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Marco Valerio Marcial

Biografía

Marcial, Marco Valerio (Marcus Valerius Martialis). Calatayud (antes Bilbilis) (Zaragoza), 31.III.38-41 ‒ 100-101. Poeta y satírico latino.

Nació el 31 de marzo de un año comprendido entre el año 38 y el 41, en Bilbilis, cerro de la Bámbola, en el término de la actual Calatayud, que recordará siempre en su obra (así: 1, 49; 4, 55; 10, 103 y 104; 12, 18), era hijo, como él mismo informa, de un Valerio Frontón y su madre se llamaba Flacila (Flaccilla), y murió en la ciudad que le vio nacer el 100-101 d. C. A sus padres ya muertos encargó de recibir en el Tártaro a su esclavita Eroción de cinco años en un delicado y delicioso poema funerario (5, 34). Se trataba sin duda del hijo de una familia de notables locales, aunque su padre parece haber sido zapatero, sutor (9, 73, 7-10), una industria artesana que pudo proporcionarle una educación cuidada y los medios y la voluntad de probar, como otros muchos, fortuna en la propia metrópolis: Roma. Marcial lo hará en el año 64, seguramente con la intención de dedicarse a la abogacía o a la declamación. Él mismo en su obra se atribuye un fracaso en sus intenciones y la necesidad de llevar una vida de “cliente” de otros más poderosos y afortunados, quizás fuera consecuencia de ello. Se atribuye a los hispanos presentes en Roma el haber asumido la misión de protegerle, en especial Séneca el filósofo y sus dos hermanos así como el orador y tratadista calagurritano Quintiliano. La desgracia que se cernió sobre los Annaei, después de la conjuración de Pisón en el año 65, y que conllevó el suicidio del filosofo debieron también afectar al joven Marcial que tuvo que buscarse nuevos protectores. Como sucede a menudo con las obras literarias antiguas, se tiende a considerarlas injustificadamente como elementos biográficos y se extrapola de ellas noticias que no tienen mayor fundamento que el estar presentes en la obra del autor aplicadas tópicamente o referidas a otras circunstancias.

En este ámbito se deben situar las suposiciones sobre la pobreza, casi miseria, en que vivió Marcial, motivadas por sus continuas quejas sobre la carestía de la vida de una ciudad como Roma. Disponía de casa propia, aunque se quejaba de su incomodidad, del servicio de esclavos y de una pequeña propiedad en Nomentum, la actual Mentana. Evidentemente no logró la siempre ansiada protección imperial, que se esforzó en obtener, sobre todo de Domiciano; no obstante, altos personajes, como se verá, parecen haberse interesado por él y gozó de una relativa notoriedad en los ambientes culturales de la ciudad, aunque no en la medida esperada por el poeta que se queja de la monotonía y de la servidumbre impuesta por la necesidad de encontrar patronos a los cuales acudir para satisfacer sus necesidades, paseos, conversaciones, termas, cenas personajes más o menos ridículos son en su obra el reflejo de una vida social que le parece vacua, pero que practica asiduamente, y que le aparta de su obra que, sin embargo, va creciendo y se va difundiendo en Roma. La búsqueda expresa de un nuevo mecenas que le dé el ocio que aquél concediera a Virgilio y a Horacio es explicita en su obra (1, 107) y acorde con su actitud de vida. El carácter rebuscadamente gruñón, por así decirlo, de Marcial, es una de sus claves de lectura, que se combina con una cierta nostalgia de su patria, idealizada, a la que finalmente volverá. Este hecho se producirá en los primeros momentos del reinado de Trajano y ha sido leído por algunos especialistas como medio de evitar represalias, o simplemente desconsideración, por la abierta búsqueda de la protección de Domiciano presente en su obra. No se sabe quién pudo ser el Liciniano de Bilbilis al que el poeta dedica un poema de despedida ante un viaje, un propémtico (1, 49), pero, por el tono de Marcial, se puede suponer que no se trataba tan sólo de un compatriota sino de uno de sus protectores, y era, sin duda, lo explicita el poeta, amigo de Licinio Sura, pero no se ha podido precisar, por el momento, la protección que pudo eventualmente proporcionarle a su vez el valido de Trajano y todopoderoso estadista Lucio Licinio Sura, natural probablemente de Tarraco, la capital de la provincia de origen del poeta, mencionado elogiosamente en la obra de Marcial. El regreso a Hispania y a Bilbilis está bien documentado, se produjo en el año 98 y contó con la ayuda económica de Plinio el Joven, que lo recuerda en una de sus cartas, cuando recuerda, dirigiéndose a su amigo Cornelio Prisco, en 100-101 la noticia de la muerte del poeta que le acababa de llegar (III, 21). El elogio era muy importante, ya que afirmaba que “era un hombre ingenioso, agudo, punzante, que tenía además al escribir una gran capacidad de gracejo, con una carga no menor de amargura y de sinceridad”. Da además Plinio la razón del viático otorgado al poeta a su partida por su amistad y por los “versitos” que le había dedicado, que reproduce, siguiendo con ello una antigua costumbre, que lamenta perdida, de premiar a los poetas con honores o dinero. Un papel muy particular parece haber jugado en su regreso y acogida en su ciudad natal una viuda de disponibilidades económicas amplias, Marcela, que le facilitó los medios materiales y una finca donde terminar sus días, movida a lo que parece por la admiración que profesaba al poeta, aunque algunos han querido interpretar erróneamente que se trató de un matrimonio o de una relación amorosa, por la denominación de domina que le da el poeta. La descripción del donativo de Marcela está contenida en 12, 31, donde es comparada indirectamente con Nausica y la propiedad recibida denominada “pequeño reino”.

La obra de Marcial está constituida exclusivamente por epigramas que llenan el Libro de los espectáculos titulado simplemente epigrammaton liber y los catorce libros que le siguen, numerados a continuación a partir del 1 al 14, que constituyen la obra hasta ahora conocida que compuso el poeta.

Evidentemente se trata de un conjunto de libros que pasa por diversas etapas de redacción y que es el producto de diversos estados de la obra en vida del mismo poeta, en realidad de sucesivas ediciones. Desde su llegada a Roma en el año 64 hasta el año 80 no se sabe nada de su obra, que sin duda debió existir, debió circular y fue seguramente la clave de su fama, él mismo recuerda estas obras anteriores (1, 113) remitiendo a Quinto Valeriano Polión que parece haberlas conservado y seguramente puesto en circulación. La fama de sus libritos (libelli) es reconocida con gracia por el proprio poeta (así, por ejemplo, en 1, 29). El hecho de que Marcial se lamente repetidamente de los plagios de los cuales es objeto, es una demostración más de su popularidad y del general conocimiento de su obra al menos en los círculos literarios. El Liber spectaculorum es el más antiguo y sobre el que puso mayores esperanzas Marcial y fue compuesto en torno al año 80, muy probablemente con motivo de la inauguración del anfiteatro flavio, el Coliseo, en Roma.

Presenta este libro características propias que lo individualizan y separan de la continuación posterior de la obra de Marcial, se trata muy probablemente del punto de inflexión también respecto a la obra anterior no llegada hasta nosotros. Los Xenia que contiene el libro XIII y los Apophoreta que contiene el libro XIV parecen haber sido compuestos en diciembre del año 84 o del 85. Los libros I y II datan posiblemente del año 84 o de principios del 85 y aparecieron también más tarde separadamente. Del 87 o del 88 data el libro III, el IV de diciembre del 88 y el V de otoño del 89. El libro VI se data en el año 90 a finales del verano y el VII en diciembre del 92. Les suceden el libro VIII en el 93, el IX en el verano del 94 y el libro X en diciembre del 95 en primera edición, hoy perdida, y de nuevo en el verano o el otoño del 98, que ha llegado hasta nosotros. De principios del año 97 es el libro XI y el XII, el último de la producción de Marcial parece haber visto la luz en el invierno del 101 o en la primavera del 102. Una labor incesante y productiva que cubre tan sólo los últimos años de la estancia de Marcial en Roma e informa de su estado de espíritu cuando de nuevo en Bilbilis compuso su último libro de poemas.

Marcial considera su obra con fingida ligereza en una “captatio benevolentiae” evidente del favor del lector o el oyendo, las denomina bromas, pequeñeces, juegos por dar sólo algún ejemplo (sales, nugae, ioci, etc.). Se trata evidentemente de un tópico literario, que empleó también Catulo, que nada tiene que ver con el real aprecio del poeta por su propia obra y con lo trabajoso de la labor de lima que conlleva una aparente sencillez conceptual y formal. La búsqueda de la brevedad (brevitas) expresiva constituye una de las claves de composición y, por tanto, de lectura del poeta. Su conocimiento excepcional de todo el conjunto de ingredientes necesarios para una obra culta de los exempla históricos a los elementos mitológicos y las reminiscencias literarias producen en su afán de síntesis un efecto redoblado, la intertextualidad halla en su obra un ejemplo privilegiado y sutilmente tejido en su trama poética. La cultura de la época flavia queda reflejada en su obra en su más alto grado. Se ha podido constatar además que la dependencia de Marcial de modelos griegos en especial alejandrinos es especialmente poco evidente, y, en todo caso, indirecta a través de modelos del siglo i. Una cuidada técnica producirá una buscada variación de temas y motivos que es otra de las características principales de su producción.

El contenido de la obra de Marcial, constituida por un total de 1.555 epigramas, es muy variado y se mueve en los temas más dispares que lo muestran como un fino conocedor del género humano y un acerbo, pero incluso irónicamente comprensivo, de sus debilidades. Su condición de moralista es uno de los temas más tratados y su conocimiento de las cuestiones que juzga han sido muchas veces consideradas en su contra, como producto de quien las observa y crítica desde dentro. Este hecho se hace especialmente evidente en su poesía erótica, donde la licencia que se concede el poeta es muy grande, aunque siempre desde el prisma de la crítica e intentando, en algunos casos, oponer la moral tradicional y los ideales de la vida familiar a los excesos, que quedan, sin embargo, convenientemente destacados como seguramente sus lectores esperaban en un tono lúdico y desenfadado, lo cual se acentúa todavía más cuando su epigrama se transforma casi en una invectiva sexual, de una aparente ferocidad teñida de ironía, retratando personajes masculinos y, especialmente, femeninos con rápidos y eficaces trazos. No falta el tratamiento ejemplar de figuras como la de Arria, esposa de Peto (1, 13), que intentan compensar, mediante la variación, la fijación sobre la temática más criticada. Las sospechas sobre sus costumbres debieron ya expresarse en su período vital, ya que el poeta se defiende en su obra de estas acusaciones contraponiendo la parte licenciosa de su obra a la pureza de su propia vida (por ejemplo, 1, 4, 8). Imágenes de caza de enfrentamiento entre animales son recurrentes en su obra, como motivos de comparación, como excursos, incluso como temas reales de juegos, que lo aproximan en cierto modo a la fábula, salvadas las distancias. El tema de las liebres y leones es especialmente recurrente. Marcial no puede menos que ser consciente de la demanda de mordacidad por parte de su público, el mismo género epigramático la requiere y el ridículo o la ridiculización constituyen un arma muy afilada, su epigrama debe moverse para gustar en el borde mismo de la sátira.

Amigo de sus amigos y despiadado con sus enemigos, su obra se desenvuelve con un humorismo a veces delicado y otras veces con sal gruesa, aunque siempre intentando hacerse perdonar indicando que se trata de un juego inofensivo en el fondo; de aquí los nombres fingidos y la reiterada voluntad de no herir y de no producir ni quejas ni rencores. Evidentemente a pesar de las protestas y de las afirmaciones del poeta, nos hallamos de nuevo ante unas proclamas tópicas que sin duda enmascaran más de una desazón o disgusto como consecuencia directa de sus versos. Como crítico literario su afilada sátira se hace todavía más sutil y evidente. La ternura no falta en su obra, sin embargo, como contrapunto de su personalidad que hace que una parte de la crítica haya querido definirlo como un hombre bueno inmerso en la compleja sociedad de su tiempo, en la que lucha con las armas de que dispone para abrirse camino. Excelente retratista y conocedor de la sociedad, entra en aspectos de la vida cotidiana con un gran conocimiento técnico y social que hacen que su obra sea indispensable para tener una imagen vívida de su tiempo. Los Xenia y los Apophoreta la colección de etiquetas para acompañan con ocasión de los Saturnales son un buen ejemplo de esta minucia de observación y del aprecio por las cosas incluso mínimas de la sociedad en la que vive de la que es un reflejo, hoy por hoy, indispensable. Sus creencias son desde un punto de vista de la religiosidad las propias de un hombre de su tiempo y presentan la típica poca comprensión, sino aversión, por los cultos orientales propia de las elites de su momento.

Entre los temas que en los últimos tiempos van siendo considerados de Marcial se puede destacar lo que podríamos llamar “poesía funeraria”, en la que desenvuelven con elegancia e ingenio, tópicos y fórmulas usuales presentes incluso en las inscripciones.

Se pueden añadir también aquellos casos en que sus poemas adquieren un carácter epistolar, en ambos casos se trata de una tradición de raigambre latina que el poeta sabe explotar de forma magistral.

Tal como Marcial era perfectamente consciente de su pertenencia a una tradición poética y se sitúa, sin asomo de rubor, en ella su propia obra y fama entran en esa misma continuidad y producen una fértil secuencia histórica posterior. Lo conoció sin duda Isidoro de Sevilla a las puertas de la Edad Media. Los florilegios medievales recogen partes de su obra en abundancia y la literatura medieval lo conoce perfectamente.

La teorización renacentista hasta el siglo xvii lo toma como base para su poética del epigrama, Du Bellay, Escalígero, Pontano lo discuten y aprecian. La pervivencia de Marcial en la literatura española es muy notable, en un camino que entrecruza, sin embargo, numerosas tradiciones de clásicos latinos. Su presencia en el marqués de Santillana, en el infante don Juan Manuel, en Juan de Mal Lara, o más tarde en Quevedo, que lo tradujo en parte, queda fuera de toda duda, y no podía faltar tampoco en Lope de Vega. Miguel de Cervantes lo conoce, lo imita y lo menciona en el Quijote y lo utiliza con relativa frecuencia en las Novelas ejemplares. Baltasar Gracián lo utilizó copiosamente, incluso para reforzar con su ejemplo su propia preceptiva, y está presente también en la obra de Bartolomé Leonardo de Argensola y de otros literatos, preceptistas, poetas y tratadistas no menos interesantes; numerosas traducciones, las más sólo parciales, jalonan la tradición hispánica del poeta, que ha sido objeto además de numerosas traducciones modernas y continúa siendo objeto de interés de primer orden en los estudios filológicos.

Podemos incluso decir que tiene en el momento actual un peso específico muy importante en la literatura contemporánea, en especial en la poesía.

No ha perdido vigencia la valoración del poeta que hizo su amigo Plinio el Joven (Cartas, 3, 21, 6) y que sintetiza perfectamente la intención de la obra de Marcial: “No serán quizás eternas las cosas que escribió, pero él las escribió como si tuvieran que serlo”, consciente de que los versos que le había dedicado Marcial contenían “lo más grande que puede ser regalado a un hombre: la gloria, la alabanza y la eternidad”. La pervivencia y actualidad de su obra seguramente han superado con mucho las suposiciones de Plinio y han cumplido seguramente las esperanzas de Marcial.

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Marc Mayer