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Diego Hurtado de Mendoza

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Biografía

Hurtado de Mendoza, Diego. Granada, 1503-1504 – Madrid, 14.VIII.1575. Diplomático, humanista, poeta, historiador y bibliófilo.

En la poderosa familia de los Mendoza, nació Diego Hurtado de Mendoza a comienzos del siglo XVI, en fecha que aún no se ha determinado con exactitud, probablemente en 1503 o 1504. Nació en la Alhambra de Granada, donde residía su familia debido al cargo de su padre, Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla y marqués de Mondéjar y nieto del marqués de Santillana, pues era capitán general en la Granada que había sido ocupada por los cristianos hacía algo más de diez años. Hurtado de Mendoza nació de la segunda esposa del conde, Francisca Pacheco, y su lugar entre los cinco hijos varones es aún motivo de discusión; es posible que fuera el menor. Tuvo Hurtado tres hermanas, entre ellas María Pacheco, esposa del célebre caudillo comunero Padilla. Tras el ajusticiamiento de su marido, María vivió en Portugal, donde la visitó su hermano.

No se conserva mucha información fidedigna sobre la infancia y la juventud de Hurtado de Mendoza. Es posible que permaneciera en Granada hasta la muerte de su padre en 1515; quizá estudió con Hernán Núñez; quizá también estudió en Salamanca y en Italia, con Agostino Nifo y Montes de Oca; es posible que participara en la batalla de Pavía en 1525 y que estuviera en Toledo cuando se celebraron Cortes ese mismo año. Acompañó a Carlos V desde su desembarco en Génova, el 12 de agosto de 1529, hasta su coronación en Bolonia; con el patrocinio de Francisco de los Cobos y de Granvela sentó las bases de su posterior carrera diplomática, en la que conoció al duque de Alba, a Gonzalo Pérez y a Luis de Ávila y Zúñiga, entre otros. Regresó, en 1531, a Granada por problemas legales con su hermano mayor, Luis. Junto a dos de sus hermanos, participó en la empresa de La Goleta; allí pudo conocer a Garcilaso de la Vega, aunque quizá su conocimiento haya sido anterior. También estuvo en la invasión de Provenza de 1536, donde se presume que pudo estar al lado de Garcilaso cuando éste murió.

Este borroso panorama de la biografía de Hurtado de Mendoza se vuelve más nítido desde que desarrolló de manera intensa diversas tareas diplomáticas. En 1537, dejó la Corte Imperial en Valladolid y se dirigió a la de Enrique VIII, con una misión diplomática junto a Eustace Chapuys, el embajador de Carlos V en Gran Bretaña. Allí llegó en marzo de ese año y permaneció hasta septiembre de 1538, cuando regresó a Toledo, vía los Países Bajos, en noviembre. Como reconoce en su epistolario y en alguno de sus poemas (“Carta a don Gonzalo”), no le gustó Gran Bretaña. El 19 de abril de 1539 recibió instrucciones de Carlos V sobre la embajada en Venecia; a esa ciudad llegó el 25 de mayo y se instaló en un palacio en el Gran Canal. Fue el comienzo de su larga estancia en Italia, que se prolongó trece años. La misión del embajador cesáreo consistió en mantener a Venecia dentro de la Liga Santa (junto al Papado y Carlos V) y, al mismo tiempo, evitar una paz privada entre venecianos y turcos, además de vigilar las actividades de los agentes franceses. En Italia conoció y trató a escritores y artistas de gran renombre, como el Aretino, Bembo, Paulo Giovio, Varchi, Tiziano, Domenichi, etc. Su conocida reputación de bibliófilo descansa tanto en el saber humanista de un hombre que poseía una vasta cultura, como en los recursos que supo atesorar y gastar sabiamente. Así, reunió una famosa biblioteca, que incluía textos manuscritos y volúmenes impresos, y una rica colección de objetos de arte. Quizá el período veneciano de Hurtado de Mendoza correspondió con la etapa dorada de su vida, pues en Venecia disfrutó de un nutrido grupo de amistades y relaciones importantes, valoró el arte, reunió manuscritos de gran valor, desarrolló sus misiones diplomáticas tan complejas, etc. Sin embargo, la naturaleza de las actividades políticas de Mendoza, en el turbio panorama de una Italia en la que intervenían las potencias europeas, le convirtió en el blanco de varias amenazas de muerte y le obligó a llevar guardaespaldas. Hurtado de Mendoza no sólo fue embajador en Venecia, sino que debió simultanear el cargo con los de representante del Emperador en Trento desde 1545, y embajador en Roma y jefe de la guardia de Siena desde el otoño de 1546. Las relaciones con el papa Pablo III fueron complejas y, cuando el Papa murió, Mendoza ejerció, por orden imperial, presión sobre el cónclave con el fin de conseguir un Papa proclive a los intereses de Carlos V, pero finalmente fue elegido, contra sus deseos, Julio III. Otra de las preocupaciones y “fracasos” de la labor política de Mendoza fue la lucha por construir un castillo en Siena, lo que contó con la oposición de los sieneses y con numerosos problemas económicos. En 1549, murió Marina de Aragón, la supuesta Marfira del cancionero petrarquista de Mendoza. Como es sabido, no son pocos los problemas que hay que vencer para demostrar la identificación de un personaje literario con uno de carne y hueso, tal y como se aprecia en los estudios sobre la poesía de Garcilaso. Sin embargo, algunos argumentos para rechazar la identificación de Marina y Marfira son poco convincentes. Así, la diferencia de edad, entre Hurtado de Mendoza y Marina de Aragón, no parece una razón decisiva en la época, pues, por ejemplo, Francisco de los Cobos se desposó en 1522 con una niña de catorce años. Pero, aunque las relaciones no fueran tan descabelladas como se ha pretendido, es cierto que es harina de otro costal pretender deducirlas inequívocamente de la lectura de un poemario. Sí está claro que Marina de Aragón aparece en la poesía de Mendoza y que éste escribió una “Elegía a la muerte de doña Marina de Aragón”, probablemente poco después de la muerte de la que había sido dama de la emperatriz Isabel. Hay que suponer en Hurtado, en esos años finales del período italiano, el despliegue de una actividad febril para cubrir todos los frentes de su compleja encomienda diplomática. En 1552, el mismo año en que protagonizó un desagradable episodio con un esbirro papal, lo que enturbió aún más sus relaciones en Roma (que Mendoza relata en su correspondencia), se perdió Siena en medio de una compleja confabulación, y, tras una agria entrevista con Carlos V, cesó en todos sus cargos. Volvió a España en 1553 y él mismo trazó un balance de sus actividades en su correspondencia.

Un año después de su regreso, Hurtado de Mendoza fue nombrado comendador de las casas de Badajoz (13 de febrero de 1554), para lo cual debió permanecer el preceptivo año de retiro en el monasterio de Alcántara. Pese a que algunos han insistido en sus malas relaciones con su familia, lo que implicaría que Hurtado de Mendoza valoraba mucho más el esfuerzo personal y la amistad, en febrero de 1554, su hermano Bernardino le comisionó para que preparase una flota en la que Felipe II pudiese viajar a Inglaterra para hacer efectivo su matrimonio con María Tudor. Tres años después, figuraba Hurtado de Mendoza como proveedor general de la Armada Real de Laredo; quizá presenció la batalla de San Quintín. En septiembre, durante unos pocos días, en compañía de Ruy Gómez de Silva, conde de Mélito, visitó a María Tudor. Cuando la Corte se trasladó a Madrid, en 1561, Hurtado se desplazó con ella. En octubre fue nombrado curador de Magdalena de Bobadilla, dama de la princesa doña Juana y sobrina nieta de Bernardino de Mendoza. En 1567, fue proveedor de otra armada en Laredo. A consecuencia de un sonado incidente en palacio, mientras agonizaba el príncipe Carlos en 1568, fue desterrado a Granada, su ciudad natal, en donde siguió con un vivo interés la revuelta de los moriscos y sus consecuencias, hechos sobre los que escribió en la Guerra de Granada. En sus últimos años Hurtado de Mendoza asistió a una larga rendición de cuentas de los gastos que realizó como embajador en Italia, en un procedimiento al que pondrá fin con la donación, por vía testamentaria, de su biblioteca a Felipe II. Se le levantó el destierro granadino aproximadamente un año antes de su muerte, que ocurrió en Madrid el 14 de agosto de 1575.

Hurtado de Mendoza es autor de un rico epistolario en el que, junto a los informes que por sus cargos transmitió a la maquinaria imperial, se hallan diversos datos sobre su vida cotidiana, sus disgustos y alegrías, sus opiniones, etc. Se trata de una magnífica fuente para aproximarse a su personalidad e intereses. Así, durante el tenso cónclave para elegir a Julio III, no abandonó el buen humor, rasgo que es una característica de buena parte de su producción literaria: “Aora haure de hazer otra mas, que es, sy Burgos no sale papa, embarcarme y echar a huyr para Salonique, como judio de Portugal” (3 de febrero de 1550). En estos comentarios divertidos no parece sensato buscar una interpretación literal de algunas comparaciones. De la lectura de la correspondencia se desprende que la relación de Hurtado de Mendoza con su familia (con algunos de sus miembros al menos) fue fluida y, probablemente, buena. La impresión que transmite es que toda la familia trabaja unida bajo la dirección y protección de Francisco de los Cobos, a quien Mendoza reconocía, una y otra vez, como el favorecedor de la familia: “Que yo soy su hechura y todos nosotros tanbien”. La relación con Bernardino de Mendoza parece más fuerte: viajó con él a Trento, lo menciona en numerosas ocasiones y es el único pariente a quien nombra en su poesía (a él dedica una epístola más o menos horaciana: “Epístola a su hermano don Bernardino”). Sin embargo, ello no obsta para que muy pronto aparezca uno de los leitmotiv del epistolario: “Mis hermanos no me scriuen, ni quiero que me scriuan, pues que no me ayudan a ganar de comer, teniendolo ellos ganado. Echolo a mala fortuna; que siendo todo mi linaje onrrado y acreçentado por mano de su Mt., yo solo quede sin nada, que siruo como deuo y tengo voluntad de seruir [...] Suplico a V. Sa., pues ni tengo honbre de mi linaje ni de mis amigos que me ayude sino a Vra. Sa., me haga la merced que suele, assi en acordarse de mi como en sacarme de aqui, si con buena graça de su Mt. puedo salir, porque de otra manera antes me perderia del todo” (4 de mayo de 1542). En la correspondencia, el dinero es uno de los temas que más preocupan a Mendoza, incluso antes de llegar a la embajada en Venecia. Los retrasos en las pagas y la cantidad de gastos (para “ayudar” en la elección del Papa, para mantener dos casas —en Venecia y en Roma—, para construir el castillo de Siena, etc.) podrán explicar esa presencia más tarde. Pero la preocupación inicial se basa en la falta de hacienda: “los ausentes nunca medran”, “y pues yo naçi tan sin hazienda”, “que soy hombre de mas honrra que hazienda”, etc. También la mala salud y las enfermedades destacan entre las frecuentes referencias personales que entreveran la correspondencia oficial. Mendoza da cuenta de todos sus achaques: romadizos, intoxicaciones (“por comer vnos pezezillos que tenian hueuos”), dolores de riñones (“un deconçierto de riñones que a cada letra me haze mear”), ciática, sospechas de envenenamiento, caídas, etc., aunque lo que más atención recibe es el, sin duda, doloroso episodio de su “cojon quebrado”, que no escapa de sus burlas y bromas. También en el epistolario se recogen los amores con una judía de Venecia, en clave humorística a menudo, lo que no autoriza, en ningún caso, a suponer en Mendoza ni un origen hebreo ni el deseo de abrazar esa fe, aunque puede servir de indicio de la parte de vida alegre que, entre las ocupaciones diplomáticas y la ingente tarea de coleccionista entendido, llevaría en la bulliciosa Italia de mediados del siglo XVI.

Hurtado de Mendoza parece conocer bien distintas lenguas además del español, pues lee, entre otras, latín, griego, árabe e italiano. El humanismo de Mendoza pasa, pues, por una cultura políglota en la que quizá llame la atención el conocimiento del árabe. Conviene recordar que Hurtado vivió su infancia en la Granada recién conquistada y que pudo tener, como aventura Darst, sirvientes musulmanes. Ese mundo lo recuperó Mendoza al redactar, casi al final de su vida, la Guerra de Granada, la historia de la rebelión de las Alpujarras (1568-1571). En el inventario de la biblioteca de Hurtado de Mendoza, con un gran número de valiosos manuscritos, apenas hay textos escritos en español, de los cuales ninguno es literario, como afirma Darst. Sin embargo, según una anécdota recogida por Francisco de Portugal, en su Arte de Galantería, Mendoza, en su etapa de embajador en Roma, “no llevaba otros libros en su portamanteos que la Celestina y el Amadís, y que alguien decía que hallaba en ellos más sustancia que en las Epístolas de San Pablo”, como recuerdan González Palencia y Mele (III: 239-240). Los intereses de Mendoza van más allá de lo que hoy se entiende por “literatura” y abarcan campos como la filosofía (a él se debe una traducción de la Mecánica atribuida a Aristóteles y una Paraphrasis in totum Aristotelem; Spivakovsky cree ver la influencia del averroísmo en algunas ideas de Mendoza) y la historia. Era aficionado a las reuniones humanistas, en academias reconocidas o en reuniones más ad hoc. Así, mientras asistía al concilio en los fríos de Trento, alentaba las reuniones de una academia aristotélica, o conversaba con los amigos, italianos y españoles (como Gutierre de Cetina) que visitaban su casa en Venecia, o quizá asistiera (pues no parece probado) en España a academias como la que organizó la marquesa del Valle de Oaxaca, viuda de Hernán Cortés, con el sobrenombre de El Embajador, o, finalmente, en los últimos años de su vida, en el destierro de Granada, se reunió con los poetas Hernando de Acuña, Gregorio Silvestre y Luis Barahona de Soto en la casa de Pedro de Granada y Venegas, según afirma Cossío.

Hay problemas para establecer la paternidad de diversas obras atribuidas a Mendoza, aunque sin duda uno de los más llamativos se refiere a la atribución del Lazarillo. La cuestión está lejos de haber sido cerrada y los candidatos a la autoría siguen siendo numerosos. Hurtado de Mendoza apenas publicó en vida: algunos poemas en libros de otros autores (como la “Epístola a Boscán”, en Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso, de 1543; la “Fábula de Hipomenes y Atalanta” en 1553; y varios poemas en el Cancionero de 1554). Se le han atribuido, a veces caprichosamente, numerosas obras en prosa (Lo de La Goleta y Túnez, Diálogo entre Caronte y el ánima de Pedro Luis Farnesio, Carta al capitán Salazar, etc.), generalmente satíricas (véase el temprano y muy documentado trabajo de R. Foulché- Delbosc). Con carácter póstumo se publicaron las Obras del insigne cavallero Don Diego de Mendoza (Madrid, Juan de la Cuesta, 1610; una antología de los poemas más serios de Mendoza) y la Guerra de Granada, editada por Luis Tribaldos de Toledo (Lisboa, Giraldo de la Viña, 1627). En vida, y en los años inmediatamente posteriores a su muerte, la fama de Mendoza se debió a una personalidad multifacética y a la transmisión manuscrita de sus textos: son muy numerosos los manuscritos que contienen sus obras poéticas, lo que es un indicio del interés de los lectores; la Guerra de Granada, redactada por Mendoza en los años finales de su vida, se conserva en casi una cuarentena de códices.

Siempre aparece, en la valoración de sus aportaciones a la historia literaria, como el poeta que, junto con Garcilaso y Boscán, implantó en España la poesía italianizante, sus temas y sus formas. A veces también se indica que Mendoza alternó el cultivo del endecasílabo y del octosílabo a lo largo de su vida, no decantándose por ninguna de las dos corrientes, la novedosa y la tradicional, aunque es un tópico aludir a los elogios de los poetas de la época sobre los poemas octosilábicos de Hurtado de Mendoza. Pero a menudo quedan en la sombra otros aspectos decisivos de su amplia producción poética, como el cultivo de una gran variedad de géneros. Además de un extenso cancionero petrarquista (dedicado al nombre poético de Marfira, y que Hurtado, como Garcilaso, aunque por otras razones, no llegó nunca a ordenar), y de una constante atención a las formas octosilábicas, cultivó los géneros neoclásicos (égloga, epístola, elegía, etc.; su corpus epistolar contiene variaciones importantes del canon horaciano), compuso uno de los primeros ejemplos de la fábula mitológica, volcó epigramas en sonetos y coplas, recreó el género italiano del capítulo y abrió numerosas vías para el cultivo de una poesía satírica y burlesca que es, en gran parte, de tipo erótico. Así pues, es petrarquista y antipetrarquista, tradicional y novedoso, serio y divertido, renacentista y precursor de algunas corrientes barrocas. La diversidad temática y genérica de la poesía de Mendoza puede relacionarse con su extensa vida, con una larga estancia en la Italia del siglo XVI, y con unos intereses complejos. Frente al carácter subterráneo y anónimo de una parte de la poesía erótica, rasgo característico de las distintas formas de marginalidad literaria, la poesía de Hurtado de Mendoza cuenta entre sus méritos, quizá sin la voluntad del autor, que la transmisión ha mantenido las atribuciones, a pesar de que la editio princeps ignora esta veta poética, pues “por no contrauenir a la grauedad de tan insigne Poeta, no se dan a la estampa” (h. 5v.), dice el editor, frey Juan Díaz Hidalgo; sin embargo, estos poemas son tan conocidos que sólo una palabra los identifica: la zanahoria, la cana y la pulga. La variedad se aúna con el efectivo deseo desmitificador de dioses, estrofas y géneros, pues los ingeniosos versos del granadino se burlan de sonetos y octavas, de fábulas mitológicas, de Venus y Diana, y elogian los seres y objetos bajos o equívocos. Sin duda, Mendoza consigue abolir la seriedad erudita en muchos de sus poemas, de tal forma, que, en su conjunto, en la poesía, Mendoza cumple con el ideal renacentista del vir doctus et facetus, tal y como ha escrito Antonio Prieto.

Tras un largo período de cierto olvido, la admiración que despertó la obra de Mendoza en los Siglos de Oro pareció haberse recuperado en el siglo XX. No sólo una amplia producción literaria, en la que tradicionalmente se han incluido atribuciones difíciles de establecer, ni únicamente una dedicación cuidada a la historia y a la traducción de los clásicos pesan en la reconstrucción de su figura, sino también una biografía muy compleja, muy comprometida a lo largo de muchos años con la política imperial de Carlos V. No es extraño que Miguel de Cervantes lo admirara: miembro de una gran familia, un gran diplomático, un respetado humanista (que tradujo, que coleccionó, que promovió reuniones y participó en tertulias, que escribió historia, que conocía varias lenguas), un poeta que innovó de manera importante en el terreno literario. Se suele aceptar que entre los homenajes literarios sobresale el que le rindió Cervantes al convertir a Hurtado de Mendoza en un personaje de su novela pastoril, La Galatea. Una de las claves que permiten identificar a Meliso con Mendoza, en una novela donde se acepta, como en otras de la serie pastoril, el retrato de personajes conocidos a través del disfraz de pastor, son estos versos puestos en boca de Tirsi: “Después que en el aprisco veneciano / las causas y demandas decidiste / del gran pastor del ancho suelo hispano”, y estos otros de Damón: “Después también que con valor sufriste / el trance de fortuna acelerado / que a Italia hizo, y aun a España, triste”.

 

Obras de ~: Obras del insigne cavallero don Diego de Mendoza, embaxador del emperador Carlos Qvinto en Roma. Recopiladas por frei Ivan Diaz Hidalgo, del habito de San Iuan, capellan, y musico de camara de su magestad dirigidas a don Iñigo Lopez de Mendoza, Marques de Mondejar, Conde de Tendilla, Señor de la Prouincia de Almoguera, Con Privilegios de Castilla, y Portugal, en Madrid, por Iuan de la Cuesta, Vendese en casa de Francisco de Robles, librero del Rey nuestro señor, 1610; Gverra de Granada hecha por el rei de España don Philippe II, nuestro señor contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes. Historia escrita en quatro libros […], Publicada por el licenciado Luis Tribaldos de Toledo […] en Lisboa, Por Giraldo de la Viña, Con privilegio, 1627 (Guerra de Granada, ed. de E. González Blanco, Madrid, Castalia, 1970); [Poemas] en A. de Castro (ed.), Poetas líricos de los siglos XVI y XVII, vol. I, Madrid, Rivadeneyra, 1854, págs. 52-103; A. Morel-Fatio, “Poésies burlesques et satiriques inédites de Diego Hurtado de Mendoza”, en Jahrbuch für romanische und englische Sprache und Literatur, II (1875), págs. 63-80 y 186-209; Poesías satíricas y burlescas de D. Diego Hurtado de Mendoza, ed. de W. I. Knapp, Madrid, Imprenta de Miguel Ginesta, 1876; Obras poéticas, ed. de W. I. Knapp, Madrid, Miguel Ginesta, 1877; Algunas cartas de Don Diego Hurtado de Mendoza, escritas 1538-1552, ed. de A. Vázquez y R. Selden Rose, New Haven, Yale University, 1935 (reimp. New York, AMS, 1973); Epístolas y otras poesías, pról. de P. Bohigas, Barcelona, Montaner y Simón, 1944; “A ti, doña Marina”. The Poetry of Don Diego Hurtado de Mendoza Contained in the Autographic Manuscript, Esp. 311, Bibliothèque Nationale Paris, ed. de C. Malcolm Batchelor, La Habana, Impresores Úcar, 1959; D. O. Korn, A critical Edition of selected Sonnets of Don Diego Hurtado de Mendoza, tesis doctoral, Michigan, University, 1985; Poesía completa, ed. de J. I. Díez Fernández, Barcelona, Planeta, 1989; Poesías satíricas y burlescas, intr. de M. Villar Raso, Granada, Caja de Ahorros y Monte de Piedad, 1989; Poesía, ed. de L. F. Díaz Larios y O. Gete, Madrid, Cátedra, 1990; Poesía erótica, ed. de J. I. Díez Fernández, Archidona (Málaga), Aljibe, 1995.

 

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José Ignacio Díez Fernández