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Alonso Fernández de Lugo

Biografía

Fernández de Lugo, Alonso. Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), m. s. xv – San Cristóbal de La Laguna (Santa Cruz de Tenerife), 20.V.1525. Conquistador de las islas de La Palma y Tenerife, primer adelantado de las Islas Canarias y gobernador vitalicio de Tenerife y La Palma.

Nacido en el seno de una familia hidalga de origen gallego por el lado paterno y de armadores sevillanos por el materno, fue el segundo hijo de Pedro Fernández de Lugo y de Inés de las Casas. En 1478 se alistó en la expedición que al mando del capitán Juan Rejón y del deán Bermúdez partió a la conquista de Gran Canaria. Tomó partido por Pedro del Algaba que era su pariente (Lugo estaba casado con Violante de Valdés, hermana de la mujer de Algaba) y tras los sucesos que condujeron a la muerte de éste en mayo de 1480, fue desterrado por algún tiempo en El Hierro. De esta isla pasó a Castilla, de donde regresó con el nuevo capitán de la conquista, Pedro de Vera, bajo cuyas órdenes combatió hasta la rendición definitiva de Gran Canaria. Vera le encomendó las operaciones del noroeste de la isla y la alcaidía de la torre que ordenó construir en Agaete, en la que se guareció con treinta soldados. Según un alegato que el conquistador presentó para hacer valer sus méritos, permaneció cuatro años en esta torre, “donde cada día peleaban, e fue muchas veces herido e sufrió muchos trabajos e hombres e muertes de criados y parientes e otras personas e otras muchas afrentas e peligros, hasta llegalle a poner fuego a la torre e pegárselo e desamparar la torre por temor del fuego e salir a pelear al campo”. Desde el 1 de febrero de 1482 contó en esta misión con la colaboración de Fernán Peraza, señor de La Gomera, quien, condenado a servir en la conquista de Canaria por la muerte del capitán Juan Rejón, acudió con ciento cincuenta hombres de La Gomera, Lanzarote y Fuerteventura y doce caballos. Fernández de Lugo tuvo un destacado papel en la rendición de Doramas, por lo que concluida la conquista de la isla recibió una extensa data en Agaete. En estas tierras se instaló con su mujer y sus hijos Pedro y Fernando, fundó una hacienda e hizo un ingenio de azúcar que explotó durante siete años.

A finales de 1491, tras el fin del gobierno de Vera y la muerte de su primera mujer, Alonso Fernández de Lugo marchó a Castilla para negociar con la Corona la conquista de La Palma. Las capitulaciones pactadas a tal fin estipulaban que Alonso Fernández debía dirigir las operaciones militares y cubrir todos los gastos, recibiendo en contrapartida el “quinto de la Corona” sobre las presas de La Palma, la mitad del quinto del botín y rescates de las cabalgadas que se hicieran en Tenerife y Berbería, la promesa de 700.000 maravedís de ayuda que habían de ser descontados de la otra mitad del quinto de las cabalgadas, y el gobierno vitalicio de la isla.

Para la financiación de la empresa, Lugo formó compañía con el genovés Joanotto Berardi y el florentino Francisco de Riberol, vecinos de Sevilla. La sumisión de La Palma se logró dentro del año de plazo concedido por la Corona, contando con la colaboración de dos de los bandos palmeses. Entonces Fernández de Lugo regresó a la Corte para negociar condiciones para la conquista de Tenerife mediante las llamadas “Capitulaciones de Zaragoza”. En ellas se rebajaba el plazo para conquistar Tenerife a diez meses, se confería a Alonso Fernández el oficio de gobernador y justicia con facultad para hacer repartimientos en la isla, se prometía el transporte de las tropas por medio de la armada de Vizcaya, y se concedía exención completa de impuestos sobre los mantenimientos para la expedición. Esta vez Lugo concertó sociedad con Mateo Viña y otros mercaderes.

La parte principal de la tropa se reclutó en Sevilla y a ella se sumó, en Las Palmas, un contingente de veteranos de la conquista de Gran Canaria, indígenas canarios, y “gentes de las islas”, es decir, pobladores de las islas de señorío. La primera intentona de Lugo tuvo un final trágico cuando en el curso de una cabalgada, en una imprudente penetración por el barranco de Acentejo, los castellanos cayeron en una celada guanche de la que resultó el mayor descalabro sufrido por los castellanos en la conquista de las Islas Canarias. Conocida esta derrota como la “matanza de Acentejo”, Lugo perdió en ella centenares de hombres, quedando él mismo herido en la cara de una pedrada.

Tras este mal paso, organizó una apresurada evacuación y comenzó a replantear la conquista, negociando en la Corte plazos más largos. Para este nuevo intento contrató con el duque de Medina Sidonia el apoyo de una fuerza curtida en las guerras granadinas, que ascendió a mil peones y cincuenta caballeros. A estas alturas, Lugo estaba tan endeudado que tuvo que poner en venta los restos de sus bienes —incluyendo el ingenio de Agaete—, y dar a sus dos hijos como aval de la deuda que contrajo con Beatriz de Bobadilla, por los hombres y pertrechos que aportó como señora de La Gomera, valorados en 600.000 maravedís. Además, formó otra compañía para financiar los nuevos gastos con Mateo Viña, Nicolás Angelate, Francisco Palomar y Guillermo Blanco.

Tras un desembarco de peones y escuderos con el cometido de edificar dos torres o fortalezas, Alonso de Lugo pasó de Gran Canaria a Tenerife con un ejército formado por muchos parientes y deudos, algunos supervivientes de la derrota de Acentejo, hombres de confianza del Rey —como Hernando del Hoyo, Diego Maldonado y Antonio de Arévalo— y los setecientos hombres al mando del capitán Bartolomé de Estopiñán, aprestados por el duque de Medina Sidonia.

Las tropas castellanas, que según Rumeu sumaban alrededor de mil quinientos peones y un centenar de jinetes, llegaron a Añazo, base de operaciones en Tenerife, a comienzos de noviembre de 1495, y con ellas el conquistador pudo desquitarse de los guanches en sendas batallas: la reñida en los Llanos de Aguere o de La Laguna el 14 de noviembre y otra nueva batalla en Acentejo, esta vez victoriosa, el día de Navidad de 1495. Ambas resultaron decisivas para la suerte de la isla de forma que, tras ellas, las operaciones militares se redujeron a actuaciones de limpieza de focos de resistencia, capturas de esclavos y botín.

A fines de 1496, Alonso de Lugo obtuvo el reconocimiento real de la gobernación vitalicia de La Palma (5 de noviembre de 1496) y Tenerife (5 de diciembre de 1496). Este oficio tenía aparejados poderes civiles, judiciales y militares, la potestad de nombrar y deponer lugartenientes, alcaldes y alguaciles, así como la de admitir y expulsar pobladores de la Isla. Por otra carta, de idéntica fecha, se modificaban, ampliándolas, sus atribuciones en la isla de Tenerife. Si en las capitulaciones se estipulaba que los reyes nombrarían una persona que efectuase el repartimiento junto con el conquistador, ahora se le permitía repartir casas, tierras y aguas.

La actuación de Alonso de Lugo en la conquista de Tenerife fue sometida a juicio en 1497 ante el juez de Términos de Sevilla, el licenciado Maluenda. A pesar de la pérdida de estos autos, se sabe que en ellos depusieron el obispo Muros y el gobernador de Canaria Lope Sánchez de Valenzuela. Asimismo se sabe que el resultado de dicha pesquisa fue la orden de poner en libertad a los guanches de paces indebidamente cautivados, lo que sin duda supuso un quebranto económico para Lugo.

A partir de entonces, Alonso Fernández de Lugo inició un largo período de gobierno personal al frente de los cabildos de Tenerife y La Palma —nombrando y deponiendo incluso regidores, facultad que se le había concedido a Pedro de Vera pero no a él—. Su primer empeño fue garantizar la repoblación de las islas de su gobernación, especialmente la de Tenerife. Para ello intervino activamente en la atracción de pobladores, en el trazado de la capital, San Cristóbal, y en el proceso de repartimiento de la isla. Éste, según Serra Ráfols, siguió cuatro criterios: repartir las datas de regadío en suertes pequeñas; dar las de secano a centenares; tener mayor consideración con los conquistadores que con los simples pobladores y con los caballeros que con los soldados de infantería; y finalmente, no excluir de este beneficio a los naturales de las islas.

La característica más destacada del repartimiento fue tanto la variedad de fórmulas como la diversidad en los aprovechamientos y las medidas aplicadas en cada caso, pues no sólo se repartían tierras sino también cuevas, aguas, asientos de colmenas y solares.

Al mismo tiempo, Alonso de Lugo intentó ampliar su dominio en el archipiélago valiéndose de un doble matrimonio. El primero, celebrado en 1498, entre su hijo Pedro e Inés de Herrera; el segundo, entre él mismo y la famosa Beatriz de Bobadilla, madre de la anterior y viuda del señor de La Gomera y El Hierro.

Dado que Inés Peraza y Diego García de Herrera habían fundado mayorazgo de todos sus bienes y señoríos a beneficio de Fernán Peraza, a la muerte de Inés de Herrera en 1503, Lugo como tutor de sus hijastros, Guillén e Inés, intentó tomar posesión con el respaldo de una fuerza armada. Lo que consiguió en Fuerteventura pero no en Lanzarote, donde Pero Fernández de Sayavedra le negó la entrada. Sus planes quedaron definitivamente arruinados por la aparición de un testamento y codicilo en el que Inés Peraza revocaba el citado mayorazgo.

Otra de las aventuras del inquieto Alonso de Lugo tuvo por escenario la costa africana. En 1499 concertó en Granada nuevas capitulaciones con los monarcas en las que se comprometía a edificar tres fortalezas, capaz de albergar cada una cien jinetes y doscientos peones: dos en la costa africana —en el cabo Bojador y en Asaca— y otra en el interior, en Tagaos. A cambio recibiría 365.000 maravedís anuales y el título de capitán general de la Berbería desde el cabo de Aguer hasta el de Bojador. Estos proyectos tampoco fructificaron y terminaron con una desastrosa retirada en la llamada batalla de las Torres, en las que dejó tras de sí los cadáveres de muchos de sus hombres, entre ellos, el famoso aborigen canario Pedro Maninidra. Quizá por evitar conflictos diplomáticos con Portugal, los Reyes ordenaron a Lugo que abandonase sus proyectos de asentamiento en África.

En un viaje realizado a la Corte en 1502 se le concedió el título de adelantado de las Islas de Canaria, quizá como compensación por el quebranto sufrido en la aventura de Berbería, al fin y al cabo una operación en servicio real. Si a priori este nombramiento debía tener un carácter esencialmente jurisdiccional —en materia de apelaciones— y militar, debido a las limitaciones impuestas al mismo tuvo un carácter meramente honorífico: “contando que por este título no podades por vos ni por otra persona tener ni tengades aquellas exenciones de jurediçión alguna ni podades conocer ni conoscades de las apelaciones que fueren interpuestas en las dichas islas”. Estas restricciones se reiteraron en la carta real de confirmación rubricada por doña Juana el 17 de agosto de 1519.

Ante las protestas llegadas a la Corte por la concesión de datas en el proceso de repartimiento, se encomendó al licenciado Juan Ortiz de Zárate la comisión de reformar los repartimientos de las islas de realengo.

Ortiz de Zárate llegó a las islas en marzo de 1506 y se aplicó a ejercer la labor encomendada. Como el plazo dado por la Corte para su labor era de un año y resultó insuficiente, la Reina, a petición de los vecinos de Tenerife concedió una prórroga de un año.

En 1508, ante las peticiones de Alonso Sánchez de Morales, personero de Tenerife, el gobierno de Lugo se sometió a la primera de las tres residencias que tuvo que encarar, la desempeñada por Lope de Sosa.

A partir de entonces se abre una nueva situación en el gobierno de Alonso Fernández de Lugo en la isla de Tenerife. Si recién concluida la conquista el gobernador actuaba con notoria autonomía en su gobierno, eligiendo a su conveniencia regidores, jurados, teniente y alcalde mayor entre sus parientes y deudos, la Corona comenzó progresivamente a poner coto a las extralimitaciones del adelantado con una serie de medidas de control y freno. Éstas pueden sintetizarse en dos puntos: en primer lugar, el nombramiento de jueces de residencia —el licenciado Lope de Sosa en 1508, el licenciado Sebastián Bricianos entre 1518 y 1520 y el licenciado Bartolomé Suárez, quien llegó después de la muerte de Lugo—; en segundo lugar, imponiendo al Adelantado tenientes de gobernador nombrados por el Consejo de Castilla. Este procedimiento se ensayó durante los siete años que median entre 1511 y 1518, período en el que se sucedieron el licenciado Cristóbal Lebrón, Cristóbal de Valcárcel y el doctor Lebrija. Los tenientes entre otras actuaciones, se opusieron a que Lugo nombrara regidores, logrando el licenciado Lebrón restituir esta potestad a la Corona en 1512, lo que tuvo importantes consecuencias en la progresiva emancipación del regimiento con respecto a la tutela del adelantado y en la formación de un grupo de poder oligárquico político tinerfeño.

La última residencia dispuesta para examinar el gobierno del viejo conquistador se encomendó el 4 de enero de 1525 al licenciado Bartolomé Xuárez, pero no pudo llevarse a cabo pues Alonso Fernández murió en su casa de La Laguna el 20 de mayo de 1525, cinco días antes de que Xuárez se presentase en Cabildo.

Había otorgado testamento en Santa Cruz de Tenerife el 13 de marzo de 1525.

 

Bibl.: J. Rodríguez Moure, Los Adelantados de Canarias, La Laguna, Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, 1941; L. de la Rosa Olivera y E. Serra Ráfols, El Adelantado D. Alonso de Lugo y su Residencia por Lope de Sosa, La Laguna, Instituto de Estudios Canarios en la Universidad de La Laguna, 1949; Acuerdos del Cabildo de Tenerife (1497- 1507), La Laguna, Instituto de Estudios Canarios en la Universidad de La Laguna, 1949; A. Rumeu de Armas, Alonso de Lugo en la Corte de los Reyes Católicos (1496-1497), Madrid, Patronato Marcelino Menéndez Pelayo, 1952; E. Serra y L. de la Rosa, Acuerdos del Cabildo de Tenerife II (1508-1513), La Laguna, Instituto de Estudios Canarios en la Universidad, 1952; Reformación del Repartimiento de Tenerife. 1506, Santa Cruz de Tenerife, Instituto de Estudios Canarios en la Universidad de La Laguna, 1953; E. Serra Ráfols, Alonso Fernández de Lugo (Primer Colonizador Español), Santa Cruz de Tenerife, Aula de Cultura, 1972; A. Rumeu de Armas, La Conquista de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, Aula de Cultura, 1975; F. J. de Abreu Galindo, Historia de la Conquista de las siete Islas de Canaria, Santa Cruz de Tenerife, Editorial Goya, 1977; E. Serra Ráfols, Las Datas de Tenerife (Libros I a IV de datas originales), La Laguna, Instituto de Estudios Canarios, 1978; E. Aznar Vallejo, La Integración de las Islas Canarias en la Corona de Castilla (1478-1526), Las Palmas de Gran Canaria, Cabildo Insular, 1992 (2.ª ed.); L. Fernández Rodríguez, “La formación de la oligarquía concejil tinerfeña durante los siglos xvi y xvii: una propuesta de periodificación”, en Revista de Historia Canaria, 179 (1997), págs. 126-127.

 

Eduardo Aznar Vallejo