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Julio Casares Sánchez

Biografía

Casares Sánchez, Julio. Granada, 26.IX.1877 – Madrid, 1.VII.1964. Lingüista y diplomático.

Nació en el seno de una familia de clase media y era el segundo de cinco hermanos. En la ciudad de la Alhambra permaneció hasta su marcha a Madrid en los últimos meses de 1892.

Casares fue un destacado estudiante y obtuvo la calificación de sobresaliente en bachillerato; sin embargo, fue la Música la actividad que le encumbró desde muy pronto: a los nueve años dio su primer concierto de violín en público en el Teatro Principal de Granada y por ello el diario El defensor de Granada lo califica de “niño prodigio”.

Precisamente será el deseo de explotar las cualidades de su hijo lo que anime a los padres de Casares, Guillermo y Dolores, a trasladarse a Madrid. En la capital podría compaginar sus estudios musicales con la carrera de Derecho, que había comenzado en su ciudad natal; estaba matriculado en el primer curso de esta licenciatura así como en dos asignaturas ajenas a ella: Metafísica y Literatura general y española, dato que habla por sí solo del interés de Casares por el conocimiento, cualquiera que fuera la disciplina. Este hecho es crucial para entender el posterior dominio de la ciencia lingüística por Casares aunque fuera, eso sí, de aprendizaje autodidacta.

Pero la inquietud del granadino no cesa y una vez asentado en la capital del país, no sólo continúa con los estudios universitarios y el perfeccionamiento en materia musical —sigue la carrera de violín guiado por los maestros Jesús de Monasterio y José del Hierro, y también inicia el aprendizaje de música de cámara—, sino que comienza desde muy pronto a interesarse por los idiomas y asiste a clases de alemán desde su primer año en Madrid.

A pesar de sus mencionadas virtudes musicales, que le valieron, por cierto, para que le fuera concedido el Primer premio de violín del Conservatorio de Madrid, así como para formar parte de la orquesta del Teatro Real desde los dieciocho años —siendo profesor de ella estrenó, entre otras obras, El buque fantasma de R. Wagner—, pronto dejó en un segundo plano esta dedicación para centrarse de lleno en los idiomas y la diplomacia, hecho al que contribuyó la prosperidad económica que prometía un trabajo fijo relacionado con ellas. Sin embargo, y parece significativo recordarlo, nunca se olvidó de su temprana pasión musical realizó algunas investigaciones notables sobre música japonesa —publicadas en la revista Annales de L’Alliance Scientifique, en 1898—, así como composiciones musicales a lo largo de su vida; como muestra, en 1946, ocupando su tiempo en actividades nada relacionadas con su temprano afán, dio una conferencia-concierto en el Centro María Guerrero, de cuyo título (“La música del aficionado”) se deduce claramente que, en este momento, la música es ya para Casares un divertimento.

El interés de Casares por los idiomas —además de continuar aprendiendo alemán, comienza clases de inglés, lo que se une a su conocimiento del francés, obligatorio entonces en los estudios primarios y secundarios—, le hará inclinarse profesionalmente hacia esta faceta, dejando inacabada incluso la carrera de Leyes. Los acontecimientos ocurrieron de este modo: en 1896, el Ministerio de Estado (actual Ministerio de Asuntos Exteriores) convoca oposiciones para “Joven de lenguas”, pintoresco nombre con el que se permite a un número selecto de jóvenes iniciar la carrera diplomática. Casares es uno de los elegidos y, tras obtener la plaza, se marcha a París, a la Escuela Superior de Lenguas Orientales, donde aprende japonés. Para completar sus estudios sobre esta exótica lengua, se establece en el país del sol naciente durante dos años.

Antes de que acabe el siglo xix ya se encuentra en Madrid buscando otro medio de subsistencia debido a que, según sus palabras literales, “los idiomas dejaron de ser un medio para continuar la carrera diplomática”.

Tras aprobar unas oposiciones a Correos y Telégrafos, cargo que nunca llega a ejercer, se presenta poco después a otra prueba de selección, en este caso, de Interpretación de Lenguas (concretamente sobre traducción de lenguas escandinavas), dependiente del Ministerio de Estado. Otra vez logra la plaza —conforme al fin, sí la ocupa—; poco después se le reconoce su profesionalidad y es ascendido, en 1915, a jefe de Interpretación de Lenguas.

Este puesto lo ejerce hasta 1947, fecha de su jubilación.

Sin embargo, su paso por el Ministerio no es en balde, puesto que tras su marcha se le honra con el nombramiento de jefe honorario de la Interpretación de Lenguas. Por otra parte, siguió profundizando en el estudio de otros idiomas y llegó a poder expresarse y comprender en dieciocho.

En las primeras décadas del siglo xx desarrolló otra inquietud con la que obtuvo prestigio en el mundo cultural madrileño: la crítica literaria. Fruto de esta actividad —desarrollada gracias a la lectura de obras clásicas y modernas tanto de la Literatura española como de la europea—, es la publicación de Crítica profana (1916), obra en la que enjuicia el estilo y estética literaria de tres “jóvenes maestros”, en palabras del autor, de la literatura española: Ricardo León, Valle Inclán y Azorín. Con estos ensayos, en los que trata Casares de mostrar los resultados de sus lecturas personales, se le abren las puertas de muchos periódicos nacionales que requieren su colaboración. Sin embargo, no buscaba con esta publicación ni la fama ni el reconocimiento: “Yo no soy literato ni crítico.

Mientras fui mozo, alterné los estudios del bachillerato con la lectura de las novelas modernas y de las inevitables obras clásicas [...]. Ahora, en mis cortos ocios, vuelvo a leer como antes, pero con un lápiz en la mano. ¿Podrán interesar a los profesionales de la literatura o al público las observaciones de un profano?”.

Dentro de esta línea se encuentra también el libro titulado Crítica efímera (1919) que, igualmente, contiene artículos de crítica literaria contemporánea; en esta ocasión trata Casares sobre otra serie de escritores: Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Gabriel Miró, Ramón Pérez de Ayala y Miguel de Unamuno.

Al igual que con la música, sus diversas obligaciones no le llevan a olvidarse de la faceta de crítico literario y años más tarde (1945) es elegido por la Real Academia Española para responder a Wenceslao Fernández Flórez en la sesión de ingreso del autor de El bosque animado. Para tal ocasión redactó Casares el ensayo titulado El humorismo. Además, con motivo del tercer centenario del nacimiento de Cervantes realiza una nueva aportación, “Las tres edades del Quijote”, en la que combina el juicio literario con la filología.

La faceta de escritor de Casares se completa con las colaboraciones periodísticas, que comienzan en los primeros años del siglo xx, y que le posibilitarían estampar su firma en algunos de los periódicos de mayor tirada del país: ABC, La Nación y La Acción. Los temas de sus artículos son de índole diversa, aunque la principal preocupación de las reflexiones periodísticas de Casares es, desde el principio, la Lengua: desde la tribuna de prensa quiere llamar la atenciónsobre incorrecciones ortográficas, léxicas y gramaticales comunes en su época. Estos artículos serán recopilados posteriormente por el granadino en varios libros junto con otros escritos ocasionales: El humorismo y otros ensayos (1941), El diccionario como instrumento y el diccionario como símbolo (1942), Divertimentos filológicos (1947), Cosas del lenguaje (1961) y Novedades en el diccionario académico (1965).

En las dos primeras décadas del siglo xx, aún tuvo tiempo Casares para interesarse por la lexicografía, fruto de ello es la publicación de dos diccionarios bilingües: Nuevo diccionario Francés-Español y Español- Francés (1911) y Diccionario breve Francés-Español y Español-Francés (1921).

Toda esta rica y variada actividad le llevó a ser propuesto como académico de la Real Academia Española para cubrir la vacante de Augusto González Besada.

Sus valedores fueron tres laureados personajes de las letras españolas: el marqués de Villamediana, Ramón Menéndez Pidal y Ricardo León. El 7 de noviembre de 1919 fue aceptado como miembro de la regia institución y ocupó el Sillón J. La labor del granadino en la Academia fue espléndida, puesto que además de colaborar en múltiples empresas de la Corporación —revisó la 2.ª edición del Diccionario Manual, fue redactor del primer Diccionario histórico de la lengua española, puso por escrito las directrices para las Nuevas normas de Ortografía y Prosodia, coordinó e impulsó el segundo Diccionario histórico de la lengua española (esta última actuación en su conocida obra Introducción a la lexicografía moderna)—, y ostentar cargos de responsabilidad —secretario desde 1936 y secretario perpetuo a partir de 1939, primer director del Seminario de Lexicografía, miembro de la Comisión de Gramática—, fue un decidido defensor de la Corporación. Así, dedicó parte de su tiempo a hacer partícipe al público de las decisiones significativas sobre el léxico tomadas en su seno. Sus aportaciones para el correcto uso del idioma, destinadas al público general, siguen teniendo el mismo carácter didáctico, pero ahora están respaldadas por la Real Academia Española. Buena prueba de ello es la serie de artículos “La Academia trabaja”, publicados desde 1959 a 1963 en el diario ABC y vueltos a editar, tras una selección del propio Casares, en 1965. Además, desde su puesto de secretario fomentó la relación con el resto de Academias de la Lengua asociadas, logrando una cordialidad desconocida hasta entonces, como se pone de manifiesto en esta misiva de 1960 firmada por la Academia Argentina: “Es evidente para quien conozca las diversas circunstancias por las que han pasado las relaciones entre las Academias de la lengua española, que jamás fueron estas tan cordiales y fructíferas como en el último cuarto de siglo y no hay duda de que ello se debe principalmente a la prudentísima y tesonera eficiencia con que Ud., durante tantos años [25], ha sabido lograr no sólo la comprensión y en muchos casos la colaboración de las Academias hispanoamericanas, sino también la amistad y el admirativo apoyo de las personas que la constituye”. Rafael Lapesa, por su parte, resumió el significado de Casares para la Corporación lingüística: “La actividad toda de este hombre estaba puesta al servicio de la lengua española y de la Academia”.

Las labores como académico, sobre todo en los primeros años, no le impidieron continuar con su ascendente carrera diplomática. Desde 1921 es el delegado español en la Sociedad de Naciones —antecedente de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)—.

Su presencia fue relevante en esta institución, que lo eligió para desempeñar diversos cargos, en su mayor parte relacionados con la cultura; concretamente, en los departamentos de Interpretación de Lenguas y de Relaciones culturales: formó parte de la Comisión de Cooperación Intelectual, fue director de la Revue Pedagogic, órgano informativo de la Sociedad de Naciones, y presidió congresos internacionales, como el de la Propiedad Intelectual de Enseñanza pública. Sin embargo, su mayor logro como miembro de la Sociedad de Naciones fue lograr la armonía mundial en materia de estupefacientes con el Tratado Internacional sobre la prohibición de estos productos que, de hecho, se denominó “Julio Casares”.

El académico granadino fue miembro de la Sociedad de Naciones hasta la renuncia de España a seguir formando parte de ella en 1939. En realidad, el abandono de otras muchas naciones, unido a ciertos cambios en el orden mundial vigentes desde el Pacto de París (1949), aconsejaron la definitiva disolución de este organismo internacional cuyos fundamentos y objetivos eran, por otra parte, similares a la organización mundial que la sustituyó: la ONU.

A pesar de las responsabilidades acumuladas por su trabajo en el Ministerio de Exteriores, la pertenencia a la Sociedad de Naciones y a la Real Academia Española, aún tuvo tiempo Casares para conseguir una vieja aspiración: la publicación de un diccionario ideológico del español auspiciada por una estructuración rigurosamente científica: el Diccionario ideológico (de la idea a la palabra y de la palabra a la idea). Como el mismo autor relata en el artículo “Un inventario del idioma (génesis, calvario y epifanía)”, la utopía que se trazó parecía tener un final feliz en 1936, tras veintidós años de intensísimo trabajo con jornadas agotadoras de hasta doce horas diarias. Además, había encontrado en el editor Gustavo Gili un apoyo firme para la publicación de su diccionario, tras ver cómo se le cerraban muchas puertas de editoriales que no confiaron en la realización de la obra.

El estallido de la Guerra Civil truncó el lanzamiento de la prevista tirada de 16.000 ejemplares. El ansia de destrucción y violencia injustificada que supuso el conflicto no perdonó a Casares —que fue perseguido durante su transcurso, debiendo permanecer escondido durante algún tiempo—, ni a su diccionario. La narración del momento en que, finalizada la guerra, regresa Casares al lugar tangible de su esfuerzo habla por sí sola: “Cuando, al día siguiente de la liberación me acercaba con el corazón encogido a lo que había sido mi hogar, aún se veían a derecha e izquierda del camino, esparcidas como hojas secas de un otoño maldito, mis pobres papeletas, descoloridas y arrugadas [...]”.

Tras estos sucesos, Casares estaba decidido a renunciar a su obra más personal. Entonces, la aparición de Gustavo Gili será de nuevo crucial: el editor catalán había podido salvar todo el material del diccionario que se hallaba en su poder y que, a pesar de las pérdidas económicas, dotó al granadino del material necesario para la culminación del Diccionario. Otros tres años de intenso trabajo permitieron que al fin, en 1942, fuera publicado uno de los mayores logros de la lingüística española en el siglo xx.

Por lo demás, la sapiencia de Casares, reflejada en sus escritos científicos y en su labor divulgativa en la prensa diaria, hizo de él una figura relevante de la vida cultural española del momento. A pesar de no ser un lingüista de carrera, aunque sí de profesión, elaboró discursos de diversa temática lingüística, para los diferentes acontecimientos en los que se requería su colaboración: III Centenario del nacimiento de Cervantes (“Las tres edades del Quijote”), lección final del curso de 1953 en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (“La unidad de la lengua en los pueblos hispanos”), etc. Además, fue nombrado presidente de tribunales a Universidad, director del Instituto Miguel de Cervantes y secretario de la Comisión hispanoamericana del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Según las crónicas de los periódicos, Casares falleció en su propia casa —situada en la misma Academia, en la calle de Felipe IV, número 4—, tras una repentina enfermedad. En el momento del suceso se encontraba rodeado del cariño de su familia más cercana.

Así lo contó el diario Madrid: “Ayer, en sus habitaciones de la calle de Felipe IV, número 4, sede de la Real Academia Española, de la que era secretario perpetuo, falleció don Julio Casares, a consecuencia de un coma cerebral producido por una embolia. En el momento del fallecimiento se encontraban junto a él sus hijos Julio, María Luisa, Cristian, Pelayo y Lorenzo, su hijo político Eduardo Fierro, y su secretario, Emilio Arranz”.

 

Obras de ~: Nuevo diccionario Francés-Español y Español- Francés, Madrid, Jaime Ratés, 1911; Crítica profana, Madrid, Colonial, 1916; Crítica efímera, 1918; Nuevo concepto del diccionario de la lengua (discurso leído el 8 de mayo de 1921 en el acto de su recepción. Contestación de Antonio Maura y Montaner), Madrid, Real Academia Española, 1921; Diccionario breve francés-español y español-francés, Madrid, Saturnino Calleja, 1921; Novísimo Diccionario Francés-Español y Español-francés, Madrid, Saturnino Calleja, 1925; Novísimo Diccionario Inglés-Español y Español-Inglés, Madrid, Saturnino Calleja, 1940; Nuevo concepto del diccionario de la lengua y otros problemas de lexicografía y gramática, pról. de F. Rodríguez Marín, Madrid, Espasa Calpe, 1941; Diccionario ideológico: de la palabra a la idea, de la idea a la palabra, Barcelona, Gustavo Gili, 1942; El idioma como instrumento y el diccionario como símbolo, Madrid, Gráficas Barragán, 1944; “El Seminario de lexicografía. Su justificación y cometido” y “Nebrija y la Gramática castellana”, en Boletín de la Real Academia Española (BRAE), XXVI (1947), págs. 169-191 y 335-367, respect.; “Ante el proyecto de un diccionario histórico”, en BRAE, XXVIII (1948), págs. 177-224; “Prólogo”, en P. Esteban Ibáñez, Diccionario rifeño-español, Madrid, Árbor, 1949; Introducción a la lexicografía moderna, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1950; “Qué es lo moderno en lexicografía” y “Problemas de Prosodia y Ortografía en el Diccionario y en la Gramática”, en BRAE, XXXI (1951), págs. 7-21 y 569-455, respect.; “Problemas de Prosodia y Ortografía en el Diccionario y en la Gramática (2)”, en BRAE, XXXII (1952), págs. 7-27; “La Academia y las Nuevas normas”, en BRAE, XXXIV (1954), págs. 7-25; “Las Nuevas normas de prosodia y ortografía y su repercusión en América”, en BRAE, XXXV (1955), págs. 321-347; “Las Nuevas Normas de Prosodia y Ortografía”, en BRAE, XXXVII (1958), págs. 331- 347; “Dictamen”, en J. Fernández Castillo, Normas para correctores y tipógrafos, Madrid, Espasa Calpe, 1959; El humorismo y otros ensayos, Madrid, Espasa Calpe, 1961; Cosas del lenguaje, Madrid, Espasa Calpe, 1961; Novedades en el diccionario académico: la RAE trabaja, Madrid, Espasa Calpe,1965.

 

Fuentes y bibl.: Archivo de la RAE, Expediente de Julio Casares Sánchez, “Carta de la Academia argentina de letras a Julio Casares”, 29 de junio de 1961.

Real Academia Española (RAE), “Nuevo académico”, en BRAE, VI (1919), pág. 774; RAE, “Recepción académica del señor Casares”, en BRAE, VIII (1921), págs. 457-459; RAE, “Elección de Secretario”, en BRAE, XXIV (1936), pág. 122; Barreira, “Cómo fué [sic] mi juventud”, en Mástil, 1 de marzo de 1942; RAE, “Información académica”, en BRAE, XXIV (1945), pág. 122; J. Altabella, “Julio Casares abandonó la música y la diplomacia para dedicarse a la Gramática” (entrevista a don Julio Casares), en Pueblo, 3 de agosto de 1944; J. M.ª Pemán, “Semblanza”, en J. Casares Sánchez, El idioma como instrumento y el diccionario como símbolo, op. cit., págs. 7-15; F. Casares, “El maestro que se quiere llamar aficionado”, en Hoja del lunes (Madrid), 6 de mayo de 1946; “¿Qué hizo usted ayer?”, en Dígame, 26 de febrero de 1947; F. P. Walters, Historia de la Sociedad de Naciones, Madrid, Tecnos, 1971; P. Laín Entralgo, “Prólogo”, en J. Casares Sánchez, El humorismo y otros ensayos, op. cit., págs. 1-6; R. Lapesa Melgar, “Don Julio Casares”, en BRAE, XLIV (1964), págs. 213-221; A. Gallego Morell, Sesenta escritores granadinos con sus partidas de bautismo, Granada, Caja de Ahorros de Granada, 1970, págs. 40-42; M. Seco, “Los diccionarios históricos”, en Estudios de Lexicografía española, Madrid, Paraninfo; A. Zamora Vicente, Historia de la Real Academia Española, Madrid, Espasa Calpe, 1999; J. Martínez Montoro, “La labor de Julio Casares en la Real Academia Española”, en BRAE, t. LXXXII, cuaderno CCLXXXVI (julio-diciembre de 2002), págs. 259-274.

Jorge Martínez Montoro