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Pero López de Ayala

Biografía

López de Ayala, Pero. Canciller mayor de Castilla. Vitoria o Quejana (Álava), 1332 – Calahorra (La Rioja), 1407. Escritor, político, diplomático y militar.

Nació en Vitoria, según Rafael de Floranes, o en Quejana, según el marqués de Lozoya. De familia señorial, fueron sus padres Fernán Pérez de Ayala y Elvira Álvarez de Ceballos.

Era frecuente que los hijos de las casas ilustres se fueran en la adolescencia a la Corte, donde aprendían las normas y práctica de la Caballería y, a las órdenes del alcaide de los Donceles, componían una Guardia Real. Éste debió de ser el destino de Pero López de Ayala y, como tal doncel del rey Pedro I, aparece por primera vez mencionado en la historia de este Monarca, que fue la primera de las Crónicas que escribió Pero López de Ayala.

Era mayo de 1353 y Pedro I iba a contraer matrimonio con Blanca, sobrina del rey de Francia, hija del duque de Borbón. A las bodas, que se celebraban en Valladolid, acudían los hermanastros del Rey, invitados pero recelosos, armados y con la pretensión de que se les otorgara “seguro”. El encuentro entre la tropa de los hermanastros y la del Rey, que salió a su encuentro, se produjo en los campos de Cigales. Las separaba un arroyuelo. Pedro I advirtió que quien ordenaba la tropa de los infantes ostentaba las insignias de la Orden de la Banda, establecida por su padre Alfonso XI y la más apreciada en aquellos años. El Rey ordenó a “un su doncel” que informara al que ostentaba aquella Orden de que no podía hacerlo quien no fuese vasallo del Rey. El doncel cumplió, a caballo, la orden, y se vio cómo el reprendido se despojaba de sus distintivos. El mensajero fue “el que llamaban Pedro de Ayala”.

La actitud transigente del Rey y de sus hermanos evitó que aquel encuentro entre la nobleza y el Monarca derivara peligrosamente. El 3 de junio se celebraban las bodas, llevando dos de los hermanastros de Pedro I las riendas del caballo blanco de la desposada. Pero el matrimonio nació muerto. Unos meses antes, Pedro I había conocido a María de Padilla y había surgido entre ellos un amor avasallador. Pedro I abandonó a su mujer, Blanca, a los dos días de la boda.

La situación política del reino empeoró sensiblemente. De nuevo surgió una agrupación de la nobleza, que solicitó discutir con el Rey. El encuentro se produjo en tierras zamoranas, en Tejadillo, en noviembre de 1354. Cincuenta personas de cada parte se reunieron para deliberar. Sólo figuraba un pendón en cada tropa, el pendón del Rey en la de Pedro I, y el del infante de Aragón Fernando, como el más ilustre representante de la nobleza, hijo de la hermana mayor de Alfonso XI. El portador del pendón del infante Fernando era Pero López de Ayala, y el portavoz de la nobleza su padre, Fernán.

Nada se concluyó en las Vistas de Tejadillo. A instancias de su madre, Pedro I se llegó al cuartel general de la nobleza, en Toro, y pasó allí el mes de diciembre de 1354, en lo que él calificó de prisión. Los infantes de Aragón y sus hermanastros controlaban al Rey. Repartían los cargos de la Corte y concedían con toda liberalidad mercedes. A principios de enero de 1355, con la connivencia de Leonor y de sus hijos, Pedro I salió de caza una mañana de niebla y no regresó a Toro.

Pedro I no se vengó de la colaboración de Fernán y Pero en la encerrona de Toro. Es más, en 1355 concedió a Fernán el lugar de Cuartango, como recompensa por sus victorias de Aragua y las Encartaciones, que aseguraban al Monarca estos territorios vascos. Don Pero, por su parte, todavía en 1359 gozaba del favor del Rey, en términos muy singulares. Pedro I preparó una gran armada contra Aragón y nombró a Pero capitán de la flota, puesto para el que se ignora cuáles fueran la preparación y los méritos de quien cabía considerar, sobre todo, como un amigo suyo.

La década de 1360 la inició con buen pie don Pero, como alguacil mayor de Toledo, puesto importante en la ciudad más notable de Castilla, aunque ya no estaba en la inmediación del Rey. Muy pronto, Pero recibió de la Corte un apercibimiento, con motivo del destierro del obispo de Toledo, Vasco Fernández de Toledo, que el Monarca le encargó directamente a Pero, por medio de mensajeros muy relevantes, y de cuyo cumplimiento inmediato éstos no debieron manifestarse convencidos, pese al sumiso acatamiento de Pero. El mismo Pedro I viajó enseguida a Toledo y procedió a una inspección personal y violenta de los asuntos toledanos.

Estos primeros años de la década de 1360 marcan en la Crónica que escribió don Pero un gran descenso de información histórica. El año 1365 es un ejemplo: sólo contiene cuatro capítulos, con un total de seis páginas. Pero estaba fuera de la Corte y tenía muy pocas cosas que contar de la actualidad. Hay una estrofa del Rimado de Palacio que describe una visita del poeta a la Corte y las novedades que encontró: “Entro dentro apretado e asientom’muy quedo; / que calle e non fable me faze con el dedo. / ‘¿Quien sodes?’, me diz otro, ‘¿que entrastes ý tan cedo?’. / ‘Señor’, l’digo, ‘un omne que vengo de Toledo’”. Al “hombre de Toledo” que, muy posiblemente, no tenía ya ningún cargo oficial y sólo se ocupaba de su casa y de sus asuntos privados, le esperaba todavía en la Corte la buena acogida de Pedro I y su ofrecimiento del puesto de frontero en Elche, dentro del Adelantamiento de Murcia. Al mismo tiempo, en enero de 1365, el Rey le concedió el mando de una tropa de setenta ballesteros, y al padre de Pero, Fernán, el control del castillo fronterizo de Castielfabib. Se mantenía, pues, la confianza de Pedro I en su viejo amigo de juventud. A él y a su padre les concedía mandos en la hipersensible frontera de Castilla y Aragón.

Las tropas de Pedro I, engrosadas y dirigidas por el príncipe de Gales o Príncipe Negro, se enfrentarían con las de su opositor y hermanastro, el futuro Enrique II, apoyadas y dirigidas por el condestable Duguesclin, en la batalla de Nájera, el 3 de abril de 1367. Eran bandas mercenarias, únicos ejércitos disponibles que podían contratarse en Francia, en forma de compañías blancas. Caudillos excepcionales se revelaron al frente de ellas, como el príncipe de Gales y Duguesclin. Fue el momento europeo de las guerras civiles españolas, y este capítulo lo venció la alianza del rey Pedro I con el príncipe de Gales. En esta batalla Pero se disoció de su legítimo rey, Pedro I, y siguió el bando Trastámara.

En ningún pasaje de su obra Pero justifica explícitamente el abandono de su Rey, pero en personajes tan escrupulosos con las reglas de la Caballería, como él y su padre Fernán, es sin duda extraño que no tuvieran alguna razón muy poderosa que los disculpara. Ésta pudiera ser la extradición a la que Pedro I se acogió, abandonando Castilla para refugiarse en Portugal y buscar un camino que lo llevara a los dominios ingleses del sur de Francia. “E Dios por su merced ovo piedad de todos los de estos regnos [...] en la cibdad de Burgos Dios dio su sentencia contra el que el, de su propia voluntad, los desamparo e se fue”. Hay que señalar que fue en Burgos donde Pedro I había concedido un levantamiento general del pleito homenaje a sus súbditos. El caso es que, en la batalla de Nájera, Pero luchó en el bando de Enrique portando el pendón de la Banda, y fue hecho prisionero.

Tampoco cuenta Pero cómo fue liberado, pero dada la confusión que debió de producirse entre aquellos ejércitos extranjeros en Castilla, parece posible que consiguiera huir muy pronto de la prisión y se pusiera al frente de sus soldados en el Adelantamiento de Murcia, esta vez contra el rey Pedro I. Desde luego, el rey castellano lo declaró traidor y, como tal, condenado a ser quemado cuando se le encontrara.

No tuvo Pero actuación notable durante el reinado fantasma de Enrique II, en la lucha contra su hermanastro Pedro I. Fue un período de violencias intermitentes y dispersas entre las huestes de Pedro I, que se ocupó de someter diversas alteraciones, como las andaluzas, con la ayuda de su aliado el rey moro de Granada, y las tropas rebeldes, cuya empresa militar más importante fue el largo sitio de Toledo, en el que participa Fernán, el padre de Pero. Cuando Pedro I se dirigió a Castilla para romper el cerco de Toledo, fue interceptado por los rebeldes en Montiel y allí tuvo lugar el oscuro episodio de la pelea cuerpo a cuerpo con su hermanastro, el también titulado rey Enrique II, que terminó con la muerte de Pedro I, el 23 de marzo de 1369.

En los años en que reinó ya Enrique II como único Soberano, mejoró algo la situación de Pero. Obtuvo la concesión territorial de Arciniega, además de diversos puestos político-administrativos: alcalde y merino de Vitoria, en 1374, y alcalde mayor de Toledo, el año siguiente. Terminó el reinado con la designación de Pero para una embajada de Caballería al rey de Aragón, a finales de 1375 o comienzos de 1376, que eliminó una posible guerra castellano-aragonesa; y con el nombramiento, en 1378, para otra embajada al rey de Francia que, en el fondo, era una mediación de Castilla para normalizar las relaciones franco-navarras.

Según era su costumbre, Pero cierra su capítulo dedicado al reinado de Enrique II con un juicio sintético sobre las cualidades del Monarca y las características de su reinado. Pero no tuvo una idea clara de lo que Enrique II representaba en la sucesión monárquica castellana, ni era posible que pudiera tenerla. Así es que redactó hasta tres textos distintos de elogio, en las varias versiones y pasajes de su Crónica, pero en ninguno de ellos se abordó la legitimidad de Enrique II ni, en consecuencia, la legitimidad de quienes lo siguieron, don Pero mismo, entre tantos otros.

Comenzó el reinado de Juan I, hijo de Enrique II, que marca la culminación biográfica de Pero, quien interviene en todos los asuntos importantes del reino. Representativos, como la curaduría del heredero, el infante Enrique, para recibir el juramento de todos los estamentos. Enconados, como la lucha económico- social entre la nobleza y el clero por el apoderamiento de las encomiendas eclesiásticas, que se dio a juzgar por dos caballeros. Trascendentales desde el punto de vista internacional, como la retirada por Castilla de la legitimidad pontificia a Urbano VI para pasarla a Clemente VII, por influencia de la coalición franco-castellana. Decisivos para una solución bélica o pacífica, como la interpretación de si el matrimonio de Juan I con la princesa Beatriz de Portugal daba o no derecho de sucesión en Portugal al rey castellano. Complicados en la significación jurídico-social de la Familia Real, como el largo proceso de la rebeldía del hermanastro de Juan I, el príncipe Alfonso, para cuyo proceso Pero ideó una maravillosa solución caballeresca, que se aplicó tarde y mal. En todos estos asuntos intervino López de Ayala, y no en todos los casos para su satisfacción, porque su buen juicio fue desoído frecuentemente, lo que condujo a no pocos resultados infaustos.

Por la particular importancia que los asuntos diplomáticos tuvieron en su vida durante el reinado de Juan I, se relacionan sintéticamente las embajadas a que dieron motivo.

 La primera embajada de Pero López de Ayala a Francia, que se realizó ya con Juan I en el trono, fue de finales de 1379 o comienzos de 1380. Los asuntos a tratar eran la actitud a adoptar ante el problema del Cisma y la organización de las expediciones navales franco-castellanas.

Aunque la inclinación castellana para la solución del Cisma era la conciliar, muy pronto fue decisiva en la Corte de Castilla la influencia francesa. Se suspendieron las relaciones con la curia romana y, en carta del 20 de diciembre de 1379, Juan I hacía un elogio de la federación y unidad entre los dos países, como garantía de acierto en el problema cismático.

La colaboración naval franco-castellana, por su parte, había tenido gran éxito desde 1370. Solían participar ocho galeras castellanas y se trataba de aumentar el número de embarcaciones y los efectos de las operaciones. La ordenación que se adoptó en la conferencia diplomática, el 4 de febrero de 1380, era meticulosa y bastante completa. Se aumentaba a veinte el número de galeras castellanas que participarían en cada campaña y se regulaba con detalle todo lo relativo a equipamiento, organización militar de la flota, salarios y gastos, presas, banderas. Aquel mismo verano de 1380 la flota castellana, al mando de Ferrand Sánchez de Tovar, asoló Winchelsea, Portsmouth y Hasting, penetró Támesis arriba, incendiando Gravesend y, según escribe Pero, llegó “fasta cerca de la cibdad de Londres, a donde galeas de enemigos nunca entraran”.

Las desapariciones de Enrique II de Castilla (29 de mayo de 1379) y de Carlos V de Francia (16 de septiembre de 1380), los dos artífices de la alianza francocastellana, hicieron conveniente para los gobernantes de los dos países renovar el Tratado de Toledo de 1368, que tan útil había sido. En diciembre de 1380, Juan I otorgaba sus poderes a los embajadores castellanos Pero López de Ayala y Alfonso de Algana. Estos embajadores entraron en contacto, al llegar a Francia, con el Consejo de Regencia del futuro Carlos VI, que designaba a sus propios embajadores. Ambas representaciones redactaron, el 22 de abril de 1381, en Vincennes, el nuevo documento de alianza. Se trataba de una copia del de Toledo, en el que, fundamentalmente, se ponían al día los datos que el tiempo había modificado. En el Tratado de Toledo se exceptuaba al emperador Carlos, y el exceptuado ahora era el Rey de Romanos. En el documento de Toledo se preveía que Pedro I fuera hecho prisionero, en cuyo caso tenía que ser entregado a Enrique II; en el de Vincennes, el prisionero sería el duque de Lancaster, “que se titula Rey de Castilla”, quien debía entregarse a Juan I.

Sucedió un período, entre 1381 y 1383, en el que, con vaguedad de fechas, aparecen posibles embajadas de Pero a Francia. Hay una, de la primera mitad de 1381, en la que Ayala pudiera haber comunicado oficialmente la decisión de la Asamblea de Medina del Campo, en la que se reconoció, como Pontífice legítimo, a Clemente VII. Con toda claridad resalta, en cambio, la curiosa experiencia que vivió Pero con su asistencia a la batalla de Roosebeke (27 de noviembre de 1382).

Un problema nuevo y explosivo había surgido en el Flandes francés. Los tejedores de Gante habían tomado el poder en las grandes ciudades flamencas y desencadenaron una verdadera revolución social. Ante ella, el poder político francés adoptó una solución militar a ultranza, la guerra. En la batalla de Roosebeke quedó aplastada la vocación política del artesanado flamenco. Pero, revestido con sus arreos militares, formó en el cuadro de los once caballeros que durante la batalla protegieron al rey niño, Carlos VI de Francia. El Rey lo nombró camarlengo, le asignó una dotación anual y, desde entonces, se convirtió en receptor de las atenciones regulares o excepcionales del trono francés. Un último detalle sobre Roosebeke: lo que permitió el triunfo francés fue la flota castellana de Fernán Ruiz Cabeza de Vaca, que impidió a los ingleses el paso por el Canal para prestar ayuda a los burgueses flamencos.

El 14 de septiembre de 1384 se suscribió en Boulogne-sur-Mer, con toda solemnidad, el tratado de treguas entre Inglaterra y Francia, coronación de un largo proceso de negociaciones desarrollado en Lenlingham, en el que participó Pero. Aunque estas treguas se referían a Inglaterra y Francia, ambos países consideraban importante la intervención castellana en su lucha, e Inglaterra quería imponerle límites a su actividad naval. Terminado el acuerdo, decidieron que Inglaterra, por sus acuerdos con Navarra, y Francia, por los que tenía con Castilla, podrían participar particularmente en el acuerdo general. Pero Navarra no había enviado embajador con firma autorizada, y se acudió a uno de los típicos recursos diplomáticos: Inglaterra se erigió en representante de Navarra y Francia en representante de Castilla, y firmaron en esa calidad.

Los asuntos de Portugal llevaban años de tensión y de capítulos bélicos con Castilla. En 1381 Juan I había enviado a la flota castellana, al mando de su almirante Sánchez de Tovar, a las aguas de Lisboa, en donde deshizo a la flota portuguesa. En 1382, en Yelbes, quedaron enfrentados los ejércitos portugués y castellano, sin llegar a la batalla, por procederse a un acuerdo de última hora que eliminaba la posibilidad de que las dos Coronas se reunieran en una misma cabeza.

Esta posibilidad, aunque se establecía siempre la separación de las Coronas, empeoró al quedar viudo Juan I de Castilla y proponerle Fernando, el monarca portugués, que casara con su hija Beatriz. Muerto Fernando, los acontecimientos se aceleraron y Juan I estableció, en 1384, el cerco de Lisboa. La violenta epidemia de peste que afligió al ejército castellano y que se dice que le causó dos mil bajas, hizo que Juan I se retirara del sitio y volviera a Castilla. Rehecho el ejército castellano, un año después, volvió a entrar Juan I en Portugal. Los dos ejércitos se encontraron en las inmediaciones de Aljubarrota (14 de agosto de 1385).

Ese mismo día Juan I, que iba enfermo en el ejército castellano, recibió un mensaje del condestable portugués, Nuño Álvarez Pereira, en el que proponía que se abriera alguna razonable avenencia de paz, y en otro caso, confiaba a la voluntad de Dios la suerte de las armas. Diego Álvarez Pereira, hermano del condestable portugués en el bando de Juan I, junto con Pero, fueron enviados al campo luso, en respuesta a este mensaje. Se produjo un diálogo de sordos. Tal vez la propuesta del condestable portugués fuera un formulario gesto de paz. La contestación de Pero, desde luego, fue una reafirmación de todos los derechos de Juan I al trono portugués. Cuando podía haberse esperado de Pero algún remedio, aunque fuera dilatorio, pues siempre estuvo contra una solución bélica del problema, justificó en la Crónica la posición del Rey: “E los caballeros de Castilla respondieron sobre esto muchas razones, las cuales entendian que les cumplia decir por guarda del derecho del Rey, su Señor”.

Después de esta entrevista, tuvo lugar la batalla de Aljubarrota, en la que Pero fue hecho prisionero. Comenzó un largo silencio de treinta meses, durante su prisión en castillos portugueses, en particular en Obidos. Su liberación costó 30.000 doblas de oro, que constituía la moneda europea más fuerte de la época. La mujer de Pero, Leonor, consiguió 20.000 doblas, con lo que se le permitió salir de la prisión, en la que lo sustituyó su hijo Fernán hasta el pago total de la cantidad fijada. Juan I abonó 10.000 doblas y el rey de Francia envió 10.000 francos de oro.

Después de su liberación, Pero reanudó sus trabajos en la Corte. El primer asunto con el que se enfrentó fue el de la herencia Trastámara, incorporado por la Corona inglesa. El duque de Lancaster, casado con Constanza, hija de Pedro I de Castilla, aceptó el matrimonio de la hija de ambos, Catalina, con el hijo de Juan I de Castilla, el príncipe Enrique, que se convertiría pronto en Enrique III. El mayor inconveniente de la operación era su elevado costo. El duque de Lancaster y su esposa recibirían, por su renuncia a todos los derechos de la herencia castellana, 600.000 francos de oro, asegurados con sesenta rehenes de importantes señores y caballeros, y una renta anual de 40.000 francos. El acuerdo fue suscrito y jurado en Bayona.

Quedaba a Pero abordar algún punto que había quedado pendiente. Juan I había aceptado visitar en Bayona al duque, pero no pudo cumplir el compromiso debido a una recaída de su salud. Envió en su lugar al duque una solemne embajada, compuesta por Pero, el obispo de Osma y su confesor, fray Fernando de Illescas. El duque “non se tobo por contento [...] e non se queria creer las excusas que los sus mensajeros le decían” sobre la no asistencia de Juan I a las vistas y, por supuesto, expuso e insistió en su propuesta de firmar una alianza con Castilla, una vez que ya no existían diferencias entre Inglaterra y Castilla. Es de suponer que Pero llevó la voz cantante de la representación castellana. Hizo un análisis de la historia de la coalición con Francia, originada como respuesta a las agresiones terrestres de Inglaterra y salvaguardada, incluso, en el tratado que se había firmado con el duque. En definitiva, el rey de Castilla “en ninguna manera non podia partirse de las dichas ligas con Francia”.

La guerra castellano-portuguesa no se dio formalmente por terminada después de Aljubarrota. Los ataques fronterizos y conquistas de lugares, las intentonas en Galicia del duque de Lancaster, apoyado por el maestre de Avis, las represalias castellanas, caracterizaron la inestable situación de las relaciones luso-castellanas. Las primeras treguas que se firmaron entre Portugal y Castilla fueron las de Monçao (29 de noviembre de 1389), que se incorporaron a las de Lenlingham como documento aparte.

Durante la minoridad de Enrique III, uno de los acuerdos de los tutores del Rey fue enviar una embajada a Portugal que negociara nuevas treguas. Tropezaba este asunto con las interferencias de una de las figuras más prominentes de la nobleza castellana, Fadrique, duque de Benavente, hijo de Enrique II, que estaba negociando por su cuenta su matrimonio con una hija bastarda del maestre de Avis. Para asegurar las treguas, los portugueses solicitaban que un hijo bastardo del duque figurara entre los rehenes y que se entregara al duque el alcázar de Zamora. La primera providencia del Rey y su consejo de tutores fue cambiar el equipo negociador. Entre los nuevos embajadores figuraba Pero.

La dificultad mayor de la negociación consistía en la obstinación de los portugueses en obtener los rehenes que solicitaban de los castellanos para la aceptación de las treguas: doce hijosdalgos de las primeras casas de la nobleza y doce ciudadanos. Ante el inminente agotamiento de los plazos de vigencia del último acuerdo de treguas, el de 1389, los embajadores enviaron a uno de ellos a consultar con el Rey. Aunque se consideraba que la insistencia portuguesa iba contra la honra del Rey, sólo su aceptación aseguraría un capítulo tan importante de la convivencia lusocastellana. El enviado del Rey regresó con un escrito en el que se autorizaba la firma del acuerdo, que se suscribió por quince años, el 15 de mayo de 1393, en Lisboa, donde se pregonaron las treguas.

La última embajada en la que participó Pero fue la llamada Embajada de los Tres Reyes, porque la enviaban los reyes de Francia, Inglaterra y Castilla a los dos Pontífices en ejercicio, Benedicto XIII, en Aviñón, y Bonifacio IX, en Roma. Eran los embajadores castellanos el obispo de Mondoñedo, Bertrand Malmont, fray Fernando de Illescas y Pero López de Ayala, a quienes se les expidieron las credenciales el 20 de septiembre de 1396. La embajada francesa estaba compuesta por Jean Courtecuisse, Gilles des Champs y Collard de Calleville. Los ingleses fueron representados por William Sturmy, conde de Rutland. En marzo de 1397 los embajadores castellanos estaban ya en París. Poco después llegaba el embajador de Inglaterra, y el 13 de junio la triple embajada entraba en Aviñón.

La primera audiencia con Benedicto XIII fue el 16 de junio. Don Pero, bajo la influencia de sus largas sesiones con el Papa Luna, estaba dispuesto a admitir que los Pontífices se reunieran previamente para debatir sobre su respectiva legitimidad, siempre que se respetaran los plazos resolutorios acordados por las tres embajadas (el 29 de septiembre, día de san Miguel, que luego se amplió al 2 de febrero del año siguiente, día de la Candelaria), y que, a falta de un acuerdo definitivo entre los dos Pontífices que diera unidad a la Iglesia, se aplicara la perentoria alternativa de la renuncia de los dos Pontífices. Pero el debate que siguió a la audiencia del 16 de junio y las conversaciones con los miembros más destacados de la curia no despejaron la situación.

El 7 de julio los embajadores de los tres Reyes se despedían amargamente del Papa, sin otra respuesta que una moratoria. El asunto era muy grave, les dijo Benedicto XIII, y no podía comunicar una decisión. El embajador francés, Collard de Calleville, contestó al Papa “con vivo descontento” que, a partir del 2 de febrero, dejaría de percibir sus rentas y de conferir los beneficios en Francia. El embajador inglés se sumó a esta aplicación de la via cessionis, es decir, la de la renuncia. Pero, requerido a pronunciarse por el embajador francés Calleville, hubo de decirle al Papa que tal era también la resolución del rey de Castilla. Las embajadas francesa e inglesa continuaron hasta Roma, donde igualmente fracasaron ante Bonifacio IX. Un embajador castellano, Alfonso Rodríguez, formó parte de esta misión en Roma.

Pero, entretanto, había regresado a Castilla. Todavía recayó sobre él un título que bien merecía, el de canciller mayor del reino, que se le concedió en 1398 o 1399. Retirado de la vida activa, buscó refugio en las montañas alavesas, en el monasterio de San Miguel del Monte y Calahorra.

Murió el joven rey Enrique III el 24 de diciembre de 1406. Para esa fecha ya Pero había otorgado testamento, el 1 de diciembre de 1406, y lo había incluso retocado el 23 del mismo mes. Es de suponer que muriera en los días inmediatos. Su cuerpo fue trasladado a la hermosa capilla fúnebre que el canciller había decorado entre 1396 y 1399, en el torreón de Quejana, donde todavía reposan sus restos.

Pero fue el más importante historiador castellano de su época. Escribió las cuatro Crónicas de los Monarcas en cuyos reinados se desarrolló su vida adulta, en los que ocupó puestos destacados: Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III. La Crónica de Pedro I, en particular, es una de las más polémicas de la historia española, por la personalidad de un Rey que, en el ejercicio de su cargo, no respetó ninguna garantía jurídica, y porque el diverso enjuiciamiento de que ha sido objeto en las distintas épocas de la historia de España, ha revertido en la Crónica, haciéndola objeto tanto de grandes alabanzas como de juicios muy severos. Para gloria de Pero López de Ayala, lo que no ha sido posible es destruir o modificar sensiblemente la veracidad histórica que expone.

Fue autor de un texto también muy notable, su largo poema, el último de la vieja poesía en la cuaderna vía, conocido como Libro Rimado de Palacio. En el Rimado vertió Pero sus conocimientos sobre la ascética y sus observaciones sobre la vida y la sociedad de la época. Además de las obras mencionadas, Pero tradujo del latín o adaptó una serie de textos clásicos y de obras modernas. En la prisión de Obidos, escribió su Libro de la Caza de las Aves.

Conocido el ritmo lento de la vida medieval, no puede menos que sentirse admiración hacia quien, en medio de todos los azares de su vida pública, que fueron muchos, y del cuidado de sus bienes y familiares, que igualmente no sería liviano, pudo dejar tan amplia y óptima cosecha literaria. Sin duda que se debió a la importancia que concedía al estudio, la facilidad con que escribía y su preocupación por la consistencia de su obra. Es el primer caso de un caballero, guerrero y político que, al mismo tiempo, fue indudablemente un intelectual.

 

Obras de ~: Crónicas, Madrid, Imprenta de Antonio de Sancha, 1779; Libro de la Caza de las Aves, ed. de J. Fradejas Lebrero, Madrid, Castalia, 1959; Libro Rimado de Palacio, ed. de J. Joset, Madrid, Alhambra, 1978.

 

Bibl.: R. de Floranes, Vida literaria del Canciller Mayor de Castilla Don Pedro López de Ayala, restaurador de las letras en Castilla, Madrid, Imprenta de la Viuda de Calero, 1851-1852, 2 vols. (Colección de documentos inéditos para la Historia de España, 19-20); A. López de Meneses, “Nuevos datos sobre el Canciller Ayala”, en Cuadernos de Historia de España (Buenos Aires), X (1949), págs. 119-121; Marqués de Lozoya (J. de Contreras y López de Ayala), “Continuación anónima de la Genealogía de los Ayala”, en Introducción a la biografía del Canciller Ayala con apéndices documentales, Bilbao, Imprenta Provincial de Vizcaya, 1950; F. Pérez de Guzmán, Generaciones y semblanzas, Madrid, Espasa Calpe, 1954 (col. Clásicos Castellanos); F. Meregalli, La vida política del Canciller Ayala, Milano, Istituto Editoriale Cisalpino, 1955; L. Suárez Fernández, El Canciller Pero López de Ayala y su tiempo (1332- 1407), Diputación Foral de Álava, 1962; R. B. Tate, “López de Ayala, ¿historiador humanista?”, en Ensayos sobre la historiografía peninsular del siglo XV, Madrid, Gredos, 1970, págs. 33- 54 (col. Biblioteca románica hispánica. II. Estudios y ensayos, 145); J. López Yepes, “Documentos sobre el Canciller Pero López de Ayala (1332-1407)”, en Boletín de la Institución Sancho el Sabio, XVIII (1974), págs. 150-151; Á. L. Molina Molina (ed.), Documentos de Pedro I, Murcia, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Academia Alfonso X El Sabio, 1978 (Colección de documentos para la historia del Reino de Murcia, vol. VII); M. García, Obra y personalidad del Canciller Ayala, Madrid, Alhambra, 1982; E. Mitre Fernández, “Tradición e innovación en la obra cronística del Canciller Ayala”, en La España medieval (Universidad Complutense de Madrid), n.º 19 (1996), págs. 51-75; L. V. Díaz Martín, Colección documental de Pedro I de Castilla (1350-1369), Valladolid, Junta de Castilla y León, 1997-1999, 4 vols.; A. Serrano de Haro, El Embajador Don Pero López de Ayala (1332-1407), Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 2001 (col. Biblioteca Diplomática Española, Estudios, 21); J. Laínz, La nación falsificada, Madrid, Encuentro, 2006, págs. 47-49; F. López López de Ullibarri (dir.), El linaje del Canciller Ayala, catálogo de exposición, Vitoria, Diputación Foral de Álava, 2007.

 

Antonio Serrano de Haro