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José María España

Biografía

España, José María. La Guaira (Venezuela), 28.II.1761 – Caracas (Venezuela), 8.V.1799. Militar y precursor de la independencia venezolana.

Personaje de ideas avanzadas que formó parte de una conspiración fracasada, descubierta en Caracas en julio de 1797, en la que tomaban parte sediciosos criollos y españoles llegados de la Península como deportados, la conocida como “Conspiración de Gual y España”. Fue el tercer hijo del sargento José de España y de Anastasia Rodríguez (ambos españoles); al poco tiempo, la familia se traslada a Bayona (Francia), donde transcurre su infancia. De adolescente lee sobre temas de filosofía y política, en inglés y francés, llegando a ser un hombre culto. Habiendo regresado a La Guaira, se incorpora a la Milicia. La muerte de su padre marca un cambio de rumbo y lo lleva a ocuparse de la hacienda cacaotera, llamada “El Carmen”, que la familia poseía en las inmediaciones de Naiguatá. En 1783 contrae matrimonio con Josefa Joaquina Sánchez Bastidas (La Guaira, 18 de agosto de 1765-7 de abril de 1813), con la que tendrá, al menos, ocho hijos: Bernardino (1784), Germana (1787), Valentina Soledad (1789), Francisca (1790), José María Eufemio (1792), Prudencio José (1793), Cosme Damián (1794) y José Asunción (1796).

Una década más tarde, en 1793, es nombrado teniente de Justicia Mayor de Macuto, por el capitán general de Venezuela, Pedro Carbonell. Sus inclinaciones políticas, sin embargo, comienzan ya a perfilar una dirección contraria a las del Gobierno español que le ha asignado tal cargo. Por esos años, empieza a relacionarse con ciertos círculos filorrevolucionarios, al punto de que la ocupación de San Sebastián por las tropas galas, en el marco de la guerra franco-española (1793-1795), es celebrada con alegría por él y otros partidarios del ideario republicano. Esa simpatía conduce tanto a José María España como a su paisano Manuel Gual (La Guaira (Venezuela), 1759-San José de Oruña (Trinidad), 1800) a plantearse la necesidad de implantar la república no sólo en Venezuela, sino en toda América. La idea cobra al poco tiempo carácter de proyecto, suma fuerzas entre amigos y conocidos (Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, entre otros), y deviene así en franca conspiración, vinculada a la masonería.

Pero al ejemplo de Francia se suma todavía un estímulo mayor cuando, durante la segunda mitad de 1796 y los primeros meses del siguiente año, varios españoles liberales llegan como presos de peligro a La Guaira, condenados tras un fallido intento de instaurar la república en la Península Ibérica (la llamada “Revolución de San Blas”, por haber sido descubierta en Madrid el 3 de febrero de 1795). Gual y España no tardan en trabar contacto con estos reos, hombres como Juan Bautista Picornell, Manuel Cortés Campomanes, Sebastián Andrés y José Lax, que de inmediato aportan sus ideas y experiencias al diseño de los planes conspirativos, fructificando en una serie de documentos teóricos (una versión de Los Derechos del Hombre y del Ciudadano, unas ordenanzas-constituciones y unas composiciones literarias, como la Carmañola Americana) e instrucciones de carácter organizativo- práctico, como una bandera cuatricolor.

El programa de estos conjurados, emancipador, republicano e igualitario, es un claro antecedente del realizado por la revolución de 1810. Según el informe de un agente español, los conspiradores habían pensado “introducir en las posesiones españolas el sistema de libertad y trastornar en ellas el sistema monárquico”.

La Guaira fue el foco del movimiento revolucionario, desde donde se extendió rápidamente a Caracas. Se trató del primer movimiento organizado que plantea para la América española la conformación de gobiernos republicanos y la igualdad de sus habitantes sin distingos de raza o condición social. En la conjura participaron individuos de casi todas las clases sociales. En tal sentido figuraron entre los conjurados comerciantes como Manuel Montesinos Rico; los abogados criollos Nicolás Ascanio y Luis Tomás Peraza; los ingenieros militares Patricio Ronán y Juan Lartigue de Condé; funcionarios de la Real Hacienda como Joaquín Sorondo, Juan José Mendiri, Martín Goinaga, y el párroco de La Guaira, Juan Agustín González. También formaron parte de la conspiración artesanos y militares. Las relaciones entre unos y otros se estrechan a tal extremo que José María España, valiéndose de su cargo de teniente de Justicia Mayor, promueve y ejecuta la noche del 4 de junio de 1797 la fuga de los presidiarios españoles hacia las Antillas. Develada la conspiración poco después, entre los días 13 y 14 de julio de 1797 se producen varios arrestos (cuarenta y nueve criollos y veintiún españoles), varios en Caracas, en casa del comerciante Manuel Montesinos y Rico, pero Gual y España escapan hacia las Antillas (isla de Curazao). José María España estuvo a punto de caer prisionero, pero había logrado huir hacia los montes de Uría. En Camur Chico se encontró con Manuel Gual para huir juntos, embarcándose para la citada Curazao. El 21 de julio de 1797 llegaron a la isla, donde fueron recibidos por los hermanos Manuel y Felipe Piar, curazoleños que días antes habían sido expulsados de La Guaira por simpatizantes de la revolución.

Después de un largo periplo por el Caribe (islas de Guadalupe, San Bartolomé, Saint Thomas, Sainte Croix y Martinica), recalan finalmente en Trinidad, donde España, sin duda el más apasionado de los conjurados, le propone a Picornell y a Manuel Gual el trasladarse a La Guaira para encauzar la asonada desde un escondite, pero no lo apoyan por considerar el proyecto simplemente suicida. España, añorando a su familia, insiste y decide regresar a Venezuela para retomar la lucha.

A sabiendas de su persecución y del ofrecimiento de cinco mil pesos al que lo entregase vivo o muerto, España logra clandestinamente embarcarse hacia Barcelona, y de igual modo llegar a La Guaira el 27 de enero de 1799. Sin otra opción que esconderse en su propia casa de Macuto, retoma desde allí la acción revolucionaria y, con auxilio de su esposa, que le sirve de mensajera, procura establecer contacto con el resto de los conjurados que permanecen en libertad. A través de un esclavo de su hacienda, intenta fomentar una rebelión entre los negros de Naiguatá. Se comienza a sospechar de su presencia en esta casa, ya que Joaquina Sánchez manifiesta algunos síntomas de embarazo. Pronto las autoridades conocen su paradero y, tras una serie de detenciones de negros y mulatos armados, José María España es capturado el 29 de abril de 1799.

El tribunal especial que lo juzga, encabezado por el capitán general Manuel Guevara Vasconcelos, hombre enérgico y celoso oficial que quería dar escarmiento a todo intento de rebeldía, dicta un castigo que quiere ser advertencia para el resto de los pobladores de la provincia de Venezuela y para soliviantar a los americanos contrarios al reino de España.

El 8 de mayo de 1799, en la Plaza Mayor de Caracas (actual plaza de Bolívar) se cumple la sentencia. Amarrado a la cola de una bestia y literalmente arrastrado, le hacen subir al cadalso y sin más trámites es ahorcado. Luego, el verdugo procede a decapitarlo y descuartizar el cuerpo; cada parte será exhibida en alguno de los lugares donde se fraguó la conspiración. Antes de morir, España pronunció unas proféticas palabras: “No pasará mucho tiempo sin que mis cenizas sean honradas”.

Aunque la conspiración de Gual y España fracasó como movimiento revolucionario, los textos que se difundieron durante la misma tuvieron una considerable influencia en el movimiento emancipador de Hispanoamérica. Esta conjura es la de mayor contenido teórico, la más orgánica y completa, con perfecta definición de ideario y fines, de todos los movimientos precursores de la independencia de la América meridional.

La historiografía venezolana considera a Manuel Gual “mártir de la libertad”, haciendo hincapié en el ideario emancipador: proclamación de la independencia política; organización de la patria naciente dentro de un sistema republicano, federal y democrático, sobre la base de juntas gubernativas emanadas del pueblo y presididas por una junta general surgida de ellas; defensa de la igualdad legal y racial más absoluta, de la unidad americana y de otras utopías, como las bases éticas de la política y de la probidad patriótica.

Pero, sobre todo, José María España, más apasionado que Manuel Gual, fue un ilustrado idealista a quien los acontecimientos revolucionarios franceses, especialmente los del año 1793, las ideas enciclopedistas que se extendían en el nuevo mundo con mejor fortuna si cabe que en el Viejo y la lectura de libros sediciosos, llevaron por los caminos exaltados de libertad y soberanía, tanto o más que por los de la independencia, como demuestra el hecho de que la conjura de 1797 pretendía establecer la forma republicana de gobierno, aunque, al parecer, dependiente de la metrópoli, la cual, a ejemplo de Francia, debería cambiar su caduca organización monárquica por las tribunas populares.

 

Bibl.: P. Grases, La conspiración de Gual y España, y el ideario de la independencia, Caracas, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1949; C. Fulgencio López, Juan Bautista Picornell y la conspiración de Gual y España; narración documentada de la pre-revolución de independencia venezolana, Caracas, Ediciones Nueva Cádiz, 1955 (reed. Caracas, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela, 1996 y reimp. 1997); H. Méndez, “España, José María”, en VV. AA., Diccionario de Historia de Venezuela, vol. II, Caracas, Fundación Polar, 1997, págs. 262-264; D. R. Chacón Rodríguez, Catálogo de la documentación existente en el Archivo General de Indias sobre la revolución de Gual, España y Picornell, Caracas, Fundación Hermano Nectario María para la Investigación Histórico-Geográfica de Venezuela, 1997; J. E. Romero Jiménez, “El discurso del poder en Venezuela (Siglos xviii-xix): Gual-España y Francisco de Miranda”, en Congreso de Historiadores Latinoamericanistas (ADHILAC), vol. III, Santiago de Compostela, 2002.

 

Antonio Astorgano Abajo