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Juan Martínez de Ampiés

Biografía

Martínez de Ampiés, Juan de. ?, ú. t. s. XV – Santo Domingo (República Dominicana), 8.II.1533. Factor de La Española, procurador y regidor del Cabildo de Santo Domingo, poblador de Tierra Firme y fundador de la ciudad de Coro.

Su nombre completo era Juan Martínez Ampiés, aunque usualmente omitía su primer apellido, conociéndosele simplemente como Juan de Ampiés. Era de origen aragonés y muy amigo de otros maños influyentes, como Lope Conchillos o el tesorero de La Española, Miguel de Pasamonte. Con respecto a su fecha de nacimiento, no hay una referencia exacta; tan sólo se sabe que, en 1517, los jerónimos dijeron de él que era una persona de buena fama y de “madura edad”, sin precisar más.

El 19 de mayo de 1511 fue nombrado factor de la isla La Española, con una remuneración de 80.000 maravedís anuales. Además, aneja al cargo, llevaba una regiduría en la ciudad de Santo Domingo.

Debió llegar a la isla de inmediato, pues él mismo declaró unos años después que residía allí desde 1511.

El primer cometido que llevaba era el de tomar las cuentas de su antecesor, el factor Luis de Lizarazo.

En el repartimiento de Alburquerque de 1514 recibió una importante encomienda de indios en la villa de Bonao. Concretamente, le encomendaron dos caciques del Marién, uno llamado Torres y el otro Velázquez, con un total de doscientos dieciocho indios. Aun así, se quejó por no haber recibido tan buen repartimiento como se esperaba, y ello muy a pesar de que fueron decenas los españoles que se quedaron sin él o recibieron un pequeñísimo número de indios.

A la llegada de los reformadores jerónimos, a finales de 1516, decidieron confiar en él. Depositaron en su persona todos los indios que fueron incautados a los cortesanos y a los absentistas. Las rentas obtenidas no serían para él, sino para financiar toda una serie de pueblos indios tutelados que los tres cenobitas pretendían fundar. Concretamente debía “instruirlos en las cosas de la fe”, proveerlos de “todas las cosas necesarias”, y “dar cuenta y razón” de todo lo que los indios produjesen. A juzgar por las cuentas que presentó, está claro que en esta ocasión su comportamiento fue absolutamente correcto.

Pero Ampiés quería algún beneficio a cambio. Para ello, solicitó a los jerónimos que prohibiesen el tráfico de indios caquetíos, habitantes de las llamadas “islas de los gigantes”. Se refería a las islas de Curaçao, Aruba y Bonaire, en la costa de Venezuela. Y ello, a pesar de que Fernando el Católico las había declarado “islas inútiles” en 1513. En realidad, no pretendía el beneficio de los indios sino más bien preservarse para sí su explotación, como hizo pocos años después. De hecho, los jerónimos, a petición del propio Ampiés, pidieron a Cisneros el 20 de enero de 1517 que lo enviasen a la Costa de las Perlas, para que erigiese allí una casa fuerte. Finalmente, el asunto se demoró y, tras la llegada al poder de Carlos V y sus consejeros flamencos, enemigos de Ampiés, prefirieron nombrar para tal cometido a García de Lerma.

Aun así, el aragonés nunca desistió de sus miras expansivas en las islas y en la costa venezolana. A finales de 1522 recibió autorización para repoblar con indios las llamadas “islas de los Gigantes” y la costa venezolana, porque estaban despobladas pese a tener “piedras de valor” —esmeraldas— y oro. Como no pudo ir personalmente, envió en su lugar a un hombre de su confianza, Gonzalo de Sevilla. En julio de 1524 envió una segunda expedición con el objetivo de continuar la pacificación de los indios y averiguar si existía oro.

La expedición fue un fracaso porque, en 1525, un navío español, capitaneado por Baso Zabala, saqueó el territorio capturando ciento treinta esclavos, lo que provocó el levantamiento de los indios. Ampiés protestó airadamente, pidiendo que no se esclavizasen los indios de aquellos territorios porque eran de paz.

El 15 de noviembre de 1526 obtuvo una nueva capitulación para continuar con sus actividades en las “islas de los Gigantes” y comerciar con los caciques de la costa venezolana. En 1527 fundó justo al lado del golfo de Venezuela, la villa de Santa Ana de Coro —hoy Coro a secas—. Una plaza que resultó estratégica para la conquista y pacificación del territorio de la Nueva Granada.

El 27 de marzo de 1528 la Corona concedió a los Welser, banqueros alemanes, el gobierno y la explotación de Venezuela. Pese a que se excluían expresamente “las [islas] que están encomendadas y tiene a su cargo el factor Juan de Ampiés”, lo cierto es que dicha prerrogativa supuso un gran daño para sus intereses.

Pese a ello, en noviembre de 1528 se embarcó con destino a Aruba, Curaçao y Coro. Un tiempo después, llegó a esta última ciudad Enrique Alfinger, natural de la ciudad de Ulm, poniendo fin definitivamente a los sueños expansionistas de Ampiés. El aragonés se vio obligado a entregar “en paz” los territorios continentales.

Su estancia en Tierra Firme fue sólo temporal, porque Ampiés nunca abandonó definitivamente la isla La Española. De hecho, durante estos años siguió ostentando el cargo de regidor del Cabildo de Santo Domingo; así figuraba en su propia capitulación de 1526 y en un acta del Cabildo dominicano que él mismo firmó el 8 de junio de 1528.

El 8 de febrero de 1533 falleció en La Española el viejo factor. Dejó como herederas a su esposa, Florencia de Ávila y, en última instancia, a su hija Beatriz, desposada años después con el humanista sevillano Lázaro Bejarano. A juzgar por el inventario que realizó el licenciado Vadillo llegó a amasar una cuantiosa fortuna: un ingenio azucarero en la ribera de Nigua, a ocho leguas de la capital, varias casas a medio construir en el centro de Santo Domingo, sesenta esclavos negros y varios hatos ganaderos con quinientas yeguas y dos mil ochocientos carneros y ovejas. No obstante, reconoció deber al fisco 5.000 castellanos, que se cobraron de sus bienes.

Sobre su figura existe una división de opiniones.

Para Enrique Otte fue el “paralelo seglar del padre Las Casas”, mientras que para Giménez Fernández, Hugh Thomas y otros historiadores fue un esclavista más. Todo parece indicar que el gran móvil de su vida fueron sus propios intereses económicos.

 

Bibl.: B. de las Casas, Historia de las Indias, México, Fondo de Cultura Económica, 1951; J. A. Cova, Descubridores, conquistadores y colonizadores de Venezuela, Madrid-Caracas, Sociedad Hispano-Venezolana de Ediciones, 1961; D. Ramos, La fundación de Venezuela: Ampiés y Coro, una singularidad histórica, Valladolid, Universidad, 1978; Los viajes españoles de descubrimiento y rescate, Valladolid, Seminario Americanistas de la Universidad, 1981; R. Marte, Santo Domingo en los manuscritos de Juan Bautista Muñoz, Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 1981; M. Giménez Fernández, Bartolomé de las Casas, I, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1984; M. del Vas Mingo, Las capitulaciones de Indias en el siglo xvi, Madrid, Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1986; L. Arranz Márquez, Repartimientos y encomiendas en la Isla Española (El repartimiento de Alburquerque de 1514), Madrid, Fundación García Arévalo, 1991; G. Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, Madrid, Atlas, 1992; C. E. Deive, La Española y la esclavitud del indio, Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 1995; E. Mira Caballos, El Indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542), Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997; H. Thomas, Quién es quién de los conquistadores, Barcelona, Salvat, 2001; E. Mira Caballos, “La primera utopía americana: las reducciones de indios de los jerónimos en la Española (1517-1519)”, en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas (Hamburgo), n.º 39 (2002); J. M.ª González Ochoa, Quién es quién en la América del Descubrimiento, Madrid, Acento, 2003.

 

Esteban Mira Caballos