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Juan I de Aragón

Biografía

Juan I de Aragón. Duque de Gerona, conde de Cervera. El Cazador, el Músico, y el Amador de la gentileza. Perpiñán (Francia), 1350 – Foixá (Gerona), 1396. Rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña y conde de Barcelona (1387-1396).

Hijo de Pedro IV el Ceremonioso y Leonor de Sicilia, desde 1351 ostentó el título de duque de Gerona, especialmente creado para él, al que también se añadió el de conde de Cervera. Tuvo como preceptor a Bernardo de Cabrera. A los dos años, en 1352, fue jurado como primogénito de la Corona, y desde 1363 ejerció como lugarteniente general de los reinos. En 1370, fue prometido a Juana de Valois, hija de Felipe IV de Francia y tía del entonces Monarca reinante en el país vecino, Carlos V el Sabio. Los acuerdos matrimoniales estuvieron a punto de romperse por la acción diplomática de Navarra y Castilla, que no veían bien este posible matrimonio. A pesar de todos los obstáculos, la boda estuvo a punto de celebrarse en Perpiñán en 1371, pero la mala fortuna quiso que la princesa Juana de Valois enfermase gravemente cuando llegó a Beziers, camino de la capital del Rosellón, muriendo el 16 de septiembre junto a su prometido, que la había ido a buscar. Esta muerte le afectó mucho, por lo que vistió de riguroso luto los tres meses que pasó después en Perpiñán.

A principios de 1373, unos nuevos pactos matrimoniales estaban prácticamente concluidos: la elegida era Matha, hija del conde de Armañac. La boda se celebró en la catedral de Barcelona el 28 de abril de aquel mismo año, precisamente en medio de tres terremotos que afectaron a Barcelona el 2 de marzo y el 3 y 23 de mayo. De Matha de Armañac se sabe que fue una mujer discreta, sumisa a su marido y a sus suegros, y que no tuvo suerte con su descendencia. Los tres hijos varones que tuvo, Jaime, Juan y Alfonso, murieron antes de cumplir un mes. De las dos hijas, Juana y Leonor, la primera nació en 1375 y fue la única que sobrevivió a sus padres, casándose con Mateo, conde de Foix, la segunda vivió únicamente unas horas.

Pedro el Ceremonioso, viudo desde 1375 de Leonor de Sicilia, comunicó a los duques de Gerona en 1377 su deseo de contraer nuevo matrimonio, esta vez con su amante Sibila de Fortiá, con la que había tenido una hija. Juan no osó enfrentarse con la madrastra, seguramente moderado por el carácter pacífico de Matha, la cual murió en el palacio de la Aljafería de Zaragoza en 1378, como consecuencia del parto prematuro de su hija Leonor. Juan se instaló en Barcelona y, una vez pasado el tiempo de luto, pudo comprobar cómo cada día era mayor la influencia de Sibilia de Fortiá, que había dado un hijo al Rey, llamado Pedro. Todo ello le decidió a contraer nuevas nupcias a los veintiocho años. Su nuevo matrimonio se convirtió en una verdadera cuestión de estado y motivo de graves enfrentamientos entre el Rey y el duque de Gerona.

Pedro el Ceremonioso ya había destinado como nueva esposa de su heredero a la reina María de Sicilia, su nieta, a la que había que proteger contra las ambiciones de los barones sicilianos, al tiempo que este proyectado enlace suponía el inicio de un plan para incorporar directamente el reino de Sicilia a la rama madre familiar de la casa real de Aragón y condal de Barcelona. En este empeño seguramente coincidieron el Rey y los familiares de Sibila de Fortiá, que querían alejar de la Corte al incómodo heredero de la Corona. Pero junto a la propuesta del Rey, estaba el ofrecimiento del monarca francés, al que interesaba tener como aliado al futuro soberano de la Corona de Aragón. Dos eran las propuestas de la Corte francesa: la primera Violante de Bar, hija de Roberto, duque de Bar, y de María, hermana del rey de Francia, Carlos V el Sabio. Esta oferta matrimonial suponía que Juan se casaría nada menos que con una nieta de un hermano de Juana de Valois, la primera prometida del duque de Gerona, cuya boda no llegó a celebrarse por su muerte en Beziers. La segunda oferta era una sobrina del rey de Francia, hija del señor de Coucy. También llegaron otras propuestas matrimoniales como la que hizo el propio pontífice aviñonés Clemente VII, para casarlo con una sobrina suya, hija del conde de Ginebra. Las inclinaciones francófilas de Juan determinaron la elección de su segunda esposa, en contra de la voluntad paterna que hubiese preferido a María de Sicilia. El 30 de abril de 1379, Juan de Aragón se casó con Violante de Bar, en la catedral de Perpiñán, no asistiendo los Reyes, siendo los personajes de más alto rango que presenciaron la ceremonia el infante Martín y el conde de Ampurias, cuñado del novio. La nueva duquesa de Gerona, de sólo quince años de edad, era de un carácter muy diferente al de su predecesora Matha de Armañac. El papel que desempeñó en la política de la Corona de Aragón fue muy importante, tanto en vida de su marido, como a la muerte de éste. Ejerció siempre una notable influencia sobre su esposo. Violante de Bar era joven, guapa, alegre y estaba acostumbrada a una vida de lujo y refinamientos, en un ambiente festivo y desenfadado, que introdujo en la Corte. Preocupada por las joyas, los perfumes y los vestidos, fue el complemento decisivo para su esposo, amante de la caza, de la poesía, siendo denominado merecidamente “amador de la gentileza”. Pero no fue ajena a las divergencias que se produjeron entre su marido y su padre, el rey Pedro el Ceremonioso, que llegaron a culminar con el enfrentamiento directo con la nueva soberana, la joven ampurdanesa Sibila de Fortiá, que fue coronada reina en 1381 en Zaragoza, acto simbólico del que fueron privadas las tres primeras esposas del Rey, sin la presencia de los hijos del Rey, los infantes Juan y Martín. El enfrentamiento entre Juan y su padre, el Rey, se agravó aún más cuando se negó a prescindir de ciertos personajes que rodeaban a su esposa Violante de Bar, como Constanza de Prócida, esposa de Francisco de Perellós, y Bartolomé Llunes, así como que otros fueron censurados en las Cortes de Monzón de 1383, acusados de malversación, corrupción e incluso de traición. Esta tensa situación familiar se agravó aún más al estallar la rebelión del conde de Ampurias (1384-1388), yerno y primo del Rey y cuñado del duque de Gerona, que pasó de ser una simple protesta en defensa de sus derechos señoriales a una verdadera guerra civil. El primogénito no quiso enfrentarse por las armas con su cuñado, hecho que permitió al Rey dar el mando de las tropas a Bernardo de Fortiá, hermano de la nueva Reina, y así postergar a su hijo. Pero al agravarse la situación al aliarse el conde de Ampurias con el de Armañac y las tropas gasconas de éste se disponían a entrar en Cataluña, el infante don Juan acudió con tropas a la frontera y ahuyentó a los invasores en 1385. Este es el único hecho de armas en que se conoce que participó.

A pesar de esto, la ruptura definitiva con su padre llegó por conflictos con la madrastra Sibila de Fortiá. Pedro el Ceremonioso le llegó a destituir como lugarteniente general incoándole un proceso. Esta destitución fue declarada ilegal por Domingo Cerdán, Justicia de Aragón.

Las fiestas que se celebraron en Barcelona en 1386 para conmemorar el medio siglo de reinado de Pedro el Ceremonioso, no contaron con la presencia del primogénito Juan y del infante Martín. Poco tiempo después, el Rey enfermó y cuando estaba agonizando, la reina Sibila de Fortiá, por temor a las represalias de sus hijastros, abandonó la Corte y se refugió en el castillo de San Martín de Sarroca junto con algunos de sus fieles, en donde el infante Martín los hizo prisioneros. Por orden del nuevo rey, Juan I, dos de los fieles de Sibila de Fortiá, Berenguer de Abella y Bartolomé Llunes fueron ejecutados, mientras que la Reina viuda, no fue condenada gracias a la intervención pontificia, teniendo que renunciar a sus bienes a cambio de una asignación anual.

Uno de los primeros actos de Juan I como Rey fue preocuparse por la política internacional, adaptándola a su manera de ver, muy influenciada por su esposa.

Después de escuchar a una serie de juristas y teólogos reunidos en Barcelona en 1387, puso a sus reinos bajo la obediencia del papa aviñonés Clemente VII, poniendo fin, así, con la indiferencia demostrada por su padre respecto al Papa de Roma o de Aviñón. El mismo año pactó una alianza con Francia, que terminó con la política anglófila llevada a cabo por Pedro el Ceremonioso.

Esta nueva orientación supuso, gracias a la intervención de la Corte pontifica de Aviñón, la reconciliación con los Anjou, condes de Provenza y reyes de Nápoles, que se ratificó en 1392 con el compromiso matrimonial de su hija Violante con Luis II de Nápoles.

También firmó un tratado de paz con Génova en 1390, para asegurar su no intervención en los asuntos de Cerdeña, que se había vuelto a rebelar, y también para facilitar la proyectada expedición de su hermano, el infante Martín, a Sicilia, de la que sería Rey entre 1402 y 1409. A pesar de los pactos con Génova en 1393, hubo una gran tensión con dicha república.

Desde el primer año de su reinado, se preocupó también de las relaciones con los restantes reinos peninsulares.

Estableció una alianza con Juan I de Castilla, cuya época dorada finalizó en 1390 a la muerte del monarca castellano, a causa de los problemas que surgieron durante la minoridad de Enrique III, por el temor de Castilla a una intervención aragonesa por medio del marqués de Villena, el cual fue desde 1394 desposeído progresivamente de sus bienes. En 1388 firmó un tratado con Navarra con la finalidad de delimitar pacíficamente las fronteras entre ambos reinos.

Las relaciones con el reino de Granada fueron bastante tensas en 1390 y especialmente entre 1393 y 1394. A finales de 1392, mientras una embajada de Juan I procuraba la devolución de los cautivos catalanes y aragoneses, pendiente todavía desde la paz de 1382, se produjo un ataque de los granadinos contra Lorca, tras el que se rompieron todas las negociaciones, poniéndose la Corona de Aragón al lado del rey de Castilla. Juan I no dudó en conceder autorizaciones para hacer incursiones contra las tierras del sultanato de Granada, ni tampoco en otorgar licencias a navegantes para atacar a los granadinos. Mientras que guerrillas musulmanas afectaban a la frontera sur del reino de Valencia, en el área de Orihuela.

En política interior, su primera preocupación fue resolver la rebelión del conde Juan de Ampurias, que ya se arrastraba desde época de su padre. Dicho condado fue ocupado e incorporado a la Corona en 1386, aunque un año después le fue devuelto al conde a ruegos del Papa de Aviñón. Siendo ya rey Juan I, instruyó un nuevo proceso contra el conde de Ampurias, pero la sentencia fue favorable a éste. Desde entonces, colaboró con el Rey en rechazar la invasión de las tropas armañacs, así como en la preparación de la abortada expedición a Cerdeña de 1392. En 1395, el conde de Ampurias volvió a enemistarse con Juan I, al producirse la invasión del conde Mateo de Foix, siendo encerrado y muriendo en 1396 casi al mismo tiempo que su cuñado el Rey.

Juan I convocó Cortes en Monzón en 1388, que ya se habían iniciado por su padre en 1383, en donde exigió la reorganización de la Casa Real y la expulsión de ciertos consejeros sospechosos, junto con la dama Carroza de Vilaragut. Las Cortes no pudieron concluirse porque en 1389 el conde de Armañac invadió Cataluña, alegando derechos sobre el reino de Mallorca, cedidos por la infanta Isabel de Mallorca, hija de Jaime III de Mallorca. Las tropas invasoras recorrieron el Ampurdán, se apoderaron de Báscara y llegaron ante Gerona, pero, faltas de aprovisionamiento y cansadas, fueron empujadas hasta la frontera en 1390 por un ejército mandado por el infante Martín y por el propio rey Juan I.

En 1391 se preparaba la expedición del hermano del Rey, el infante Martín, cuando la concentración de tropas en Barcelona y especialmente en Valencia propició que el 9 de julio de dicho año se iniciaran en esta ciudad los disturbios antisemitas que se extendieron por toda la Corona de Aragón. Esta explosión antisemita coincidió con una grave crisis financiera y económica y supuso los momentos más críticos del reinado.

La persecución de los judíos se inició en Sevilla y extendió por toda la Península. Predicadores procedentes de Castilla enaltecieron los ánimos en Valencia, y de aquí los asaltos a las juderías o calls se extendieron primero el 2 de agosto a la ciudad de Palma de Mallorca, el día 5 a Barcelona y después a Gerona, Lérida y, finalmente, el 17 de agosto llegaron a Perpiñán. El más importante de los asaltos fue el de la judería de Barcelona, que fue completamente destruida. Juan I ordenó la ejecución de una veintena de responsables, pero las juderías de la Corona de Aragón nunca volvieron a recuperarse del todo. Al mismo tiempo, el dominio sobre la isla de Cerdeña estuvo a punto de perderse por la revuelta encabezada por la juez Leonor de Arborea y su marido Brancaleone Doria. En 1392, el Rey decidió organizar una expedición para sofocar la revuelta sarda, para la que contaba con la ayuda de su hermano Martín, que estaba a punto de alcanzar su proyecto siciliano. Pero las dificultades económicas impidieron su realización y finalmente fue abandonado en 1394. Las naves preparadas contra los sardos rebeldes fueron utilizadas para ayudar al infante Martín, que se había logrado apoderar del reino de Sicilia, pero tenía que hacer frente a una importante revuelta, a la vez que también sirvieron para mantener las posiciones catalano-aragonesas en Cerdeña. Fueron los años en que los ducados de Atenas y Neopatria, incorporados directamente a la Corona en 1380 durante el reinado de Pedro el Ceremonioso, se perdieron definitivamente al no poder ser defendidos frente a las tropas del florentino Nerio Acciaiuoli, que los ocuparon entre 1388 y 1390.

La delicada situación económica fue la causa de no poder realizar las expediciones militares mencionadas.

Las dificultades financieras de la Corona se agravaron al final del reinado y tanto la gestión económica como la política fueron duramente criticadas especialmente por las dos grandes ciudades: Barcelona y Valencia.

A principios de 1396 una epidemia de peste bubónica se declaró principalmente en tierras gerundenses, encontrándose el Rey y su esposa en el condado de Ampurias. El 19 de mayo el Rey salió de Torroella de Montgrí camino de Gerona, y como era su costumbre, hizo el camino cazando con sus cortesanos más íntimos. Un repentino ataque de corazón le hizo caer del caballo y murió al cabo de poco tiempo antes de llegar a Gerona. El escrupuloso historiador padre Mariana dice: “El rey don Juan de Aragón murió de un accidente que le sobrevino de repente. Salió a caza en el monte de Foxá, cerca del castillo de Montgriu y de Orriols en lo postrero de Cataluña. Levantó una loba de grandeza descomunal; quier fuese que se le antojó por tener lesa la imaginación, quier verdadero animal, aquella vista le causó tal espanto, que a deshora desmayó y se le arrancó el alma, que fue a los diez y nueve de mayo día miércoles”. Esta versión es sin duda fruto de la dramatización de un hecho que sirvió también de inspiración a los poetas románticos, que presentan al Rey como un gran amante de la caza.

El mismo día de su muerte los consejeros de Barcelona se presentaron ante su cuñada María de Luna y proclamaron Rey a su esposo Martín, que se encontraba en Sicilia, ya que el difunto Rey no había dejado hijos varones. Juan I fue enterrado primero en Barcelona y después en el monasterio de Poblet.

Nada más sepultado Juan I, el 2 de junio de 1396, la reina María de Luna, mujer y lugarteniente del rey Martín I el Humano, abrió un proceso por instigación de las ciudades y villas reales, especialmente Barcelona, contra los principales consejeros y funcionarios de la Corte de Juan I en el que se vio involucrada la reina Violante, la cual además alegó estar embarazada, pero puesta bajo la custodia de “buenas mujeres”, la Reina viuda tuvo que reconocer en julio de 1396, que no lo estaba. Los inculpados fueron treinta y ocho, entre los que destacan los consejeros, Berenguer Marc, Maestre de Montesa, Bernardo Margarit, Francisco Sagarriga, Aimerico de Centellas, Ramón de Perellós, Ramón Alemany de Cervelló, gobernador de Cataluña, Guillermo y Juan de Vallseca, Juan Mercader, Juan Desplá y Gabriel de Cardona, juristas de la Corte, Pedro Berga, consejero y regente de la Cancillería, Bartolomé Sirvent, protonotario, Bernat Metge, secretario, Mateo de Lloscos, comisario del Rey en Mallorca. Todos ellos fueron acusados de haber formado una liga de consejeros para gobernar según sus intereses y conveniencias, y, sobre todo, de haber aconsejado mal al Rey y llamado a tropas extranjeras.

También se les acusó de haberse enriquecido a costa del patrimonio real y de llevar una vida privada inmoral. Dos de ellos, Esperandeu Cardona y Juan Garrius lo fueron de haber envenenado a sus esposas. La mayoría de los acusados fueron absueltos por el rey Martín entre 1397 y 1398. Pero los que habían ejercido de prestamistas de la Corte fueron obligados a rebajar los intereses de sus créditos.

Del matrimonio de Juan I con Violante de Bar nació la infanta Violante, que casaría en 1400 con Luis II de Anjou, y sería reina titular de Nápoles, duquesa de Anjou y condesa de Provenza, después de renunciar a sus posibles derechos al trono de la Corona de Aragón; aunque a la muerte de Martín el Humano, tales derechos fueron reclamados por su hijo Luis, duque de Calabria.

Juan I fue un rey refinado y sibarita como lo demuestra la gran cantidad de músicos, juglares, poetas y hombres de letras que estaban en su Corte y que se desplazaban con él y la Reina en sus viajes y, sobre todo, les acompañaban en sus largas estancias en ciudades como Valencia y Barcelona. Uno de los más destacados fue el escritor barcelonés Bernat Metge que desde 1390 fue secretario real y se convirtió en uno de los hombres de confianza de Juan I y Violante de Bar, a los que siguió siempre en sus viajes por todos sus reinos y de los cuales recibió importantes cantidades en metálico, que le permitieron reunir una fortuna. En 1395, fue enviado por el Rey a la Corte pontificia de Aviñón en misión diplomática. Esta gestión, sin duda, influyó en su formación literaria y le permitió conocer personalmente a Juan Fernández de Heredia. En la Corte también destacan poetas como Luis de Averçó y Jaime March, los incomparables ministriles Colinet y Magnadance, que le había traspasado el duque de Lorena, Juan de los Órganos, un flamenco que había servido al duque de Borgoña, el arpista Hennequin, Juan de Beziers, Blassof y otros muchos artistas de toda índole. El Rey mandaba buscar en las principales Cortes y ciudades europeas los músicos más destacados, al igual que los instrumentos musicales más refinados e innovadores. El mismo Rey componía música para el goce de sus cortesanos y familiares. Estando en Valencia en 1393, Juan I redactó un largo y solemne escrito, escrito en latín por el secretario Bartolomé Sirvent, en donde se encargaba a Jaime March, caballero, y a Luis de Averçó, ciudadano de Barcelona, la organización de la fiesta de la Gaia Ciencia, tal como se celebraba en ciudades como París y Tolosa, la cual habrá de celebrarse en Barcelona el día de la Anunciación de la Virgen o el domingo siguiente. En 1396, el Rey escribió en Perpiñán una carta redactada en elegante catalán, y escrita por Bernat Metge, a los consejeros de Barcelona para que cada año mantuvieran dicho certamen poético a la vez que les intentaba convencer para que subvencionasen dicha fiesta. La poesía se consideraba en la Corte de Juan I como un estímulo de la gallardía y un remedio para no caer en la ociosidad, madre de todos los vicios. Dos meses después moría el Rey, que ha pasado a la historia como un lector impenitente y respetuoso de los privilegios de la inteligencia, además de poeta y músico, como lo demuestra su protección a Francesc Eiximenis, el gran polígrafo gerundense, obispo de Elna y embajador del Rey en la Corte papal de Aviñón. Violante de Bar costeó los estudios de Eiximenis en la Universidad de Tolosa, y tanto él como su esposo siguieron atentamente la producción literaria de dicho autor, especialmente el Regiment de prínceps. En cambio, Juan I no fue favorable a la obra de Ramón Llull, prohibiendo la enseñanza de sus doctrinas en sus reinos desde 1387, nada más subir al trono, por influencia del inquisidor Nicolás de Eimerich.

Bernat Metge, una vez liberado de las acusaciones que pesaron sobre él, situó el alma de Juan I en el purgatorio por breve tiempo, en donde pagaba con creces los placeres sensuales que había gozado en la vida.

Para el padre Mariana, Juan de Aragón era “príncipe a la verdad más señalado en flojedad y ociosidad que en alguna otra virtud”.

Lo cierto es que su reinado acabó en medio de un descontento general por la crisis económica y por la corrupción que benefició especialmente a los hombres que formaban el círculo más íntimo del Rey y la Reina.

 

Bibl.: F. Pedrell, “Joan I, compositor de música”, en Estudis Universitaris Catalans (Barcelona), 3 (1909); A. Rubió i Lluch, “Joan I, humanista, i el primer període de l’humanisme catalá”, en Estudis Universitaris Catalans (1919); J. M.ª Roca, Johan I d’Aragó, Barcelona, Institució Patxot, 1929; M. Mitjá, “Procés contra els consellers de Joan I”, en Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, XXVII (1958), págs. 345-417; R. Tasis, Joan I. Rei caçador i músic, Barcelona, Aedos, 1959; Pere el Ceremoniós i els seus fills, Barcelona, Vicens Vives, 1962; F. Soldevila, Història de Catalunya, Barcelona, Alpha, 1963; S. Claramunt Rodríguez, “La política matrimonial de la casa condal de Barcelona y real de Aragón desde 1213 hasta Fernando el Católico”, en Acta Historica et Archaeologica Mediaevalia, 23-24 (2003), págs. 195-235.

 

Salvador Claramunt Rodríguez