma ciudad, y Manuela Viana Achúcarro, natural de Montevideo (Uruguay). Los puestos de corregidor, alférez mayor y regidor perpetuo que, en el Ayuntamiento malagueño, ostentó su padre, enmarcan a la familia Ordóñez en la oligarquía local. A ella siguió vinculado Melchor Ordóñez que, perteneciendo desde 1830 al elitista cuerpo de la Real Maestranza de Ronda, contrajo matrimonio en junio de 1839 con la convecina Rosalía Ortega Ortega, hija de Pedro Ortega Zayas, malagueño y también regidor perpetuo de la corporación de la ciudad, y de María del Rosario Ortega, natural de Buenos Aires (Argentina). Y , contando con el importante basamento económico sobre el que sustentó este enlace, en ese restringido círculo social se mantuvieron los seis hijos procreados.

Pero Melchor Ordóñez no sólo recibió de sus padres los 40.000 reales que, en concepto de arras, aportó al matrimonio, sino también, y antes, los medios suficientes para poder seguir la carrera literaria en la Universidad de Granada y graduarse como bachiller en Leyes. Recibido como abogado por la Chancillería de esta ciudad e incorporado en septiembre de 1834 al Colegio profesional de Málaga, en junio de 1843, comenzó su actividad pública. Entonces, durante la movilización insurreccional que aunó a un sector de los progresistas con los moderados contra el autoritarismo del regente Baldomero Espartero, fue encargado por la Junta de Gobierno establecida en la ciudad del despacho de los dos juzgados de primera instancia de la misma, abandonados por sus titulares. Debió de realizar este cometido a satisfacción tanto de sus conciudadanos como de las fuerzas políticas levantadas, ya que, con su triunfo, primero, en septiembre fue elegido alcalde constitucional y, seguidamente, a la par que se le concedía la Cruz de caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, era nombrado jefe político de la provincia de Málaga. Subsanado lo que —todo lo indica— fue error burocrático de transcripción del nombramiento en la Gaceta, que a Melchor Ordóñez le sirvió para constatar que contaba con el firme respaldo del Ayuntamiento de la ciudad y de la Diputación Provincial, se mantuvo en el cargo hasta que, declarada la mayoría de edad de Isabel II, los moderados se hicieron en exclusiva con las riendas del Estado, para no soltarlas durante diez años. Adscrito a esta fuerza política, la renuncia que presentó, y fue aceptada en enero de 1844, parece que se debió a un desencuentro con el ejecutivo de Luis González Bravo, porque, bajo el que a continuación le sucedió de Ramón María Narváez, ostentando la cartera de Gobernación Pedro José Pidal, volvió a hacerse cargo desde junio de la jefatura política malagueña. En esta ocasión prolongó su mandato algo más de un año, a lo largo del período de definición del sistema político-administrativo moderado, mediante la Constitución doctrinaria de 1845 y la ordenación estrictamente centralizada de la realidad local, que convertía a la institución que ocupaba Melchor Ordóñez en la pieza angular.

En septiembre de este año, tuvo que dejar el puesto debido a la decisión de reunir el gobierno político con el militar, pero la situación de cesantía duró poco, ya que en el mes de febrero inmediato se le encargó la jefatura política de Sevilla. Permaneciendo en el cargo un tiempo similar al anterior, por la labor realizada en octubre de 1846, con motivo del enlace regio, se le concedieron los honores de intendente de Marina y, bajo el dominio de la tendencia puritana del Partido Moderado, en marzo del siguiente año con igual destino retornó a su ciudad natal. Confirmada en junio de 1847 la gracia de la Cruz de comendador de la Real Orden Americana de Isabel la Católica, conferida en octubre de 1843, en septiembre pasó fugazmente por la jefatura política de Valencia. Así, en octubre, con la formación del tercer gabinete del duque de Valencia, asumiendo la cartera de Gobernación Luis José Sartorius, sus servicios como jefe político experimentado fueron requeridos para Cádiz. Aquí, después de recibir en junio de 1848 el título de gentilhombre de cámara de Su Majestad, en septiembre, vigente aún la “dictadura legal” para evitar el contagio de la oleada revolucionaria europea de este año, Melchor Ordóñez se enfrentó a la situación más comprometida de toda su carrera. A pesar de distinguirse por ser un hombre de gran rectitud y de obediencia inquebrantable a los gobiernos a los que servía, entonces, al parecer, se mostró bastante negligente en el cumplimiento de las órdenes de Ministerio referidas al confinamiento en la ciudad de Luis González Bravo y al embarque de Narciso de la Escosura para su destierro a las islas Filipinas. Pues bien, como por ello no sólo era cesado de forma fulminante, sino que también, para impedir que semejante “deslealtad” pudiera reproducirse en un funcionario de tan elevada categoría como la suya, se le removía perpetuamente del empleo público y se le desterraba a Mallorca, Melchor Ordóñez se refugió en Gibraltar. Con todo, este exilio fue muy corto porque, ante las representaciones en su favor de las corporaciones gaditanas, el ejecutivo reconsideró la decisión, levantándole ese “castigo de ejemplar escarmiento”. Además, tras pasar dos meses de cesante, en noviembre se le volvió a encargar el gobierno político de Málaga.

El 28 de diciembre de 1849, el mismo día que los delegados gubernativos provinciales veían fortalecida su posición al aglutinar las atribuciones hasta entonces ejercidas por los intendentes y pasaban a denominarse gobernadores de provincia, Melchor Ordóñez con tal carácter era destinado a Valencia. Aunque el cometido desplegado en este mando fue considerado sobresaliente, y por ello en enero de 1851 se le concedió la dignidad de caballero de la Gran Cruz de la Orden Americana de Isabel la Católica, el enrarecimiento de las relaciones con el capitán general, Juan de Villalonga, ocasionado por una cuestión de los honores militares de las policías locales, impelió al Gobierno a relevarle del cargo en febrero.

El puesto de gobernador de la provincia de Cádiz, que ocupó desde julio, fue de pura transición al que sería el cénit de la carrera pública de Melchor Ordóñez. Así, gobernando el ejecutivo tecnócrata y reaccionario de Juan Bravo Murillo, y ostentando la titularidad del Ministerio de la Gobernación Manuel Bertrán de Lis, en enero de 1852 pasó a encargarse del Gobierno Civil de Madrid. Aunque él resaltara, de la labor aquí desarrollada, las reformas introducidas en el ramo de la beneficencia, por lo que adquirió relevancia fue por la investigación realizada sobre el atentado fallido perpetrado en febrero por el clérigo Martín Merino contra la vida de la Reina. De ahí que, por este cometido, atendiendo a su solicitud, en mayo se le concediera el hábito de caballero de la Orden de Calatrava (a la que también perteneció su abuelo paterno José Ordóñez Gamboa) y el 7 de agosto se le encargara, reemplazando al mencionado antes, la dirección del departamento ministerial en que había desarrollado toda su carrera gubernativa.

Como ministro de la Gobernación de ese retrógrado gabinete, la tarea de Melchor Ordóñez, siendo la misma que su antecesor y que aplicó desde la delegación de Madrid, estuvo orientada a impedir el debate sobre el proyecto gubernativo de reforma constitucional, encaminado al establecimiento de una dictadura civil, hasta su presentación a las Cortes en diciembre. Para ello, contó con la restrictiva legislación de imprenta de abril, pero que resultó insuficiente, dada la generalizada oposición a esa contrarreforma de la prensa de todo el espectro político, con excepción del gubernativo. En esta incapacidad, y no en su distanciamiento del autoritarismo, parece encontrarse la razón de la dimisión presentada (oficialmente argumentando motivos de salud) y aceptada el 15 de noviembre. A ello debe sumarse la imposibilidad de apoyar al ejecutivo en las Cortes al no contar con acta de diputado; algo que sí poseía su sucesor Cristóbal Bordiú Góngora.

La caída, al cabo de un mes, del gobierno de Juan Bravo Murillo por el amplio frente de oposición que suscitó, no terminó ni con las tentativas involucionistas ni con el despotismo ministerial. Pues bien, en este proceso de degradación del régimen moderado estuvo presente Melchor Ordóñez. Así, con el siguiente ejecutivo del conde de Alcoy y bajo la autoridad de Alejandro Llorente y Antonio Benavides como ministros de la Gobernación, desde finales de diciembre volvió a ostentar el cargo de gobernador civil de la capital; y, con los sucesivos gobiernos del general Francisco Lersundi y Luis José Sartorius, ostentando la cartera de Gobernación, respectivamente, Pedro Egaña y el propio Luis José Sartorius, se hizo cargo en comisión desde finales de junio de 1853 del Gobierno Civil de Barcelona. A mediados de julio de 1854 con el levantamiento de signo popular y progresista de la Ciudad Condal y la adhesión del capitán general Ramón de La Rocha, ante la confraternización de las tropas con los sublevados, Melchor Ordóñez cedió el cargo al gobernador militar de Barcelona, José María Marchesi, embarcándose en el vapor Piles con destino a Palma de Mallorca.

Aquí permaneció durante el bienio de hegemonía progresista, abierto ahí con el triunfo de esa movilización, que paralelamente se extendió por toda la geografía nacional. La vuelta a la actividad pública se produjo en octubre de 1856, cuando los moderados tradicionales, liderados por Ramón María Narváez, reasumieron las riendas del poder. Así, ocupando Cándido Nocedal la cartera de Gobernación en el ejecutivo presidido por aquél, Melchor Ordóñez fue nombrado de nuevo en comisión gobernador civil de Barcelona. Sin embargo, esta vez no sólo no perduró todo el mandato de este gobierno, al cesar en el cargo en febrero de 1857, sino que entonces terminó definitivamente su carrera político-gubernativa.

La deplorable situación en la que se encontraba la beneficencia madrileña parece que le afectó sobremanera cuando fue gobernador civil, procediendo a reorganizarla y al establecimiento bajo su iniciativa del Hospital de Incurables. Pues bien, con el retiro retomó esta actividad benéfica, fundando el Monte Pío Universal, del que fue director hasta el final de sus días, que concluyeron en su domicilio de la calle Visitación de Madrid el 23 de enero de 1860.

Se extinguía aquí la vida de Melchor Ordóñez, en la que a esta preocupación social debe sumarse la literaria y artística. A ella corresponden, de una parte, su vinculación a las sociedades de amigos del país de distintas provincias, descollando la de Málaga, de la que fue presidente, y la de Sevilla, de la que fue socio de número. También aquí, en la ciudad hispalense, fue académico fundador de la de Jurisprudencia y Legislación, socio de mérito de la de Emulación y Fomento de la Ilustración, Agricultura, Artes y Comercio, y miembro de la de Ciencias Exactas y Naturales. De otra parte, no debe olvidarse su gran afición a la música, siendo uno de los barítonos más notables de su época, que actuó en las principales reuniones filarmónicas de Málaga y Madrid. Su hija mayor, Manuela, heredó esta vocación, destacando como una excelente mezzo soprano.

 

Obras de ~: Memoria sobre las reformas introducidas en el ramo de Beneficencia de la provincia de Madrid por el gobernador de la provincia Don ~, Madrid, Imprenta de José María Alonso, 1852.

 

Bibl.: B. Saldoni, Diccionario biográfico-bibliográfico de efemérides de músicos españoles, vol. I, Madrid, Imprenta de Antonio Pérez Dubrull, 1868-1881, págs. 191-192 (ed. facs. Valencia, Librerías París-Valencia, 1995); Los Ministros en España desde 1800 a 1869. Historia contemporánea por Uno que siendo español no cobra del presupuesto, vol. III, Madrid, J. Castro y Cía., 1869-1870, pág. 862; F. Guillén Robles, Biografías de algunos célebres letrados que pertenecieron al Ilustre Colegio de Abogados de Málaga, Málaga, Imprenta de Carreras e Hijos, 1876, págs. 115-117 (reprod. Ilustre Colegio de Abogados de Málaga. Segundo Centenario de su fundación, 1776-1976, Málaga, Colegio de Abogados de Málaga, 1983); P. Vela de Almazán, Relación de los Caballeros maestrantes de Ronda, Sevilla, Granada, Valencia y Zaragoza desde la creación de estos cuerpos hasta la fecha, Úbeda (Jaén), Est. Tipográfico de La Loma, 1905, pág. 140; M. Risques Corbella, El Govern Civil de Barcelona al segle xix, Barcelona, Publications de l’Abadia de Montserrat, 1995.

 

Javier Pérez Núñez