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Joaquim Mir Trinxet

Biografía

Mir Trinxet, Joaquim. Barcelona, 6.I.1873 – 27.IV.1940. Pintor.

Hijo del dueño de una pequeña mercería barcelonesa, originario de la Garrocha, la comarca pictórico- paisajística por excelencia en la Cataluña ochocentista. Condiscípulo, en la escuela primaria, del futuro pintor Isidre Nonell. Muy joven todavía pintó al lado de Ricard Urgell y del futuro novelista —y también pintor— Prudenci Bertrana. Discípulo de Lluís Graner —hay obras de esta época muy similares a otras de su maestro— y de la escuela oficial de la Llotja en Barcelona (por lo menos en el curso 1894-1895), trató allí a una serie de jóvenes pintores —Nonell, Canals, Pichot, Juli Vallmitjana, Adrià Gual— con los que integró el grupo informal de la colla del Safrà —en castellano sería “pandilla del Azafrán”—, llamado así por los intensos colores cadmios que utilizaban en los paisajes suburbiales que eran motivo central de su obra. Como muchos otros paisajistas de su tiempo, peregrinó a Olot atraído por el prestigio de Joaquim Vayreda (Voltants d’Olot, c. 1894, Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya).

Expuso por primera vez en la General de Bellas Artes de Barcelona de 1894 (Sol i ombra, Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya), y al año siguiente ganó el premio de la Sociedad Económica de Amigos del País de Barcelona por su pintura L’estiu “Colònia escolar”, conservada en la sede de esta entidad, y copió obras de Velázquez en Madrid, donde concursó sin éxito por una pensión de pintura de paisaje a Roma, convocada por la Academia de San Fernando.

En 1896 expuso obras en el Círculo Artístico de Barcelona y conseguiría una tercera medalla en la Exposición General de Bellas Artes de Barcelona por L’hort del rector (Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya), y en 1897 mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid. En una rara incursión suya en el campo de la ilustración literaria puso imágenes a la novela de Narcís Oller L’escanyapobres (1897) e hizo algunas composiciones del mismo tipo para las revistas Quatre gats, Hispania y L’Esquella de la Torratxa.

Asiduo del cenáculo modernista de Els Quatre Gats de Barcelona, expuso allí ya en 1897, como lo hacía a menudo en la Sala Parés. Su ambiciosa obra La catedral dels pobres (1898, col. Carmen Thyssen-Bornemisza) —expuesta en la General de Bellas Artes barcelonesa de 1898—, centrada en un grupo de pordioseros en las obras del templo de la Sagrada Familia de Gaudí, es la que mejor caracteriza la actitud inicial de toda la generación posmodernista catalana a la que Mir perteneció de lleno, por su colorismo postimpresionista y a la vez su temática social. En una nueva incursión a Madrid ganó 2.ª Medalla en 1899 por L’hort de l’ermita (Madrid, Museo del Prado) y fracasó en un nuevo intento de ganar la pensión a Roma, cosa que le irritó de tal manera que destruyó el paisaje con el que concursó, magnífico según Nicanor Piñole, también concursante sin premio.

Desengañado por el fracaso oficial, Mir emprendió una carrera bastante atípica, al margen de todo, e incluso extrañamente lejos de París, meta anhelada de la mayoría de pintores catalanes de su generación.

Ayudado económicamente por su pariente el industrial Avel.lí Trinxet, que se convirtió de hecho en su marchante, pasó largas temporadas en Mallorca entre 1899 y 1904. Allí coincidió con Santiago Rusiñol, con el pintor simbolista belga William Degouve de Nuncques y con un extraordinario paisajista mallorquín, Antoni Gelabert, que nunca alcanzaría el éxito que sin duda merecía. La producción mallorquina de Mir es de una extraordinaria creatividad: trata el color y lo aplica con una modernidad paralela a la de los postimpresionistas europeos, y no se arredra ante el tamaño de las telas —a veces en inmensos lienzos que pintaba insólitamente in situ sujetados mediante complicados artilugios (Cala Sant Vicenç, Museu de Montserrat)—, convirtiéndose en un personalísimo intérprete de la agreste geografía de la costa norte de la isla. Su participación en la Exposición Nacional de Madrid de 1901 se saldó con una nueva 2.ª Medalla, que provocó la protesta pública de Pío Baroja, en el diario Las Noticias de Barcelona, donde se excusaba con la declaración de que tras el “Madrid oficial”, cicatero con la grandeza de la obra de Mir, había un “Madrid que discurre” que en cambio lo admiraba.

Un amplio conjunto de obras mallorquinas constituyó su primera individual en octubre de 1901 (Sala Parés de Barcelona), saludada por la crítica como un acontecimiento, hasta el punto que en La Vanguardia Alfredo Opisso declaraba que había nacido el paisajista gracias al cual la pintura catalana ya no tendría que envidiar la Francia de los Monet o de los Renoir.

Muchos fueron también, por otro lado, los críticos y aficionados que se distanciaron de la propuesta de aquel Mir por demasiado audaz.

En alguna de sus escapadas a Barcelona Mir empezó a pintar los murales, hoy troceados y dispersos en multitud de colecciones, de la Casa Trinxet. En Mallorca participó también en una importante decoración mural, inaugurada en 1903, la del Gran Hotel de Palma, notable edificio modernista de Domènech i Montaner; pero a medida que pasaba el tiempo el pintor deseaba una mayor soledad, lo que lo llevó a una vida aislada que tiene su punto álgido en la etapa en que pinta en el marco abrupto e impresionante del Torrent de Pareis, donde convive a veces con algunos familiares suyos. La plasticidad de los muros de aquel desfiladero, de sus rocas y del agua del torrente, llega a fascinar tanto a aquel “buen salvaje entregado en alma y cuerpo, en obra y en vida, al aire libre, a las montañas y a la luz” —según el crítico Miguel Sarmiento— que se evidencia que la anécdota acaba por interesarle sólo por su capacidad de desvelarle geniales fragmentos de pintura pura. Y éste sería precisamente —sin que Mir tuviera consciencia de ello— el gran caballo de batalla de la pintura contemporánea gestada en París y en Centroeuropa, conclusión a la que Mir llegaría, pues, por su cuenta, desligado como estaba de los núcleos activos de la vanguardia artística. Allí creó, por así decirlo de la nada, una pintura completamente propia, poderosa, a menudo colosal, que se suma con acento propio a las mejores aportaciones de aquel momento extraordinario de la historia del arte occidental que es el postimpresionismo.

Todo se quebró al producirse en abril de 1904 un grave percance, una caída poco explicada, tal vez propiciada por problemas pasionales, que obligó al pintor a regresar a Cataluña y, a la larga, a ingresar en el Instituto Psiquiátrico de Reus, donde permanecería casi dos años (enero de 1905-octubre de 1906). Durante la enfermedad, obras suyas se vieron en exposiciones de Barcelona, de Madrid y de Bruselas —en la famosa Libre Esthétique—, si bien esto hay que atribuirlo sobre todo a las gestiones del padre del pintor, que se preocupó de difundir la obra de su hijo en aquellos tiempos difíciles e inciertos para el artista.

También el pintor Ignacio Zuloaga demostró en aquellos momentos un decidido apoyo a Mir. Contra lo que había sucedido con Van Gogh, Mir evolucionó favorablemente en el sanatorio, y durante su convalescencia se instaló en pueblos de la comarca del Camp de Tarragona —l’Aleixar, Maspujols...—, cuyo paisaje interpretó con una libertad rayana a menudo en la abstracción. Su aportación a la Exposición Internacional de Bellas Artes de Barcelona de 1907 —donde ganó 1.ª Medalla— significó su definitivo reintegro a la vida normal, confirmado por su vasta individual de mayo de 1909 celebrada en la Sala Fayans Català, de Barcelona, en la que ya aparecieron los extraordinarios pasteles que caracterizan la obra del Mir de aquella época. Entremedias, una estancia del pintor en Montserrat (1908) desveló extraordinarios paisajes basados en la insólita orografía de aquella montaña (Camí de la Cova, Museu de l’Abadia de Montserrat).

Formó parte de la ambiciosa sociedad Les Arts i els Artistes (1910), que iba a dar cuerpo a la facción más inquieta de la nueva pintura catalana, la noucentista.

Tuvo diversos éxitos importantes (1.as Medallas en la Universal de Bruselas de 1910 y en la V Exposición Internacional de Arte de Barcelona de 1911), y curiosamente Eugeni d’Ors lo incluyó en el Almanach dels noucentistes (1911), que venía a ser como un manifiesto del nuevo movimiento cultural catalán liderado por el ensayista, y cuyos postulados estéticos se concretarían poco más tarde en un sentido mediterranista y clásico, bien opuesto al estilo de Mir, cuya personalidad no tardaría en consolidarse claramente como arquetípica del tramo culminante del Modernisme, precisamente aquello ante lo que el Noucentisme se alzaba.

Entre 1909 y 1913 completaba la ya citada decoración pictórica de la casa Trinxet, para la que diseñó también originales vidrieras historiadas ejecutadas por la casa Rigalt, Granell & Cía., y que no fueron las únicas que concibió. En esta época reintrodujo la figura humana, a veces de dimensiones considerables, en sus paisajes e interiores. Participó en 1912 en la Exposición de Bellas Artes de Reus, y en 1913 se marchó a vivir cerca de su hermana Joana, en Mollet del Vallès; y precisamente un paisaje de la comarca del Vallès (Aigües de Moguda, Madrid, Museo del Prado) le valió, por fin, 1.ª Medalla en Madrid: “Troppo tardi!”, exclamaba el crítico José Francés en La Esfera. Expuso en 1913 con el Cercle Artístic de Sant Lluc, entidad que tenía un papel muy beligerante contra la frivolidad —artística y moral— en el mundo del arte catalán, y en 1915 tuvo una nueva exposición individual en la Sala Parés de Barcelona.

A partir de entonces su vibrante paisajismo se moderó, lo que facilitó una mejor recepción oficial de su obra pero también una insensible distanciación suya respecto a las posiciones más innovadoras: en 1917 llegó a exponer en más de una ocasión con la abiertamente conservadora Sociedad Artística y Literaria de Cataluña. Participó en la resucitada Exposició d’Art de Barcelona en 1918. Sin abandonar Mollet, en 1919 —año en que rescindió su contrato con su tío y marchante Avel.lí Trinxet— dedicó notable atención como pintor a la zona de Caldes de Montbui, años después refugio de otro gran artista catalán de su generación, el escultor Manolo Hugué. En 1920 expuso en el Salon d’Automne de París, y en 1921 obtuvo sala de honor en la Exposició d’Art de Barcelona, el mismo año en que contrajo matrimonio con María Estadella y se estableció definitivamente en Villanueva y Geltrú.

En su carrera de madurez, ya estilísticamente muy equilibrada, realizó frecuentes exposiciones individuales en Barcelona —en la Sala Reig (1921), Galeries Laietanes (1923, 1924) y Sala Parés (1923, 1925, 1928, 1930, 1933, 1934, 1936)—, en Madrid (Salón Nancy, 1924), en Reus (Centre de Lectura, 1928), en Valencia (Círculo de Belles Artes, 1932) y en Bilbao (Sala Arte, 1936). Destacan también sus participaciones en exposiciones colectivas importantes de Madrid —muy frecuentes—, Ámsterdam (1922), Pittsburgh (1924, 1926 y 1931), Washington, Filadelfia y París (1925), Villafranca del Panadés y Cádiz (1926), así como su nueva 1.ª Medalla en la Internacional de Barcelona (1929).

Había aceptado, en 1926, participar en la enfática operación, puesta en marcha por el primorriverista presidente de la Diputación de Barcelona Milá y Camps, de redecoración del palacio de esta institución; para ello Mir pintó grandes murales históricos al óleo sobre lienzo sobre la expedición catalano-aragonesa a Oriente y las conquistas de Valencia y Mallorca por Jaume I (hoy en el Museu Marítim de Barcelona), piezas en las cuales, pese a lo anticuado del concepto, se mantienen en buena parte las virtudes artísticas y la fuerza colorística de Mir. La Medalla de Honor de la Nacional de Madrid, que obtuvo en 1930, fue muy agudamente glosada por el crítico argentino Julio E. Payró: “Rehabilitar al revolucionario de antes de ayer por hostilidad hacia el revolucionario de hoy”.

Fue elegido académico de Sant Jordi en 1931, y aún participaría en algunas otras exposiciones internacionales de interés (Oslo, 1931; Venecia, 1932 y 1934; Ámsterdam, 1933; Buenos Aires, 1934), aunque su penetración en el mercado internacional nunca sería relevante.

Fueron muchas las “campañas” —como él las llamaba— que realizó en busca de paisajes, en su última época, aparte de las salidas frecuentes cercanas a Villanueva.

Entre otras destacan l’Alforja (1924 y 1927), Miravet (1929 y 1930), Costa Brava (1930), Montserrat (1931-1932), Andorra (1932-1934), Torroella de Montgrí y l’Estartit (1935).

Durante la Guerra Civil siguió viviendo en Villanueva, y, aparte de presentar obra a una colectiva de Londres en 1937, participó en la Exposició de Primavera de Barcelona el mismo año, y —como invitado especial— en el Saló de Tardor, también de Barcelona, de 1938. Este mismo año se organizó una exposición individual suya en la galería Witcomb de Buenos Aires. Su actitud discretamente favorable a la legalidad republicana le valió un breve pero traumático encarcelamiento al advenimiento del franquismo (1939), golpe moral del que ya no se recuperaría y, libre ya, tras una última campaña pictórica en Gualba, moriría poco después, al tiempo que en Madrid la Sala Vilches tenía abierta una exposición individual suya (1940).

Siempre se ha presentado a Mir como un artista antiintelectual, pero de hecho tenía una probada sensibilidad para la música, hasta el punto de que en más de una ocasión le fueron tributados homenajes consistentes precisamente en conciertos. Con todo Mir fue ciertamente un creador cien por cien plástico, sin desviaciones literarias ni teóricas, que utilizaba un lenguaje absolutamente pictórico, que es muy diferente al lenguaje de las ideas, pero no hay que olvidar que tan importante como éste. El intelectual mallorquín Gabriel Alomar, que trabó buena amistad con él en la Mallorca de su mejor momento, valoró del pintor, por encima de todo, “la originalidad suma, la virginidad del temperamento, donde no habían dejado huella las modas o las tendencias de los grandes centros artísticos”.

 

Obras de ~: Sol i ombra, Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya, 1894; L’estiu “Colònia escolar, Sociedad Económica de Amigos del País de Barcelona, 1895; L’hort del rector, Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya, 1896; La catedral dels pobres, col. Carmen Thyssen-Bornemisza, 1898; L’hort de l’ermita, Madrid, Museo del Prado, 1899; Cala Sant Vicenç, Museo de Montserrat; Decoración mural, Gran Hotel de Palma, 1903; Camí de la Cova, Museu de l’Abadia de Montserrat; Decoración pictórica, casa Trinxet (Barcelona), 1909-1913; Aigües de Moguda, Madrid, Museo del Prado, 1913.

 

Bibl.: P. Baroja, “La Exposición. El juicio del Jurado. A Joaquín Mir”, en Las Noticias (Barcelona), 14 de mayo de 1901; A. Opisso, “Exposición Mir en el Salón Parés”, en La Vanguardia (Barcelona), 16 de octubre de 1901; M. Sarmiento, “Zig-zag. Joaquin Mir”, en La Tribuna (Barcelona), 26 de abril de 1904; G. Alomar, “Les Visions d’en Mir”, en El Gràfic (Barcelona), 1 (1908), págs. 4-5; J. Francés, “La tardía recompensa”, en La Esfera (Madrid), 183 (1917); M. Nelken, Glosario (obras y artistas), Madrid, Fernando Fé, 1917; J. Pla, El pintor Joaquin Mir, Barcelona, Ediciones Destino, 1944; J. E. Payró, Arte y artistas de Europa y América, Buenos Aires, Futuro, 1946; VV. AA., Exposición-homenaje a Joaquín Mir, catálogo de exposición, Barcelona, Ediciones Syra, 1950; Joaquin Mir (1873-1940). Exposición antológica, catálogo de exposición, Madrid, Dirección General de Bellas Artes, 1971; M. T. Camps Miró y T. Basora Sugrañes, Exposición Joaquin Mir (1873-1940), catálogo de exposición, Barcelona, Ayuntamiento, Museos Municipales de Arte, 1972; M. T. Camps, “Bases para una tipificación de la obra de Joaquín Mir”, en Estudios Pro Arte (Barcelona), n.º 3 (1975), págs. 6-29; E. Jardí, J. Mir, Barcelona, Polígrafa [1975] (y nueva edición ampliada de 1989); J. A. Maragall, Història de la Sala Parés, Barcelona, Selecta, 1975; F. Fontbona, La crisi del Modernisme artístic, Barcelona, Curial, 1975; Mir, Barcelona, Edicions de Nou Art Thor, 1983 (col. Gent Nostra); VV. AA., Joaquim Mir cincuenta años después, Madrid, Banco Bilbao Vizcaya, 1990; J. de C. Laplana, “Joaquim Mir, pintor de Montserrat”, en Serra d’Or (Montserrat), n.º 364 (abril de 1990), págs. 280- 289; VV. AA., Joaquim Mir al Camp de Tarragona. 1906-1914, Barcelona, Fundació “La Caixa”, 1991; E. Trenc, T. Camps, C. Cantarellas y B. Martínez, Joaquim Mir itinerari vital, catálogo de exposición, Barcelona-Palma de Mallorca, Fundació “La Caixa”, 1997; F. Miralles, Joaquim Mir al Camp de Tarragona, catálogo de exposición, Tarragona-Barcelona, Diputació de Tarragona-Museu d’Art Modern-Columna, 1998; M. T. Camps Miró y F. Francés, Joaquim Mir, Zaragoza, IberCaja, 2002; F. Miralles, Joaquim Mir a Andorra, Barcelona, Viena Art, 2002; VV. AA., Dibuixos de Joaquim Mir. La confidència de l’artista, Tarragona, Caixa Tarragona, 2003.

 

Francesc Fontbona de Vallescar