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Francisco Antonio de Lorenzana y Butrón

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Biografía

Lorenzana y Butrón, Francisco Antonio. León, 22.IX.1722 – Roma (Italia), 17.IV.1804. Arzobispo de México, cardenal-arzobispo primado de España, inquisidor general.

Sus padres fueron Jacinto Lorenzana y Josefa Salazar, pero él siempre firmó Lorenzana y Butrón. Al acceder a la Cruz de Carlos III, adujo que sus ascendientes eran nobles.

Estudió Gramática con los jesuitas de León, pero al morir su padre (12 de enero de 1731) pasó interno al convictorio que el priorato benedictino tenía en el Bierzo. Figura inscrito desde 1733 y al año siguiente recibió la tonsura. Allí cursó las Humanidades y asimiló la espiritualidad castellana. En marzo de 1739, se hizo bachiller en Artes, que le permitía estudiar Cánones y Leyes; bachiller en Leyes por El Burgo de Osma (noviembre de 1742), título incorporado a la Universidad de Valladolid, y regresó a la ciudad del Pisuerga. En 1744 ingresó en un gimnasio para complementar los estudios y hacer prácticas forenses. Pasó a Salamanca, antes de 1748, para licenciarse en Leyes; estuvo en el colegio de San Salvador de Oviedo, en cuyo catálogo figura correctamente: “Fcus. Antonius Lorenzana et Salazar, ex civitate et diocesis legionensis”.

Llegó a ser lector de turno, y recibió al joven Nicolás de Azara. Obtuvo el título de licenciado en Leyes.

En 1751 consiguió por oposición la canonjía doctoral de la catedral de Sigüenza, y recibió el presbiterado; hizo inventario de libros y documentos de la catedral, iniciando una actividad propia de espíritus cultivados, que ya no abandonaría. Al año siguiente opositó sin éxito a la doctoralía de Murcia; y en 1753, a la penitenciaría de Salamanca, que tampoco logró.

Pero en noviembre de 1754, el arzobispo de Toledo —Fernández de Córdoba— le concedió una canonjía de gracia en su catedral, y le nombró vicario general, para que le representase ante el Cabildo y presidiera las oposiciones que éste convocara; fue también deán y provisor. Cuando Fabián y Fuero fue nombrado obispo de Puebla, Lorenzana le sucedió en la abadía de San Vicente, título originario del siglo XII, con buena dotación. Curiosamente, el arzobispo de Toledo nombró abogado de la mitra a Pedro Rodríguez Campomanes (1757), teniendo Lorenzana oportunidad de tratar a este personaje que tan importante papel jugará en su vida. En 1761, Carlos III tomó posesión del Patronato de la catedral toledana; quizá entonces ya el Rey reparó en el joven tesorero, porque en 1765 fue nombrado obispo de Plasencia. Se consagró el 5 junio 1765, y se puso en camino para su sede, pero no llegó a tomar posesión, pues el 18 de noviembre de ese mismo año, la Cámara de Indias proponía nombres para ocupar la Metropolitana de México: Antonio Alcalde, Mariano Martí, Caballero y Góngora..., cuyos méritos eran patentes. No figuraba entre ellos Lorenzana, sin embargo, “bajó electo”. Aceptó, y se firmaron las Ejecutoriales en 17 de marzo de 1766.

México significó no sólo un cambio de horizontes —la archidiócesis se extendía del Atlántico al Pacífico— sino también una nueva orientación en su obra apostólica y erudita. La llegada del prelado coincidía con la del nuevo virrey, el marqués de Croix, y de un visitador, José de Gálvez, encargados de aplicar la política reformista de Carlos III, que abriría un nuevo período histórico en el siglo xviii novohispano.

Lorenzana tomó posesión de la sede el 22 de agosto de 1766, recibió el palio arzobispal días después, e inició una actividad pastoral extraordinaria: visitó parte de su diócesis, escribió sobre el buen trato y evangelización de los indios, fomentó las misiones y doctrinas, publicó —bajo este prisma pastoral— los primeros concilios provinciales mexicanos, subrayó los deberes de los clérigos, y promovió la sumisión de los regulares al ordinario, rechazando su exención: “Todos, de cualquier estado, obedezcan los mandatos del obispo”. Sólo a unos meses de su toma de posesión, le sorprendió la expulsión de la Compañía de Jesús. Croix nombró una junta ejecutiva (26 de junio de 1767) a la que pertenecía el arzobispo; aunque, siendo la iniciativa del virrey, se sabe poco del comportamiento del metropolitano. Sí que publicó tres pastorales antijesuíticas; en la primera (12 de octubre de 1767), prohibía el probabilismo y el tiranicidio, como perniciosos y destructivos de la autoridad; con la segunda (22 de septiembre de 1768), pretendía desterrar de los claustros religiosos las falsas doctrinas y el fanatismo; y en la tercera (11 de junio de 1769), promovía la doctrina sacra, y, de orden de Su Majestad, extinguió las cátedras de la llamada escuela jesuítica, y vetó a algunos de sus autores. Tiene otras pastorales sobre disciplina eclesiástica, pobres, aranceles..., que parecen más espontáneas y reflejan mejor la pluma del autor. Porque aquellas, las antijesuíticas, parecen inspiradas, tal vez impuestas.

El Concilio. En junio de 1768, Manuel de Roda envió al conde de Aranda, presidente del Consejo de Castilla, tres cartas remitidas de México: una de Lorenzana (25 de mayo), otra de Gálvez (28 de mayo) y una más de Fabián y Fuero (del día 29). Lorenzana y Gálvez insistían en la necesidad de un concilio para remediar “abusos de la disciplina eclesiástica del clero regular y secular”. Fuero presentaba el lastimoso estado de las Órdenes. Las tres misivas pasaron al fiscal, que respondió el 26 de junio de 1768; el contenido de las cartas se reducía a dos puntos: en primer lugar, el estado de las órdenes no podía ser “más infeliz y desordenado”; la ambición y la exención habían sido principios de corrupción; Trento había caído en el olvido.

La reforma era indispensable para la Iglesia y para “sostener la obediencia y subordinación de aquellas provincias”; había que restablecer la vida común, reconocer la jurisdicción eclesiástica, y que los misioneros enseñasen castellano a los indios, estimulando el amor al Rey... Advertía que para estos capítulos de reforma no hacía falta el concurso de la Curia Romana, pues el Rey, en virtud del Patronato, tenía facultades suficientes para ello. En segundo lugar, en cuanto a la celebración del Concilio, estaba mandado en Trento, y el arzobispo lo promovía; si bien, la convocatoria precisaba licencia del Rey y fijar los puntos a tratar para mejorar las costumbres y propagar la doctrina sana, y que las constituciones “que hagan regla general” se envíen al Rey para reconocimiento. El Consejo (3 de julio de 1768), de acuerdo sustancialmente con el fiscal, se impuso la tarea urgente de acomodar el Tomo Regio para el sínodo provincial. El Rey se conformó en todo con el Consejo. Se formó una comisión para redactar la Instrucción y la extensión del Tomo Regio; y el Consejo, hechas “las correcciones conducentes”, lo pasó a Su Majestad para su aprobación y, si procediera, mandar su ejecución. Y en efecto, el Tomo Regio (21 de julio de 1769) mandó su celebración, fijando los puntos a tratar.

Croix recibió la Cédula Real en diciembre, y Lorenzana firmó la convocatoria el 10 de enero de 1770, fijando la apertura para el año siguiente; un año de preparativos, con pasos bien medidos. La apertura tuvo lugar el 13 de enero de 1771. El virrey hizo su discurso: todo se haría conforme a la voluntad del Rey. Lorenzana se congratulaba por el gran acontecimiento, con un recuerdo al Concilio Toledano que contó con la presencia de Recaredo. Se leyó el Tomo Regio y se fijó el procedimiento a seguir en las sesiones, que invariablemente sería así: preces, lectura de un canon del III Mexicano (a veces enmendado), dictamen de los prelados y diputados con voz activa y —cuando fuesen solicitados— parecer de los consultores.

Y comenzó la lectura de los cánones; todos, dirá el cronista, calcados en los de III Mexicano, “con muy corta o casi ninguna diferencia”. Así se dio una vuelta a este Concilio en setenta y dos sesiones (del lunes, 14 de enero, al martes, 7 de mayo) que ocupó los libros I y II. En una segunda vuelta, los libros III y IV, en ciento ochenta y dos sesiones (del viernes, 10 de mayo, sesión n.º 23, al miércoles, 9 de junio, sesión n.º 154). Entre tanto, se produjo el cambio de virrey, que asistió a la sesión n.º 155, del jueves, 10 de octubre. La última, la n.º 166, tuvo lugar el sábado, 26 de este mes.

Fue la obra maestra de Lorenzana; expresión reformista de las autoridades civiles y eclesiásticas. Los padres conciliares, bajo su presidencia, fueron resolviendo sobre las materias señaladas: reforma de la vida eclesiástica y de la religiosidad popular, observancia de la vida religiosa, sometida a la jurisdicción ordinaria; y sobre todo, extrañamiento de las doctrinas jesuíticas: las doctrinales, como el probabilismo, y las de práctica política, como el tiranicidio. Al regular las relaciones Iglesia-Estado, descubrió el Concilio su lado más regalista: reconoció el Pase Regio, que el Consejo resolviera competencias de jurisdicción interdiocesanas, y que los obispos pudieran suspender la aplicación de disposiciones pontificias. Momentos estelares de Lorenzana en el Concilio fueron: el Tratado De iudiciis, aranceles y congruas, y el muy polémico sobre facultades de los obispos para dispensar impedimentos matrimoniales; y los indígenas, especialmente la cuestión del idioma, pues Lorenzana permitía el culto en la lengua de los indios. Hubo un episodio extraconciliar en torno a la Compañía que, aunque no quedó reflejado en los Decretos, merece ser reseñado aquí.

Después de la expulsión, se apoderó de la Corona y sus ministros un afán de borrar de las aulas y de las conciencias cualquier vestigio de doctrinas jesuíticas.

Una Real Cédula del 18 de octubre de 1768 extinguía las cátedras, y prohibía el uso de autores de la Compañía de Jesús; de hecho se silenciaron los nombres y ocultaron sus obras, aunque en las mentes permanecían arraigadas sus doctrinas; otra Real Cédula, un año después, urgía el cumplimiento de la anterior, y el Tomo Regio, en el n.º 8, ordenaba que se excluyera de las cátedras a los autores proscritos. Pues bien, el miércoles 16 de octubre de 1771, en la sesión n.º 158 del Concilio, Fabián y Fuero, señor de Puebla, pidió a los padres que, nemine discrepante, suplicaran a Roma la secularización de la Compañía. El presidente oyó la propuesta con desagrado y propuso que el Concilio pidiera la beatificación de Palafox, y en la medida que la Compañía fuera un obstáculo para conseguirlo, se pediría su extinción. Los padres, en su mayoría, consideraron justo y oportuno que el Concilio pidiera la extinción; había disconformes, claro, pero se callaron, pues pensaban que nada eficaz se podía hacer.

No obstante, a petición de Lorenzana, se pediría la canonización de Palafox; y, como para conseguirlo era indispensable la inexistencia de la Compañía, se suplicaba su extinción al Papa, y al Rey como intercesor.

Se redactaron dos cartas en latín, una para el Pontífice y otra para el Monarca; en la primera, se tomaba la extinción como pretexto para la beatificación de Palafox; en la segunda, se pedía llanamente. El cronista conciliar hacía una fina reflexión: nadie aportó “la falta más leve” cometida por los jesuitas en estas tierras, de donde concluyó que esta petición se hacía desde América por delitos cometidos en Europa; y en Europa se decía que los vicios y los tesoros de la Compañía estaban en América. Aseguraba que así lo dijo el metropolitano en los primeros días de la expatriación: “Los de aquí son muy buenos, los de otras partes, muy malos”. La petición sólo quedó consignada en los diarios, sin aparecer en los Decretos.

Es evidente que la Ilustración en México era realidad antes de que llegara el arzobispo; su antecesor Rubio y Salinas tuvo inquietudes ilustradas. También Lorenzana protegió a publicistas de antigüedades mexicanas, como Botturini y Beitia; encargó una pinacoteca étnico-descriptiva del mestizaje; recogió materiales para una biografía de Palafox, y, sobre todo, reeditó la Historia de Nueva España, escrita por su esclarecido conquistador Hernán Cortés, aumentada con otros documentos y notas; su originalidad está en las notas, bien documentadas y, a veces, enriquecida con observaciones personales; su intención es dar noticia del genio de los indios, de sus privilegios, del modo de gobernarse..., subrayando su valor y, sobre todo, su capacidad radical para la cultura y la religión. Lorenzana deja ver en estas notas el respeto y estima que le merecían los indígenas, de modo que si en alguna ocasión puso reparos a su promoción a las órdenes sagradas no fue por discriminación, sino por la experiencia que tenía de su inmadurez para tan alto ministerio. Publicó también Missa ghotica, seu mozarabica (Puebla, 1770). Las explicaciones, apologías y aclaraciones fueron redactadas por los dos ex canónigos toledanos: Lorenzana —“primer autor”— y Fuero —colaborador—, mejorando la metodología de la depuración del texto.

Tras México se abrió su etapa en Toledo. El 27 de enero de 1772 fue preconizado para la Sede Primada.

En marzo se despidió de México con una pastoral, recomendando con empeño que los indios fuesen bien tratados y queridos. El 8 de abril llegó a Veracruz, y el 14 de mayo a La Habana. Salió para España el 2 de junio, desembarcó en Cádiz, y el 23 de agosto de 1772 llegaba a Madrid. Le espera la Iglesia de Toledo, aún en su esplendor a pesar de la creciente decadencia nacional imperante desde los tiempos de Felipe III. Abarcaba un séptimo del territorio peninsular y se extendía hasta Huéscar (Granada), Orán (África) —conquistada por Cisneros en 1509— y señoríos civiles, como el de Cazorla. Era el primado de las Españas y tuvo que realizar misiones diplomáticas y delicadas en momentos de gran tirantez entre los ministros regalistas y la Curia romana. Él era un reformista ilustrado, y tuvo que superar las resistencias de su poderoso Cabildo, y atemperar las impaciencias de los ministros de Carlos III. Sus rentas cuantiosas le permitieron ser el paño de lágrimas de muchos menesterosos, feligreses y foráneos. Y el mismo año de 1772, el Rey le admitió en la Orden de Carlos III.

Una circunstancia especial le permitió reiterar desde Toledo su opinión sobre los indios. En 1767 la Inquisición propuso a Su Majestad que, habiendo ya más indios cultos, algunos sacerdotes, quedaran bajo la jurisdicción del Santo Oficio. El Rey consultó a Lorenzana, que emitió su dictamen (27 de enero de 1773) claramente contrario a la propuesta inquisitorial; los indígenas, escribe, son “miserables”, han de ser tratados como “minorennes” e incluso como “mínimos”, y sus pecados tienen menos malicia; el hecho de que haya algunos indios con ingenio, entre miles, no justifica la privación de un privilegio concedido a toda la nación sin límite alguno. Es mejor que siga el obispo conociendo de sus causas de fe: castiga menos, no tiene cárceles rigurosas y la familia del castigado no sufre nota de infamia, sin contar con la confiscación de bienes, que el obispo no puede “ni tocar”, pues a los indios “se les defiende o castiga como a pobres, sin imponer penas pecuniarias”.

En enero de 1774, se volvió a iniciar el proceso de aprobación del Concilio. El fiscal informó que antes había de aprobarlo el Rey, para después ocurrir a la Silla Apostólica; y el Consejo consultó que el original del Concilio fuera acompañado de las Actas.

El Rey pidió informe a Lorenzana, que lo remitió el 19 de noviembre de 1774 y no tiene desperdicio; si se envían las Actas a Roma, dice el prelado, y reparan en las observaciones del asistente real, creerán que se trata de “un conciliábulo”; envíense sólo los decretos, y aun así, habrá dificultades, pues Roma se opone a todas las regalías que ejerce nuestro Soberano en Indias.

Hay en sus palabras cierta desazón y pesar de haber llegado demasiado lejos en sus apoyos a las regalías.

Hay que decir que estos cánones nunca fueron aprobados ni por el Rey ni por el Papa ¿Por qué? No se sabe; la opinión común apunta a su coeficiente regalista: excesivo para la Santa Sede, y muy corto para los ministros de Carlos III.

Como actividades culturales en este período toledano cabe citar la renovación del culto de la liturgia mozárabe, restaurando su capilla en la catedral toledana, en la que tanto el oficio como la misa se celebran según el rito antiguo; la fundación del Colegio Universitario de Santa Catalina, obras de Cisneros completadas después por Lorenzana; y como gran mecenas, reeditó los libros rituales mozárabes, costeó la edición de las obras de los padres toledanos, fundó el Hospital de Discapacitados y se cuidó de los niños abandonados. En Coyoacán (México) había impulsado la Casa de Expósitos y Hospicio de Pobres, que se inauguró en 1774, ya él ausente, y pervive hasta nuestros días. Ese mismo año, en Toledo, iniciaba con Ventura Rodríguez, obras en el Alcázar para establecer allí la Casa de Caridad. Las Ordenanzas señalan el objetivo de esta institución: la felicidad espiritual de los pobres mendigos.

En resumen, construía edificios, restauraba iglesias, fundaba centros de beneficencia, publicaba libros, restauraba la Universidad, trataba con Floridablanca y era apreciado por el Rey; pero el capelo cardenalicio no llegaba, aunque lo esperaba desde hacía diecisiete años. Por fin, en el primer consistorio que celebró Pío VI, muerto ya Carlos III, fue nombrado cardenal presbítero (1789). Las secuelas de la Revolución Francesa llegaron a Toledo: el Rey le encargó de la acogida de miles de sacerdotes que llegaban a España huyendo de la persecución; de los cuales ochocientos se instalaron en su Archidiócesis. El 12 de septiembre de 1794 aceptó el cargo de inquisidor general que, al decir de Lea, no fue precisamente afortunado: permitió a Pablo Olavide regresar a España, ante el éxito de su libro El evangelio del triunfo, publicado en Valencia; Ramón de Salas, profesor de Salamanca, fue condenado por aceptar los errores de Voltaire y Rousseau, pero Carlos IV avocó el caso, y Lorenzana protestó por esta invasión de la jurisdicción inquisitorial, causando la indignación de la reina María Luisa. En 1796 se urdió una intriga poderosa para derribar a Godoy; unos frailes denunciaron al inquisidor: no cumplía con Pascua y tenía relaciones escandalosas con mujeres. El arzobispo de Sevilla, Despuig, y el obispo Muzquiz, de Ávila, organizadores del complot, aseguraban el éxito, pero Lorenzana rehusó actuar si no recibía orden de Pío VI, quien, por cierto, le escribió reprochándole su indiferencia en tal escándalo. La carta fue interceptada por Napoleón y se la entregó a Godoy.

Saugnieux ha visto en Lorenzana resabios neojansenistas, pero consta de su reacción ante el Sínodo de Pistoya; advirtió a Roma que no podría impedir que las Actas del Sínodo se imprimiesen en lengua española, a menos que hubiera una condena formal.

Pío VI promulgó la bula Auctorem fidei, condenando el conciliábulo. Godoy se negó a dar el pase a la bula, a pesar de las protestas del inquisidor (lo daría, al fin, en 1801), que fue considerado como un peligro “para la paz del gobierno”. Y para deshacerse de él, lo envió a Roma, a sus setenta y cinco años, para expresar al anciano Pontífice las condolencias por la ocupación francesa. Partió, en efecto, a Italia, y el 15 de noviembre de 1797, fue exonerado del cargo de inquisidor general.

Roma fue el tercer lugar importante de su biografía.

El 15 de febrero de 1798, se proclamó la República Romana. Días más tarde, el Papa, profundamente abatido, abandonaba la ciudad en la que había reinado veinticinco años. El 25 de febrero llegaba a Siena. El 30 de marzo, Lorenzana presentaba sus credenciales de embajador extraordinario de Su Majestad, “pero con carácter oculto y sin sueldo”; un cargo poco atractivo, cuya práctica desconocía, y por el que no mostraba ningún interés.

Pío VI murió en Valence el 29 de agosto de 1799; y en España, el ministro Caballero, que presumía de canonista, vio la ocasión propicia para una audacia que le hiciera famoso; el 5 de septiembre de 1799 publicaba La Gaceta este decreto del Rey: ha muerto el Papa y las circunstancias no van a permitir una elección pacífica y temprana; para que no haya vacíos, manda que los obispos usen de sus facultades —conforme a la antigua disciplina de la Iglesia— para dispensas matrimoniales y demás competencias... Y en cuanto a consagración de obispos, “me consultará la Cámara”. La elección de Pío VII cambiará las cosas.

Lorenzana se dirigió a Venecia; era la hora del cónclave, que se inauguró el 1 de diciembre de 1799.

El 14 de marzo de 1800 fue elegido el benedictino Luis Bernabé, conde de Chiaramonte, que tomó el nombre de Pío VII, y entraba en Roma el 3 de julio.

Labrador fue nombrado ministro cerca del Papa, y Lorenzana tuvo que renunciar a la sede toledana, resignándose a vivir, a sus setenta y ocho años, desterrado para siempre de Madrid. Llegó a Roma el 14 de septiembre de 1800, trabajó en la Congregación de Propaganda Fide, participó en la elaboración del Concordato entre Bonaparte y la Santa Sede. Su conducta era ejemplar, austero consigo y magnánimo con los demás. Murió el 17 de abril de 1804, a los ochenta y dos años de edad. Sus restos fueron depositados en la iglesia de Santa Cruz de Jerusalén, con un elocuente epitafio: “Aquí yace el padre de los pobres”. En 1956, el Cabildo mexicano trasladó los restos a su catedral.

En resumen, Lorenzana es figura prócer del xviii español, y hombre de su tiempo; intelectualmente bien preparado, sobre todo en Derecho; reformador moderado, regalista, excesivamente confiado, aunque supo rectificar; ilustrado notable, por su aportación a la bibliografía hispanoamericana y su preocupación por mejorar la sociedad. Fue muy religioso, constructivo, con permanente interés por los necesitados, llámense pobres, huérfanos o indios, y, sobre todo, un gran pastor que, como se lee en la oración fúnebre, “tuvo siempre los negocios del arzobispado en movimiento; la justicia en equilibrio, las leyes eclesiásticas en vigor, la impiedad en silencio, y la religiosidad en todo su esplendor”.

 

Obras de ~: Exhortación al uso del castellano en la enseñanza catequética y en el trato social, México, 1769; Historia de Nueva España, escrita por su esclarecido conquistador Hernán Cortes. Aumentada con otros documentos y notas, México, 1770; Cartas pastorales y edictos, México, Impr. de Superior Gobierno del Br. D. Joseph Antonio del Hogal, 1770; Missa gothica seu mozarabica, et officium itidem gothicum diligenter et dilucide explanata ad usum percelebris mozarabum Sacelli Toleti, Angelopoli, 1770; Brebiarium gothicum secundum regulam Beatissimi Isidori Archiepiscopi Hispalensis iussu Cardinalis Francisci Ximeni de Cisneros prius editum; nunc opera Excmi. D. Francisci Antonii Lorenzana [...], Matriti, Joachinum Ibarra, 1774; Colección de las pastorales y cartas del Exmo. Sr. D. ~, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, Madrid, 1779; Cartas, edictos y otras obras sueltas del Excmo. Sr. D. ~, Arzobispo de Toledo y Primado de las Españas, Toledo, Nicolás de Almanzano, 1786.

 

Bibl.: F. E steve Barba, Biblioteca Pública de Toledo. Catálogo de la Colección de manuscritos Borbón-Lorenzana, Madrid, Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, 1942; G. Sánchez Doncel, “Visita pastoral del Cardenal Lorenzana a la plaza de Orán”, en Hispania Sacra, 4, (1951), págs. 391-200; P. Gonzalbo Aizpuru, “Del Tercero al Cuarto Concilio Provincial Mexicano, 1585-1771”, en Historia Mexicana, XXXV (1960), págs. 5-31; G. Sánchez Doncel, “Francisco Antonio Lorenzana, canónigo doctoral de Sigüenza”, en Hispania Sacra, 14 (1961), págs. 323- 336; L. Sierra Nava-Lasa, “El Arzobispo Lorenzana ante la expulsión de los jesuitas (1767)”, en Estudios de Deusto, 15 (1967), págs. 227-253; R. Olaechea, La correspondencia entre José Nicolás de Azara y el Cardenal Lorenzana, Zaragoza, 1969; P. Castañeda Delgado, “La condición miserable del indio y sus privilegios”, en Anuario de Estudios Americanos, 28 (1971), págs. 245-335; L. Sierra Nava-Lasa, El cardenal Lorenzana y la Ilustración, Madrid, Fundación Universitaria Española-Seminario Cisneros, 1975; J. Saugnieux, Les jansenistes et le renouveau de la predication dans l’Espagne de la seconde mitié du xviii siecle, Lyon, 1976; R. Olaechea, El Cardenal Lorenzana en Italia (1797-1804), León, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Institución Fray Bernardino de Sahún, 1980; M. García Ruipérez, “El Cardenal Lorenzana y las juntas de caridad”, en Hispania Sacra, 75 (1985), págs. 33-58; J. Muñoz Pérez, Carlos III y la Ilustración, Madrid, Ministerio de Cultura, 1988; L. Higueruela del Pino, “Don Francisco Antonio de Lorenzana, Cardenal ilustrado”, en Toletum, 23 (1989), págs. 61-191; A. Sánchez Vaquero, “La Real Casa de Caridad en Toledo”, en Espacio, Tiempo y Forma (1993), págs. 295-321; E. Martínez Albesa, “Fundamentos del regalismo en el magisterio episcopal de Francisco Antonio Lorenzana, arzobispo de México (1766-1772)”, en Mar Océana, 6 (1994), págs. 39- 80; P. Castañeda Delgado y P. Hernández Aparicio, El IV Concilio Provincial Mexicano, Madrid, Deimos, 2001; E. de Laurentiis y E. A. Talamo, Códices de la Capilla Sixtina: manuscritos miniados en colecciones españolas, Madrid, Biblioteca Nacional-Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.

 

Paulino Castañeda Delgado